Novelas cortas, de Iván S. Turguénev
Editorial Alba. 676 páginas. Primera edición de 1850-1869, esta es de 2025
Traducción y notas de Víctor Gallego Ballestero
De Iván Turguénev (Oriol, Rusia,
1818 – Bougival, Francia, 1883) había leído hasta ahora Padres e hijos (1862) y Aguas
de primavera (1872), dos novelas que me causaron una grata impresión y
cuando vi que la editorial Alba
publicaba en su colección Minus un libro titulado Novelas cortas de
Turguénev me apeteció pedírselo para poder leerlo y reseñarlo. Padres e hijos y Aguas de primavera fueron traducidas para Alba por Joaquín Fernández-Valdés Roig Gironolla,
y Novelas cortas ha sido traducido
por Víctor Gallego Ballestero, que
no es un traductor nuevo para mí, porque ya antes me había acercado a su gran
trabajo con los cuentos y novelas cortas de Antón Chéjov.
Novelas cortas está formado por nueve
obras, donde la más corta sobrepasa apenas las cincuenta páginas y la más larga
las cien.
Diario de un hombre superfluo (1850) es la primera.
Nos encontramos aquí con un tipo de narración que ya conocía por Aguas de primavera: un hombre en su edad
adulta rememora un episodio de su juventud, que normalmente tiene que ver con
el amor, y nos mostrará cómo se equivocó o cómo el destino le fue esquivo. En Aguas de primavera se trataba de un
anciano y en Diario de un hombre
superfluo de un hombre de treinta años, aquejado de una grave enfermedad,
que le va a conducir pronto a la muerte. «El gran tema de los relatos de
Turguénev es el amor y en no menor medida las elecciones afectivas», dice
Víctor Gallego en el prólogo. «Los ríos se deshelarán, y yo me iré
probablemente con las últimas nieves», leemos en la primera página de esta
primera novela, y un poco más abajo: «Voy a contarme a mí mismo mi propia vida».
Normalmente, los protagonistas de estos relatos (aunque a veces caigan en
desgracias y se pierdan sus fortunas familiares) proceden de la clase alta
rusa, y en más de un caso de la clase alta rural. Las historias suelen
transcurrir en el campo, pero también en Moscú o San Petersburgo.
El narrador comenzará a escribir un diario, en el que nos hablará de sus
padres y su infancia, interrumpido con anotaciones sobre el presente, que, en
gran medida, tienen que ver con el tiempo atmosférico y suelen ser de gran belleza.
El azar permitió que nuestro narrador conociera a la joven Liza en su
juventud y se enamorara de ella. En su inocencia, el narrador pensará que es
correspondido, hasta que se da cuenta de que el amor de Liza es para otro
joven, mayor que él, más resuelto y mejor posicionado en el mundo; ya que se
trata de un príncipe.
«Como no estoy escribiendo una novela destinada a un lector indulgente,
sino que escribo simplemente para mi propio placer, no tengo ninguna necesidad
de recurrir a los habituales subterfugios de los hombres de letras», nos dirá
el narrador en la página 48. Aunque esto no deja de ser un truco narrativo,
porque realmente la prosa es muy bella, y más el contraste que se crea entre
los recuerdos vergonzosos del pasado y el presente, en el que vuelve al mundo la
primavera, que a nuestro protagonista se le está escapando de entre las manos.
«Había perdido por completo la noción de mi propia dignidad y no tenía las
fuerzas necesarias para escapar del espectáculo de mi propio infortunio» (pág.
51). Esta idea de que los personajes pierden su dignidad es propia de la
temática de Turguénev, que rompe aquí con la idea del héroe clásico que se
enfrenta a adversidades, y hace que sus personajes tengan que mirar hacia los
momentos en los que la pasión o los celos les hicieron perder la cabeza y han
de avergonzarse de ellos.
Los celos del narrador le llevarán a provocar un enfrentamiento que se
tendrá que resolver mediante un duelo. La «escena del duelo» será un motivo
recurrente en más de una de las composiciones de este volumen. Los deseos de
nuestro narrador acabarán quedando en nada, en su toma de conciencia de ser un
hombre superfluo. Las historias de amor que nos plantea Turguénev no acaban
bien; no creo que destripe nada para un lector avezado, si estas historias
acabasen bien no habría narración.
Esta idea del hombre superfluo, del joven que trata de mejorar su situación
o la de las personas que le rodean, pero no consigue nada, me hizo pensar en los
personajes del libro Cuentos de Antón Chéjov, una
fantástica antología de su obra que leí hace un par de años, también en Alba.
Entonces me asaltó la idea de pensar que Turguénev, sobre todo este Turguénev
de las novelas cortas, era una de las más claras influencias de la narrativa de
Chéjov, que escribió sus cuentos y novelas cortas unas pocas décadas después de
Turguénev. Busqué información en internet y comprobé que los críticos han
hablado de esta influencia y el propio Chéjov habló y recomendó a Turguénev a
sus amigos en cartas. De hecho, una de las novelas cortas de Chéjov se titula El
duelo (1891).
Al acabar de leer Diario de un hombre
superfluo la impresión es muy buena, sus setenta páginas constituyen una
grandísima novela corta.
En Tres encuentros (1852) nos encontramos con un narrador que no
es, como en Aguas de primavera o en Diario de un hombre superfluo,
metaficcional, en el sentido de que, aunque se dirige al lector, no comenta que
está escribiendo por algún fin. Tres
encuentros es una historia de casualidades, aunque quizás se trate de una
historia fantástica o de terror. Un hombre ve en Rusia a una mujer que creyó
ver en Italia, y esta mujer parece envuelta en un misterio que tratará de
desentrañar. En el prólogo, Víctor Gallego nos dirá que la última producción de
relatos de Turguénev es de corte fantástico, un tema que cada vez le fue
interesando más, y que a él le parecen de calidad inferior a los que ha
seleccionado para este libro. Tres
encuentros se podría leer como un cuento fantástico, pero también como un
cuento realista. En cualquier caso, el elemento fantástico, aunque pensemos así
la narración, no acaba siendo del todo relevante. En cualquier caso, aunque
correcto e interesante, Tres encuentros
es una narración inferior a la anterior.
El nivel vuelve a subir con Dos amigos (1854) que está escrito
en tercera persona y nos presenta cómo surge una relación de amistad entre dos
hombres jóvenes en un pueblo de la provincia rusa. «En definitiva, los dos
amigos, como hemos consignado más arriba, no se parecían en nada» (pág. 131).
Como de broma, el amigo más mayor y más apegado al campo, le ofrecerá al más
joven su ayuda para encontrarle una esposa. Empezará entonces un recorrido por
las casas de la comarca en las que hay mujeres casaderas, porque el amigo joven
al final, aunque no creía mucho en la propuesta del otro, se irá entusiasmando
con la idea. Como es habitual en las obras de Turguénev, la desgracia acabará
apareciendo en el relato y será esta la segunda narración del libro en la que
también aparece la escena del duelo. Una gran novela corta.
Remanso de paz se publicó en 1854 y, por tanto, en la
misma fecha que Dos amigos. Es el
tercer relato de estos nueve en el que va a aparecer una escena de duelo.
También se desarrolla en el campo, y trata un tema parecido al de los
anteriores, en torno al amor y al desamor. Un joven noble con tierras visita
una aldea donde tiene propiedades, y los aldeanos dependen de él. Este joven va
a tener la oportunidad de ser invitado a una casa cercana, en la que se
celebran fiestas y va a poder conocer a otras personas jóvenes, entre ellas a
dos chicas que le van a resultar atractivas. La novela está contada en tercera
persona y aquí Turguénev pone en juego algún recurso narrativo que me ha
resultado interesante: por ejemplo, narra una escena y, más tarde, le explica
al lector cómo los personajes han llegado hasta ahí. En esta narración
aparecerá un curioso personaje: el hermano de una de las bellas damas
anteriores, un joven simpático que bebe demasiado y parece dispuesto a
dilapidar su vida. Será otro de los «hombres superfluos» que prefigurarán a los
personajes de Chéjov. Aunque, en gran medida, estas narraciones de Turguénev
tienen el ritmo de un relato corto, en más de una ocasión dejan latente su
vocación de novela; sobre todo ocurre esto cuando, hacia su desenlace, tiene
lugar un salto en el tiempo, y los personajes recuerdan la belleza y también la
tragedia del pasado con la sensación de haber perdido ya su juventud, y por
tanto dando paso a la nostalgia y la melancolía.
Dos amigos y Remanso de paz me parecen las dos buenas novelas, aunque lo cierto
es que leídas seguidas la segunda transmite cierta sensación de repetición de
planteamiento e ideas. No he leído estas nueve historias seguidas, sino que he
intercalado algún otro libro entre una y otra, algo que recomiendo, porque, en
caso contrario, quizás el lector pueda verse algo abrumado.
Yákov Pásinkov (1855) se abre una confesión vergonzosa
por parte del narrador: estando borracho en una fiesta leyó una carta de otra
persona. De este modo, se dio cuenta de que la mujer a la que pretendía estaba
enamorada de otro. «De pronto me sentí tan incómodo y abochornado que me cubrí
el rostro con las manos. Acababa de comprender la inconveniencia y la bajeza de
mi conducta. Ahogado de vergüenza, lleno de arrepentimiento, cubierto de
oprobio, seguía allí como clavado al suelo», nos dirá el narrador en la página
316; presentando aquí Turguénev no ya a un hombre superfluo sino a todo un
antihéroe.
Un recurso interesante aquí es el que el narrador nos hablará de la amistad
que le une a su amigo, haciendo retroceder la historia hasta la infancia. Yákov Pásinkov es otra gran novela corta
sobre los misterios del amor, pero sobre todo del deseo, y las sorpresas que la
pasión ajena puede causarnos.
Otra característica que aproxima la poética de Turguénev con la de Chéjov
es que en Turguénev también está muy presente la idea de la cercanía de la
muerte y la futilidad de todo lo pasado.
Fausto. Relato en nueve cartas (1856) nos vuelve a
plantear el tema del noble que regresa a su aldea, en este caso después de
nueve años. En su antigua casa se reencontrará con un ejemplar de Fausto
que leyó muchas veces de joven y que casi se sabe de memoria, ahora que es ya
casi cuarentón. En la aldea se va a encontrar con una joven, a la que conoció
de niña, que ya casada y madre, a sus veintiocho años, nunca ha leído una
novela o un poema porque a su madre –ya fallecida– la ficción no le parecía
adecuada. Nuestro narrador le está contando, a través de cartas, a las que se
acerca el lector, a un amigo cómo se ha propuesto acercarle el goce de la
ficción a esta mujer, a través del libro de Fausto.
Aquí también, al final de la narración se producirá un salto temporal y también
aparecerá la tragedia; componentes esenciales de estas obras.
Como ocurría en Tres encuentros,
aquí también existe la posibilidad de que nos encontremos ante un relato
fantástico o de terror; pero Turguénev será lo suficientemente sutil como para
mantener la ambigüedad hasta el final.
Aprovecho para comentar también que otro recurso habitual de Tuguénev es el
de la intertextualidad, pues es habitual que sus narradores aludan a autores,
títulos de libros o personajes literarios para expresarse.
Asia (1858) nos habla de un joven ruso de
veinticinco años en el extranjero, concretamente en Alemania. Allí, en el
pueblo en el que ha decidido pasar unas semanas, va a conocer a una pareja de
rusos que se presentan como hermanos, aunque pronto va a empezar a dudar de que
en realidad lo sean. Como suele ser habitual, la historia está contada desde el
futuro, desde veinte años más tarde. El narrador empezará a sentir interés por
Asia, que es una joven que se comporta de un modo impetuoso, voluble y extraño.
Un rasgo del estilo que quiero comentar aquí, aunque no es exclusivo de
esta narración, es que Turguénev es un gran creador de escenas felices, de esas
escenas especiales que los narradores van a recrear desde el futuro.
Normalmente vinculará mucho estos recuerdos felices a la naturaleza, los
árboles, los pájaros, la luz… No quiero desvelar el final, pero la idea de
pérdida y desolación que deja este relato me ha recordado a la del cuento El
beso que diría que es mi cuento favorito de Chéjov y del que Asia sirvió de inspiración.
Primer amor (1860) es la novela corta más famosa de
las que están incluidas en este libro y, tras acabarlo, absolutamente colmado
de felicidad lectora, corroboro que es así con razón. Todas las novelas cortas
de este libro son buenas, pero Primer
amor está un peldaño más arriba. A raíz de un juego en una fiesta, los
invitados habrán de contar cómo fue su primer amor. Nuestro narrador en vez de
acometer una historia oral anuncia a las otras personas que escribirá sobre sus
recuerdos del primer amor y, días después, se lo leerá. Así, desde sus cuarenta
años, se acordará de cuando tenía dieciséis y una princesa arruinada se
instalará en una casa, junto con su hija de veintiuno, como sus nuevos vecinos.
La joven recibirá en su casa a una cohorte de hombre de distintas edades, con
los que establece juegos, a cada cual más absurdo, sabiendo que todos estos
hombres están enamorados de ella o ansían su belleza. Como ocurría en Aguas de primavera, aquí el lector se va
a encontrar con la oscuridad de las relaciones amorosas, donde también entra en
juego el poder, la perversión y el sadismo, y el narrador adolescente tendrá
que vislumbrar un mundo adulto que no consigue entender. «He dicho que a partir
de ese día empezó mi pasión; podría decir también que ese día empezaron mis
sufrimientos» (pág. 516). Es una novela corta sobresaliente.
En Una desdichada (1869) nos encontramos con una nueva variante
sobre el tema tratado en estas novelas, ahora el narrador será, por primera
vez, un narrador testigo, que nos va a hablar de la historia de amor de un
amigo y no de la suya propia. Además, aquí vamos a tener dos narradores, ya
que, además del narrador testigo, la chica «desdichada» le va a entregar un
cuaderno al narrador en el que ella ha escrito su historia. De nuevo, como en
la historia anterior, aquí se hará presente la crueldad de algunos de sus
personajes.
Aunque ya Diario de un hombre
superfluo es una obra plenamente madura y una gran novela corta, diría que
en las últimas piezas de este libro la maestría de Iván Turguénev se va
agudizando y consigue arrancar nuevos y más sofisticados matices a sus personajes.
Hasta ahora, para mí existía un gran trío de escritores mayúsculos y destacados
del siglo XIX ruso: Lev Tolstói, Fiódor Dostoievski y Antón Chéjov, y pensaba que Iván
Turguénev estaba algún peldaño por debajo; ahora empiezo a considerar a
Turguénev bajo otra mirada, sobre todo como precursor del gran Chéjov. Me ha
gustado mucho este volumen de Novelas
cortas. Creo que va a ser difícil que no se encuentre en mi lista de las
diez mejores lecturas a fin de año.

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