jueves, 28 de abril de 2016

Entrevista a Jeymer Gamboa, autor del poemario "Nuestra película de las vacaciones"

Jeymer Gamboa nació el 5 de enero de 1980 en Santa Cruz de León Cortés (zona de Los Santos), al sur de San José, capital de Costa Rica. Actualmente reside en el barrio de Villa Crespo en Buenos Aires, Argentina. Es egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires (UBA). También estudió periodismo y producción audiovisual en la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha trabajado como periodista en distintos medios costarricenses. Como realizador audiovisual ha dirigido documentales y cortometrajes experimentales que se han mostrado en festivales y muestras de México, Costa Rica, Cuba, España, Polonia, Brasil y Argentina, entre los que destacan Rastros (2010), Marino de tierra (2010) y De cómo mirar una ventana con ladrillos (2008). También ha incursionado en proyectos de videoinstalación mostrados recientemente en Buenos Aires bajo el título de Extinciones(2012).
En 2011 la editorial Pre-Textos publicó su primer libro de poemas, Días ordinarios, con el que obtuvo el XI Premio internacional de poesía Emilio Prados, convocado por el Centro Cultural Generación del 27 en Málaga, España. También publicó los libros Nuestra película de las vacaciones (2014, ed. Liliputienses), El desplazamiento circunstancial (2015, ed. Arlekín) y la plaquette La insistencia de la luz (2015, ed. Neutrinos). Ha sido incluido en las antologías Una temporada en el Centro. Panorama actual de la poesía en Costa Rica (2013, ed. Amargord) y 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI  (2014, ed. Municipal de Rosario).
Sus textos aparecen en revistas impresas y publicaciones en Internet como Catálogos de Valverde, revista Ping Pong, El maquinista de la Generación, Campotraviesa, Buensalvaje, Litoral, entre otros.




¿Tu interés por la poesía proviene de tu familia, del colegio o de alguna otra fuente?

Comenzó en el colegio. Viví hasta los dieciocho años en un pueblo de poco más de mil habitantes, un pueblo de primos, endogámico, de fuertes costumbres religiosas y actividades campesinas. Mi familia siempre se dedicó a la agricultura, a sembrar café, aguacate, mora y granadillas. En ese ambiente había muchos estímulos, mucho contacto con la naturaleza, pero no había libros. No había mucho espacio para la lectura. Lo que había era trabajo en la finca, algunas limitaciones económicas y la liturgia de los domingos. La biblioteca del colegio, que estaba en otro pueblo, era muy modesta. Sin embargo, ahí empecé a leer libros de poesía por mi cuenta, a Vallejo, Neruda, Paz. Luego mi profesor de inglés me pasó textos de poesía norteamericana e inglesa, me los pasaba en inglés o me los traducía, de Whitman, Dickinson, Keats. Todavía tengo la carpeta con las fotocopias que él me dio. Este profesor estaba muy interesado en todo eso y empezamos a compartir textos entre nosotros, eran lecturas y actividades por fuera de las clases del colegio, leíamos por gusto. En el colegio también convencí a dos amigos de armar un grupo de lectura, una especie de taller literario. Íbamos a acampar a los cerros del pueblo, con el Land Rover de mi papá, y leíamos poesía junto al fuego, los árboles y las quebradas. Tal vez lo hacíamos de una forma muy ingenua, pero ahí ya había un convencimiento, una fe rara. Yo bajaba de la montaña, después de esas lecturas, y en secreto me decía frente al espejo que era poeta. Por otra parte, cuando estaba en décimo, empecé a viajar en bus del pueblo hasta San José (la capital) para comprar libros, casetes y revistas. Lo que me ganaba en verano recolectando café lo gastaba en ese tipo de cosas. Viajaba los sábados a la capital con ese único objetivo. En uno de esos viajes compré una antología de poesía latinoamericana y descubrí los poemas de Nicanor Parra, esa también fue una experiencia importante. Entonces escuchaba casetes de Caifanes y Pink Floyd en mi walkman, mientras caminaba hacia el cafetal o apeaba aguacates, y regresaba a mi casa a leer a Parra, Cardenal y Girondo. Esa fue mi iniciación. Montaña, rock y poesía.



¿Tus primeras lecturas poéticas fueron de autores de Costa Rica? ¿Existe un tráfico fluido de libros entre los países adyacentes, Nicaragua, Panamá u Honduras? ¿Y de libros hispanoamericanos en general? ¿Es fácil conseguir traducciones de libros de poesía de otras lenguas en Costa Rica?

Mis primeras lecturas fueron principalmente de poetas latinoamericanos. En 1999, cuando entré en la universidad, abrí mi primera cuenta de correo electrónico y empecé a utilizar internet. Eso me abrió un mundo. Por esos años buceaba en una página que se llamaba poesía.com y en otras como Zapatos Rojos, 400 Elefantes, letras.s5.com y en los sitios de la Editorial Vox y Diario de poesía. En esas páginas descubrí una infinidad de autores contemporáneos, sobre todo de poesía sudamericana y varias traducciones del inglés. También salieron los primeros números de la revista Los amigos de lo ajeno, editada por Luis Chaves y Ana Wajszczuk. Esa revista también me abrió la cabeza. Publicaban poesía hispanoamericana, traducciones y textos que rompían con ciertos moldes con los que uno estaba acostumbrado a leer. Durante ese primer año que me fui a vivir a la capital también hice un par de talleres literarios, ahí las lecturas más bien se centraban en escritores costarricenses.
Me parece que nunca hubo un intercambio demasiado fluido de libros hispanoamericanos, por lo menos en esa época de los noventa y principios de siglo. Sí había actividades o encuentros donde participaban poetas de distintos lugares, como los que se realizaban en el Festival Internacional de las Artes en Costa Rica. Ahora tal vez es distinto, en Costa Rica han aparecido cuatro o cinco librerías que están importando libros de Estados Unidos, Inglaterra, España, Argentina y México, libros de muchas editoriales independientes, y también han surgido nuevas editoriales locales que, además de publicar a autores costarricenses, publican autores de Latinoamérica, España y también traducciones del inglés y portugués. Hay más actividad cultural. Por otro lado, está internet y todo el intercambio que se da ahí con los blogs, las revistas digitales y las redes sociales.


En los poemas de Nuestra película de las vacaciones citas a poetas como Ezra Pound, T. S. Eliot y Keats y no a poetas de habla hispana. ¿Debemos pensar que tus influencias son más de autores anglosajones que hispanoamericanos o españoles?

Para mí es difícil determinar cómo y cuánto influyen los textos de esos escritores. Todas esas lecturas llegan muy mezcladas y distorsionadas con otras cosas que uno lee, mira y escucha. En otros poemas que no están en ese libro también cito a escritores de habla hispana, como Saer, Panero y Solves. De todas formas, lo que más leo es poesía latinoamericana.
Me gusta pensar en los procedimientos que usaron Pound y Eliot para construir sus poemas, el uso precisamente de citas y la mezcla de textos de diversas procedencias. Esa forma de pensar la poesía como si no fuera poesía, más bien como un campo de escritura, un terreno para ensayar cosas. En Nuestra película, Eliot aparece citado cuatro o cinco veces, pero son cuestiones de las que no me doy cuenta en el momento de escribir, ese tipo de insistencias o repeticiones. Con la cita uno a veces corre el riesgo de caer en el esnobismo, la impostura, el culturalismo, por no decir directamente la pedantería. Trato de pensar la cita como un recurso literario más, una figura retórica si se quiere, que a veces funciona para quitar cierta pretensión de transparencia en los textos, para entablar un diálogo o incluso cuestionar el texto en el que se usó. Algunas de esas citas salieron de mis libretas de apuntes y las anoté para recordarme cuáles eran mis limitaciones.




  
Has estudiado periodismo y realización audiovisual. En tus poemas podemos encontrar una constatación artística de lo que ves al salir a la calle y existen muchas metáforas cinematográficas –empezando por el título de tu último libro, Nuestra película de las vacaciones-. ¿En qué medida sientes que el periodismo y la realización audiovisual han influido sobre tu poesía?

Sin proponérmelo se ha ido colando mucho lenguaje cinematográfico y procedimientos de las artes visuales en mis textos. Supongo que se debe a los intereses que uno tiene. Para mí son todos oficios distintos. En periodismo y realización audiovisual, por lo general, todo es más metódico, hay planes y objetivos que uno se fija de antemano, hay temas, encargos, tiempos de entrega, etc. La poesía es un misterio. En la poesía no hay nada a priori, uno camina siempre a tientas. Creo que uno escribe poesía para tratar de entender qué es un poema, algo que nunca se termina de resolver y, por eso, uno sigue escribiendo, hay una fuerza misteriosa detrás. El “salir a la calle” de esos poemas en realidad es un andar a la deriva, todo es más caótico y azaroso.


¿Qué opinas de la métrica en el poema? ¿Te parece un concepto anticuado?

Me parece que es una herramienta más, pero en mi caso es una limitación, porque no es algo que domine. No me parece un concepto anticuado y no está mal estudiar métrica, aunque yo no escribo de esa manera. Por otro lado, hay gente que se termina encasillando en una estructura o en ciertas formas de escribir, se ponen la camisa de fuerza. Hace poco leí que a Rodrigo Lira no le gustaba llamar poesía o poemas a sus textos y prefería usar la palabra escrituración. Me gusta más esa idea: una escritura abierta, híbrida, donde se mezclan las formas y los géneros, donde se pueden arriesgar cosas, incluso cometer errores.


¿Lees habitualmente más prosa o poesía?

Seguramente leo más prosa, pero la prosa la leo como poesía. La verdad es que no hago mucha distinción entre los géneros. No entiendo de literatura. Lo que hay son modos de leer. Cuando leo siempre busco las mismas cosas: un clima o una atmósfera, los detalles, la frase sugerente, la descripción de pequeñas situaciones, algún tipo de sentimiento, una incomodidad. Es una lectura de fragmentos, de bloques, de subrayados, de misceláneas. Un lector salteado, como dice Macedonio. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo las novelas de Karl Ove y la poesía de Juana Bignozzi y no hago distinción entre esas lecturas y los emails que me mandan mis amigos, en el sentido de que estoy leyendo para encontrar algo: ese fragmento puro y mínimo.


Actualmente vives en Buenos Aires. Al leer Nuestra película de las vacaciones pensé que la segunda parte –Fotos colgadas en un tendedero- que hablaba de tus recuerdos del pasado nos llevaba hasta Costa Rica, y la tercera –La jugadora de Hockey y otros poemas-, en la que usas palabras tan porteñas como «subte» o uno de los poemas se titula Chivilcoy (ciudad de la provincia de Buenos Aires), se ubicaba en Argentina. ¿Estoy en lo cierto? ¿A qué lugar pertenecen las calles poetizadas del extenso primer poema del libro, La insistencia de la luz?

En Fotos colgadas hay una serie de evocaciones a la infancia, al pueblo donde crecí, al vínculo familiar, a la década de los ochenta. Es una especie de arqueología personal. Es un intento por reconstruir recuerdos a partir de ciertas voces, imágenes y sensaciones que aparecen, a veces de manera inesperada y otras veces de forma recurrente, en las conversaciones con la familia, en un objeto del pasado, en fotografías, en viejas libretas, en cajones. Son fotos con poca profundidad de campo, donde hay un detalle que está enfocado y el resto de la imagen sale borroso. Todo es medio espectral. Los poemas de La jugadora de hockey están más anclados en el presente, hay mucho deambular por las calles, desplazamientos en transporte público, largas caminatas; escribo sobre el trayecto de los mandados, para ir a comprar el pan, las verduras y pagar los recibos. Aparecen también los espacios domésticos: la cocina, la mesa, la ventana, las plantas. Y además recurro a los “espacios para ver” de la ciudad: los viejos cafés en ochava; la azotea con el panorama de antenas, tanques de agua, extractores eólicos y ramas de los árboles; las bancas de los parques; la ventanilla del bus.

Hay algunos giros porteños en muchos de mis poemas, al principio eso me generaba conflictos, pensaba que tenía que eliminar esas palabras. Después resolví que debía dejarlas, que de alguna forma el poema pedía que estuvieran ahí. En algunos textos aparece todo mezclado, palabras que vienen de mi pueblo, del lenguaje materno, como siembros, candelillas, cas, etc. con otras que son más porteñas, como ruta, subte, fernet, etc. Eso me parece que está bien, que aparezcan las palabras que el poema necesita o pide. Además así hablo yo, con acento tico y usando algunos giros porteños.

En La insistencia de la luz quería captar ciertos estados de ánimo que surgen al caminar sin un rumbo fijo, es un poema de impresiones y vagabundeos. Buenos Aires es una ciudad para caminar. A veces uno recorre treinta o cuarenta cuadras, casi sin darse cuenta. Siempre aparece ese impulso de bajarse del bus o del subte una o dos estaciones antes de llegar a la casa y caminar ese trayecto. La ciudad también tiene una luz especial, es una ciudad muy luminosa, hay días en que uno sale a la calle y parece que todas las cosas brillan, todo se vuelve muy sugestivo con la trayectoria solar según donde uno esté: la costanera, el parque Centenario, el bar San Bernardo, las calles estrechas del centro, una terraza en Villa del Parque. El poema hace referencia a esta ciudad, pero sería una Buenos Aires enrarecida porque todo está mezclado, las estaciones climáticas, los puntos de referencia, las voces, las digresiones. Para mí es una maqueta deformada por la sugestión, la fuga, la extranjería y el anonimato. Me gusta pensar que en ese texto hay un personaje que soy yo, deambulando, con su ciudadanía costarricense, en una ciudad de la que no puede o no quiere salir.


Con Días ordinarios ganaste en España el premio Emilio Prados para un autor menor de treinta y cinco años. ¿Era la primera vez que veías publicada tu poesía? ¿Por qué enviaste tu libro a un premio que se publicaba en España y no trataste de verlo publicado en Costa Rica o Argentina?

Ese premio me permitió publicar mi primer libro, hasta entonces no había publicado ni siquiera un poema en una revista. Siempre me ha costado acercarme a los editores, o enviarle mis textos a alguien para saber qué opinión tiene, con la excepción de un par de talleres literarios que había hecho hasta ese momento.
Lo del premio me permitía presentarme desde el anonimato, incluso si usaba mi nombre real, y en un lugar donde no conocía a nadie ni tenía relación con su ambiente literario. Ahora esos poemas y los que publicó Liliputienses han ido apareciendo en antologías y plaquetas en Costa Rica y Argentina.


¿Te interesa la poesía española? ¿Has leído a sus clásicos? ¿Qué periodo te interesa más? ¿Lees más a los poetas jóvenes españoles o a los costarricenses o argentinos?

Trato de estar atento a lo que se publica en España, más que todo lo que hago es buscar poemas en internet, leer reseñas, traducciones y revistas digitales. En el colegio y la universidad leí mucho a García Lorca, Rafael Alberti y algunos poemas de Luis Cernuda. Me sigue gustando la poesía de Leopoldo María Panero. Recientemente estuve leyendo algunos textos de Chus Pato y Francisco Ferrer Lerín que me gustaron. También leí buenos poemas de Carlos Pardo, Aitor Francos, Pablo Fidalgo, Julieta Valero, Mercedes Cebrián, Fruela Fernández, Miriam Reyes, entre otros. Me interesan mucho las traducciones y el trabajo editorial que hace Jordi Doce.
Leo más a los escritores jóvenes latinoamericanos, seguramente por cercanía, intereses y afinidades.


Nuestra película de las vacaciones ha aparecido en la editorial cacereña Ediciones Liliputienses, dirigida por el poeta José María Cumbreño, y por tanto vuelves a publicar en España. ¿Cómo conociste a Cumbreño y sus Ediciones Liliputienses?

A Cumbreño lo conocí por email, me escribió hace unos años cuando estaba comenzando Ediciones Liliputienses, en ese momento había publicado los dos primeros títulos de esa colección. En los emails intercambiamos algunas recomendaciones y me comentó su aventura de empezar a editar a poetas latinoamericanos en España. Desde entonces ha hecho circular mucha poesía latinoamericana y española, a través de libros, revistas, blogs, programas de radio y redes sociales. De alguna forma ha ido tejiendo una red de nueva poesía hispanoamericana, a puro pulmón, con recursos autogestionados y desde un lugar periférico. Su proyecto da cuenta de la poesía de esta época, es una pequeña editorial con gran resonancia. Ahora su labor de editor y promotor también ha desembocado en los encuentros de literatura Centrifugados.
Para mí fue algo muy positivo haberle dado un libro inédito a Cumbreño, a través de la publicación en Liliputienses vinieron en cadena otras cosas buenas y seguramente le ha pasado lo mismo a otra gente que él publicó.


Recomiéndanos, por favor, a un poeta clásico costarricense y a otro actual.

Recomiendo a Francisco Amighetti, no sé si llamarlo un poeta clásico, pero sí es de una generación muy anterior a la mía. Sus poemas son sencillos, como dibujos o viñetas sobre la vida en la provincia, o más bien en los límites interprovinciales, una poesía de las orillas. Me gusta la forma en que describe el paisaje, los espacios y los objetos. Sus poemas son sobre tapias, caminos, acequias, pulperías, viejas iglesias, fuentes de piedra y cantinas. También hay una mezcla de asombro místico y curiosidad astronómica en su poesía que me gusta mucho. Tenía la particularidad de acompañar sus poemas con hermosos grabados realizados por él, fue también un conocido artista plástico. Amighetti tiene un libro de crónicas sobre los viajes que hizo por diferentes países, en uno de esos textos habla de la época en que vivió aquí en Buenos Aires, en pensiones y hoteles familiares cerca de Constitución.

Por otro lado, recomiendo a Felipe Granados, un poeta de mi generación que murió joven. En vida solo publicó un libro titulado Soundtrack. Un poemario que me recuerda a esos compilados de música que uno grababa de la radio en casetes TDK, donde pueden convivir perfectamente canciones de José María Arguedas con Nine Inch Nails. El año pasado publicaron en Costa Rica otro libro de él con poemas que dejó inéditos. No puedo decir que Felipe fuera un amigo íntimo ni nada parecido, pero sí lo recuerdo con mucho cariño, las veces que me lo cruzaba por casualidad en la calle siempre sacaba algún libro o fotocopia y me lo leía en voz alta, era algo que hacía con gente conocida; una vez me leyó un poema de Gabriel Ferrater en un restaurante; otro día un cuento de Osvaldo Lamborghini en una venta de libros usados y también me leyó un fragmento de Los detectives salvajes en un bus mientras cruzábamos el centro de San José. Era lindo escucharlo leer. Escribió unos poemas muy potentes.


¿Cuáles son tus nuevos proyectos? ¿Estás rodando alguna película? ¿Estás escribiendo nuevos poemas?

El año pasado la editorial Arlekín me publicó en Costa Rica unos textos inéditos como parte de una antología que lleva por título El desplazamiento circunstancial. Aquí en Argentina la editorial Neutrinos acaba de publicar una selección de mis poemas, Un proyecto de futuro, donde también agregué cosas nuevas. Y en México van a salir otros poemas en una antología colectiva editada por Mamacita Editores.
Con un amigo estamos haciendo unos recorridos por la zona sur de Buenos Aires, nos interesa el paisaje de esa zona, cerca del Riachuelo, estamos tomando fotos, apuntes y videos para después armar algo con eso. Con otra amiga estamos haciendo unas intervenciones con textos y fotos relacionadas con los animales. Y con otra amiga empezamos a coeditar una revista de poesía.


En los mails que hemos intercambiado me comentabas que el escritor argentino Carlos Catania –autor de la novela Las Varonesas- ha sido una figura conocida en Costa Rica como dramaturgo y actor. Puedes hablarnos de esto, por favor.

En la entrevista que le hiciste a Carlos Catania me interesó lo que él cuenta sobre su relación con algunos escritores de Santa Fe, con Juan José Saer, Hugo Gola y Juan Manuel Inchauspe. También me dio curiosidad la novela Las Varonesas a partir de esa entrevista y la reseña que escribiste.
Carlos Catania y su hermano Alfredo, quien falleció hace dos años, forman parte de una generación de artistas, escritores e intelectuales sudamericanos que se exiliaron en Costa Rica en las décadas de los sesenta y setenta y que han tenido mucha influencia en el ambiente cultural de los últimos cuarenta años en el país. Además de los hermanos Catania, llegaron Helio Gallardo, Sara Astica, Rubén Pagura, entre otros.
Los hermanos Catania son conocidos por el impulso que le dieron al teatro independiente en Costa Rica, tanto como actores y dramaturgos. Y en el caso de Alfredo también como docente y gestor de varios grupos de teatro. 


Muchas gracias, Jeymer.
Pinchando AQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre Nuestra película de las vacaciones.
En el siguiente enlace puedes leer nuevos poemas de Jeymer Gamboa: NUEVOS POEMAS.

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