sábado, 6 de enero de 2018

Solenoide, por Mircea Cărtărescu

Editorial Impedimenta. 794 páginas. 1ª edición de 2015; ésta es de 2017. 
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. 
Posfacio de Marius Chivu.

Ya comenté hace unas semanas que en septiembre leí Nostalgia, el libro que dio a conocer en 1993 al Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) prosista, después de haber destacado ya en Rumanía como poeta. Sabía que estaba a punto de salir al mercado Solenoide, su última obra, y se la solicité a su editora, Pilar Adón, que me la envió a casa para que pudiera leerla y reseñarla. Su lectura me ha llevado casi todo el mes de noviembre.

Podríamos decir que el narrador de Solenoide es uno de los posibles «otros yo» de Mircea Cărtărescu: alguien que como él ha nacido en Bucarest en 1956 y que ha vivido su infancia en la misma calle que él, Stefan cel Mare, y que a la edad de veinticuatro años empezó a ser profesor de lengua rumana en un colegio de las afueras de la capital. Pero, a diferencia del Cărtărescu que nosotros conocemos, el de Solenoide trató de ser escritor y fracasó desde que, de joven, leyó en la universidad su largo poema titulado La caída y recibió la burla y la indiferencia de los popes de la cultura. Desde entonces sólo escribió diarios (que no serán compartidos con nadie) y el manuscrito –llamado Solenoide– que el lector tiene entre las manos y que, según el narrador, no es una novela ni es literatura.
«No he escrito una sola palabra de ficción en mi vida, pero esto ha dado rienda suelta a mi verdadera vocación: buscar, en realidad, en la realidad de la lucidez, del sueño, del recuerdo, de la alucinación y en cualquier otra parte. Aunque emana miedo y horror mi búsqueda me satisface, sin embargo, por completo, como las artes despreciadas y no homologadas de la doma de pulgas o de la prestidigitación», leemos en la página 38, y este párrafo nos puede servir de guía para saber cuáles son las intenciones narrativas de Cărtărescu en este libro. En muchas páginas se disparará contra la literatura oficialista: «A diferencia de todos los escritores del mundo, y precisamente porque no soy escritor, yo siento que tengo algo que decir», leemos en la página 54, como reivindicación de la escritura marginal y de la soledad.

La acción de Solenoide se sitúa en la Bucarest de mediados de la década de 1980, y por tanto en torno a los treinta años del protagonista. El narrador trabaja en la escuela 86, situada en los suburbios. Deja la casa de sus padres en Stefan cel Mare para trasladarse a un barrio marginal en el que comprará una casa con forma de barco, cuyas entrañas albergan un solenoide; es decir, una «bobina cilíndrica de hilo conductor arrollado de manera que la corriente eléctrica produzca un intenso campo magnético», como queda definido el término en la RAE. La casa fue construida por un investigador de la electricidad y los campos magnéticos, una especie de Nikola Tesla a lo rumano, que ahora la deja en manos de nuestro narrador. Solenoide está aderezado con muchos toques de tecnología vintage. Entre otras propiedades, la existencia del solenoide permite al protagonista dormir levitando sobre la cama. Y de esa misma forma mantendrá relaciones sexuales con su amante y compañera en el colegio, Irina, que es una descreída profesora de física.

El narrador nos habla de su día a día como maestro de rumano en la escuela 86, y también va desgranando ante el lector sus recuerdos de infancia y juventud. Solenoide es una novela de muchas aristas y planos, que admite páginas que van desde la pura narración realista, con capítulos de Bildungsroman (o novela de formación) hasta viajes a otros mundos.

Dentro de la vertiente realista de Solenoide, el lector conocerá la Bucarest deprimida de los años 80. Posiblemente los adjetivos que más se repiten para describirla sean «triste» y «cenicienta». Bucarest es una ciudad gris, aburrida, triste, deprimente… y el protagonista, que se siente un escritor fracasado, ha de acudir cada día desde su casa en forma de barco hasta el colegio y por las tardes a la inversa. Entre medias tomará un plato de albóndigas en una cantina cercana al centro. El colegio no resulta nada estimulante para el narrador: alumnos a los que piensa que no puede enseñar nada y profesores con los que no siente ninguna cercanía. Muchos de ellos están colocados allí por la política de pleno empleo del gobierno, carecen de formación y tienen incluso menos vocación que él.

En algún momento, al comienzo de la lectura, me estaba pareciendo que Cărtărescu estaba eludiendo hablar del régimen comunista, porque no lo criticaba abiertamente. Pero, en realidad, yo estaba equivocado: no es que Cărtărescu evite hablar del comunismo en Rumanía (que no lo evita), sino que éste está tan presente en el cuerpo de la narración que no necesita ser enunciado para la comprensión de un lector extranjero que no ha vivido esa realidad. Es decir, aquí se cumple aquello que decía Borges sobre la presencia de los camellos en el Corán: no aparecen porque todo el mundo sabe que están ahí. Me doy cuenta de que en muchos libros que he leído sobre regímenes totalitarios, el autor (desde la legitimidad, por supuesto) explica lo que ocurre, o ha ocurrido, en su país, a un lector que, desde antes de que el libro se publique, ya sabe que mayoritariamente va a ser extranjero (esto pensando en la lectura de algunos libros de escritores cubanos, por ejemplo). Sin embargo, las intenciones narrativas de Cărtărescu no son (o «no sólo son») criticar las condiciones de vida durante la dictadura de Nicolae Ceaușescu en la década de 1980, sino que su apuesta va mucho más allá que esto. En Solenoide, Cărtărescu cuestiona directamente el universo. Y es en el sustrato existencialista de esta crítica donde la novela deja atrás sus presupuestos realistas y entra (o, más bien, «se mueve casi siempre») en el terreno de lo fantástico y lo extraño.

Leemos en la página 264: «Has leído un libro literario y has dejado escapar una vez más el sentido de cualquier esfuerzo humano: salir de este mundo». Creo que aquí está la clave interpretativa de Solenoide: durante las páginas y años que dura su escritura, su narrador está haciendo esfuerzos para salirse del mundo. «No pretendo comprender, sigo tan solo avanzando con la historia de mis anomalías. Los filósofos han interpretado el mundo de muchas maneras, me digo algunas veces parodiando la famosa frase de la que ha brotado tanta sangre, lo importante sin embargo es huir» (pág. 601). «El arte no tiene sentido si no es huida» (pág. 672).
«La ceniza es el destino final, en cualquier caso, de cualquier texto, por eso no sufriré cuando también mi manuscrito acabe en el fuego. Él no es un libro y menos aún una novela, sino un simple plan de fuga».

Muchas de las páginas de este libro nos llevan a planteamientos existencialistas. Recuerdo una escena de La náusea de Jean Paul Sartre: el narrador piensa que la sangre que corre por sus venas le pertenece, le define, «es él». Se corta a sí mismo con el abrecartas (creo que era un abrecartas) y ve brotar la sangre de su mano. Esa sangre es él, pero al caer sobre la mesa ya ha dejado de ser él. En Solenoide hay muchos planteamientos similares.
Si en el prólogo de Nostalgia, Edmundo Paz Soldán hablaba de la presencia de las arañas en el mundo creativo de Cărtărescu, este interés se ha extendido ahora hacia más animales que componen los grupos (dentro de los artrópodos) de los insectos y los arácnidos, animales por los que Cărtărescu parece sentir fascinación. Arañas, piojos ácaros… se convertirán en un motivo narrativo, que nos hablará de otros planos del universo: quizás el hombre sea sólo un ácaro en el cuerpo de un ser mayor. El terror existencial puede venir de lo pequeño (ácaros), pero también de lo más grande (estrellas y espacios siderales).

En su huida del mundo, Cărtărescu quiere encontrar puertas no sólo en el mundo de los seres minúsculos y en el de las estrellas, sino también en el de los límites de la ciencia, los sueños, los recuerdos, la imaginación o el arte. Cualquier resquicio de la realidad, desde un poema al cubo de Rubik, le sirve al narrador para hacerse planteamientos sobre el sentido de lo real, de lo que vemos, no vemos o intuimos.

Estuve en la presentación en Madrid de Solenoide, que se celebró en la librería Alberti, y Cărtărescu contó algunas anécdotas de su vida que se correspondían con las vividas luego por el protagonista de su libro. Llegó incluso a decir que las personas que visitan al narrador en su casa, cuando se despierta, son reales y no sueños, y que también le visitan a él en la realidad. No estoy seguro de si Cărtărescu cree esto realmente o forma parte de sus juegos de escritor.

En muchos de sus capítulos, Solenoide se acerca a la literatura de terror. En sus páginas he sentido gravitar figuras como la de H. P. Lovecraft, sobre todo cuando nos habla de ese terror cósmico que procede del espacio exterior, o cuando aparecen en escena los «piquetistas», una secta que protesta en cementerios, hospitales y morgues contra el dolor, el deterioro del cuerpo, el sinsentido y la muerte.
Quizá podría hablar también de Lord Dunsany y la descripción en sueños de ciudades imposibles, porque la arquitectura urbana es un tema que también interesa a Cărtărescu, quien no deja de perderse en edificios que tienen la capacidad de mutar de tamaño en su interior.
O podríamos traer a colación también a Ray Bradbury y sus máquinas sorprendentes, porque en Solenoide las sillas de dentista, por ejemplo, se convierten en un centro neurálgico del dolor y por tanto del absurdo del mundo.
O incluso llegué a pensar en Mario Levrero y su búsqueda de señales metafísicas en la realidad; en esa búsqueda de todo lo que ocurre «en la vasta y desierta ciudad de debajo de la bóveda de mi cráneo» (pág. 477).
Y por qué no comentar también que cuando se describía el colegio, a los alumnos y los profesores he pensado en el expresionismo de El tambor de hojalata de Günter Grass.

También desde la gris y triste Bucarest, muchas de las metáforas del libro evocan mundos exóticos: las estatuas de la isla de Pascua, las figuras egipcias, los dioses de Asia; lo que crea un contraste muy curioso.

En el blog Devaneos, su autor relacionaba Solenoide con el poeta Fernando Pessoa, y quizás si no hubiera leído esa reseña antes no se me habría ocurrido, pero una vez que se han unido esos dos conceptos –Pessoa y Solenoide–, sí que he encontrado similitudes entre los planteamientos de uno y otro. Leemos en la página 673 de Solenoide: «Qué solo estoy, me digo en cada instante de mi vida. ¡Qué espectral es mi vida! Agito en el puño, como los jugadores de dados, mis ridículos vestigios». Son palabras que podrían estar en los versos de algún poema de Pessoa o en alguna página del Libro de desasosiego. De hecho, Cărtărescu hace una metáfora sobre la literatura y las puertas cerradas muy similar a la que hace Pessoa en su famoso poema Tabaquería.
Por supuesto, Solenoide también se puede relacionar con Kafka y sus mundos asfixiantes. O con Bruno Schulz, cuando se plantea un juego metafórico que trasciende el territorio de la semejanza lingüística para adentrarse en el de la realidad, como al final del capítulo 3, cuando al volver de la mili, el personaje se mete en una bañera y de él se desprende una piel real que se corresponde con la mugre de los meses de servicio militar.

Diría que Solenoide admite muchas lecturas y que uno tiene la sensación constante de que esta obra conversa con muchos grandes escritores desde perspectivas muy dispares. El cambio de registros y de juegos narrativos es impresionante, como si Cărtărescu se propusiera dinamitar sus propios presupuestos narrativos en cada capítulo.
Además, Solenoide conversa con la propia obra de Cărtărescu, porque aquí podemos encontrar referencias directas a personajes o sucesos ya narrados en Nostalgia, como la aparición del Mendévil o el concepto de REM como un aleph borgiano. En el posfacio, Marius Chivu encuentra otras referencias al resto de la obra de Cărtărescu.

Me gustaría hacer mención a las curiosas digresiones sobre personajes que van cobrando interés para Cărtărescu. Cito directamente de Chivu: «Una novela de Ethel Voynich, los libros de Matemáticas del padre de esta, George Boole; las teorías físicas de su cuñado, Charles H. Hinton; el misterioso manuscrito Voynich; así como los ensayos de parasitología, los experimentos del médico forense Nicolae Minovici o las interpretaciones de los sueños de Nicolae Vaschide» (pág. 790). Estas historias acaban constituyendo interesantes relatos dentro de la narración.

En internet he leído que Cărtărescu declara que no planifica sus libros, que escribe para averiguar hacia dónde le lleva su escritura. Lo había pensado antes de leerlo. Quizás ahí podría encontrarse el único punto que haga desfallecer a algún lector al acercarse a este libro monumental: la tensión de la novela no es creciente, no se plantea aquí un misterio que haya que resolver; el lector no sigue al narrador a través de una serie de peripecias hasta que cumple con una misión. Se me ocurre lo siguiente: además del solenoide que se encuentra en la casa del narrador, existen otros dispersos por la ciudad, con los que el protagonista de la novela se acaba topando. La novela se podría haber planteado como un misterio, como una búsqueda de esos solenoides, que al final dieran una explicación del mundo al narrador. Es posible que, si Cărtărescu hubiera planteado así su libro, habría conseguido más lectores, se habría acercado más a los planteamientos de una novela bestseller y el grupo de sus lectores podría haber trascendido el del mero conjunto, en clara merma, de los «lectores literarios»; pero es posible, también, que en ese caso su libro se habría vulgarizado.

Yo, como lector, podría apuntar que, en algunos pequeños momentos, sí que he sentido que la tensión narrativa de Solenoide decaía, pero en la mayoría de las páginas he experimentado una gran emoción como lector. La emoción de estar surcando las páginas de un universo creativo (el de Cărtărescu) propio y grandioso, la emoción de estar leyendo una gran obra, de múltiples planos y matices, una obra que conversa con los clásicos y que lleva sus planteamientos hacia rincones inesperados, haciendo uso de una imaginación portentosa. Creo que Solenoide es un libro trascendente y que va a figurar en el canon de las grandes novelas. Dentro de veinte años, se hablará de ella como hoy se puede hablar, por ejemplo, de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Habrá cosechado un gran número de lectores y reconocimiento y surgirán también los lectores que la rechacen por ser demasiado famosa e inferior a su escritor secreto favorito, porque no era para tanto, porque Pynchon es mejor, o porque rompe con sus expectativas de lector de bestseller que se ha dejado seducir por una fama que no le satisface.

Creo que Solenoide es el mejor libro que he leído este año.


domingo, 31 de diciembre de 2017

LAS MEJORES LECTURAS DE 2017

Como ya es tradicional, desde diciembre de 2009, publico hoy la lista con mis diez mejores lecturas del año. Una lista que recuerda los mejores libros que he leído este año. El orden es el de lectura.
Igual que me ocurría el año pasado, de los diez libros que aquí señalo no he publicado la reseña de cuatro. Lo haré en 2018.

1) LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI (LOS AÑOS FELICES), RICARDO PIGLIA
En 2017 he leídos los tres volúmenes del diario, y lo recomendable sería leer los tres seguidos. De los tres destaco el segundo, que es el que más me gustó.



2) MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA, LUCIA BERLIN
Gran rescate para el mundo del relato.



3) LA URUGUAYA, PEDRO MAIRAL
Estupenda novelita corta. Esperemos que se reediten en España todas las obras de Mairal.



4) LOS ADIOSES, JUAN CARLOS ONETTI
Una prosa hipnótica. Espero leer en 2018, por fin, La vida breve.



5) RELATOS COMPLETOS, JOHN CHEEVER
Un monumento al relato breve. A principios de 2018, va a reeditar estos cuentos Random House. Entonces publicaré la reseña.



6) MÁSCARA, STANISLAW LEM
Lem es un maestro de la ciencia-ficción y la fantasía. Gran libro de relatos.



7) NUEVAS TEORÍAS SOBRE EL ORGASMO FEMENINO, DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR
Un libro de relatos muy actual y que me sorprendió mucho.




8) NOTICIAS DEL IMPERIO, FERNANDO DEL PASO
Un librazo con trasfondo histórico mexicano.




9) CARTUCHO, NELLIE CAMPOBELLO
Una joya mexicana desconocida. Sin ella no existiría Pedro Páramo de Juan Rulfo.




10) SOLENOIDE, MIRCERA CARTARESCU
Este año también leí Nostalgia, que podía haber entrado perfectamente en esta lista, pero siempre he preferido no poder dos títulos del mismo autor.



martes, 26 de diciembre de 2017

Réplica, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 189 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya comenté la semana pasada que fui el primer comprador de Réplica de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) en la caseta de la editorial Candaya de la Feria del Libro de Madrid, y que me apetecía leerlo tras haber disfrutado tanto de la novela Autopsia. En la presentación de Réplica en Madrid acabé comprándome Órbita, y he leído los dos seguidos. Ya comenté Órbita la semana pasada.

Si bien los cuentos de Órbita eran nueve, los de Réplica son doce. El número de páginas es más o menos igual en los dos libros, pero no el número de palabras, ya que mientras que las páginas de Órbita contienen 30 renglones, las de Réplica albergan 32. Lo he contado. Sabía que tardaba más en leer las páginas del segundo libro que las del primero. Así que en Réplica hay tres cuentos más que en el otro libro y en general son algo más cortos.

Algunos de los cuentos de Réplica habían aparecido previamente en revistas o en libros colectivos. Este detalle me parece importante, porque marca la temática de algunos de ellos.

El libro se abre con Recalificación, que habla del dueño de un pequeño comercio de barrio que verá amenazada su supervivencia por la construcción cercana de una gran superficie comercial. Recuerdo temáticas parecidas en algún cuento de Ignacio Martínez de Pisón. Me gusta mucho el cierre poético y sorpresivo del cuento. Y sobre todo me gusta la seguridad que muestra Serrano Larraz en su prosa, elegante y contundente, sin barroquismos, pero honda y firme.

Un tiempo muerto es el relato correcto que un profesional hace por encargo. Ya he comentado antes que algunos de estos cuentos han aparecido antes en libros colectivos, y éste lo hizo en Tiros libres. Relatos de baloncesto (Lucercalia, Alicante, 2009). No estoy seguro de que Serrano Larraz hubiera elegido esta temática si escribiera pensando simplemente en publicar un volumen de cuentos. Me llama la atención la temática deportiva, pero al final el autor lleva este elemento a su terreno y la pista de baloncesto se transforma en una excusa para volver a sus obsesiones: las relaciones familiares, la soledad, la búsqueda de la identidad y la extrañeza.

Me encanta el tercer cuento, Oxitocina. Es uno de mis cuentos favoritos del libro (o mejor dicho, de los dos libros, Órbita y Réplica). Es un cuento sutil sobre la relación entre un hombre soltero y su sobrina de cuatro años. De fondo se insinúa, entre sombras, la existencia de una enfermedad de la madre. El cuento incide en la extrañeza de la vida y la familia de forma muy poética. Una delicia.

Central es un cuento en el que se narran diversos momentos de la vida de una mujer. Me parece un relato de temática un tanto dispersa, y el interés se acaba escurriendo entre sus costuras. Después de leer Oxitocina, Central me ha gustado bastante menos.

El protagonista del cuento El payaso se llama Miguel. Un Miguel que el lector de la obra de Serrano Larraz podría identificar fácilmente con el propio autor. De hecho, de forma irónica parece estar hablando de su propia trayectoria literaria. En la página 56 leemos: «Hace unos años, cuando Miguel publicó Los gatos escaldados, su primer volumen de relatos, se produjo un equívoco similar. Varias personas del mundo literario le dijeron que uno de los cuentos plagiaba de forma descarada los procedimientos narrativos de Roberto Bolaño. No supo cómo decirles que en realidad él había querido escribir una parodia de los relatos de Roberto Bolaño». Podríamos pensar que el libro Los gatos escaldados es Órbita y el cuento del que habla podría ser el primero del libro. Si Serrano Larraz, como se insinúa aquí, siguiendo el juego propuesto en este cuento, quiso escribir una novela de humor con Autopsia, está claro que no lo consiguió. Pero como se apunta en el propio cuento: toda literatura parte de un equívoco. Me ha gustado este relato metaliterario.

Considero que la idea compositiva de La disolución, con una entrevista sugerida que se le está haciendo a un par de ancianos que hablan de sus hermanos cuando todos eran niños, está por encima de su resolución. Me ocurre igual que con el cuento Central: en estos relatos, Serrano Larraz parece escribir novelas en miniatura, y siento que se dispersan los temas narrativos.

La tabla periódica, con sus escasas tres páginas, me ha resultado demasiado corto y su intensidad dramática no ha llegado a emocionarme.

Me gusta mucho Media Res, que es otro cuento que ya apareció en un libro colectivo (Dopperlgänger: Ocho relatos sobre el doble, Jekyll&Jill, 2011). Es un gran relato negro, algo que no me esperaba encontrar en este libro. He agradecido esta rotura de mis expectativas.

Azrael, sobre la búsqueda de un libro en una librería que sólo vende las obras de autores muertos, es un cuento muy bolañiano. Una amenaza incierta lo recorre de principio a fin. Me gusta.

La frontera es un cuento curioso sobre una chica inmigrante que narra sus vacaciones de Navidad en España. Le sienta bien la no definición, la resolución nebulosa.

Logos me ha parecido un claro homenaje al Stanisław Lem de los cuentos de Máscara, que da la voz narrativa a una inteligencia artificial. Es irónico, pero me ha resultado demasiado distante.

El último cuento, el titulado Réplica, con sus casi 40 páginas, podría ser considerado una novela corta. Contiene algunas de las mejores páginas que he leído de este autor, y para mí es el mejor cuento de sus dos libros de relatos. En la presentación de Réplica en Madrid, Serrano Larraz apuntó que uno de sus temas narrativos predilectos era el de «la identidad». En este cuento, un narrador que se puede identificar fácilmente con el autor habla al lector de los diferentes personajes con los que le han confundido a lo largo de su vida; en muchos casos se ha tratado de músicos con el pelo largo (un rasgo físico que comparten narrador y autor). «En una etapa de mi vida, la más importante (duró aproximadamente tres años), la gente, los desconocidos, me confundía con Enrique Bunbury, el que había sido cantante del grupo Héroes del Silencio. Es la más importante por su duración, por su frecuencia, por su intensidad, pero también por la edad que tenía yo entonces, por lo que tuvo de educación sentimental», leemos en la página 155.
Diría que éste es el cuento más personal del libro y a la vez en el que quedan más latentes los intereses narrativos de Serrano Larraz: su indagación en el «yo» de una forma paródica y cómica que, sin embargo, no deja de ser desoladora. El cuento Réplica está englobado de forma clara en el mismo mundo narrativo del que partía Autopsia; y lo complementa y glosa de manera muy eficiente.


Ya he comentado que he leído seguidos los dos libros de cuentos de Miguel Serrano Larraz: Órbita y Réplica. Han transcurrido ocho años entre la publicación de uno y el otro, y entre medias ha tenido lugar la escritura de la novela Autopsia. Si Órbita era un libro de formación muy prometedor, con algunos cuentos buenos, Réplica es una obra de madurez, la confirmación de un talento que partía de forma demasiado evidente, en algunos casos, de las poéticas de Roberto Bolaño o Julio Cortázar. A pesar de que en este segundo volumen de cuentos nos encontramos con piezas más logradas que otras, como suele ocurrir en un libro de relatos, la sobriedad y la elegancia en el lenguaje de Réplica me ha parecido más conseguida que en Órbita. Réplica es un libro de cuentos muy maduro, con algunos relatos (Oxitocina, El payaso, Media res o Réplica) muy valiosos.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Órbita, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 186 páginas. 1ª edición de 2009. 

En enero de 2017 leí Autopsia, la primera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), publicada en la editorial Candaya. Fue un libro que, como comenté entonces, me gustó mucho. En junio de 2017, vinieron a la Feria del Libro de Madrid por primera vez Olga y Paco, los editores de Candaya. Me pasé a visitarle y compré el primero ejemplar de Réplica que se vendió en la Feria. Hacia finales de septiembre, Serrano Larraz y sus editores vinieron a Madrid para presentar este libro de relatos y me pasé a saludarles. Al final compré, en la librería Nakama, donde tuvo lugar la presentación, Órbita, el primer libro de relatos de Serrano Larraz publicado en Candaya, del que había oído hablar bien. En octubre de 2017 he leído los dos libros de cuentos seguidos en orden cronológico. 

Lo primero que se encuentra el lector al abrir el libro es un prólogo firmado por Manuel Vilas, con fecha de diciembre de 2008. En él, nos encontramos con términos como «literatura mutante», «afterpop» o «literatura Nocilla» para referirse a los cuentos de Serrano Larraz. Este prólogo ha supuesto para mí todo un viaje en el tiempo. Me he acordado, de repente, de que, por aquellos días, se hablaba de literatura en España con aquellos términos que, hoy, casi una década después, me han sonado perfectamente vacíos y pomposos. También apunta Vilas que Serrano Larraz tiene un «mundo propio» y que, en sus composiciones, se puede apreciar la influencia de escritores como Roberto Bolaño o Julio Cortázar; apreciaciones con las que estoy de acuerdo. Pero, ¿qué sería entonces un cuento «afterpop»? La verdad es que no lo sé, simplemente creo que Vilas habla de una narración posmoderna, donde se mezclan referencias a la baja y la alta cultura, y no del todo realista. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. No quiero decir con esto que los cuentos de Serrano Larraz no sean interesantes, en absoluto. Ahora hablaremos de ellos. 

El volumen se abre con un cuento que da título al libro, Órbita, que empieza con la siguiente dedicatoria: «Para B». Intuyo que B no es otro que Roberto Bolaño, al que sé que Serrano Larraz llegó a conocer en Barcelona. Este cuento, sobre un niño superdotado que empieza a sentir fascinación por un escritor científico, es un claro homenaje a Bolaño. La influencia del cuento Sensini (el primero de Llamadas telefónicas) es clara: la soledad del genio (o del escritor), la admiración por una figura que no acaba de ser la de un triunfador, con el que se cartea, la presencia continua de una sensación de amenaza y la inclusión en el texto de nombres de escritores. Los dos protagonistas del cuento quedan en la calle Tallers, aquella en la que vivió Bolaño en sus años de Barcelona. El homenaje es claro. 
Serrano Larraz ha estudiado Ciencias Físicas, y la presencia de términos científicos o matemáticos recorre este libro, dándole un aire propio bastante particular (algo que desaparece en Réplica). 
Órbita es un buen cuento que seduce al lector de forma inmediata. Aquí está ya ese decorado de colegios y calles de Zaragoza que tan atractivo resultaba en Autopsia. 

Perspectivas es un cuento fantástico sobre un muerto que vive en una máquina de tabaco. Quizás aquí sea más clara la influencia de Cortázar, o incluso la de Boris Vian. Perspectivas me parece un cuento de concepción y ejecución mucho más sencilla que Órbita y me gusta menos. Diría que es un cuento de búsqueda y formación, escrito años antes que Órbita. 

Shaman´s Blues es un cuento que carece de nudo narrativo, o bien éste es mínimo, un cuento que –como apunta Vilas en el prólogo– se sustenta con el lenguaje. Esta apreciación me parece cierta, aunque en algunas páginas de la narración la sobrecarga metafórica y referencial acaba siendo excesiva. El cuento apunta caminos narrativos que Serrano Larraz desarrollará en Autopsia, sobre la vida nocturna de su juventud en Zaragoza. En este cuento se habla de «el Letrista», que componía canciones para el grupo por El Niño Gusano. Este personaje hace referencia al músico Sergio Algora. En él también estaba basado el personaje dj Castorp de Autopsia. Me quedo con el desarrollo más maduro que hace Serrano Larraz de estos temas en su novela. 

Y sólo del amor queda el veneno me ha parecido un cuento muy clásico, que como Perspectivas me parece de una época anterior a las piezas más logradas del conjunto. Aquí se hace un uso tímido del humor. 

Estrategia del aplauso, con una pareja de amigos tratando de alterar la realidad para epatar a terceros, es un claro caso de cuento en la línea de extrañeza y juego de Julio Cortázar. Para que el homenaje sea completo no faltan ni tan siquiera las referencias a la música jazz. 

Y así sucesivamente vuelve a ser un cuento que homenajea a Roberto Bolaño. En el cuento de Serrano Larraz un joven comienza a volverse loco al encontrar extrañas coincidencias en las matrículas de su pueblo. En una de las narraciones de Los detectives salvajes (si no lo recuerdo mal) había un personaje que también se topaba con extrañas casualidades numéricas que le habían ganar la lotería. Serrano Larraz lleva la historia a su terreno: Zaragoza, la juventud extraviada y las ciencias. 

Me gustan bastante los tres cuentos largos con los que finaliza el libro. 

Cuerpo y alma me parece uno de los cuentos más maduros del libro. Un cuento sobre relaciones que acaban y terminan, con una tristeza bastante adulta. Cuerpo y alma adelanta el camino que luego se recorrerá en las páginas de Réplica. 

Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (segundo premio) me gusta también mucho. Es uno de los cuentos más originales. En él, un novio abandonado le escribe una larga carta al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Una carta que espera entregarle en mano unas horas después, cuando vaya a visitarle a una librería de Zaragoza en la que estará firmando libros. Bryce Echenique era el autor favorito de su novia y el novio espera su intercesión benéfica. Con ironía se habla aquí de la insignificancia social de la literatura. 

Últimas señales también es una de las piezas más destacadas del libro, un cuento que habla de la relación entre dos hermanos, y la de éstos con sus padres. Quizás su final, de una redondez un tanto excesiva, le hace perder –paradójicamente– un poco de fuerza. 

Ahora que escribo esta reseña, puedo apuntar que ya he leído los tres libros que Miguel Serrano Larraz tiene publicados en Candaya y creo que me hubiera gustado leerlos en orden cronológico. Al haber empezado por Autopsia, una novela muy sólida y madura, que me gustó mucho, tengo la impresión de que mis expectativas eran demasiado altas con Órbita. Esta colección de cuentos está publicada cuatro años antes que la novela, y supongo que recoge narraciones de diversos periodos de la formación de Serrano Larraz. Nos encontramos aquí con cuentos bien resueltos: Órbita, Estrategia del aplauso, Cuerpo y alma, Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo Premio) y Últimas señales. Aunque a alguno de ellos se le nota demasiado el homenaje (Bolaño en el caso del primero y Cortázar en el segundo), estos cuentos se mezclan aquí con otros más titubeantes (Perspectivas, Shaman´s Blues, Y sólo del amor queda el veneno o Y así sucesivamente).

Si me hubiera acercado a Órbita sin conocer Autopsia, habría pensando en un debut prometedor. La promesa se confirmó en Autopsia, efectivamente; pero al volver hacia atrás he sentido más las costuras de la escritura, lo que en realidad no es algo malo. Órbita es un buen libro (con los desequilibrios de la búsqueda de una voz propia), pero –y de esto ya hablaré la semana que viene–, como era de esperar por otro lado, Réplica es mejor. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Nostalgia, por Mircea Cărtărescu

Editorial Impedimenta. 375 páginas. 1ª edición de 1993; ésta es de 2016. 
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. 
Introducción de Edmundo Paz Soldán. 

Llevaba muchos años oyendo hablar de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), uno de los buques insignia de la editorial Impedimenta. Hace unos años estuve a punto de acudir a la presentación en Madrid de uno de sus libros porque iba a estar allí el autor, pero al final lo dejé pasar. Consideré, en aquel momento, que no debía interesarme por más escritores nuevos. Pero los comentarios favorables sobre Cărtărescu seguían llegándome. Sobre todo había oído hablar de El ruletista, del que (hasta hace no mucho tiempo) no estaba seguro de si era un cuento o un conjunto de cuentos. En la Feria del Libro de Madrid 2017 me acerqué a la caseta de Impedimenta y me apeteció preguntarles a sus editores, Enrique Redel y Pilar Adón, qué libro de Cărtărescu me recomendaban para empezar con él. Sin dudarlo me señalaron Nostalgia. Yo les hablé de El ruletista, y me comentaron que Nostalgia lo incluye, pues es su primer relato. Así que me compré Nostalgia y me he puesto con ella hacia finales de septiembre, cuando ya estaba anunciada la salida de la última novela de nuestro autor rumano, Solenoide, de la que me hablaron sus editores en la feria y que la crítica apunta que es su mejor libro. 

Nostalgia está compuesta por cinco narraciones. Algunas, de unas 30 páginas, podrían ser calificadas de relatos, y otras, de unas 150 páginas, son ya novelas cortas o simplemente novelas. Cărtărescu publicó este libro en 1993, cuando ya se había labrado una reputación en Rumanía como poeta. Esta obra le situó también a la cabeza de los prosistas de su país. 

El ruletista aparece en una primera parte del libro titulada Prólogo. En este relato, un escritor conversa con el lector y le anuncia que le va a contar la historia de uno de los vecinos del barrio de su infancia. Es normal que el narrador interrumpa la historia contada para hacer alguna reflexión y convertirse a sí mismo en un personaje del relato. Esto que, en principio, parece un recurso narrativo del siglo XIX, es empleado con mucha gracia y soltura, y en realidad se convierte más en un elemento posmoderno, puesto que juega con los límites de la propia escritura. 

El ruletista es un cuento redondo sobre la suerte y el destino. Un texto en el que podemos sentir la influencia de Jorge Luis Borges y su gusto por la paradoja. Aquí, los personajes quedan supeditados a la anécdota, y se dibuja para ellos una psicología que tiende más a lo fantástico y mítico que a lo racional. Es difícil no sucumbir al encanto y el talento de Cărtărescu después de acabar este cuento, todo un clásico moderno. 

El cuerpo central del libro se titula, precisamente, Nostalgia, y está formado por tres narraciones: El Mendébil, Los gemelos y REM. El primero es un relato extenso, y en los otros dos casos podemos ya hablar de novelas. 
Estas tres narraciones tratan sobre la infancia y la adolescencia. Si bien El ruletista transcurría en una ciudad innominada que el lector podía suponer que era Bucarest, en esta parte central del libro la localización narrativa se hace más explícita y sobre todo aparece, de forma recurrente, una avenida de la ciudad llamada Stefan cel Mare. «Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Solo escribo para vosotros, queridos amigos, y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos», leemos en la primera página 43 de este relato. De nuevo, y éste es un recurso que se repite en las distintas historias de este libro, tenemos aquí a un narrador que, de forma consciente, le informa al lector de que le va a contar algo. Aquí también cobrará importancia la descripción de los sueños, un elemento que acaba siendo crucial en el estilo compositivo de Cărtărescu. El narrador nos hablará de la época en la que era un niño de siete años y disfrutaba de uno de los largos veranos de la infancia. Al barrio llega un niño nuevo –el Mendébil– que primero sufrirá acoso por parte del resto y luego les seducirá con sus historias, para volver a caer en desgracia cuando los demás se percaten de que es sexualmente más adelantado que ellos. Esta idea de la sexualidad no aceptada por los niños se repite en las demás narraciones de este cuerpo central de Nostalgia. Cuando se describen las historias que cuenta el Mendébil a los otros niños he vuelto a pensar en la imaginación de Borges, un autor al que sin duda (acaba citándolo en un cuento) Cărtărescu admira.  

Los gemelos trata sobre la ambigüedad sexual de un joven. El cuento arranca con el protagonista masculino vistiéndose de mujer. Luego empezará a narrarnos su historia: su rechazo de la sexualidad en un campamento de verano (esta parte, en la que se describe la infancia, tiene mucho que ver con El Mendébil), para hablar posteriormente de su enamoramiento de una joven compañera de clase. El narrador le está contando su historia a los médicos del centro psiquiátrico en el que se encuentra internado. La narración se mantiene, durante bastantes páginas, dentro de los cánones del realismo (aunque con algunos toques alucinados), para acabar desbordándose en un alarde de imaginación y creatividad. En este sentido, Cărtărescu es un escritor muy dotado para romper con las expectativas del lector. 

REM es la narración más larga del libro. El lector debe tener cuidado al acercarse a ella y no perderse en el juego de narradores inicial: el narrador nos cuenta que está en una habitación con dos amantes. «Doy vueltas por la estancia cada vez más agitado. Mis patas, mis garras, mi vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más en el ocaso inversa» (pág. 201). El narrador, como podemos ver, es un ente indefinido que dará la voz narrativa a un chico, más joven, y también a una mujer, que le contará a su amante una historia que vivió en su infancia, cuando su madre estaba enferma y tuvo que pasar una temporada de verano en casa de una tía. Esta narración es enormemente imaginativa y fantasiosa.  

En el prólogo del libro, Edmundo Paz Soldán escribe: «Un cuento prodigioso –en más de un nivel– como REM puede remitir a Borges, pero también a Lewis Carroll y a Bruno Schulz, esos dos grandes narradores de la infancia y la juventud como territorios de lo mágico». Suscribo el comentario de Paz Soldán. Lo cierto es que había leído el prólogo antes que los relatos (hubiera sido mejor dejarlo para el final), y tal vez mi cabeza estaba buscando ya las referencias a Borges, Carroll y Schulz, pero, puesto que son tres escritores a los que he leído, me gustaría pensar que habría acabado pensando en ellos igualmente, aunque me hubiese saltado el prólogo. La referencia a Borges es evidente, puesto que REM acaba siendo una especie de Aleph. También lo es la referencia a Carroll, con unos relojes cuyas manillas dan vueltas de forma descontrolada y unos agujeros en la tierra por los que se adentran las protagonistas infantiles. Bruno Schulz en Madurar hacia la infancia hace que la imaginación infantil se adueñe del relato, igual que hace aquí Cărtărescu. 

Además de los sueños y los juegos con el narrador que interviene en la historia, en estos relatos se repite siempre una obsesión del autor: la presencia inquietante de las arañas y las telarañas. 

En la página 216, el narrador animalizado (que en realidad parece un espectro) se dirige al lector: «Esto se alarga tanto que, querido lector, me siento obligado a llenar tu espera con algo. No creo que te venga mal que te cuente algo más sobre Vali (…). Él escribirá, por ejemplo, dentro de dos años (desvelo esto sólo para que os hagáis una idea de sus posibilidades como novelista principalmente) la primera historia de este volumen, El ruletista». Las cinco narraciones (y sobre todo las tres centrales) del libro están fuertemente unidas. 

Después de un desarrollo fuertemente imaginativo y fantástico, hacia el final de REM leemos: «Naturalmente, en cuanto llegué a casa la magia se esfumó» (pág. 339), y aquí la narradora parece despedirse ya de la infancia. 

El quinto relato está situado en una parte del libro llamada Epílogo; se titula El arquitecto. Su estilo literario lo emparenta con El ruletista. Aquí nos encontramos con un arquitecto que empieza a obsesionarse con los cláxones de los coches, lo que le lleva a crear todo un mundo musical. Este cuento se puede relacionar con Kafka y sus artistas del hambre o del trapecio. 

En resumen, Nostalgia me ha parecido un libro inmenso, todo un clásico moderno. Y Mircea Cărtărescu un escritor dotadísimo, que bebe de algunos clásicos de los siglos XIX y XX (Lewis Carroll, Franz Kafka, Bruno Schulz o Jorge Luis Borges), pero tratados de una forma muy original. Realismo que se rompe cuando el lector menos se lo espera, juegos de narradores, prosa trabajada y muy imaginativa… toda una delicia de lectura. Muy recomendable. 




domingo, 3 de diciembre de 2017

Un paseo por la desgracia ajena, por Javier Moreno

Editorial Salto de página. 169 páginas. 1ª edición de 2017. 

Javier Moreno (Murcia, 1972) le pidió a Pablo Mazo, el editor de Salto de página, que me hiciera llegar su último libro de relatos, y éste se materializó en mi buzón. Lo cierto es que –según mi propio código ético de reseñista aficionado– no me siento con obligación de leer los libros que llegan a casa sin que yo los haya solicitado (cuando esto sí ocurre, estoy obligado, por el mismo código ético, a leerlos y reseñarlos en un periodo de tiempo razonable), y, sin embargo, decidí que sí iba a leer Un paseo por la desgracia ajena. Nunca hasta ahora había leído nada de Javier Moreno, pero sí reseñas sobre sus libros, y me parecía que sus propuestas sonaban interesantes. También he coincidido con él en diversas presentaciones de libros durante los últimos años y me parece una persona cordial, que además posee grandes conocimientos de literatura. Sabía que era profesor de instituto y había supuesto que su asignatura sería Lengua y Literatura, pero descubrí hace poco que en realidad da clases de Matemáticas (yo también he sido profesor de Matemáticas durante bastantes años y esto hace que me sienta cercano a Javier). Creo que este dato, la formación matemática, acaba siendo relevante a la hora de componer sus relatos, que reflejan (como apuntó el escritor Miguel Espigado en la presentación del libro) una mente científica. 

Un paseo por la desgracia ajena está formado por diecisiete relatos, lo que hace que los cuentos tengan una media de diez páginas (los hay de cuatro y también de más de veinte). El primero se titula Boca abajo y se desarrolla en el interior de un coche en que viaja una pareja con su hija. Es un relato tenso que tiene que ver, en última instancia, con la casualidad y las leyes del azar (aquí se puede observar esa predisposición científica de la que habló Espigado el día de la presentación). Dos relatos más comienzan dentro de un coche: Gota de ámbar y Coche fúnebre. Este dato del escenario cerrado y minúsculo me parece significativo, porque Moreno compone sus cuentos creando mundos asfixiantes y autoconscientes; reales, pero un tanto distorsionados. Gota de ámbar –el segundo cuento– es un gran relato sobre el dolor que conlleva la pérdida de un hijo. Coche fúnebre, en cambio, es más bien un relato cómico, de un humor negro un tanto desangelado, que cae en el absurdo, muy presente en este libro. 

Los relatos de Moreno no son fantásticos, pero su realismo bordea lo inverosímil y gusta de la exageración. Moreno es un gran admirador de escritores como J. G. Ballard y Don DeLillo. De hecho, hace no mucho se tradujo su novela Alma al inglés y el libro acabó en manos de DeLillo, que dedicó un comentario elogioso y manuscrito (la nota circuló por Facebook) a la escritura de Moreno. Estas influencias están presentes en este libro. 

Destaco otra idea de Miguel Espigado durante la presentación: la voz narrativa que se encuentra detrás de estos cuentos es la de una persona madura, que contempla el mundo desde el escepticismo. En este sentido me parece destacable de los cuentos las reflexiones que proponen. El texto está cuajado de sentencias interesantes sobre la realidad analizada («con mirada de antropólogo», apuntó el propio Moreno en la presentación de su libro). Por ejemplo: «La madurez es un estado ficticio, un mito sociológico que busca atemperar el deseo y el instinto a cambio del disfrute de cierta seguridad económica y emocional. A un hombre maduro le delatan sus convicciones, como si el objetivo de la vida fuese extraer un conjunto de reglas a las que atenerse y juzgar a los demás» (pág. 55); «El deseo nunca es inmediato. Uno acaba deseando lo que desea el otro. No sabemos lo que queremos hasta que alguien lo valora con su mirada. Deseamos el deseo del otro» (pág. 61); «La suerte, esa excepción estadística que actualiza lo posible y lo inviste de acontecimiento» (pág. 45). 
Me gustaría destacar también que Moreno empezó en la literatura como poeta, y esto también se aprecia en el juego metafórico de sus páginas; por ejemplo, en la página 57 leemos: «Su risa sonaba como un estante de copas haciéndose añicos». El cuento El discurso del método comienza con una cita de Mark Strand, una de las referencias actuales en la poesía mundial. 

En la presentación, Moreno apuntó que considera que la suya es una escritura de «ideas». Me gustaría comentar esto: creo que mis escritores de relatos favoritos escriben relatos de «personajes» y no de «ideas». Es decir, Jon Bilbao –uno de mis referentes actuales en cuento español– compone sus relatos (deudores de la literatura de John Cheever o Raymond Carver) creando personajes y haciéndolos interactuar con sus conflictos internos. En estos relatos se juega con la parte expuesta de los personajes y la que queda sumergida y que el lector ha de imaginar. Supongo que un escritor como Bilbao piensa en conflictos personajes y no en ideas. El propio Moreno señaló cuál podría ser uno de los peligros de componer los relatos en torno a «ideas»: separar las buenas ideas de las que se quedan en ocurrencias.
En este sentido, los cuentos que menos me gustan de Un paseo por la desgracia ajena son aquellos que me parece que se quedan cerca de la mera ocurrencia. Esto me sucedió al leer, por ejemplo, El discurso del método, sobre los pensamientos de un mimo que en la madrileña plaza de Sol imita a Descartes. Entiendo el juego, la plasmación de los pensamientos del personaje es una parodia de la escritura de Descartes. Pero no encuentro aquí interacción entre personajes, conflicto… y esto hace que el cuento se quede para mí en la ocurrencia. Como siempre, la escritura está contenida, es poética y reflexiva, pero en un cuento como El discurso del método estas virtudes no me parecen suficientes para sostenerlo. Esto mismo me ocurre con Sniper Alley, otro cuento sin interacción de personajes y que me resulta pobre. 
Sin embargo, en El sueño más dulce, pese a que sólo hay un personaje y, por tanto, podría adolecer del problema planteado arriba, la situación creada me parece más sugerente. Aquí, un hombre obeso, adicto a la ingesta masiva de caramelos Solano gana el premio de poder pasar unos días en la fábrica. Allí se quedará encerrado, en un mar de caramelos que amenazan con engullirle. Como decía al principio, las narraciones de Moreno no son fantásticas, pero muchas de ellas rozan el absurdo y lo inverosímil. Esto las hace crecer. 

Dos parejas es el cuento más largo del libro y es diferente al resto porque su fuerza recae en los diálogos de cuatro personajes y no en la narración indirecta. Dos parejas han quedado para realizar un intercambio sexual, que no parece que vaya a acabar bien. Durante una noche de borrachera se irán escupiendo algunas verdades sobre cada uno. Dos parejas es un cuento áspero e intenso. Cuando el día diez de octubre acudí a la presentación del libro a un teatro de la zona de Embajadores, llevaba medio libro leído. El siguiente cuento, que empezaría al día siguiente, era justo Dos parejas. La presentación se hizo en un teatro porque este cuento había sido representado como obra de teatro y Moreno había contactado con los actores para que volvieran a representarlo. Por supuesto, cuando a la mañana siguiente leí el relato en el autobús que me acerca al colegio donde trabajo, no podía dejar de recordar a los actores recitando el texto. Fue una sensación extraña y privilegiada. 

En un cuento como Dos camisas iguales, Moreno juega con la idea del doble y quizás este relato adolece del problema comentado antes, que al no existir interacción entre personajes se queda más en un relato de «idea» que de «personajes», lo que para mí (una idea del relato totalmente subjetiva, por supuesto) lo empequeñece frente a otras propuestas. 

Me ha resultado curiosa la lectura de En busca del fuego, porque está basado en una anécdota real que (igual que Moreno) yo le había escuchado contar a Pablo Mazo: la experiencia madrileña del 15-M como juego alucinógeno. Es un cuento divertido. 

Me dejo para el final los cuentos más destacables del libro, que serían algunos como Phoenix, Selfie-vamps, El arquitecto y la modelo, Ello y D. J. En ellos, Javier Moreno despliega el que para mí es su más claro talento: percibir los cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en nuestras vidas. Son éstos, en algunos casos, cuentos ligeramente futuristas, de una ciencia-ficción muy cercana a la realidad. En Selfie-vamps, por ejemplo, dos adolescentes se fotografían en poses desenfadadas con suicidas o personas a punto de morir detrás, buscando el éxito en las redes sociales. Un cuento muy logrado, muy inquietante. En Ello, las personas le han dejado todos sus datos a una aplicación que decide por ellos, en el supermercado, en las relaciones… 
«Resulta cada vez más infrecuente tratar con alguien sin la mediación de las redes sociales.», leemos en la página 135, y en esta frase se encuentra una de las ideas compositivas más potentes de estos últimos cuentos que destaco aquí. 


Como siempre ocurre al leer un libro de relatos, algunos de los diecisiete contenidos en Un paseo por la desgracia ajena me parecen más logrados que otros. Su lenguaje cuidado, analítico, ligeramente sentencioso, pero también poético, los une. Algunos, como ya he apuntado, se quedan en pirotecnia formal, pero los más logrados, sobre todo cuando se vuelven ligeramente futuristas, me parecen muy inquietantes, muy conseguidos. Por tanto, el Javier Moreno escritor de cuentos me parece una voz a tener en cuenta en el panorama nacional, competitivo y pequeño, del libro de relatos.