El universo, de Isaac Asimov
Editorial Alianza. 484 páginas. 1ª edición de 1966; esta es de 2025.
Traducción de Miguel Paredes Larrucea
Revisión científico técnica de David Galadí-Enríquez
Como lector adolescente de libros de ciencia ficción, sentía interés por
los misterios del cosmos. De hecho, de
Isaac Asimov (Petrovichi, Rusia, 1920 – Nueva York, 1992) leí quince novelas
entre los catorce años y los dieciocho, entre las que se encontraba la saga de
la Fundación
y las novelas de detectives galácticos protagonizadas por Elijah Baley y R.
Daneel Olivaw. Sin embargo, nunca había leído ningún libro de divulgación de
Asimov. En 1992, no mucho después de su muerte, que sentí casi como la de un
familiar, me matriculé en la facultad de Físicas de la universidad Complutense.
Estudios que abandoné a los tres años. Las dotes antipedagógicas de los
profesores que allí conocí consiguieron que olvidara mi interés por el
universo.
Hace unos diez años, me tocó acompañar a unos alumnos del colegio al
Planetario de Madrid. Lo cierto es que –a diferencia de a mis alumnos– me gustó
mucho lo que allí escuché. Se lo comenté a mis amigos y por mi cumpleaños me
regalaron dos libros relacionados con el tema: El universo de Isaac Asimov e Historia del tiempo de Stephen Hawking. Fue un regalo
desconcertante; eran libros que me interesaban pero no quería acercarme a
ellos. Mi relación de amor-odio con el cosmos seguía vigente. Sin embargo,
durante los últimos meses de 2025 me ocurrieron dos asuntos que me hicieron
volver a interesarme por estos libros. En primer lugar, estaba acabando una
novela de autoficción sobre los años de hierro que pasé en Físicas y en segundo
lugar me interesó bastante el tema del cometa 3I Atlas, que atravesó el sistema
solar. De vídeos sobre el 3I Atlas, pasé a vídeos sobre agujeros negros,
galaxias, relatividad, etc. Y volví a hojear el libro de Asimov. La edición que
me regalaron mis amigos era de 2009, y leí en internet que existe otra de 2012,
con una revisión científico-técnica a cargo de David Galadí-Enríquez. También leí en internet que para alguien que
se quiere iniciar en los misterios del cosmos, este libro de Asimov –publicado
en 1966– seguía siendo una lectura válida. Así que decidí comprarme esta
edición de 2012, que además tiene el nuevo formato de Alianza que permite abrir
el libro mejor que el de 2009.
Los comentarios, o actualizaciones de los datos, están hechos por
Galadí-Enríquez a pie de página. Sin embargo, creo que el propio Asimov fue
corrigiendo su obra, porque hay comentarios en su texto que son posteriores a
la fecha de 1966. También, por ejemplo, están actualizadas las fechas de muerte
(posteriores a 1966) de los científicos que se nombra, en el propio texto, sin
notas a pie.
El hilo argumental del libro es el siguiente: el hombre, 600 años a. C., no
sabía cuáles eran los límites del mundo en el que vivía. El viaje que Asimov
nos propone es el de descubrir cómo se fueron conociendo, y agrandando, los
límites del mundo en el que habitamos. La idea de la Tierra plana se fue
abandonando con la experiencia de los navegantes, que observaban que según se
desplazaban por el mar no siempre veían las mismas estrellas. «Hacia 350 a. C.
ningún científico dudaba ya de que la Tierra fuese una esfera». (pág. 22). Me
sigue emocionando la historia de Eratóstenes de Cirene (276 – 196 a. C.) que
con la ayuda de un palo, las matemáticas y su ingenio pudo calcular que la
circunferencia de la Tierra era de unos 40.000 kilómetros, cifra muy cercana a
la real.
Asimov nos hablará sobre cómo se pudo descubrir la distancia entre la
Tierra, la Luna y los planetas, gracias al sistema del paralaje. Los griegos
llamaban al Sol, la Luna, Venus, Júpiter, Saturno y Mercurio planetes, que significa «errantes»,
porque, en apariencia, eran los cuerpos celestes que se movían entre las
estrellas quietas.
Es curioso saber que, durante unos 1.800 años, después de los griegos la
astronomía no progresó nada hasta que llegaron a escena científicos como
Nicolás Copérnico, para decir que era el Sol y no la Tierra el centro del
universo. En 1609, Johannes Kepler se dio cuenta de que las órbitas de los
planetas alrededor del Sol no eran circulares sino elípticas. En 1608, Galileo
Galilei reinventó el telescopio.
En 1781 Wilhelm Herschel descubrió el planeta Urano y el diámetro del
sistema solar se incrementó hasta el doble de lo que se pensaba.
Más difícil que calcular la distancia de la Tierra a los planetas con la
técnica del paralaje fue calcular la distancia a las estrellas. La solución me
parece ingeniosa: en vez de mover la posición del observador sobre la Tierra
los científicos se beneficiaron del propio movimiento de la Tierra alrededor
del Sol, para hacer sus mediciones cada seis meses, cuando la Tierra se
encontraba a la máxima distancia de su posición anteriormente medida. Me ha
parecido bonita la historia en la que Halley (el del cometa que lleva su nombre
en 1718) logra demostrar que las estrellas sí cambian su posición respecto a
nosotros, comparando su posición actual con el primer mapa estelar conocido,
que fue elaborado por Hiparco en 134 a. C., momento en el que registró la
posición de 800 estrellas.
Hacia 1840 los astrónomos consiguieron resolver el problema de la distancia
de las estrellas. Sin embargo, la humanidad aún no sabía si solo había una
galaxia o muchas de ellas. Para saber que los brillos de algunas estrellas
provenían de mucho más lejos que otras, ya que unas pertenecían a nuestra
galaxia y otras a galaxias exteriores, los científicos tuvieron que desarrollar
la técnica de la espectroscopia; es decir, el análisis de las longitudes de
onda de la luz que llega de las estrellas. Mayor corrimiento al rojo significa
más distancia.
En 1920 la posición del ser humano en la galaxia sufrió otra alteración
drástica. Copérnico desplazó el centro de la Tierra al Sol, y Shapley apuntó que
el Sol no era el centro de la galaxia, sino que se hallaba en realidad a las
afueras de ese centro. Ya en el siglo XX se descubriría que la luz que
recibíamos desde la nebulosa de Andrómeda venía desde fuera de la Vía Láctea y,
por tanto, se trataba de una nueva galaxia.
Hasta la página 160, El universo
me parece un libro precioso. Asimov es un buen narrador y consigue que el
lector se interese por esta historia de curiosidad y descubrimientos, que acaba
siendo un canto al espíritu humano. Ninguno de los astrónomos de los que se
habla en el libro iba a sacar ningún beneficio económico por sus
descubrimientos, pero querían saber y ese querer saber acaba siendo definitorio
y hermoso.
El capítulo siete –titulado La edad de la Tierra– me ha gustado
menos que los anteriores, pero en realidad sé que esto tiene más que ver con
mis intereses personales que con la historia científica que Asimov registra en
su obra. Me ocurre algo parecido, con el capítulo siguiente, La energía
del Sol. Aunque sí que me ha gustado saber que la composición de las
estrellas es principalmente hidrógeno y que, gracias a las fusiones nucleares,
se va transformando en helio, que son los dos elementos más abundantes del
universo. Seguía un capítulo titulado Tipos de estrellas, donde
se nos hablará de las gigantes rojas, las enanas blancas, las enanas negras…
«Cuando preguntamos entonces si el Universo es eterno, lo que estamos
preguntando es, en esencia, si la fusión del hidrógeno es capaz de perdurar
para siempre». (pág. 283).
Asimov también nos hablará del origen del universo y de la teoría del big
bang y de ahí pasará a hablarnos de las partículas sin masa. El libro acabará
hablando de los cuásares, que son partículas de luz procedentes de los lugares
más lejanos del universo conocido y, con un recorrido circular, volvemos al
inicio: por ahora conocemos estos límites, pero ¿dónde acaba el universo que
podemos conocer?
Como ya he apuntado, algunos temas me han resultado más interesantes que
otros. En algunos momentos, el trasfondo de las explicaciones científicas puede
ser un tanto complicado, pero ya he apuntado que Asimov, pese a hablar en más
de una página de temas técnicos, consigue que su libro sea ameno. En
definitiva, Asimov rinde homenaje en El universo al espíritu humano de
conocimiento y superación y, esto, en la mayoría de las páginas, es un viaje
emocionante.

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