domingo, 29 de enero de 2017

La interpretación de un libro, por Juan José Becerra

Editorial Candaya. 124 páginas. 1ª edición de 2012.

Olga y Paco, los editores de Candaya, me enviaron en el verano de 2016 la novela El espectáculo del tiempo de Juan José Becerra (Junín, Argentina, 1965). Después de leerla y hacerle una entrevista al autor, les solicité su anterior novela, que también había sido publicada por ellos. Me la enviaron y la leí la semana después de que me propusieran presentar El espectáculo del tiempo en la librería La Buena Vida de Madrid, lo que yo acepté encantado.

Como ocurría en El espectáculo del tiempo con Juan Guerra, Mariano Mastandrea –el protagonista de La interpretación de un libro– también es un escritor. En este caso, la historia está contada en tercera persona y no en primera. Mastandrea es autor de una sola novela, titulada Una eternidad. Becerra nos presenta a su personaje en el momento en que ya ha publicado su obra y se dedica a recorrer Buenos Aires buscando en el metro o en las librerías de la Avenida Corrientes a un lector de su libro, un libro que ha pasado desapercibido y que languidece en las librerías de saldo del centro. Al fin, en un vagón de metro, Mastandrea descubrirá a Camila Pereyra leyendo Una eternidad. Ella sale del subte, él la sigue, y cuando ella se sienta en un banco dispuesta a reanudar su lectura él la aborda. Intercambian pareceres y teléfonos. Quedan, inician una relación y ella –que hasta entonces vivía con su madre– se muda al pequeño apartamento de Mastandrea.

Pereyra comenzará a decorar la casa de Mastandrea con cuadros de Edward Hopper en los que aparecen mujeres leyendo, o que ella considera que están leyendo.

Becerra presenta al escritor Mariano Mastandrea en el momento en que él está esperando la recepción de su obra, pero ya no se encuentra escribiendo y no parece sentir impulsos de hacerlo, mientras tanto se dedica a ver la televisión. Y también presenta a Camila Pereyra leyendo sólo Una eternidad, libro que ya se sabe de memoria, o al menos se lo sabe mejor que el escritor. Cuando ella saca el libro de otro escritor de las estanterías de Mastandrea, será tomado por éste como una traición. Casi no hay en la novela más personajes, solo se encuentran aquí una idea arquetípica de «escritor» con una idea arquetípica de «lectora». Mastandrea no parece, en este libro, haber recibido ningún comentario sobre su obra proveniente de otros colegas escritores (que no parecen existir) ni de familiares o amigos (que tampoco parecen existir): Pereyra, a la que los trabajadores del jardín Botánico –al que va a sentarse en un banco para leer– llaman «la loca de los libros», como Mastandrea ha escuchado de casualidad, además de su madre, con la que vivía, no parece relacionarse tampoco con nadie más. Ambos se encerrarán en el piso del escritor y darán juego a una relación que se irá tornando cada vez más enfermiza. Ninguno de los dos, en el tiempo de la novela (que transcurre en 2005) parece tener que trabajar para ganarse la vida.


Antes de encontrarse con su lectora, Mastandrea duda de su labor, ¿para qué escribir si no hay receptor de la obra que uno produce y ofrece al mundo? Después de sus peleas con Mastandrea, Pereyra teme abismarse en un mundo sin lectura. ¿Son la lectura y la escritura orgánicas? ¿Forman parte de la vida o de la negación de la vida? Durante su relación, el libro físico de Mastandrea, así como las ideas abstractas de la escritura y la lectura, se entremezclan con su vivencia del sexo y la evolución de su vida en pareja. Una relación que cada vez parece irse volviendo más absorbente, más invasiva para el otro y más dependiente. Pereyra preguntará a Mastandrea si la protagonista de su libro (una historia de desamor) es real, porque siente celos de ella. También recitarán fragmentos de escritura. «Por un instante están en el interior del libro, en una de sus escenas y en cada una de las palabras empleadas en la recreación que es, sobre todo, realización, sueño cumplido de la letra.», leemos en la página 66.

Además de la historia del Escritor y la Lectora –una narración que, debido al aislamiento vital de los personajes, acabará cobrando tintes cada vez más expresionistas y simbólicos–, La interpretación de un libro escapa de su cerrado planteamiento al desviarse por algunos pequeños cauces narrativos, que actúan de afluentes de la historia principal. Así, el resumen de la novela de Mastandrea (en la que su personaje, Castellanos, es descrito como «cronofóbico», una dolencia que también aquejaba al protagonista de El espectáculo del tiempo) se convierte en un relato en sí mismo, lo mismo ocurre con las interpretaciones de los cuadros de Hopper.

Me llama la atención que siendo La interpretación de un libro una novela con un personaje escritor, nunca se habla en ella de autores literarios reales. Esto mismo ocurría en El espectáculo del tiempo. Los planteamientos metaliterarios de Becerra se centran en los hechos de la escritura y la lectura en sí mismos, pero no en relación al contexto de producción creativa en el que las obras escritas actúan.

Ya lo comenté al hablar de El espectáculo del tiempo: por su prosa cuidada y densa, que incide en la forma de interpretar la realidad de sus personajes y en la percepción de los fenómenos que les rodean, la escritura de Juan José Becerra me parece emparentada con la de Juan José Saer. En este sentido, una de las escenas de La interpretación de un libro, la que se desarrolla en la página 32 y tiene que ver con la primera vez en la que Mariano y Camila cenan en un restaurante, donde se describen sus movimientos en torno a los cubiertos o la comida («Camila Pereyra unta una rodaja de pan y abre la boca para introducirla en ella; se ven sus dientes blancos y parejos, y el hueco oscuro del que sale la lengua que se extiende como una bandeja o una cinta transportadora para recibir el bocado y llevarlo al interior.»), me ha recordado mucho a algunas escenas de los libros de Saer. Por ejemplo, en este caso, a la descripción de la reunión de amigos al final de La pesquisa de Saer, donde también se describía como Tomatis, Garay, Sordi… tomaban aceitunas y bebidas de una mesa y qué venían de los otros desde sus asientos.

Juan José Saer comienza a ser unos de los astros en torno a los que gira la nueva narrativa argentina, y sus herederos más claros me parecen los argentinos Sergio Chejfec y Juan José Becerra, ambos publicados en España por la editorial Candaya.


Hasta ahora conocía al Becerra más desbordado, el de la extensa novela El espectáculo del tiempo, y ahora me he acercado a otro más contenido, el de la novela corta La interpretación de un sueño. Ambas obras me confirman que estamos ante un gran escritor.

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