miércoles, 11 de octubre de 2017

ASESINATO, de DANIELLE COLLOBERT

El pasado 29 de septiembre presenté, en la librería Cervantes, el tercer título de la nueva editorial madrileña La navaja suiza. Me gustó poder colaborar con este proyecto. Dejo aquí el texto que escribí para la ocasión, y que usé, a modo de notas, en la presentación (las fotos son de Isabel Hernández):



Me escribió Elsa Veiga, representante de prensa de editoriales, para preguntarme si quería presentar el libro Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Lo cierto es que era la primera vez que oía hablar de esta autora. Sí que conocía, sin embargo, a la editorial que publicaba el libro: La navaja suiza. Una nueva editorial madrileña, creada por Agustín Márquez, Pedro Garrido y Bárbara Pérez de Espinosa, y  que comenzó su andadura, hace unos meses, reeditando el libro de relatos En el corazón del corazón del país del norteamericano William H. Gass. De este libro había leído un relato en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford y había hojeado, en la cuesta de Moyano, la edición que sacó Alfaguara a principios de los años 80.
El segundo título de La navaja suiza es La casa grande del colombiano Álvaro Cepeda Samudio, sobre la masacre de las bananeras que ocurrió en Colombia en 1928. Creo que había leído sobre él en la relectura que hice, hace unos años, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en el prólogo de la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara, si no recuerdo mal hablaban de La casa grande. Pero, como decía, no había oído nunca hablar de Danielle Collobert, cuyo libro Asesinato es el tercer título de La navaja suiza.

En algún momento había pensado solicitar a esta nueva editorial En el corazón del corazón del país o La casa grande para poder escribir sobre ellos una reseña y apoyar así el que me parecía un interesante proyecto editorial. Pero, por ahora, me estaba conteniendo. El ritmo de libros que entran en mi casa es muy superior al de libros que puedo leer y reseñar. Sin embargo, me alegró que Elsa me propusiera poder realizar el comentario público de este nuevo libro de La navaja suiza. Quedamos en que me enviaría el libro a mi casa y empecé a buscar información sobre Danielle Collobert.

Lo cierto es que no se puede encontrar en internet mucho sobre ella. En la wikipedia leemos que nació en 1940 en Rostrenen, y se crió en la casa de sus abuelos (un dato que me hizo pensar en la infancia de Michel Houellebecq) porque tanto su madre como su tía formaban parte de la Resistencia Francesa.

En 1961 dejó sus estudios universitarios y empezó a trabajar en la Galerie Hautefeuille de París. También empezó a escribir textos que, tres años después, se integrarían en el libro Asesinato.

Collobert publicó algunos libros de poesía. En España se puede encontrar una antología de su obra poética en la editorial Kokoro, titulada Decir vivo a quién. Este libro contiene poemas en prosa parecidos a las páginas de Asesinato. De hecho, algunas de sus  páginas y las de este Asesinato coinciden. (AQUÍ está el enlace).



Collobert fue militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Lo que hizo que tuviera que exiliarse a Italia.
Asesinato se publicó en 1964 en la prestigiosa editorial Gallimard, gracias a la recomendación del escritor Raymond Queneau.
Collobert se suicidó en 1978 el mismo día que cumplía 38 años en un hotel de París, de la misma forma que su admirado Cesare Pavese en 1950 (a los 42 años), 28 años antes.

En el blog Lost in Marienbad podemos encontrar la traducción de tres poemas de Collobert:

añade sin cesar
construye
tenacidad del aliento
acumula
persigue
ávido
sin cesar
del aliento a la palabra
el mismo camino
el regreso aún
la repetición evidente
frágil
incierta
alargar la traza – prolongar
en alguna parte
en otro lugar
no borrar – borrarse
palabras además
la sangre – aún acuñar
palabras aún
trazar
para retrasar el acercamiento
fuera del alcance del silencio
blanco infinito
lucha – con la palabra – necesaria
única necesidad
lucha vana
agotamiento
sin salida

***

Siempre movimiento
De lo violento a lo imperceptible –lo inmóvil – lo inmóvil
Nunca – fingiendo fijeza, a lo sumo – fricción
Invisible en todo su cuerpo
Invisible – para no ver
Nunca visto desde donde él ve
No visto – el temblor
Sin presa – liso – sin derrame
Sin lágrima – ni sudor – estallido – ni estremecimiento – el
Frío
Inanimado – no – en algún lugar el nervio del dolor –
En algún lugar la respiración.

***

entre los muros blancos – la misma angustia cien veces encontrada – bloqueada en el instante – el tiempo denso –fugitivo – tras el que hay que caer de nuevo – cada vez –en la confusión – el magma – el trayecto perdido de un pensamiento al otro – en todos los sentidos – lo cotidiano real – el ensamblaje incierto del mundo – en la mente o al fondo-
en algún lugar

en alguna parte – ese lugar buscado desde hace tanto – tantos intentos – viajes al interior – la mayoría de las veces con ideas de agresión – tomar por asalto ese lugar - aplastarlo destruirlo de una vez por todas – que sólo quede una superficie lisa – aflorando a la mirada – a los labios – dócil a la voz aplacada – dormida – nada que pueda interrumpir el sueño – atascada – o el entumecimiento – esta vez las manos podrán transcribir con dulzura las palabras – sin crispación repentina – sin desgarramiento imprevisto

Asesinato me llegó a casa y comencé su lectura. Lo cierto es que al principio había pensado que se trataba de una novela. Elsa Veiga me había hablado de “nuevo título” de La navaja suiza y yo había considerado, por los dos anteriores libros de la editorial, que se trataría de una novela o un conjunto de relatos. Después de leerlo señalaría, más bien, que se trata de un libro de poemas en prosa. O un libro de microrrelatos fuertemente poéticos, o tal vez de una novela alucinada. En su web los editores de La navaja suiza se presentan así: «LA NAVAJA SUIZA nace con el ánimo de ofrecer a los lectores propuestas literarias inéditas y recuperadas del olvido, tanto en español como en lenguas extranjeras, no adscritas a géneros o nacionalidades, y asentadas en la búsqueda de nuevas formas literarias y que contribuyan a generar una conciencia social.»



En una entrevista concedida a El país, el editor Agustín Márquez apunta: «A veces, la buena literatura necesita un poso que no encaja con la lectura de metro, sino de sofá.» Creo que a la lectura de Asesinato, como apunta Agustín, le conviene más el tiempo detenido del sofá que la velocidad del metro. Asesinato se lee desde el desconcierto y el desasosiego.

En una primera instancia nos encontramos con una doble mirada: exterior e interior. «Es extraño este encuentro entre el ojo interior, detrás de la cerradura, que ve, y que descubre al ojo exterior, atrapado en flagrante delito de visión, de curiosidad, de incertidumbre.», así empieza el libro en la página 11.
En la página 13 aparece la idea premonitoria del suicidio: «El irrealizable y continuo suicidio de a pedazos.»

La idea de la muerte recorre el libro. Se insinúa la idea del asesinato en más de una ocasión: el asesinato de uno mismo, del otro, el asesinato por parte del otro: «Soy suyo, soy visto, descubierto, la boca entreabierta mientras duermo, y no estamos tranquilos, pues aparece poco a poco, en la pared, el hombre al que, desde hace unos días he decidido matar. Y me gustaría hacerlo por sorpresa, así que espero que no esté prevenido, por ello me pregunto por su presencia aquí en la casa. Lo mataremos de mil maneras. Sé mucho sobre el asesinato. Invento algunos cada día. Hago morir a distintas personas, en su mayor parte ancianos, no sé por qué exactamente.» (pág. 17-18)

El libro comienza con una voz narrativa ensimismada en sí misma, con esa doble visión interior y exterior, que parece contemplar el mundo desde el dolor del ser. Poco a poco el narrador irá saliendo de casa y verá una fábrica, obreros, el mar, los barcos… Aunque también apunta que le cuesta salir de «su laberinto», una expresión que me lleva a pensar en su mundo interior, su inmovilismo. El narrador también perseguirá a una «sombra», que quizás sea un trasunto de él mismo.



Durante una primera parte que identifico como la que está contada con una voz narrativa masculina (pág. 11-52) la narración me parece más intimista. De hecho, creo que el estilo de estas páginas es muy lírico, con una poética de la desesperación que me ha hecho pensar en Una temporada en el invierno, una de las obras en prosa del gran poeta Arthur Rimbaud. «Ya no amo el hastío. Las rabias, los desenfrenos, la locura cuyos arranques y desastres tan bien conozco, –me he despojado de toda esa carga. Valoremos, pues, sin vértigo, la amplitud de mi inocencia.», leemos en la página 35 de Una temporada en el infierno (edición de Hiperión). «En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no…, realmente no puedo. Soy demasiado evanescente, demasiado débil. La vida florece gracias al trabajo, –vieja verdad. Pero la mía, en concreto, no tiene suficiente peso, alza el vuelo y se aleja flotando por encima de la acción, ese amado apoyo del mundo.»
«¡Bah, hagamos todas las muecas imaginables. Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Mi sentido del tacto ha desaparecido.» (pág. 45)
«¡Por el momento, estoy sumida en el fondo del mundo.» (pág. 51)
«Me acostumbré a la alucinación pura y simple: veía, con toda claridad, una mezquita donde había una fábrica, una escuela de tambores compuesta por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los misterios; un título de vodevil erguía espantos ante mis ojos.»

Se puede considerar Una temporada en el infierno, publicado en 1873 el testamento literario de un joven-viejo Rimbaud de 19 años. Leí este libro hace ya más de veinte años. Acabé pensando que Rimbaud decidía dejar la literatura porque su pureza, su deslumbramiento, iba a conducirle a la autodestrucción del suicidio.

Danielle Collobert decidió seguir esta senda hasta el final. Me parecen, en cuanto a esta idea de Rimbaud, significativas las páginas 41-43 de Asesinato. Así empiezan: «Tengo un mar interior, no muy grande, pero me llena por dentro. No es un agua tranquila, remansada, como suele decirse. Según los días, las horas, se expande, me sacude.» En estas páginas Collobert habla de su condición de artista. De ese mar interior, que a veces parece un pozo, donde se ahoga y que a la vez, paradójicamente, le sustenta.


A partir de la página 53 la voz narrativa pasa de ser la de un hombre a la de una mujer. Desde esta página, los cortes de la narración se vuelven más dinámicos. Collobert juega a la disolución del sujeto: masculino, femenino, un nosotros, un «él», una sombra.
En esta página 53 una mujer comienza a seguir a una anciana que ha visto en un café.

Página 53 de Asesinato: «Entré en el café y la vi inmediatamente al fondo delante de mí. Me quedé quieta enseguida».
Relación con poema Pensamientos de Deola, de Pavese, página 33: «Deola pasa la mañana sentada en el café / y nadie la mira»

En estas páginas en las que la poeta sale de sí misma y contempla a los otros  (las gaviotas en la playa, los viajeros de los trenes, los obreros, los bebedores del café…) he sentido de forma más acusada la influencia de la poesía de Cesare Pavese.

En la página 89-90 podemos leer dos páginas sobre un anciano que me han recordado a algunos de los poemas de Pavese. El poema de Collebert comienza así: «En la otra orilla vive un hombre viejo. Creo que es necesario que hable de él un día. Su casa es grande y puedo divisarla desde mi puerta. Lo veo a veces, sentado delante de la suya en un banco de piedra, inmóvil.»
En poema Pasa el tiempo de Pavese, pág. 104: «En cierta ocasión, aquel vejete, sentado en la hierba, /aguardaba»

Estas páginas se pueden relacionar con poemas como Pensamientos de Deola de Pavese (pág. 33 de la edición de Poesías completas de Visor), Manía de soledad (pág. 55), Pasa el tiempo (pag. 104) o La paz reinante (pag. 120)

En Asesinato, en la página 71 leemos: «Somos cuatro en torno a él. Está muerto. En pleno campo, extrañamente, en pleno campo, a pleno sol, con delicadeza.
No ha sido nada trágico. Los ruidos de la campiña no se detuvieron, de repente. Cayó de rodillas y después se desplomó a un lado.»



En las Poesías completas de Pavese, página 96, tenemos el poema Revuelta, que también habla de un muerto y comienza así: «El muerto está retorcido y no mira las estrellas: tiene los cabellos pegados al adoquinado. La noche es más fría. Los vivos regresan al hogar, todavía temblando.»


Las últimas páginas de Asesinato (119-126) parecen retomar la voz narrativa en primera persona y masculina del principio. Vuelven aquí los espacios interiores, la reflexión antes que el movimiento. Collobert retoma la idea de la muerte: «Uno no muerte solo, lo matan, por rutina, por imposibilidad, obedeciendo a su inspiración. Si todo el tiempo he hablado de asesinato, a veces de forma velada, es debido a eso, a esa manera de matar.» y acaba así: «Camino tambaleándome, y la habitación negra no se vacía aún del eco incesante de mis pasos – mis pies inseguros, que buscan, buscan en la arena, lentamente, el fin.» (pág. 126)

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