domingo, 16 de octubre de 2016

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, por Philip K. Dick.

Editorial Acervo. 282 páginas. 1ª edición de 1974; esta de 1976.
Traducción de Domingo Santos.

Encontré esta edición de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía en una librería de segunda mano, especializada en ciencia-ficción, que estaba en Ópera (Madrid). Fue un viernes por la tarde y estaban a punto de cerrar. La novela costaba 25 euros, un precio elevado para lo que suelo gastarme en librerías de segunda mano. Era la primera edición del libro, que apareció en España en 1976, estaba nuevo, con su faja promocional incluida, y en ese momento estaba descatalogado en España (unos años después lo volvió a reeditar Minotauro). Además, la traducción era de Domingo Santos, al que yo conocía ­–también es escritor de ciencia-ficción– como traductor del mítico Dune de Frank Herbert. Acabé comprándolo. Le comenté al librero que era la última novela, de las que estaban disponibles en España en ese momento, que me quedaba por leer de Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982). El librero no me contestó nada, me cobró y salí de la tienda algo cortado. No mucho después la librería cerró. No me extrañó nada. No hace falta ser profesor de Economía y Empresariales (como yo) para saber que si abres un negocio dirigido a un público muy concreto y especializado, este sólo puede prosperar si tú mismo eres un entusiasta del material que vendes.

A pesar de que, ciertamente, Fluyan mis lágrimas... era la última novela de Dick traducida al español (si descontamos alguna inencontrable traducción argentina) que me quedaba por leer y de que pagué 25 euros por ella, llevaba cinco o seis años en mi montaña de libros por leer. Además, Minotauro sacó al mercado una nueva, Laberinto de muerte, que compré y leí de forma inmediata. También leí una novela de Dick en inglés (The man whose teeth were all exactly alike), aún no traducida al español, antes que Fluyan mis lágrimas..., que tiene más prestigio que estas otras novelas de las que hablo. Y no sé por qué. Quizá tenía miedo a que me decepcionara, o a quedarme sin más novelas de Dick para leer (y eso que aún no he leído sus cinco tomos de cuentos). El caso es que este verano estuve ocho días de vacaciones en Londres (después de diez años sin ir), y me gustaba entrar en las grandes librerías de varias plantas, visitar su sección de ciencia-ficción y hojear los libros de Dick aún no traducidos al español. Creo que hacerlo me rejuvenecía, ya que Dick ha sido uno de mis escritores fetiches, mi escritor favorito durante la adolescencia. En Londres terminé comprando dos novelas en inglés y un libro de entrevistas. Al regresar a Madrid, antes de empezar con ellas me apeteció tomar por fin, de los altillos de mis estanterías, Fluyan mis lágrimas...

También he estado hojeando de nuevo la biografía de Dick Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, escrita por Emmanuel Carrère. Según esta biografía, Fluyan mis lágrimas... fue una de las novelas más importantes para Dick a nivel personal. En noviembre de 1971, después de varias semanas pensando que alguien iba a asaltar su casa, ésta fue efectivamente desvalijada. Según Dick, este hecho probaba que no era un paranoico, sino que tenía razón de modo intuitivo. El episodio del asalto le preocuparía, sin embargo, durante mucho tiempo. Una de sus teorías era que el gobierno de Estados Unidos entró en su casa en busca del primer manuscrito de Fluyan mis lágrimas..., porque en esta novela hablaba de una droga con la que, supuestamente, estaba experimentando el propio gobierno, cuyo presidente en aquel momento era Richard Nixon, y él había preconizado algunos de los acontecimientos secretos que estaban ocurriendo en la realidad. Por tanto, el gobierno le seguía la pista. La vida de Dick siempre pareció una novela de Dick.

El personaje principal de Fluyan mis lágrimas... es Jason Taverner, un cantante de cuarenta y dos años que dirige un programa de televisión llamado Jason Taverner show, que posee una audiencia de treinta millones de personas. Jason mantiene un romance con la también famosa cantante Heather Hart. Aunque se siente algo mayor, Jason es una persona satisfactoriamente instalada en una vida de éxito.

Después de uno de sus programas, Jason vuela con Heather desde California hasta una de sus casas en Suiza. Por el camino recibe la llamada de una joven actriz a la que trató de ayudar en su carrera, con la que además (esto Heather sólo lo sospecha) tuvo un romance. Jason hace un alto en el camino para averiguar por qué la joven actriz siente tanta urgencia por verle. En su casa, Marilyn, la actriz, arrojará a Jason una «esponja Callisto», que se anclará en su pecho con sus cincuenta tubos de alimentación. Aunque Jason logra arrancársela, algunos de sus tubos quedarán insertados en su interior. Su vida corre peligro y, ya en el hospital, tendrá que ser operado. Éste sería el resumen del primer capítulo.

En el segundo Jason se despierta, pero en vez de estar en el hospital, se encuentra en la habitación de un hotel barato. Sigue llevando el traje de la noche anterior, y un fajo de 5.000 dólares en un bolsillo que también estaba allí hace veinticuatro horas. Jason se asusta. No puede limitarse a salir a la calle y volver a su casa. La novela, escrita durante los años 70, está ambientada en 1988, y en este 1988 de coches voladores, en que el hombre, además de en la Tierra, vive en colonias marcianas, sigue gobernando Richard Nixon. El mundo –o al menos la porción de mundo que representan los Estados Unidos– se ha convertido en un estado policial, con controles «pols» y «nacs» en casi todas las calles. Además, los campus universitarios están acordonados por la policía y los estudiantes condenados a vivir bajo tierra.

Jason, a pesar de su traje bueno y su dinero, se ha despertado en una habitación de hotel desconocida sin documentos de identidad, lo que puede llevarle a un campo de concentración tras ser interceptado por cualquier control policial rutinario. Jason comienza a hacer llamadas telefónicas y nadie ‒ni su agente, ni su amante‒ le conoce. Es posible que ya no sea una estrella de la televisión con una audiencia de treinta millones de espectadores.
Jason decidirá pagar una fuerte suma de dinero al recepcionista del hotel para que le presente a algún falsificador de tarjetas. Así empieza a entrar en contacto con una cadena de enigmáticas mujeres y policías. Es posible, también, que alguna de las mujeres con las que se cruza sea una confidente de la policía.

El ambiente que recrea Dick en esta novela es profundamente angustioso y paranoico. El lector siente en cada momento el peso de la persecución del aparato del Estado sobre Jason, que en realidad no ha cometido ningún delito. Lo malo no es cometer un delito ‒reflexiona McNulty, un alto cargo policial, que acabará convirtiéndose en uno de los personajes secundarios de la novela‒, sino que la policía se haya fijado en ti.

En Fluyan mis lágrimas... nos encontramos con los elementos clásicos de las novelas de Dick: angustia existencial y paranoia, además de percepciones de la realidad alteradas y personajes perdidos en otros mundos. La novela está escrita en tercera persona, pero, como viene siendo habitual en Dick, el narrador cede la voz a los personajes reflejando sus pensamientos y terminando el párrafo con la palabra «pensó». Tenemos aquí también a una misteriosa mujer morena, trasunto de la hermana gemela de Dick, muerta semanas después del parto.

Como ya he leído muchas novelas de Dick (más de veinte; de hecho, es el escritor del que más libros he leído), ya conozco muchos de sus trucos narrativos. Al principio pensaba que toda la novela, la realidad alternativa en la que un personaje tan popular como Jason se convierte en un desconocido sin papeles, iba a ser un sueño inducido por el veneno que inoculó en Jason la esponja Callisto del primer capítulo. Pero, según avanzaba en la lectura, y veía que en algunos capítulos el narrador nos hablaba de McNulty y el lector podía acercarse a sus pensamientos, deduje que la resolución del libro tenía que ser algo más compleja de lo que estaba imaginando, como así ha sido al final (compleja y absurda y divertida no tienen por qué ser términos contradictorios).

Como siempre, me han encantado los detalles fantásticos e imaginativos que utiliza Dick en sus novelas. Así, por ejemplo, leemos en la página 243: «Aquel selecto edificio de diez plantas que flotaba, sobre chorros de aire comprimido, a algunos palmos del suelo. La flotación daba a sus inquilinos la incesante sensación de estar siendo suavemente acunados, como en un gigantesco regazo materno. Aquello siempre le había gustado. Allá en el Este aún no se había puesto de moda, pero aquí en la Costa era el último y carísimo grito».

La edición de Acervo de 1976 está plagada de erratas (comienzos de frase sin mayúscula, pronombres con tildes o sin ellas, la misma palabra –por ejemplo «rió»– en unas ocasiones con tilde y en otras sin ella, alguna frase de traducción dudosa…), pero hasta este detalle tan pulp aporta encanto al libro. Espero que la nueva edición de Minotauro esté revisada.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (el título hace referencia a un verso de un poema de John Dowland, que le gusta al jefe de policía McNulty) tiene mucho sentido del ritmo y va generando una angustia y una intriga que hacen que el lector quiera seguir leyendo. El libro contiene prácticamente todos los elementos característicos de una novela de Dick (no había aquí, sin embargo, ninguna subtrama que hablase de Dios). Se trata de una destacada obra de su bibliografía, lo que no quiere decir –al menos para mí, que soy un devoto del universo dickeano– que sea una obra menor, sino todo lo contrario: estamos hablando de una gran novela.

«Mi realidad está filtrándose de vuelta», dice uno de los personajes. Yo, que empecé a leer a Philip K. Dick en 1990, no puedo dejar de quererlo.


jueves, 13 de octubre de 2016

Teoría de la clase ociosa, por Thorstein Veblen

Editorial Alianza. 429 páginas. 1ª edición de 1899, ésta es de 2014.
Traducción y prólogo de Carlos Mellizo

No estoy seguro de que, durante mis años de universidad como estudiante de Empresariales, apareciera en algún momento el nombre de Thorstein Veblen (Wisconsin, 1857 - California, 1929). Lo ha hecho, sin embargo, cuando he empezado a ser profesor de Economía de Bachillerato Internacional en el colegio en el que trabajo. En los manuales que uso para prepararme las clases, en los temas sobre oferta y demanda, se habla de los «bienes de Veblen», que son aquéllos en los que empieza a subir la demanda cuando los precios superar un determinado mínimo, porque sus compradores ven en ellos lo que se califica como «valor snob». Así lo traduje yo del libro de Bachillerato Internacional en inglés, y que, entiendo ahora, Carlos Mellizo traduce como «consumo ostensible».

Yo hablaba de los bienes de Veblen en mis clases y en alguna librería vi, sobre 2014, la reedición de Teoría de la clase ociosa, con su encantadora portada retro, estilo en el que suele incidir el acertado nuevo diseño de Alianza. La compré en la Feria del Libro de Madrid de 2015, en la caseta de la Librería Ecobook, especializada en economía.

Si el año pasado al acabar el curso académico leí la edición extractada de El Capital de Karl Marx realizada por César Rendueles, éste me apeteció acercarme a la Teoría de la clase ociosa de Veblen.

Como viene siendo habitual, pasaré a realizar un resumen del libro:

Prólogo de Carlos Mellizo
Según el comentarista económico Rick Tilman, Thorstein Veblen «fue probablemente el economista y crítico social más penetrante que los Estados Unidos ha producido.» (pág. 9)
Veblen nació en Wisconsin y fue el hijo de unos padres noruegos emigrados a Estados Unidos.
«Para entonces (1884) ya ha adquirido una reputación de persona non grata en los círculos académicos de su país y le resulta imposible encontrar un puesto universitario.» (pág. 10-11)
Veblen se casó con Ellen Rolfe y sus múltiples infidelidades, que su mujer se encargaba de airear, hicieron que fuese expulsado de varias universidades.
Se considera a Veblen el fundador de la llamada «economía institucional», que analiza la evolución de las instituciones económicas; así, según él, el sujeto económico no es el individuo, sino el grupo o institución. La institución puede establecer sus propias normas de comportamiento, que no han de ajustarse necesariamente a una elección racional. Me interesa esta idea: siempre me ha parecido que la supuesta racionalidad de los agentes en los modelos de economía no siempre estaba justificada.
Pág. 24 y 25: «El tono satírico que penetra las páginas de esta Teoría de la clase ociosa implica, obviamente, una toma de postura que en muchos aspectos puede ser entendida como una extensión del pensamiento marxista». Esta idea me interesa: al buscar información sobre el libro, antes de empezar a leerlo, leí un comentario que consideraba que a pesar del tono de burla del ensayo, Veblen defendía a la clase ociosa, y la consideraba necesaria como modelo de comportamiento consumidor por el resto de personas de la sociedad. Tras leer el libro, esta idea comentada no me parece que aparezca en él.

Prefacio
Veblen comenta que su investigación «discurre por terrenos de teoría económica y generalización etnológica.»

1. Introducción
La institución de la clase ociosa puede encontrarse en su desarrollo más completo en los estadios más altos de la cultura bárbara, como por ejemplo en la Europa y en el Japón feudales. En estas sociedades hay una clara distinción de clases sociales. La más alta habitualmente está exenta de los trabajos industriales, y se dedica a los “empleos honorables”: el ejercicio de las armas, o el sacerdotal; también al gobierno y a los deportes. Estos son empleos que no pueden alcanzar las clases bajas.

Veblen dice que cualquier tribu de indios de Norteamérica puede tomarse como ejemplo de sus teorías. En estas tribus existe una marcada diferencia de tareas entre hombres y mujeres y esta distinción es de carácter odioso. Las mujeres serán empleadas en las tareas útiles, que en la etapa siguiente de la evolución social serán las “tareas industriales”.
«La gama de empleos industriales es una derivación de lo que en la comunidad bárbara primitiva era el trabajo de las mujeres.»
Veblen habla de un salvajismo primitivo en el que no hay una jerarquía de clases económicas, y dice que esta fase de la humanidad «constituye sólo una pequeña e insignificante fracción de la raza humana.»
«La institución de una clase ociosa ha emergido gradualmente durante la transición de un estado salvaje a un estado bárbaro». Para que esto ocurra deben darse unas condiciones:
1) la comunidad debe poseer un hábito de vida predatorio (guerra, caza o ambas cosas) 2) la subsistencia debe ser alcanzada de manera relativamente fácil.
Las tareas dignas para la clase ociosa son aquella que se pueden clasificarse como proezas; las indignas son aquellas necesarias para la vida cotidiana.
«Las que se reconocen como características sobresalientes y decisivas de una clase de actividades o de una clase social en una etapa determinada de una cultura, no retendrán la misma importancia relativa, a efectos de clasificación, en ninguna etapa posterior.» (pág. 41). En la sociedad primitiva la división de tareas entre dignas e indignas, entre proezas y lo que no son proezas, coincide con la división de tareas de los sexos. La caza y la lucha (actividades depredadoras) son propias de los hombres. «En muchas tribus de cazadores el hombre no tiene la obligación de traer a casa la presa cazada, sino que debe mandar a su mujer a que ella realice esa tarea inferior» (pág. 47)
«El concepto de dignidad, valía u honor, tal y como son aplicados a las personas o a la conducta, es de primordial importancia para el desarrollo de las clases y en las distinciones de clase.»
Veblen también apunta que el hombre tiene un sentido del mérito de servir para algo o de ser eficaz y del demérito de la futilidad, el despilfarro o la incapacidad. A esta actitud la llama instinto de trabajo eficaz. Este instinto de hacer las cosas bien se manifiesta en una comparación competitiva, odiosa, entre personas. El instinto de hacer las cosas bien se manifiesta en una demostración emuladora de fuerza. Para el guerrero o el cazador el botín, los trofeos de caza o de guerra son apreciados como pruebas de fuerza preeminente. Se establecerán comparaciones odiosas entre un guerrero o cazador y otro.
Mientras que las armas son honorables, el manejo de herramientas o instrumentos de trabajo se ve como algo inferior.
«Una cultura depredadora es impracticable en épocas primitivas hasta que las armas evolucionan hasta un punto en el que hacen del hombre un animal formidable» (pág. 52)

2. Emulación pecuniaria
«La emergencia de una clase ociosa coincide con el comienzo de la propiedad.» (pág. 54). La diferenciación original de la que surge la distinción entre una clase ociosa y una clase trabajadora proviene de la división que se establece en la baja edad bárbara entre el trabajo de los hombres y el de las mujeres.
«Apropiarse de mujeres es cosa que empieza de una manera clara en las primeras épocas de la cultura bárbara.» La razón original de su apropiación era la de su utilidad como trofeos. La propiedad-matrimonio hace que surja un hogar con un jefe masculino. Se produce una extensión de la esclavitud que abarca a otros cautivos y subordinados además de las mujeres. De la apropiación de las mujeres, el concepto de propiedad se extiende a los productos de su trabajo; y así surge la apropiación de cosas tanto como de personas. De este modo se va instalándose un sistema consistente de propiedad de bienes.

Veblen apunta que algunos economistas consideran que la lucha por la riqueza es algo que viene a ser en sustancia una lucha por la subsistencia. Luego, en las fases del desarrollo industrial, en vez de hablar de subsistencia se habla de “competición por aumentar las comodidades de la vida”. Veblen no está de acuerdo, él apunta: «El móvil que subyace en la raíz de la propiedad es la emulación. (…) La propiedad comenzó y llegó a convertirse en una institución humana por razones que nada tienen que ver con el mínimo necesario para subsistir. Desde el principio, el incentivo dominante fue la distinción que establece diferencias odiosas entre los diversos niveles de riqueza.» (pág. 58) La propiedad empezó siendo un botín exhibido como trofeo capturado en el ataque victorioso. La comparación odiosa en la etapa bárbara era la principal utilidad de las cosas poseídas.
La fase del saqueo deja paso a una etapa posterior en la que se produce una organización del trabajo sobre la base de la propiedad privada (es decir, la posesión de esclavos). La actividad industrial va desplazando a la depredadora de la vida ordinaria, pero la acumulación de propiedad va tomando cada vez más el lugar de los trofeos del triunfo depredador. La acumulación de riqueza, en la sociedad industrial, es la base de la reputación y la estima. La propiedad se convierte en la prueba más fácilmente reconocible, diferente del hecho heroico o sobresaliente, de haber alcanzado un estimable grado de éxito. La riqueza adquirida por herencia se convierte en algo incluso más honorable que la riqueza adquirida por propio esfuerzo.
«Tan pronto como el hecho de tener propiedades se convierte en la razón principal de la estima popular, también se convierte en un requisito necesario para que tengamos eso que se llama respeto por uno mismo.» «Por la naturaleza misma de la cuestión, el deseo de riqueza difícilmente puede ser saciado en ningún caso particular.», ya que el deseo de acumular riqueza no es otro que el de destacar sobre el prójimo. «La lucha es sustancialmente una lucha por la reputación sobre la base de comparaciones odiosas, no es posible llegar a ningún logro que sea verdaderamente definitivo.» La legitimidad del esfuerzo es el de poder compararse favorablemente con otros hombres.

Así se define, entonces, el concepto de comparación odiosa: «describe una comparación entre personas con la idea de calificarlas en cuanto a su mérito o valía –en un sentido estético o moral– concediéndoles y definiendo de este modo los relativos grados de complacencia con que estas personas puede legítimamente contemplarse a sí mismas y ser contempladas por otros. Una comparación odiosa es un proceso de valoración de personas con respecto a los bienes que poseen.» (pág. 66)

3. El ocio ostensible
Las clases bajas necesitan trabajar, y esto hace que el trabajo no sea humillante para ellas. Acaban desarrollando un orgullo emulativo en adquirir fama de trabajar bien. Para ellos la lucha por el prestigio pecuniario se manifiesta en un aumento de diligencia y sobriedad.

Para las clases bárbaras es un orgullo abstenerse de hacer trabajos productivos: durante la etapa depredadora el trabajo productivo se asociaba a la idea  de sujeción a un amo.
«A fin de lograr la estima de los hombres, no basta simplemente con poseer riqueza y poder. La riqueza y el poder deben ser exhibidos.» En la etapa depredadora una vida de ocio es la prueba más directa del poder pecuniario. Abstenerse de trabajar es un requisito de la decencia.
Para Veblen, el término “ocioso” no implica indolencia o pasividad; sino que habla de una manera no productiva de consumir el tiempo. El ocio honorable es el ideal del caballero. La ociosidad como ocupación  tiene un estrecho parentesco con la vida del realizador de hazañas. Los buenos modales, el decoro o el comportamiento educado indican que se ha disfrutado de un grado honorable de ociosidad. Los buenos modales son una expresión de relaciones basadas en el status. «El valor de los buenos modales radica en el hecho de que son comprobante y garantía de que se ha vivido una vida ociosa.»
Si la base de la propiedad privada como institución es la posesión de personas (mujeres, esclavos o siervos), la base del sistema industrial es la esclavitud que trata a los seres humanos como bienes muebles.
La idea de que la nobleza es transmisible hace que al adquirir una mujer (según la concepción bárbara del mundo de la que habla Veblen) ésta se sitúe por encima del esclavo común. A la mujer se la exime de las tareas serviles como muestra de poder. Igualmente será una muestra de poder rodearse de sirvientes que cada vez hagan menos tareas útiles. La cultura bárbara ha llegado a las figuras de “la dama” y “el lacayo”.
Estos lacayos o damas disfrutan del llamado ocio vicario. Así surge una clase ociosa subsidiaria o derivada, cuya función es exhibir un ocio vicario dirigido a resaltar el prestigio de la clase ociosa primaria. El siervo o la esposa han de mostrar una disposición servil y deben conocer las tácticas de la subordinación. «Si el trabajo del sirviente es indicación de que al amo le faltan medios, ello anula el propósito fundamental de su misión.»

4. El consumo ostensible
Una porción de la clase servil ha de asumir una nueva y subsidiaria gama de obligaciones: el consumo vicario de bienes.
En las primeras fases de la cultura depredadora, la función de los varones es consumir lo que las mujeres producen.
En la etapa industrial la clase baja trabajadora sólo debe consumir aquellas cosas que son necesarias para su subsistencia; los lujos y las comodidades pertenecen a la clase ociosa. La mujer debe consumir lo que es estrictamente necesario para su mantenimiento, excepto en la medida en que un consumo extraordinario puede contribuir a la comodidad o buena reputación de su amo.
El caballero establece el canon de prestigio: el caballero ya no es sólo el varón triunfal y agresivo, debe cultivar también sus gustos. De aquí surgen los buenos modales. Los regalos y el dar fiestas tienen la función de ser gastos ostensibles.
Existen caballeros sin fortuna que acaban siendo siervos de los caballeros que pueden permitirse el ocio ostensible; los primeros entran al servicio de estos últimos y sus tareas pueden pasar a ser honrosas: Dama de Honor, Mayordomo de las Caballerizas del Rey…
En la clase media-baja no hay pretensión de ocio por parte del jefe de familia, pero procura que su esposa pueda disfrutar del ocio vicario para preservar el buen nombre de la casa, imitando la estructura social promovida por la clase ociosa.
Del desarrollo del ocio y el consumo ostensibles se desprende que la utilidad de ambos reside en el elemento de derroche: derroche de tiempo y esfuerzo o derroche de bienes.

En la sociedad moderna el consumo empieza a superar al ocio como medio de mostrar decoro. Los medios de comunicación exponen al individuo a muchos ojos que sólo pueden juzgarle cuando ven su consumo de bienes. El consumo se convierte en un elemento de mayor importancia en el nivel de vida de la ciudad que en el campo.
«El ocio como medio de adquirir prestigio encuentra su origen en la arcaica distinción entre ocupaciones nobles e innobles. (…) La ociosidad es una manera de probar que se es rico.» La ociosidad ha perdido terreno frente al consumo, pero este choca contra el instinto de trabajo eficaz. Este instinto predispone a los hombres a mirar favorablemente la eficacia productiva y a censurar el despilfarro. «En la medida en que entra en conflicto con la ley del gasto ostensible, el instinto de trabajo eficaz no tanto se expresa en la insistencia en la utilidad sustancial, como en un sentido permanente de cuán odioso y estéticamente imposible resulta lo que es obviamente futil.»

Al leer este capítulo sobre el consumo ostensible y el instinto de trabajo eficaz estaba pensando que las ideas de Veblen entraban en conflicto con lo expuesto por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (un libro al que tengo ganas de acercarme), por esto me parece relevante resaltar el siguiente párrafo: «Mientras todo el trabajo continúa siendo realizado exclusiva o habitualmente por esclavos, la indignidad de todo esfuerzo productivo está demasiado presente en la mente de los hombres y tiene demasiado poder disuasivo como para permitir que el instinto de trabajo eficaz tenga un verdadero efecto en la dirección de la utilidad industrial. Pero cuando la etapa quasi-pacífica (de esclavitud y status) pasa a la etapa pacífica del trabajo industrial (de empleos asalariados y pagos en metálico), el instinto entra en juego de manera más eficaz» (pág. 125)
La energía que antes había encontrado una salida en la actividad depredadora se dirige ahora a un fin ostensiblemente útil. El ocio ostensiblemente inútil se ha convertido en algo censurable. Pero ese canon de prestigio que desestima todo empleo de naturaleza productiva está todavía ahí. Se ha producido un cambio no tanto en la sustancia como en la forma en que la clase ociosa practica el ocio ostensible. Así se han desarrollado  las observancias corteses y deberes sociales de una naturaleza ceremonial.
Aunque en el habla coloquial el término “derroche” implica una censura, Veblen la usa para hablar de un gasto que no favorece la vida humana. Así: «Nada debería incluirse bajo el epígrafe de derroche ostentoso excepto aquellos gastos en los que se incurre cuando se quiere hacer una comparación pecuniaria de tipo odioso.»

5. El nivel pecuniario de la vida
Gastar más de lo necesario no se debe tanto a la idea de consumo ostensible como al deseo de vivir de acuerdo al nivel convencional de decoro.
El gasto honorable y ostensiblemente derrochador puede llegar a ser más indispensable que el gasto que sirve para cubrir las necesidades “inferiores”.
«Mientras que un retroceso es difícil, un nuevo avance en el gasto ostentoso es relativamente fácil y llega a tener lugar casi como algo natural.» El motivo es la emulación: cada clase envidia y emula a la clase que está justo por encima de ella en la escala social.

Si se concede tiempo, el radio de influencia de la clase ociosa en el esquema de vida de la comunidad en cuestiones de forma y detalle es grande. El derroche ostensible de la clase ociosa va calando a las clases más bajas, templado en mayor o menor medida por el instinto de trabajo eficaz.
«Dicho en el lenguaje de la teoría económica actual: aunque los hombres se muestran reacios a reducir sus gastos en cualquier dirección, se muestran más reacios a reducir sus gastos en unas direcciones más que en otras.» Los artículos o formas de consumo a los que el consumidor se aferra con la mayor tenacidad son las llamadas “necesidades de la vida”. En cualquier caso, la propensión a la emulación –a la comparación odiosa– es un hábito antiguo y predominante para el hombre.
«Con la excepción del instinto de autoconservación, la tendencia a la emulación es probablemente el más fuerte, más despierto y más persistente de los motivos económicos propiamente dichos.»
«Como la cada vez más eficiente productividad industrial hace posible procurar los medios de vida con menos trabajo, las energías de los miembros activos de la comunidad se dedican a obtener más altos resultados en lo que se refiera a gasto ostensible, en vez de procurar reducir la actividad a un ritmo más cómodo.»
En contra de la opinión malthusiana, según Veblen el bajo índice de natalidad de las clases sobre las que recae con mayor fuerza la exigencia de gastar para mantener la reputación se debe a la necesidad de realizar gastos ostensibles.

6. Normas pecuniarias del gusto
Se consume para actuar en conformidad con el uso establecido, y se tiende al derroche ostensible.
Este párrafo me encanta: «El ladrón o estafador que ha hecho una gran fortuna como resultado de su delito, tiene más probabilidades de escapar de los rigores de la ley que el simple ladronzuelo; y se le concede un cierto grado de prestigio por haber aumentado su capital y por gastar de una manera decorosa sus pertenencias tan irregularmente adquiridas.» Ahora piensen en sus países, y elijan un ejemplo.
El canon del derroche ostensible es responsable de una gran porción de lo que podríamos llamar consumo devoto; es decir, el consumo de edificios sagrados, vestimentas y otros bienes de la misma especie. Por muy pobre que sea una comunidad, el santuario local está más adornado y exhibe un mayor derroche de arquitectura que las casas en las que viven los miembros de la congregación.
Veblen encuentra un paralelismo entre la figura del sacerdote y la del lacayo. La misión del ejército de siervos de un dios (que estaría formado por los sacerdotes) ha de dedicarse al ocio vicario.

El gasto ostensible puede crear nuestros cánones de belleza: la mayor satisfacción que se deriva del uso y contemplación de productos costosos y supuestamente bellos es en gran medida una satisfacción de nuestro sentido de lo caro, que se disfraza bajo la máscara de lo bello. Veblen habla del uso de animales domésticos como muestra de consumo ostensible y yo pienso en los perros de raza de mi barrio y también en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, que contiene esta idea. Según Veblen, el gato es una mascota menos prestigiosa que los perros o los caballos porque derrocha menos y su temperamento no servil (puesto que una de las funciones del perro es la de actuar como siervo de su dueño o señor) no sirve como muestra de ocio ostensible.

Según Veblen, el ideal de la belleza femenina cambia según sus teorías: en el pasado las exigencias de la emulación requerían esclavas robustas, pero después se requirió una muestra ostensible de ocio vicario. Así se volvió atractivo, por ejemplo, el talle ceñido en las mujeres occidentales y los pies deformados de las mujeres chinas. Estos atributos convierten a la mujer en una consumidora de ocio vicario incapacitada para el trabajo práctico.

Según Veblen: «Las señales de costo superfluo en los bienes son señales de valor.» Tengo la impresión de que los modelos comerciales de empresas actuales como Ikea y Zara contradicen esta idea, pero también me parece que la idea de Veblen se puede adaptar a una nueva realidad: se convence a los consumidores de que es lógico gastar poco en ropa y muebles desechables y de este modo tener más dinero para hacer un consumo ostensible en otros bienes, como los tecnológicos.

Según Veblen se prefiere lo artesanal, más imperfecto, frente lo fabricado a máquina, más perfecto, por lo artesanal muestra de forma más clara el gran costo superfluo de haberlo producido así.

7. El vestido como expresión de la cultura pecuniaria
Para Veblen el gasto en el vestido es un gran ejemplo de su teoría del derroche ostensible. El atavío está siempre a la vista y ofrece a los observadores una indicación de nuestra situación pecuniaria. Muchas personas se privan de comodidades y necesidades para poder pagar la cantidad de consumo derrochador en vestido que se considera decorosa.
Ningún atuendo es elegante o decente si muestra efectos del trabajo manual por parte del usuario. El sombrero de copa, el bastón, la ropa blanca impoluta… tienen valor que son atuendos con los que no se puede realizar una actividad útil.
La falda de las mujeres es cara e impide a su usuaria realizar un esfuerzo útil. El corsé sirve para reducir la vitalidad de la mujer, y por tanto para impedirla realizar un trabajo útil.
El vestido además de ser ostensiblemente caro tiene que ser también de última moda, lo que apuntala su condición derrochadora. La ropa de la mujer, ostensiblemente inútil para el trabajo, redunda en la idea de que la mujer es un adorno del hombre, y actúa como consumidora vicaria.
Los ropajes del sacerdote inciden también en la idea de que éste no debe realizar ningún esfuerzo útil.

8. Exención del trabajo industrial y conservadurismo
Las instituciones cambian según lo hacen las circunstancias. Las instituciones –es decir, los hábitos mentales– bajo cuya guía viven los hombres son heredadas de un pasado anterior.
Veblen define el término «conservadurismo» cuando señala que las instituciones existentes ahora no se adaptan exactamente a la situación de ahora. El reajuste de las instituciones y las opiniones habituales a un medio alterado se hace como respuesta a una presión exterior. La clase ociosa suele estar más protegida ante los cambios en el medio y por tanto adapta sus opiniones sobre lo que es justo y bueno más tarde que el resto de la población, por tanto la clase ociosa es la clase conservadora. «La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retrasar el movimiento y en conservar lo que es obsoleto.» Este conservadurismo ha llegado a ser reconocido como signo de respetabilidad.
«Las personas rematadamente pobres, y todas aquellas personas cuyas energías están enteramente absorbidas por la lucha cotidiana por la existencia, son conservadoras porque no pueden permitirse el esfuerzo de pensar en pasado mañana; de igual manera, las personas que llevan una vida altamente próspera son conservadoras porque tienen pocas oportunidades de estar descontentas con la situación en la que se encuentran actualmente.»
«El efecto que el interés pecuniario y los hábitos pecuniarios de pensamiento tienen sobre el desarrollo de las instituciones puede observarse en leyes y convenciones que tienden a garantizar la seguridad de la propiedad y el cumplimiento de los contratos.»

9. La conservación de rasgos arcaicos
La existencia de una clase ociosa se impone a los individuos por educación, de forma coercitiva. La emulación pecuniaria y la exención laboral son cánones de vida.
Los grupos étnicos actuales en Occidente son –según Veblen– el dolicocéfalo-rubio, el braquicéfalo-moreno y el mediterráneo (lo cierto es que aquí Veblen entra en una extraña deriva racista que no sé si venía muy a cuento). Se desarrollan varios tipos de caracteres: la variable pacífica o ante-depredadora y la variable depredadora.
El hombre civilizado moderno tiende a reproducir la cultura depredadora o quasi-depredadora.
El desarrollo social inicial es de tipo pacífico. La fase depredadora surge después cuando la lucha por la existencia pasa de la del grupo contra un medio no humano a luchar contra un medio humano. El la cultura bárbara la característica sobresaliente es una emulación y antagonismos incesantes entre individuos. «Estar libre de escrúpulos, de compasión, de honestidad y de respeto a la vida contribuye, dentro de ciertos límites, a fomentar el éxito del individuo dentro de la cultura pecuniaria.»

El buen funcionamiento de una comunidad industrial moderna queda mejor garantizado allí donde no se dan, en principio, los rasgos del hombre depredador. Pero hay oficios como el de abogado que tienen gran prestigio porque el abogado se ocupa sólo de los detalles del fraude depredador.
El acceso a la clase ociosa se produce mediante un continuo proceso selectivo por medio del cual los individuos aptos para la competición pecuniaria son separados de las clases inferiores. En la antigüedad se podía llegar a la clase ociosa mediante la “proeza”, ahora las actitudes son pecuniarias.
Este párrafo me parece muy bueno: «El tipo ideal de hombre adinerado se asemeja al tipo ideal de delincuente por su falta de escrúpulos a la hora de utilizar bienes y personas para sus propios fines, y por su total falta de consideración hacia los sentimientos y deseos de los demás, así como por no importarle en absoluto las consecuencias indirectas de sus actos; pero se diferencia de él en que posee un sentido más agudo del estatus.»
«La tendencia de la vida pecuniaria es, en general, la de conservar el temperamento bárbaro, pero poniendo el fraude y la cautela, es decir, la habilidad administrativa, en lugar de esa predilección por el daño físico que caracteriza al bárbaro primitivo.»
El “hombre económico” cuyo interés es el egoísta y cuyo único rasgo humano es la prudencia, es inútil para los propósitos de la industria moderna. Ésta requiere que el trabajo que se realice sea impersonal y no esté motivado por comparaciones odiosas.
Actualmente la clase ociosa actúa retrasando la adaptación de la naturaleza humana a las exigencias de la vida industrial moderna.

10. Supervivencias modernas de la proeza
Se da una continua criba selectiva del material humano que integra la clase ociosa. Esta selección se produce sobre la base de la aptitud para las empresas pecuniarias.
La más clara expresión de la naturaleza humana arcaica es la propensión al belicismo. La clase ociosa comparte esta mentalidad belicosa con los delincuentes de clase baja. Así el “batirse en duelo” es una institución de la clase ociosa. Si el hombre primitivo adquiría prestigio mediante la proeza, el hombre moderno que vive en una sociedad en la que la guerra y el pillaje son más extraños adquiere prestigio con el éxito en los deportes: «El deporte cubre una gama de matices que van desde el combate hostil hasta la astucia y la mallurrería.»
La proeza se encuentra en nuestra sociedad presente en la guerra, en las ocupaciones pecuniarias y en los juegos y deportes.
«Estos dos rasgos bárbaros, ferocidad y astucia, se funden para constituir el ánimo o temperamento espiritual depredador. Son expresiones de un hábito mental estrictamente egoísta. Ambos rasgos son altamente útiles para la conveniencia individual en una vida orientada a triunfar sobre los demás. Ambos tienen también un alto valor estético. Ambos son fomentados por la cultura pecuniaria. Pero ambos son igualmente inútiles para los propósitos de la vida colectiva.»

11. La creencia en la suerte
La propensión a los juegos de azar es otra característica del temperamento bárbaro. Además va en contra del carácter industrial de una sociedad.
La suerte es una idea anterior a la cultura depredadora, es una modalidad de la aprehensión animalista de las cosas.
En la página 314 encontramos una posible crítica a las ideas de Adam Smith: pensar que la realidad está regida por una “mano invisible” le parece a Veblen una idea puramente animista.
«El hábito animista tiene una cierta significación para la teoría económica por otros motivos: 1) es un indicio bastante seguro de la presencia, y hasta cierto punto incluso del grado de potencia, de otros rasgos arcaicos que le acompañan y que son de sustancial importancia económica; y 2) las consecuencias materiales de ese código de conveniencias devotas a que da origen el hábito animista en el desarrollo de un culto antropomórfico son importantes de estas dos maneras: a) en cuanto afectan el consumo de bienes de la comunidad y los cánones que predominan en ella, tal y como ya hemos indicado en un capítulo anterior, y b) induciendo y conservando un cierto reconocimiento habitual de la relación con un superior, fortaleciendo así el sentido corriente del status y la lealtad.»
«Los pueblos bárbaros que tienen un esquema de vida de carácter depredador bien desarrollado también suelen estar poseídos de un fuerte hábito animista predominante, un culto antropomórfico bien formado y un vívido sentido del status.»

12. Observancias devota
«La supervivencia y eficacia de los cultos y el predominio de su programa de observancias devotas están relacionados con la institución de una clase ociosa.»
El temperamento deportista es de carácter animista. Desde el punto de vista económico. El carácter deportivo se convierte gradualmente en el carácter de un devoto religioso.
Otra curiosa idea que lanza Veblen sin más pruebas que las de su imaginación: hay una relación entre el temperamento deportivo y el de las clases delincuentes, ambas relacionadas con un culto antropomórfico.
La vida industrial moderna es contraria al temperamento devoto.
En teoría económica, el consumo de bienes y esfuerzo en el servicio de una divinidad antropomórfica significa una reducción de la vitalidad de la comunidad.
Hay un sorprendente paralelismo entre el consumo que se realiza al servicio de una divinidad antropomorfa y el que se lleva a cabo al servicio de un caballero ocioso.
«Entre los estudiosos de la vida criminal en las comunidades europeas, es ya un lugar común el hecho de que las clases criminales y disolutas se distinguen por ser, si acaso, más devotas, y devotas de modo más ingenuo, que la media de la población.»
«Las iglesias están perdiendo la simpatía de las clases artesanas y la influencia que tenían sobre ellas.»
Según Veblen, para las personas que están en contacto directo con los procesos industriales modernos la observancia devota está en vías de desaparecer.

13. Supervivencia del interés generoso
«Ese residuo no odioso de la vida religiosa –el sentido de comunión con el medio con el proceso vital genérico– así como el impulso de caridad o sociabilidad, actúan de manera dominante en la formación de los hábitos mentales de los hombres para fines económicos.»
«La tendencia a fines que no sean los de establecer comparaciones odiosas ha producido una multitud de organizaciones cuyo propósito es alguna obra de caridad o de mejora social.»
«Muchas obras que dan ostensible muestra de un espíritu altruista y desinteresado se inician y se realizan primordialmente con vistas a realzar la reputación y aun la ganancia pecuniaria de sus promotores.»
«Bajo las circunstancias propias de la posición protegida en que está situada la clase ociosa, parece, pues, haber una cierta reversión a aquellos impulsos no-competitivos que caracterizan la cultura salvaje anti-depredadora. La reversión comprende tanto el sentido del trabajo eficaz como la proclividad a la indolencia y al buen compañerismo.»

14. La educación superior como expresión de la cultura pecuniaria
La clase ociosa ha ejercido una gran influencia sobre los hábitos educativos.
El conocimiento en las sociedades primitivas era sobre cuestiones rituales y ceremoniales. La educación comenzó siendo un subproducto de la clase ociosa vicaria sacerdotal.
El uso de la toga y el birrete, las ceremonias de iniciación y graduación… provienen de los rituales sacramentales.
Según la comunidad se hace más rica y su clientela empieza a ser de clase ociosa se incide más en el ritual académico.
En las sociedades industriales modernas la mujer ha accedido a la educación superior. En la sociedad bárbara la educación de la mujer debería ir enfocada a conseguir una mejor realización de los servicios domésticos y hacia conocimientos y destrezas quasi-académicas y quasi-artísticas que caben bajo el calificativo de ocio vicario.
Las universidades norteamericanas suelen estar asociadas a órdenes religiosas.
En la universidad la clase ociosa adquiere conocimientos jurídicos y políticos, además de administrativos. Son conocimientos que han de guiar a la clase ociosa en su tarea gubernamental, basados en los intereses de la propiedad.
En las universidades de la era industrial ha ido ganando terreno el estudio de las ciencias. Sin embargo, el status para la clase ociosa sigue estando en la adquisición de conocimientos inútiles (por ejemplo, el estudio de lenguas muertas) y en el desprecio hacia lo útil (por ejemplo, el estudio de ingenierías).

Conclusión personal
Teoría de la clase ociosa me ha parecido un libro bastante original, que tiene que ver con la economía, pero también con la antropología o la sociología, corrientes del pensamiento que hacia finales del siglo XX cada vez ha sido más necesario incluir en el debate económico.
Veblen contradice algunas de las ideas más clásicas de la teoría económica, como la del supuesto del sujeto racional, poniendo el foco de sus ideas en una interesante idea, la de la economía institucional.
Tengo la impresión de que en este ensayo hay alguna pequeña contradicción interna: a veces le cuesta salvar la dicotomía entre la tendencia al ocio y al instinto del trabajo eficaz. Esto hace que tenga más ganas ahora de leer La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber.
Quizás Veblen, que escribió su ensayo en los últimos años del siglo XIX, tuvo demasiada fe en la evolución de la cultura industrial y el retroceso de la cultura depredadora. Sus ideas parecen dar fe de un mundo que se extingue, un mundo en el que no va a haber, por ejemplo, una Primera y una Segunda guerras mundiales. Y lo curioso es que precisamente su existencia hace más vigentes las teorías de Veblen sobre los residuos de la sociedad bárbara. Uno puede, por ejemplo, pensar en el nazismo y relacionarlo perfectamente con la teoría de este libro: la imposición bárbara sobre los demás, la hazaña y el ensalzamiento del deporte, la figura del líder como dios antropomórfico y el gasto en ocio y consumo ostensibles.
Jorge Luis Borges incluyó Teoría de la clase ociosa en su Biblioteca personal, y existe un prólogo del libro escrito por él. John Galbraith es otro admirador de Veblen.
Tengo la sensación de que Sigmund Freud leyó este ensayo de Veblen. De hecho la forma de organizar los pensamientos en Totem y tabú se asemeja un tanto a Teoría de la clase ociosa: la investigación del hombre primitivo para explicar los comportamientos del hombre moderno, y también los del joven (o el niño, en el caso de Freud) en el adulto.
Existen muchos fenómenos del mundo actual que pueden explicarse según la Teoría de la clase ociosa: si uno ve la película Inside job tras leer a Veblen se dará cuenta de que entre los ejecutivos de Wall Street predominaban las pulsiones de la cultura bárbara depredadora, y el objetivo de la compra de aviones privados, por ejemplo, no era otro que el del consumo ostensible que establece comparaciones odiosas entre los hombres.
Las fotos que colgamos en las redes sociales, mostrándonos en la playa, en un restaurante o en una discoteca son muestras de consumo ostensible, de la aceptación de los valores de la clase ociosa.


domingo, 9 de octubre de 2016

La hija de Robert Poste, por Stella Gibbons

Editorial Impedimenta. 357 páginas. 1ª edición de 1932, ésta es de 2010.
Traducción y notas de José C. Vales

Ya comenté hace unos meses que entré, después de años tratando de evitarlo, en una librería de segunda mano que abrieron en mi barrio, y acabé comprando cuatro libros por once euros. La librería (me lo preguntó más de un lector) pertenece a la Fundación Menior y está en la calle General Pardiñas, 118, en Madrid. Los libros cuestan dos, tres o cinco euros. Entre los cuatro que compré había dos de la editorial Impedimenta: La juguetería errante de Edmund Crispin, que ya leí y reseñé, y La hija de Robert Poste de Stella Gibbons (Londres, 1902-1989).

En la contraportada del libro podemos leer que La hija de Robert Poste «está considerada la novela cómica más perfecta de la narrativa inglesa del XX». Cuando puse en Facebook una foto con mis cuatro nuevas adquisiciones, uno de mis amigos en esta red social me comentó que él consideraba que esta novela no era, en realidad, tan divertida como la pintaban; un comentario que tal vez hizo disminuir mis expectativas sobre la novela, pero del que ya hablaré más adelante.

En agosto estuve ocho días de vacaciones en Londres y el día anterior al vuelo había acabado de leer Padres e hijos de Iván S. Turguénev. Me pareció una buena idea llevarme a Inglaterra el que había sido, durante el siglo XX, uno de los más prolongados best-sellers de su literatura. Durante el viaje (casi todo el día estaba en la calle) me dio tiempo a leer algo más de la mitad y lo acabé en Madrid.

La protagonista principal de La hija de Robert Poste es Flora, cuyo padre (Robert Poste), y también su madre, han fallecido cuando comienza la narración. Flora tiene diecinueve años y un carácter alegre y resuelto. La renta que le queda para vivir −100 libras al año− no es excesiva. Al principio se irá a vivir con un amiga en Londres, la señora Smiling, quien le recomendará que aprenda un oficio (por ejemplo, secretariado) para poder ganarse la vida. Pero Flora tiene otros planes: aunque la sociedad reprueba el comportamiento de las personas que sablean a sus amigos, no hace lo mismo con las personas que viven de sus familiares, así que, antes que prepararse para tener un oficio, decide escribir cartas a sus familiares y ver quiénes le contestan y en qué casa le conviene más iniciar su «carrera como parásita» (pág. 30). Al final decidirá viajar al condado de Sussex, a un pueblo llamado Howling, donde unos familiares lejanos poseen la granja Cold Comfort.

Cuando llega a Cold Comfort, sus familiares –los estrambóticos Starkadder– se empezarán a referir a Flora como «la hija de Robert Poste». La prima Judith le comentará que no le queda más remedio que acogerla debido a lo que su marido le hizo en el pasado a su padre (una afrenta que no se concreta), y a los derechos de Flora sobre la granja. Como lector, pensaba que una de las líneas narrativas (si no la línea narrativa) de la novela iba a centrarse en las pesquisas que iba a iniciar Flora para averiguar qué había ocurrido en Cold Comfort con su padre y el resto de la familia. Imaginaba que este misterio iba a ser el leitmotiv de la narración, pero acaba siendo algo que queda siempre en un segundo plano.

Los Starkadder son presentados como seres primitivos, pegados al terruño y a alguna obsesión (religiosa, poética, sexual…) que parece definir sus individualidades. Todos viven bajo el dominio de la tía Ada Doom, una anciana que casi nunca abandona su estancia en la parte superior de la casa, y que al parecer está un poco loca porque de niña «vio algo sucio en la leñera», siendo esta expresión un motivo recurrente en la novela. Los Starkadder no pueden alejarse de la granja porque eso enloquecería a la tía Ada, y cumplen con esta premisa hasta el punto de mantener en secreto sus matrimonios y tener a sus mujeres en el pueblo cercano, mientras ellos trabajan y duermen en la granja. «Siempre ha habido Starkadder en Cold Comfort», será la segunda sentencia irreparable de la tía Ada, junto a la ya comentada y que hace referencia a lo que vio en la leñera.

Pese al ambiente opresivo de la granja, Flora no pierde su alegría y toma la decisión de arreglar la situación que encuentra en Cold Comfort. Y este será el verdadero motivo narrativo de la novela. De los encuentros con sus familiares y el deseo de conducirlos hacia una vida más satisfactoria para ellos surgen las situaciones más simpáticas del libro. Y escribo «simpáticas» y no «divertidas», porque lo cierto es que el primer adjetivo describe mejor lo que he sentido al leer este libro que el segundo, aunque la contraportada afirme que La hija de Robert Poste «está considerada la novela cómica más perfecta de la narrativa inglesa del XX», como ya he comentado al principio. El comentario de mi amigo de Facebook me confirma que es posible que las expectativas de alguien que se acerque a este libro pensando que va a reírse mucho con él van a quedar defraudadas, o tal vez no, porque el humor es un asunto muy particular. «Deliciosa… La hija de Robert Poste posee la mordaz ligereza de Woodhouse y el descarado aplomo de Evelyn Waugh», es otra de las citas (procedente del periódico The Independent) recogida en la contraportada. En el prólogo, el traductor José C. Vales nos habla de algunas de las dificultades que ha encontrado al trabajar en este libro: parte del humor de la novela reside en la forma de hablar de los habitantes de la granja, algo que es difícil de trasladar a otra lengua; de hecho, en más de un diálogo, Gibbons hace transcripciones fonéticas de la forma de hablar del sur de Inglaterra, lo que podría ser muy divertido para el lector londinense de la época, pero un problema para un traductor. Además, Stella Gibbons juega también a inventarse palabras, y algunas de ellas se han incorporado a la lengua humorística inglesa.

En muchos casos, Gibbons parodia las novelas románticas y folletinescas del siglo XIX, y hace hincapié en ello con comentarios como «en las novelas nos solemos encontrar con…». Como lector, tal vez me faltaban las referencias para saber exactamente qué novelas estaba parodiando Stella Gibbons.

En la página 202 me encuentro con un detalle narrativo muy curioso: Flora baja desde la granja hasta el pueblo para hacer una llamada a Londres. Quiere hablar con su amigo Claud. Leemos: «Claud giró el dial del televisor y se entretuvo estudiando el rostro amable y pensativo de Flora» y un poco después: «Ella no podía verlo a él, porque los teléfonos públicos del pueblo no estaban acondicionados con cámaras de televisión». La novela está publicada en 1932. ¿Es que en esa época existían las videoconferencias? Imaginaba que no, pero lo he buscado en internet por curiosidad y no he encontrado nada al respecto. Parece un extraño elemento de ciencia-ficción que entra de repente en la novela.

En la página 282 se habla de estrellas de cine y se dice: «Al pobre Morelli lo frieron en la silla eléctrica en el cuarenta y dos» o al hablar de Clark Gable se dice que de su éxito han pasado ya veinte años.
Estos detalles que comento hacen pensar que el tiempo de la narración no es anterior a 1932, fecha de su publicación, sino posterior. Tengo que reconocer que el detalle de la videoconferencia me dejó perplejo.

Por lo que he comentado hasta ahora (principalmente que no me he reído a carcajadas con la novela) da la impresión de que ésta no me ha gustado; en realidad, lo que trato de explicar es la confusión que puede provocar la contraportada: si un lector español del siglo XXI (o al menos el lector español del siglo XXI que soy yo) se acerca a este libro pensando que va a morirse de risa, quizá quede defraudado, pero si cambia su perspectiva y piensa que lo que va a encontrarse es un libro con «encanto», un libro con ese English charm del que hablé cuando comenté La juguetería errante de Edmund Crispin (una novela que a mí me pareció más divertida que ésta), es posible que lo disfrute más.

Lo cierto es que las escenas dibujadas en La hija de Robert Poste están descritas con precisión y Stella Gibbons usa siempre un lenguaje cargado de gracia. Quizá me habría gustado más que indagara con mayor profundidad en el misterio de la pasada presencia del padre en la granja, pero los capítulos en los que se describe el trabajo y los choques de Flora para mejorar la vida de los habitantes de la granja se leen con simpatía y se aprecia el orden y el equilibrio en la composición de las escenas.
Sin maravillarme, quizá un tanto decepcionado por las expectativas incumplidas, he acabado La hija de Robert Poste con una sensación de agradable ligereza.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El amor del revés, por Luisgé Martín

Editorial Anagrama. 272 páginas. 1ª edición de 2016.

En enero de 2014 leí La mujer de sombra, una novela que hizo sonar bastante el nombre de Luisgé Martín (Madrid, 1962). Cuando la comenté en mi blog me atreví a sacarle algún pequeño defecto, aunque lo cierto es que estaba muy bien escrita y la trama resultaba muy envolvente y perturbadora. Es un libro bastante recomendable. Sin embargo, no volví con Luisgé Martín. A veces me ocurre: me gusta el libro de un autor, pero luego no vuelvo. El azar de la lectura me lleva por otro camino. Ahora mismo me está pasando con Jonathan Lethem: hace unos años leí Chronic City, me encantó y aún no he regresado a él. Lo más inquietante es que no dejo de pensar en sus libros.

Hace unos meses conocí en persona a Luisgé Martín. Acudí a la presentación de La España vacía de Sergio del Molino (otro autor que me gusta mucho y del que tengo en casa este último libro sin leer) y Luis ejercía de presentador. Semanas después, volví a coincidir con él en la presentación del número 46 de la revista Eñe, momento en el que Luisgé pasaba a ser director de la publicación, en la que yo llevaba unas semanas comentado libros en su versión digital.

Cuando empecé a ver la portada y la sinopsis del nuevo libro de Luisgé Martín circulando por internet me interesó de inmediato su propuesta: una narración-confesión sobre su experiencia como homosexual en España. Me interesa cada vez más la literatura sobre la intimidad, me gusta saber cómo trabajan los escritores con los límites del pudor, ahora que yo también trato de escribir una novela en la que juego con ellos. Además, tuve la oportunidad de ponerme en contacto con el departamento de prensa de Anagrama y me enviaron el libro a casa antes de que estuviera en librerías (un pequeño lujo que, confieso, me genera una satisfacción infantil).

El relato de Luisgé arranca en 1977, cuando a los quince años toma conciencia de su homosexualidad, y finaliza en el presente de 2015. El hilo conductor, con pocas desviaciones, es exponer al lector las fases de la toma de conciencia de su sexualidad, lo que en realidad se convierte en una toma de conciencia de su identidad.

En los años 70, el joven Luisgé acude al colegio San Viator del barrio madrileño de Usera. En sus pasillos encontrará curas vetustos que opinan que la masturbación masculina (todo ese despilfarro de espermatozoides) no es más que un asesinato masivo; así que lo mejor será no preguntarles, ni a ellos ni a nadie más, qué opinan de la homosexualidad.

Luisgé nos relata un viaje inverso al del famoso personaje de Kafka: cómo pasó de ser un insecto −una cucaracha, se llama a sí mismo, recordando la vergüenza de la época− a considerarse una persona.

Los primeros capítulos del libro son conmovedores y terribles. El narrador se hace la promesa de no hablar nunca de sus sentimientos con nadie y de no sucumbir a sus deseos homosexuales. Sin poder escapar a la moral de la época, heredera del franquismo católico, el joven Luisgé considera que la homosexualidad es una aberración y que, por tanto, no debe caer en ella. Serán años de soledad y frustraciones, de refugiarse en la lectura y la escritura (en sus relatos de entonces los protagonistas tendrán problemas de identidad pero nunca se nombrará, sin embargo, la homosexualidad).

En el libro se repite una máxima de François de La Rochefoucauld: «Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos». La ocultación de la homosexualidad, entendida por un joven desorientado como un problema ante la sociedad que le ha tocado vivir, no será completa si no es ante uno mismo. Quizá sea éste uno de los temas más espinosos y terribles del libro: cómo el joven Luisgé, sabedor de su condición homosexual, tiene que luchar contra su propia homofobia. Rezará a Dios para que le gusten las mujeres, se sentirá culpable cuando acuda a los urinarios de la estación de Atocha para ver cómo se comportan los homosexuales, y llegará a tratar de seguir una terapia psicológica conductista para relacionar el deseo de los hombres con sentimientos negativos y el de las mujeres con positivos. Leído ahora, todo esto es de una ingenuidad desoladora. Habrá conocidos que se casarán con mujeres a las que nunca harán felices, que se suicidarán, que sufrirán desequilibrios emocionales severos.

Si he escrito antes que los primeros capítulos del libro son conmovedores y terribles, la segunda mitad baja un poco el listón del dramatismo y se centra en otro problema que aún queda por resolver: el narrador ya se ha aceptado a sí mismo como homosexual y puede hablar de ello con los demás, incluso disfrutará al acudir a los locales de copas de ambiente gay, de los que antes renegaba por considerarlos un gueto de perversión. Se puede perder en la promiscuidad, pero él siempre ha aspirado al amor. Como su propio título indica, ésta es una historia de aceptación de la homosexualidad, pero en otra capa más honda es también una historia sobre la búsqueda del amor, y el deseo de conseguir una relación de pareja estable. Quizá he echado de menos algunos temas que quedan sólo presentados, como las escuetas páginas dedicadas a la época de promiscuidad, a la que me hubiera gustado que dedicara más espacio.

Para escribir su libro, Luisgé ha consultado algún diario que escribió entonces −del que podemos leer algún fragmento−, también alguna de las cartas que conserva de la época, ha hablado con amigos de las épocas evocadas aquí y, por supuesto, ejercita la memoria, sin que falten en el texto comentarios sobre los posibles fallos del recuerdo o sus limitaciones. La narración es también reflexiva, abundando en citas de otros escritores. Gran parte de la efectividad de la prosa se sustenta en su carencia de énfasis. Un ligero humor negro está presente, aunque nunca llega a ser un hilo conductor de la historia (como podía ocurrir en No se lo digas a nadie de Jaime Bayly, otra terrible confesión de homosexualidad, camuflada en este caso de novela).

Creo que uno de los aspectos que más me ha fascinado de este libro ha sido que me ha hecho mirar hacia la década de 1980, en la que yo era un niño o un adolecente, y reconocerla, pero además vista con otros ojos, alumbrándome aspectos de esta época hasta ahora desconocidos. Así, El amor del revés se convierte también en un documento sociológico de la época. Me ha hecho volver a replantearme mis creencias sobre algunas verdades que tenía asumidas sobre esos años. Veía, por ejemplo, a «la movida madrileña» como una explosión de júbilo y libertad juveniles en contra del nacionalcatolicismo de las décadas anteriores, pero ni siguiera en aquel contexto personajes públicos tan significativos como Pedro Almodóvar se atrevían a hablar en público de su homosexualidad. «Ni los más bárbaros y heterodoxos tenían el valor de desnudarse», escribe Luis en la página 62.


El amor del revés es un libro conmovedor, duro, inteligente y reflexivo, que mira hacia nuestro pasado reciente desde una perspectiva nueva y nos muestra otra de sus caras. Sé que la aspiración de una obra literaria no debe ser la de «educar» y que a la literatura no le corresponde aspirar a la «utilidad» ciudadana, pero también considero que ésta sería una sociedad mejor si mucha gente leyera un libro como El amor del revés y pudiera interiorizarlo, saber cuál es el dolor que engendran los prejuicios y la incomprensión del otro. El amor del revés me parece un libro «necesario», en el mejor de los sentidos.

domingo, 2 de octubre de 2016

Padres e hijos, por Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 284 páginas. 1ª edición de 1862; esta de 2015.
Traducción y notas de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella.

De los grandes escritores rusos del siglo XIX, hasta ahora había leído a Fiódor Dostoyeski, Lev N. Tolstói y Antón P. Chéjov. Sus libros nunca me han defraudado y sabía que tenía pendiente acercarme (entre otros) a Iván S. Turguénev (Orel, Rusia, 1818-Bougival, Francia, 1883). Hace años tuve en casa un ejemplar de Padres e hijos. Lo compré de segunda mano, por muy poco dinero, y lo cierto es que desde el principio no me fié demasiado de aquel libro. Empecé a sospechar que la traducción no estaba hecha directamente del ruso, sino de su versión francesa (algo que ocurría, de forma frecuente en España, con la literatura rusa durante la primera mitad del siglo XX) y acabé deshaciéndome de él en otra librería de segunda mano.

Suelo estar atento al mercado de novedades editoriales, entre otras cosas porque una de mis aficiones favoritas es visitar librerías, y cada día me gusta más lo que publica la editorial Alba. Así que, cuando en 2015 esta editorial sacó una nueva traducción de Padres e hijos, lo anoté mentalmente. A principios de este verano escribí a Alba para solicitarle el libro, con la intención de comentarlo en la revista Eñe y en mi blog. Ellos, muy amablemente, me lo enviaron. Tengo en casa otros libros de Alba sin leer, que he comprado en los últimos años, pero cuando solicito un libro a una editorial y me lo mandan, trato de priorizar su lectura.

Padres e hijos fue la cuarta novela que publicó Turguénev, un escritor reconocido por la crítica y el público desde su primera obra: Relatos de un cazador.

En la introducción que escribe el traductor, Joaquín Fernández-Valdés, se nos pone al corriente del escándalo que supuso en Rusia la publicación de este libro sobre conflictos generacionales. La juventud se enfureció contra Turguénev, porque veían en Bazárov (el protagonista de la novela) una caricatura de ellos mismos; los conservadores, sin embargo, entendían que Bazárov era una peligrosa idealización del joven revolucionario.

En un viaje en tren, Turguénev conoció a un joven médico de provincias. Le impactó su personalidad, que encarnaba, según la mirada del escritor, a un nuevo prototipo de hombre que estaba surgiendo en Rusia. En este joven médico se basó para crear a Bazárov, su personaje más recordado.

La acción de Padres e hijos se sitúa en 1859. El joven Arkadi regresa a su provincia natal, después de haberse licenciado en la universidad de San Petersburgo. Su padre Nikolái Kirsánov le espera, en el camino, con los brazos abiertos. Arkadi regresa a su casa con un amigo de la universidad llamado Bazárov, que vuelve también a su hacienda familiar, y al que Arkadi ha invitado a pasar unas semanas con su familia antes de que él se reúna con la suya.

En el encuentro inicial entre estos tres personajes (un padre, un hijo y el amigo del hijo), Turguénev empieza ya a hacer uso de la ironía para hablarnos de los choques generacionales. Por ejemplo, en la primera página de la novela se nos presenta al padre, Nikolái, que espera a su hijo en el camino. Se nos dice que es «un señor de algo más de cuarenta años que salía sin sombrero, enfundado en un abrigo lleno de polvo y pantalones a cuadros». Me parece significativo ese «abrigo lleno de polvo», como si se describiera un mueble viejo de la casa, para presentar al padre.

Poco después se describe a Piotr (uno de los criados de la familia) del siguiente modo: «El criado, en el que todo revelaba que se trataba de una persona de la novísima y perfeccionada generación –el pendiente color turquesa en la oreja, el cabello abigarrado y untado de grasa, los movimientos corteses; en una palabra: todo–, echó una mirada condescendiente al camino». Esos términos, «novísima y perfeccionada generación», cuando en realidad Piotr es un personaje que mostrará, en más de un momento de la novela, síntomas de indolencia y falta de resolución, no dejan de ser irónicos.

La primera vez que Bazárov habla en la novela, para presentarse al padre de su amigo, se nos dice que lo hace «con voz apática».
En la casa de su amigo, Bazárov termina discutiendo con Pável Petróvich, el hermano mayor de Nikolái Kirsánov y, por tanto, tío de Arkadi, un militar retirado y con fama de seductor en su juventud. Su defensa de los viejos valores rusos chocará con su joven invitado Bazárov, que se declara nihilista. El término no lo inventó Turguénev –leemos en el prólogo de Fernández-Valdés–, pero su uso se popularizó en Rusia a partir de la publicación de esta novela.

En la página 46, Arkadi explica a su padre y a su tío que Bazárov es un nihilista: «Todo lo valora desde un punto de vista crítico»; y «Un nihilista es una persona que no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como un dogma de fe, por mucho respeto que este principio infunda a su alrededor».

Al principio comentaba que Padres e hijos provocó una fuerte polémica en Rusia al enfrentar los puntos de vista de dos generaciones. Debemos tener en cuenta también el momento histórico en que esta novela apareció: el libro se publicó en 1862. En 1861 se había decretado la abolición de la servidumbre en Rusia. Tanto los padres de Arkadi como los de Bazárov son terratenientes y tienen siervos trabajando para ellos, en trámites de ser liberados (algunos terratenientes –la novela transcurre en 1859– no esperaron a 1861 para iniciar este proceso). Sin embargo, estos padres no parecen añorar el pasado de servidumbre de los campesinos (Turguénev siempre se mostró crítico con el sistema de servidumbre).

Nikolái, el padre de Arkadi, se siente decepcionado porque su hijo ha vuelto a la hacienda familiar con su amigo, que ejerce sobre él una gran influencia y le separa de él. Se lamenta así ante su hermano: «Hay algo que no acierto a comprender. Creo que he hecho todo lo posible para no quedarme rezagado de mi tiempo: he arreglado la situación de los campesinos y he montado una granja: ¡en la provincia hasta me llamaron «rojo» por ello! Leo, estudio y me esfuerzo en ponerme a la altura de las exigencias actuales. Y ellos dicen que mi tiempo ya ha pasado» (págs. 75-76).

Nikolái es uno de los personajes más simpáticos de la novela. Un padre que sufre porque se siente alejado de su hijo, y del que el amigo de su hijo se burla porque le gusta la música o la literatura. Bazárov, como nihilista, no siente interés ni por el arte, ni por la belleza de los paisajes, ni por el amor. Además, en la novela da varias muestras de misoginia. Aprecia la belleza de las mujeres y, aunque no queda del todo claro (al fin y al cabo esta es una novela del siglo XIX y el autor no puede ser demasiado explícito), se insinúa que no le importa mantener relaciones sexuales con ellas, aunque rechaza el matrimonio y el romanticismo. Bazárov es un empirista, un aprendiz de médico, que antes de empezar a ejercer su profesión ya afirma descreer de ella (si esta novela se hubiera escrito en los años 90 del siglo XX, Bazárov habría sido un miembro de la Generación X).

Turguénev tiene una mirada ambigua sobre su personaje: por un lado parece otorgarle algunos rasgos positivos, por ejemplo el rechazo de los convencionalismos sociales del antiguo régimen, o el hecho de sentirse cómodo conversando con los siervos a pesar de pertenecer a la clase de los señores. También es un hombre de acción y no un holgazán (un personaje clásico de la literatura rusa del siglo XIX) y cree en la modernización de Rusia por medio de la ciencia. Pero también presenta rasgos negativos: es brusco, insolente, inspira miedo incluso a sus propios padres (que aparecen como personajes entrañables, al igual que el padre de Arkadi) y no disimula su desprecio hacia las mujeres. Por eso, cuando se enamora no sabe cómo reaccionar, dolido en su amor propio por mostrarse débil y caer en el romanticismo que tanto desdeñaba.

Al igual que ocurre en la literatura francesa del siglo XIX (de la que se habla en esta novela, en la que se define el carácter de los personajes en función de su afición a leer o no novelas francesas), el narrador interviene en el texto con comentarios como este: «El señor suspiró y se sentó en un banquito. Aprovechemos para presentárselo al lector ahora que está sentado, con las piernas recogidas, mirando pensativamente a su alrededor» (pág. 17). Sin embargo, me ha parecido que en esta novela los comentarios del autor son menos intrusivos que los de las últimas novelas francesas del XIX que he leído (Rojo y negro, de Stendhal, y Las ilusiones perdidas de Balzac). De hecho, en este caso el narrador se permite, con tono irónico, no ser siempre omnisciente: «Los dos creían decir la verdad. Pero ¿decían sus palabras la verdad, toda la verdad? Ni ellos mismos lo sabían, y el autor aún menos» (pág. 245).

Como es tradicional en Alba, la traducción de Joaquín Fernández-Valdés me ha parecido estupenda. Observo que Turguénev, como ocurre en muchas de las obras fundamentales del siglo XIX, no se empeña en usar un lenguaje especialmente metafórico o adjetivado. La belleza del texto se basa en la armonía con la que se componen las escenas mostradas. Es decir, en muchos casos el autor detiene su mirada en descripciones de la naturaleza, mostrando sus conocimientos sobre árboles y pájaros (algo que Bazárov habría censurado). Asimismo, Padres e hijos es un prodigio en el tratamiento de los personajes: éstos entran y salen de las escenas con mucha soltura, y su personalidad está muy bien definida. Creo que lo mejor del siglo XIX ruso está condensado en esta novela de Turguénev, del que pienso leer más libros.


El gran Vladímir Nabókov escribió sobre este libro: «No es solo la mejor novela de Turguénev, sino una de las obras más brillantes del siglo XIX». Poco más se puede añadir.