martes, 24 de mayo de 2016

Comienzo de Quitasol, uno de los cuentos de Koundara

Este viernes 27 de mayo, de 19:00 a 21:30 h., estaré en el Retiro, en la Feria del Libro de Madrid, firmando ejemplares de mi nuevo libro de relatos Koundara, editado por Baile del Sol. Será en la caseta de la librería Muga, la 312.

Si la semana pasada mostraba aquí el comienzo del relato que da título al libro, ambientado en Guinea Conakry, voy a mostrar hoy el comienzo del que posiblemente sea mi relato favorito del conjunto, el que se titula Quitasol, y que transcurre entre Móstoles, Alcorcón y Madrid, un territorio mucho más cercano a mí.






QUITASOL

Por esos días, estaba pensando en llamar a Joanna y ella me envió un mensaje al móvil. Me pedía ayuda para realizar la mudanza de Teresa, su compañera de piso. No sabría decir cuánto tiempo llevaba con ella, quizás dos o tres meses, pero Joanna se había planteado buscar una nueva compañera o durante una temporada pagar sola el alquiler. Le había pedido a Teresa que se fuese. Y ésta había accedido, con una condición: que Joanna le ayudase con la mudanza, para la que iba a necesitar un coche. Aquí era donde entraba yo.
Hablé con Joanna por teléfono. Como ya sabía, al principio le había parecido una buena idea aceptar a Teresa como compañera de piso. «Era una oportunidad para crear un nuevo vínculo con España», me había dicho. Recuerdo esa palabra, vínculo, porque seguía sorprendiéndome lo bien que Joanna hablaba español. Ya lo hacía cuando la conocí y entonces llevaba sólo un año y medio en España. Seguía manteniendo su acento suave del Este —que me gustaba—, pero su sintaxis y su vocabulario eran bastante correctos.
Joanna había decidido que necesitaba calma. Necesitaba sentir que su casa era un refugio del mundo exterior. Había conocido a Teresa en su nuevo entorno de clases de yoga, masajes, pilates, comida macrobiótica… y, a pesar de que no fumaba —condición indispensable en su casa—, Joanna llevaba semanas sospechando que consumía drogas. Algunas noches se habían cruzado por el pasillo de la casa, y Joanna había observado en Teresa un rostro ausente y perdido. Joanna había empezado a sentir miedo y desconfianza. Teresa rompía su equilibrio y le había pedido que se fuese.
El piso estaba alquilado a nombre de Joanna, que mantenía una buena relación con los dueños españoles.
Cuando yo había conocido a Joanna (la noche de un sábado en un pub, antes de que ella dejase definitivamente de entrar en locales con humo), su compañera era, como ella, polaca.
Con esta compatriota, el exnovio polaco de Joanna le había sido infiel. Joanna había dejado al chico y fingido indiferencia hacia su compañera. Hasta que la situación estalló meses más tarde y Joanna la obligó a irse. Después, había pasado a compartir casa con otras dos chicas polacas y, por las mismas fechas, se había iniciado en el mundo de la comida macrobiótica y la filosofía oriental. Joanna había puesto reglas a las dos nuevas inquilinas: no quería ruidos ni humo de tabaco. Había sorprendido fumando a las dos y les había pedido, también, que se fuesen. Estaba aprendiendo a no acumular dentro la energía negativa. Sabía que seguir compartiendo casa con quien su exnovio le había puesto los cuernos no había sido una buena idea. Se estaba haciendo más fuerte e independiente.

Teresa iba a mudarse a la casa de una compañera del gimnasio donde trabajaba, en la calle Orense de Madrid.
Joanna me pedía ayuda y yo no podía negarme.
Quedamos para el siguiente sábado por la mañana. Me pareció un buen día. Mis padres tenían pensado irse al pueblo en el coche nuevo y yo podría coger el viejo R-7, sin dar explicaciones.
Ya había comenzado en la oficina con el horario de verano y atravesaba una época de relativa calma laboral. Esperaba mi mes de vacaciones, entre las mesas despobladas del staff, con bastante menos carga de trabajo que en meses anteriores. Aún no sabía, de todas formas, si iba a haber algún amigo disponible en agosto con el que realizar un viaje. Confiaba en que así fuese.

Me levanté pronto ese sábado. Ya al alzar la persiana y mirar hacia el exterior, hacia la luz que comenzaba a descender por la fachada del edificio de enfrente, se notaba que iba a ser un día de julio muy caluroso, un día para no abandonar la sombra, la piscina o el aire acondicionado.
Desayuné, cogí las llaves del R-7 y bajé a la calle. La noche anterior me había fijado en dónde estaba aparcado el coche, dentro de los límites cerrados de nuestra urbanización de Móstoles.
El R-7 relucía impecable, mi padre lo cuidaba como a una pieza de museo. Ahora ya no lo tiene. Por entonces sobrepasaba los veinte años y funcionaba correctamente. Incluso en los días más fríos del invierno, mi padre sacaba del garaje subterráneo el coche nuevo y metía allí el R-7. No deseaba, en ningún caso, desprenderse de él; aunque a mi madre no le gustase, lo consideraba inseguro.
Mi padre lo conducía de vez en cuando. Solía tomar, al hacerlo, la carretera de Extremadura y se acercaba a pueblos del sur de la Comunidad de Madrid o de Toledo: Arroyomolinos, Illescas, Huecas…, viajes solitarios de los que regresaba exultante, pontificando acerca del buen estado y las bondades de su R-7, como no le he visto nunca hablar del coche nuevo.
Cuando iba al pueblo cogía, sin embargo, el nuevo. Mi madre no hubiese aceptado el R-7 para un viaje de más de tres horas.

Replegué el quitasol de cartón y encendí el motor. Como esperaba, hizo el contacto a la primera.
Joanna vivía en Alcorcón. La carretera estaba despejada y pude llamar al telefonillo de su portal diez minutos antes de la hora que habíamos acordado. Subí.
Joanna lucía un vestido ligero de una pieza. Me fijé en sus piernas, con el moreno cobrizo de las rubias; ya había ido bastantes fines de semana a la piscina.
Me presentó a Teresa. Busqué la mirada perdida de la que me había hablado Joanna, la descubrí. Una mirada dispersa, evasiva; unos ojos brillantes, de pupilas dilatadas. Una mujer que ya había alcanzado los cuarenta años (como me había contado Joanna), pero que aparentaba menos, con un cuerpo fibroso de persona acostumbrada a hacer ejercicio diario. Se notaba su edad en el cuello, sin embargo. Su voz hacía juego con su mirada; y no era muy alta.
Antes de que apareciese Teresa, ya me había fijado en las cajas apiladas en uno de los rincones del salón. Cajas de cartón, cuadradas, un buen número. No íbamos a poder llevarlas en un solo viaje. Empezamos a moverlas hasta el ascensor y a bajarlas a la calle. Había podido aparcar muy cerca del portal. Introdujimos las cajas en el coche. Deposité sobre la acera todo el contenido del maletero y los asientos, lo subimos al piso y bajamos con más cajas. Teresa aseguró las depositadas en los asientos traseros con una cuerda. Mientras lo hacía, se me cruzó la mirada con un tipo que salía del portal. Le reconocí. Habíamos trabajado juntos en mi segundo empleo, en la empresa de Nuevos Ministerios. Habíamos coincidido por las oficinas o los pasillos, pero nunca habíamos hablado. Él también se fijó en mí, me reconoció. No íbamos a saludarnos, pero noté su curiosidad. Aquello me incomodó. Empezaba a hacer bastante calor y acarrear las cajas me había hecho sudar.
Joanna no vendría con nosotros. No me gustaba la idea de compartir el viaje a Madrid a solas con Teresa. Arranqué. El R-7 no tenía radio ni aire acondicionado. Empecé a preguntarle a Teresa por su vida, intentando ignorar que Joanna, mi amiga, estaba echándola de su casa. Teresa sostenía sobre las rodillas un aparato metálico que podía ser un horno o un potro de tortura, pero que en realidad servía para realizar ejercicios de pilates. Me habló del pilates, de ejercicios físicos que yo desconocía: torsiones y balones medicinales. Llevaba dos años trabajando como profesora de esta disciplina, también daba masajes relajantes. Era de Valencia.
Me habló de su marido. Un maestro nigeriano de yoga, dijo. En ese momento se encontraba en China perfeccionando sus técnicas. Se habían conocido en Marruecos. Joanna me había hablado sobre ese marido nigeriano en China. Como ella pudo averiguar, meses después, no existía. Era una invención de Teresa.

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