domingo, 3 de abril de 2016

Pampanitos verdes, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 158 páginas. 1ª edición de 2010

Compré Pampanitos verdes en la Feria del Libro de Madrid de 2013, junto con la novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972) Jerjes conquista el mar. Esta novela, así como su libro de relatos La marca de Creta, la leí en 2014, y el conjunto de relatos Pampanitos verdes se me había ido quedado pendiente, a pesar de la buena sensación que me dejó el anterior.
Vi en Facebook que Óscar Esquivias anunciaba que iba a aparecer en Ediciones del Viento un nuevo libro de relatos, titulado Andarás perdido por el mundo. Esto hizo que se renovara en mí la sensación de que tenía una cuenta pendiente con los relatos de Óscar. Le escribí y le pregunté si le parecía bien que le comentara a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envío de prensa del nuevo libro y yo me leería los dos libros seguidos (éste y el de Pampanitos verdes) y los comentaría en el blog. A Óscar le pareció bien.

Si La marca de Creta estaba formada por dieciséis cuentos, Pampanitos verdes lo está por diez. Como en el caso anterior, la mayoría de estos cuentos ya habían sido publicados en revistas o periódicos.

El primero, titulado El chico de las flores, me conquista de un modo inmediato. En seis páginas, Óscar mezcla a los personajes de su cuento con las andanzas de otros de ficción (uno de los personajes es una actriz y se nos habla de su personaje en una serie de televisión), en una bella historia de aprendizaje. Este cuento está situado en Madrid, y me hizo gracia pensar que Óscar, que vive en la ciudad, tiene una visión idealizada de la misma. Muchos de sus cuentos están situados en pueblos de la provincia de Burgos o su capital y en estos cuentos el realismo de sus historias suele ser bastante crudo, aunque también tierno; y sin embargo en los cuentos que sitúa en Madrid, como este inicial, pero también en otros como El hijo de la modista y Monólogo del técnico de sonido parece vincularlos al mundo del teatro, que creía que él asociaba, de forma consciente o inconsciente, a Madrid. Había ido tomando notas a lo largo de la lectura que parecían sostener esta teoría de la capital idealizada y vinculada con el mundo del teatro, pero al acabar el libro me he encontrado con un apunte final en el que se nos aclara que los tres cuentos que he mencionado “nacieron por encargo del Teatro Alcázar de Madrid y se publicaron en el libro de fotografías En el secreto del Alcázar.” En cualquier caso, creo que esto no resta ninguna pertinencia a mi comentario. Monólogo del técnico de sonido sobre un narrador que, poco antes de que empiece una función, evoca la relación que mantuvo su padre con su abuelo, y luego la que él mismo tuvo con su padre, me parece, siendo un cuento más que correcto, un poco inferior a otros del conjunto. Pero, en cambio, El hijo de la modista, sobre un joven vendedor de piscinas a familias pudientes, que es invitado a una fiesta en la casa de una joven y atractiva cliente, con su sutil análisis de las diferencias de clase, me ha parecido uno de los mejores del libro.

El segundo cuento, titulado El estudiante de Salamanca, me ha hecho volver por su planteamiento y temática a las narraciones que más me gustaron de La marca de Creta. En él nos encontramos con un frágil joven de dieciocho años que ha de ir al hospital justo la víspera de su examen de selectividad. Allí le diagnosticarán un principio de tuberculosis. Cuando se recupera, hace su selectividad y es admitido en la universidad de Salamanca, donde quiere ir para dejar atrás la casa de sus padres, pero ya no hay sitio en los colegios mayores y viajará con su padre a Salamanca para ver si puede quedarse durante el curso lectivo en un hotel que el padre conoce de un curso de su empresa. Por su planteamiento este relato se parece al de La fiesta más divertida del libro anterior, pero aquí se ahonda en la relación del chico con el padre y entrará en territorios diferentes.
Este cuento, como otros del libro anterior, tiene una temática homosexual, y aparece aquí el Paseo de la Isla, lugar de encuentros homosexuales de Burgos. En otros cuentos se citarán esos pueblos de Burgos que para el lector de relatos de Esquivias son ya familiares, como Sasamón o Villandiego; citados en el tercer cuento, Viene Gordon. En este cuento, el narrador en primera persona, a diferencia del narrador arquetipo de los cuentos de Esquivias, no es tan joven como suele serlo. Trabaja en una Ikastola del País Vasco, pero le gusta irse a pintar a una casa que ha heredado en un pueblo de Burgos. De este cuento, igual que me ocurrió en el anterior, me ha llamado la atención el tratamiento del sexo, y me ha gustado más el planteamiento que el desenlace. En el anterior me ha parecido que toda la composición funcionaba mejor.

Ya he comentado que los narradores en primera persona de Esquivias, siempre masculinos en este libro, suelen ser jóvenes y la asunción del funcionamiento del mundo de los adultos o las relaciones con sus padres suelen ser los ejes centrales de las temáticas. La mirada de Esquivias sobre estos personajes desorientados y frágiles suele ser la de la ternura. Una ternura elegante y contenida, que no cae nunca en lo cursi y que queda remarcada por un leve sentido del humor que imprime ligereza a sus páginas.

Un tanto desolador resulta el relato Pampanitos verdes, sobre un joven en segundo año de medicina, al que se le muere el hermano en un accidente de tráfico. Más divertido es Mail Pride Chicago 2008 sobre un joven atleta burgalés que trabaja en Madrid como cartero y del que sus superiores quieren que participe en una competición deportiva de carteros que tendrá lugar en Chicago. Aunque el cuento está ambientado en Chicago, su vocabulario castizo le hace profundamente español. Cuando el narrador llega a Chicago y le atiende en el aeropuerto una simpatiquísima policía, no duda en calificarla de “policía locatis”, una expresión que me ha hecho mucha gracia. Este recurso –la cita de expresiones particulares o frases hechas- se usa en el libro para remarcar la diferencia de edades entre los narradores y sus padres u otros personajes de las historias.

El dolor, donde un adulto evoca un episodio que le ocurrió de niño en un pueblo en el que vivía con su tía y donde cayó enfermo, es más que nada, al hablar de sexo entre adultos y niños, bastante perturbador.

El último, Viaje al centro de la Tierra, es el único que podría apartarse del realismo, aunque la visión onírica que tiene lugar en él podría achacarse a un sueño, quizás queda por esta ambigüedad un tanto desdibujado su alcance narrativo.

Me gustó mucho el penúltimo, titulado El centurión y ambientado en Roma, en el que se narra la relación entre dos hermanos, desde el punto de vista del pequeño. Un cuento original y poderoso.

El estilo literario de Óscar Esquivias sigue siendo en apariencia sencillo, pero esta sencillez es sólo aparente: el lenguaje es contenido y recorrido de vez en cuando por potentes imágenes.

Ya comenté aquí que me gustó mucho La marca de Creta, y quizás, habiendo leído antes este libro, Pampanitos verdes ya no me ha sorprendido tanto, porque ya sabía de lo que era capaz Óscar Esquivias, pero me parece que también es un gran libro de relatos y quizás más coherente que el anterior, puesto que aquí la diferencia entre los relatos que más me han gustado y los que menos ha sido menor que en el libro anterior.

Dentro de un rato empezaré con Andarás perdido por el mundo.

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