domingo, 13 de marzo de 2022

Aquí hay demasiada gente, por Carlos Castaño Senra


Aquí hay demasiada gente
, de Carlos Castaño Senra

Editorial Sloper, primera edición de 2022

 El viernes 11 de marzo, presenté en la librería Lé de Madrid la primera novela de Carlos Castaño Senra. Escribí unas palabras sobre ella, y luego conversé con el autor, que ha elaborado con la calma las respuestas a las preguntas y las dejo aquí.

 Leemos en la contraportada del libro que Carlos Castaño nació en Barcelona en 1972, que cursó estudios de Filosofía en Madrid, donde vive, y que Aquí hay demasiada gente es su primera novela.


Tras un elogioso prólogo del escritor Francisco Ferrer Lerín, en el que sostiene opiniones como éstas «Qué sagaz novela, qué salutación de la realidad disfrazada de absurdo, qué modo fluido y satisfactorio de cerrarla», la novela se abre con un aforismo del escritor polaco Stanilaw Jerzy Lec, que dice: «¡Ay, cómo me gustaría ser viejo una vez más!, dijo el joven difunto.» Y así, tras esta sentencia, ya entro en la novela con una sonrisa, porque me hace recordar lo bien que lo pasé con el librito Pensamientos despeinados de Lec, que en España editó Península y que contenía frases tan punzantes como estas: «Esta noche he soñado con la realidad, con qué alivio me he despertado.», «Cread mitos sobre vosotros mismos, los dioses no empezaron de otro modo.» «Su pensamiento es puro deleite, No fecunda a nadie», o «Hay en él un enorme vacío repleto de erudición.»

 

En las primeras páginas de Aquí hay demasiada gente el lector habrá de conocer al narrador de la novela, Félix Margallo, un hombre de treinta y siete años, que lleva una ya larga temporada en paro, y que ha de enfrentarse ese día al complicado dilema de cortarse o no el pelo. Operación que siente, desde que era niño, condenada al fracaso y a la frustración. Margallo es hombre que pisó una peluquería por primera vez a los dieciocho años debido a que su madre había sido peluquera y le cortaba hasta entonces el pelo, lo que siempre fue una fuente de problemas. Félix Margallo, para evitarse las dificultades de este aparentemente leve trámite humano, va a tomar la decisión de empezar a usar una peluca. Se comprará dos, una castaña y otra de pelo cano. Así podrá llevar siempre el pelo con el corte que él quiera.

 

En estas primeras páginas de la novela, el lector ya puede comprender que no se encuentra ante una obra realista, sino ante un libro que va a jugar en los márgenes de lo real, que va a crear una idea de verosimilitud particular y esquiva, y que va a conversar con algunos de los escritores que, en nuestros intercambios de impresiones vía email, Carlos me ha comentado que admira, como podría ser el Mario Levrero de El discurso vacío, el Robert Walser de El paseo o Jakob von Gunten, o el Thomas Bernhard de Hormigón o Tala.

 

Pronto descubriremos que Margallo atraviesa una crisis personal, que se acabará convirtiendo en existencial. Así, la inquietante presencia de su nueva peluca conducirá a una ruptura con su esposa, Marisa. Pasará a vivir en un piso vacío, propiedad de su familia, donde una vez una tía convivió con un mono. Margallo establecerá una rutina de vida bastante sencilla: ir a comer un menú del día y pasear, principalmente, mientras sueña que en vez de un parado es un jubilado, alguien a quien la vida le permite dejar atrás las obligaciones. Margallo desea «un tiempo limitado en longitud, pero amplísimo en anchura, un tiempo más ancho que largo». Según me comentó Carlos, la idea de la jubilación cumple en una novela una función de «McGuffin», ese término que creó Alfred Hitchcock para hacer avanzar la trama de sus películas, envolviendo a los personajes en una consecución de persecuciones y misterio.

Margallo será crítico con personas como su padre, a las denominará «antijubilados», personas excesivamente dinámicas. En detalles como éste, la novela se adentra en el humorismo, un humorismo en cualquier caso triste, cargado de trascendencia dramática. Para Margallo su padre «no para de hablar de negocios y deportes, y siempre repite lo mismo: Flexibilidad, movilidad, adaptación, trabajo en equipo. Es un plasta.»

 

Me comentó también Carlos que le gustaba la estructura de novela construida con cuentos, al estilo de las de Roberto Bolaño Amuleto o Nocturno de Chile. Así es como ha decidido construir Aquí hay demasiada gente. Margallo, una vez que se ha separado de su mujer irá narrando diversos encuentros con personas a cada cual más peculiar: algunos programados, como el que tiene con su amigo Pluncheti, con el que estuvo en la facultad de Filosofía (como el propio autor), y otros que van a depender del azar: una señora mayor con mentalidad paranoica, convencida de que las autoridades han prohibido el consumo del mazapán; una joven, que lee la mano, pero a la que en realidad lo que le gusta es predecir anticiclones y borrascas; o un anticuario solitario, obsesionado con los ceniceros y los recuerdos del pasado.

Además Margallo elaborará una lista con los ex compañeros de trabajo de las empresas en las que ha estado y de cada uno de ellos nos contará su historia, volviendo al juego de la narración (o el cuento) dentro de la narración.

 

Si bien la lógica realista de causa-efecto de la novela se va rompiendo de forma constante (como el hecho de que Margallo en su nueva casa considera que una hormiga con la que de vez en cuando se cruza es su mascota), y esto redunda en generar un efecto humorístico surrealista, también es cierto que la tristeza o la presencia de la muerte es constante en casi cada escena, convirtiendo a Aquí hay demasiada gente una novela cercana al existencialismo y el desapego de escritores como Thomas Bernhard.

Aquí hay demasiada gente es una novela tan inquietante como desconcertante, una invitación a adentrarse en caminos literarios, como dije, de los márgenes o de la extrañeza.

 

 

ENTREVISTA A CARLOS CASTAÑO

 

1. Me decías en un correo que entiendes el «realismo» como un género literario, podrías hablarnos de esto.

Está muy extendida la idea de que el llamado «realismo», no solo en literatura, también en cine, por ejemplo, consiste en una representación fiel de la realidad. Yo lo que sostengo, sin la menor pretensión de decir algo original, es que no es así. Puede haber muchas formas de aproximarse a la realidad, o las realidades, y a menudo aceptar de manera acrítica esa versión dominante constituye, además de una simplificación empobrecedora, un sometimiento a ―o un apuntalamiento de― los poderes que interesadamente la difunden. Esto no significa en ningún caso dar por buenos toda clase de disparates, teorías conspiratorias o lunáticas versiones alternativas de la historia, sino ser consciente de la complejidad y diversidad (mucho más habitual y común de lo que pueda parecer) de nuestra percepción del mundo, sea esto lo que sea. Por otra parte, algunos defensores del realismo ―que conste que yo no soy un detractor― postulan de manera ingenua una serie de normas sobre cómo se ha de contar una historia (esto de que lo importante es «contar una historia» les encanta) como si esas normas vinieran del cielo y no fueran una opción más. En cualquiera de nuestras acciones hay un momento previo de ficción, de representación mental de posibilidades, y la llamada realidad pasa inevitablemente por ahí. Nuestra relación con lo real es inseparable de la inventiva. Si no recuerdo mal, al inicio de Cosmos de Gombrowicz un personaje va caminando y empieza a enumerar todo lo que ve hasta sentirse abrumado, casi asediado: aunque redujéramos la realidad únicamente a lo que percibimos con los sentidos (y evidentemente es mucho más), dar cuenta de ello sería una batalla perdida. En mi caso particular me gusta utilizar algunos métodos y recursos del llamado realismo, pero sin descuidar la parte interior, la imaginación, la duda, y más aún si la narración es en primera persona, ¿cómo saber si lo que nos cuenta el narrador es una mentira, una percepción errónea o la puritita verdad?   

 

2. Nos puedes hablar del ensayo La corrosión del carácter de Richard Sennett en relación con la novela.

En la novela hay una frase que se repite varias veces, tú mismo la has citado en tu introducción. «Flexibilidad, movilidad, trabajo en equipo». En La corrosión del carácter se reflexiona sobre las nuevas formas de trabajo y cómo afectan, entre otras muchas cosas, a la construcción de la identidad de los trabajadores. Se habla de la desaparición de los oficios, que son sustituidos por tareas en constante cambio que obligan al trabajador a estar en permanente estado de alerta y aprendizaje, sin que nunca pueda sentir que sabe hacer bien su trabajo, con lo que esto implica para su bienestar personal, para su posible encaje en la sociedad y para la utilización de un tiempo libre cada vez más reducido. Margallo se niega a formar parte de esto. Necesita todo el tiempo, no quiere ser joven y dinámico, no quiere estar eternamente en edad de trabajar, siempre disponible, con cada vez mayores retrasos en la edad de jubilación, que casi obligan a los trabajadores a morir trabajando. Quiere vivir, eso es todo. Y si para ello necesita ser viejo, pues su deseo es adelantar ese envejecimiento. El pensamiento progresista soñó en el pasado con sociedades en las que cada vez se trabajara menos, pero parece que la tendencia, aceptada incluso por gran parte de los llamados progresistas, es exactamente la contraria. Por cierto, me gusta emparejar este libro con Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell.

 

3. ¿Hasta qué punto es Félix Margallo un hombre sin atributos?

No sé. No estoy muy seguro de qué significa ser un hombre sin atributos. Habría que definir la expresión para intentar averiguar si Margallo es o no un hombre sin atributos. Te confieso (y lo hago un poco avergonzado, no soy de los que presumen de no haber leído determinados libros, tachándolos despectivamente de «sesudos») que, a pesar de tenerla en dos tomos desde hace más de veinte años, no he leído todavía la novela de Musil. Sin duda Margallo es un hombre perplejo, un hombre que duda. Pero su perplejidad (que en algún sentido es una cierta aceptación, que no hay que confundir con el abatimiento o la renuncia) no supone para él un estorbo para disfrutar de la vida a su manera, como diría Sinatra. Para mí alguien perplejo es alguien que comprueba que el intento de comprensión racional del mundo es insuficiente, pero se niega a caer en cualquier tipo de creencia no argumentada, más allá de las que ineludiblemente aceptamos para poder empezar a razonar, y que de hecho nos constituyen como seres pensantes: una cautelosa confianza en el lenguaje, en la posibilidad de comunicarse, en nuestros sentidos, etc.

 

4. ¿Hasta que punto Félix Margallo es un hombre que duda?

En parte ya he respondido a esto en la pregunta anterior. Diría que duda hasta donde es razonable dudar. Principalmente duda de las certezas, pero también de su propia percepción de las cosas y sus afirmaciones, estando dispuesto a cambiar de opinión y recular las veces que haga falta. Esto es una constante en la novela. Afirma, duda, recula, matizando una y otra vez sus afirmaciones y modificando su criterio. Practica una especie de duda metódica, con la conciencia de que la posibilidad misma de la duda ya implica la aceptación de algún tipo de certeza. Creo que lo único que se mantiene inalterable es su deseo de jubilación y envejecimiento, pero es que el «McGuffin», como bien has explicado en tu presentación, se alimenta de esa constancia. Margallo siente el vértigo de una existencia incomprensible y la posibilidad de la muerte como un estimulo vital, aunque no renuncia a intentar comprender algo. Es un ser, como lo somos todos, lleno de contradicciones.

 

5. ¿Aquí hay demasiada gente puede leerse también como una novela social, una novela en la que cuestionas el mundo del trabajo y las obligaciones?

Es evidente. Pero antes diría que toda novela es social, no hay actividad humana que no lo sea y la novela en particular quizá sea el artefacto social por excelencia. Otra cosa es la novela pedagógica, que sostiene una tesis y nos la reboza burdamente en cada página. Aquí también se sostienen tesis, claro (todos lo hacemos, aunque no siempre de manera consciente), pero se discuten, aunque, en la mayoría de los casos, las dos partes en pugna surgen de un mismo sujeto que se desdobla. Por otro lado, cualquier novela, aunque sea a la contra, o por negación, lo quiera o no, refleja siempre algo de la sociedad de su tiempo. Me interesa también cómo asumimos ciertas expresiones del lenguaje y con ello interiorizamos ciertos discursos, como si lo hiciéramos «por nuestro bien», como se les dice a los niños, y de manera voluntaria. A este respecto, siempre tengo presente la reflexión de Sánchez Ferlosio sobre la expresión «merecido descanso».

 

 

 

6. Margallo nos cuenta sus aventuras en un taller literario de poesía, ¿qué relación tienes tú o tu novela con la poesía?

En primer lugar, aclaro que jamás he asistido a ningún taller, ni de poesía ni de nada. En la novela utilicé algunos datos sobre su funcionamiento que me facilitaron personas que conocen el mundo de los talleres literarios, y también investigué un poco en Internet.

  Si me gustaran las declaraciones cursis, reduccionistas, grandilocuentes y melodramáticas, te diría que la poesía me salvó la vida. Como me horrorizan este tipo de pronunciamientos, será mejor matizar un poco. De muy joven tuve una grave crisis de ansiedad que me aisló de todo y, como suele decirse, me refugié en la poesía. Quería ser poeta, a ser posible maldito o romántico. Rimbaud, Keats, o un raro, como Henri Michaux o el Vallejo de Trilce. Escribí mucho y, tal vez para bien, nunca publiqué nada.

  Aquí hay demasiada gente está llena de pequeños poemas en prosa. Poemas a la orina que produce los espárragos, a una lluvia nocturna sobre un abrigo, a los hurones y los castores, a los viejos westerns, a la ceniza y los ceniceros, a una hormiga, a una manta, etc. Yo creo que cuando Gombrowicz escribió su famoso texto contra los poetas, en realidad estaba escribiendo una defensa de la poesía, y para defender la poesía lo primero que se ha de hacer es atacar duramente a los poetas.

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