domingo, 4 de octubre de 2015

La desesperanza, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 329 páginas. 1ª edición de 1986.

Como cada verano (desde hace tres, 2013-2015) decidí volver éste con José Donoso (Santiago de Chile, 1924 – 1996). Tenía de él, pendiente en casa, la novela La desesperanza (1986), cuya primera edición conseguí en la librería de segunda mano de Malasaña La tarde libros. Fui allí una mañana de las navidades de 2013, para deshacerme de unos libros que no quería y los cambié por otros que me parecían más interesantes.

En 1985, José Donoso deja España, donde reside, y regresa a Chile. La última novela que ha publicada es El jardín de al lado en 1981, donde en clave irónica –pero también desencantada- analiza su posición secundaria respecto a los grandes autores del boom hispanoamericano, y consigue crear una novela intensa, potente.

En enero de 1985 tiene lugar un acontecimiento social, que también puede ser político, en Chile: muere Matilde Neruda, la mujer del poeta Pablo Neruda, que inspiro los poemas de Los versos del capitán. En torno a este hecho está articulada La desesperanza.

Mañungo Vera es un cantautor chileno de treinta y cuatro años (el chileno más internacional, se insinúa en algún momento), que ha tenido un gran éxito cantando en Europa sobre la dictadura de su país, del que salió antes del golde militar. Después de trece años de ausencia, ha decidido volver a Chile (junto a su hijo de siete años Juan Pablo) y dejar su casa de París. “Había llegado el momento para Mañungo Vera de transformase en otro.” (pág. 13). Vera está sufriendo una crisis de identidad, su carrera y su popularidad han bajado en Europa (ya que la estabilidad del régimen de Pinochet hace que la sensibilidad occidental se haya trasladado a los más sangrientos conflictos centroamericanos) y, a pesar del empeño en seguir con su música de su representante, le carcome la idea de ser un fraude: alguien que tomó partido en la lucha contra la dictadura, que no sufrió torturas, pero que vive estupendamente habiéndose erigido en el portavoz de los sufrimientos de otros. Mañungo desea quitarse ya la máscara de la cara. Y aquí nos encontramos ya con una de las obsesiones creativas de Donoso: la presencia de las máscaras, de los disfraces deformantes…

La novela comienza cuando Mañungo Vera ya ha aterrizado en Chile y se acerca en un taxi a la casa que Pablo y Matilde Neruda compraron en el barrio santiaguino de Bellavista. Vera conoció en el pasado a los Neruda (que fueron sus valedores como cantante-guerrillero), y los frecuentó también en París. Que la muerte de Matilde haya coincidido con el día de su regreso al país hace que se pospongan para él las preguntas que se hace sobre sí mismo. Tiene que acudir al velorio, donde sabe que se va a encontrar con muchos de los que fueron sus amigos y conocidos del Chile pregolpe.
Al acercarse a la casa de los Neruda, ruge el león Carlitos, desde el zoo cercano, un león achacoso, decrépito, que como un símbolo del Chile de la época recorrerá la novela.
En la segunda página leemos: “El chofer iba a parar frente a un mendigo cortado de la cintura para abajo, un cuchepo con el calañés torcido sobre un ojo, que desde encima de su patín pedía limosna”. Este mendigo es don César, que será un personaje secundario importante en el libro, y en su caracterización física ya encontramos (igual que con la idea de las máscaras un poco más adelante) el gusto de Donoso por la poética del feísmo, de lo roto o deforme.

La novela está escrita en tercera persona, y siguiendo la técnica del estilo indirecto libre la voz narrativa se acerca mucho a la voz de los personajes (en algún caso –sólo recuerdo uno, la verdad- se acerca hasta tal punto, que de tercera persona pasa a primera). Quizás frente a otras de sus obras (El obsceno pájaro de la noche, Casa de campo o El jardín de al lado), en las que se proponía un juego metaliteriario en el que el autor intervenía de forma evidente en lo narrado, en La desesperanza Donoso elige una forma de narrar más clásica.

La novela está dividida en tres partes. En la primera, titulada El crepúsculo, asistimos al velatorio de Matilde Neruda en su casa de Bellavista. En torno al ataúd vamos conociendo a todos los que van a ser personajes principales y secundarios de la obra: Judit Torre -hija de la más alta burguesía-, que abandonó sus privilegios de clase para luchar de forma activa contra el régimen; Lopito, antipinochetista de vida desastrosa, poeta fracasado y alcohólico; Celedonio, intelectual moderado en su lucha contra el régimen, poeta de segunda pero que ha sido amigo de todos los grandes; Fausta, mujer de Celedonio, escritora que aparece en los libros de texto del colegio y de ideas similares a las de su marido; Lisboa, militante comunista convencido, para el que la significación política está por encima de cualquier sentimiento; Ada Luz, mujer del pueblo, amiga de Matilde o Fausta, torturada por el régimen; o Federico Fox, primo de Judit, burgués cercano al régimen de Pinochet, pero, aun así, con cierta sensibilidad artística o al menos sensibilidad hacia el coleccionismo de objetos (cartas, manuscritos…) de personas cercanas al arte.
Esta primera parte me ha parecido la mejor del libro. Me ha gustado mucho como Donoso, sobre el cadáver de Matilde Neruda consigue definir a sus personajes (sus certezas, sus miedos, sus máscaras…) y transmitirnos lo que unos piensan de los otros. Recuerdo que algún libro de Mario Benedetti que leí en mi juventud me pareció que no acababa de captar bien el tema de las dictaduras hispanoamericanas (no sé si estoy pensando en Gracias por el fuego o Primavera con una esquina rota), porque creaba una dicotomía excesivamente marcada entre la superioridad moral de los sufridos militantes de la izquierda (su solidaridad, su capacidad de sacrificio…) y la abyección robótica de los militares. Las cosas eran blancas o negras para el bueno de Benedetti y no había nada más fácil para el lector que estar de su parte. La lectura de un libro como La desesperanza de Donoso es bastante más incómoda, porque la tesis que la sostiene parece ser la siguiente: una dictadura acaba corrompiendo todos los estratos de una sociedad, e impide a las personas disfrutar de los placeres más sencillos (la música, la literatura, la conversación intrascendente…) porque todo se vuelve política y el sujeto está obligado a posicionarse continuamente, frente a los demás y sobre todo frente a sí mismo (“La dictadura ha impuesto a la política como único tema respetable en todas las conversaciones, y todos los otros temas, nosotros, desde adentro, los reprimimos, copando totalmente el horizonte con la obsesión política, sin dejar que ninguna otra idea crezca”, pág 108). En este sentido sería muy significativo el sufrimiento de Judit Torre, culpable y dolida porque no fue torturada de verdad junto a sus compañeras proletarias. O bien su torturador sabía quién era, de qué familia procedía, o le bastaba con hacer creer a los otros torturadores que él también violaba y torturaba a sus víctimas y en realidad prefería no hacerlo. El compromiso de Judit no impide, sin embargo, que sus compañeros de lucha se rían de ella a sus espaldas. “Los compañeros no se esforzaban por ocultar que les parecían una idiotez de su parte renunciar a las comodidades y seguridades que ellos codiciaban, para entregarse a la lucha por la idea abstracta de la justicia social.” (pág. 146)

Ya he hablado de la idea de las máscaras y la poética de la fealdad, que une esta novela a otras de Donoso. También me ha parecido significativa la presencia inquietante de los perros, tan connotados como una presencia maligna en El lugar sin límites. En La desesperanza hay una escena alucinatoria con ellos en la noche de Santiago, sometida al toque de queda.

Aunque se ha abandonado aquí la metaliteratura, hay un elemento de la narrativa de Donoso que aparece casi de refilón: lo onírico, lo real que deja de ser real. En este sentido hay unas páginas que transcurren en las islas natales de Mañungo, que nos remiten a las brujas y a los encantamientos, presentes en otras obras.

Ya he dicho que la parte que más me ha gustado del libro ha sido la primera (El crepúsculo). En la segunda, La noche, Mañungo Vera y Judit Torre, antiguos amantes, se adentran solos en la noche de Santiago, a pesar del toque de queda. Judit va a tener la oportunidad de vengarse esta noche del que fue (o no fue) su torturador. La tercera parte es La mañana, donde los personajes vuelven a universo en el cementerio para enterrar a Matilde Neruda. Creo que La desesperanza pierde fuerza en este tercer tramo porque Donoso se ha empeñado en reducir el espacio temporal de su novela a un solo día, y en estas escasas veinticuatro horas nos describe algunos cambios en los personajes (sobre todo en el de Judit) demasiado marcados, y para que el lector sienta que estos cambios en la personalidad de los personajes son posibles se enreda en excesivas justificaciones (creo que más que buscando la justificación de los personajes ante el lector la está buscando ante sí mismo), y cae en algunas repeticiones y en excesos psicologistas, que impiden al lector hacerse una idea por sí mismo de por qué los personajes actúan como lo hacen.


Pese a estos titubeos narrativos que creo percibir en la tercera parte, y que hacen que La desesperanza sea una obra menos lograda que otras del autor, el olvido al que está condenado este atrevido libro (está escrito por un autor que ha residido muchos años en el extranjero y que vuelve a su país para no ser nada complaciente con la realidad que ve) me parece excesivo, cuando es una novela (ahora que la joven narrativa chilena, pienso en Alejandro Zambra o Alia Trabucco Terán, está interesada en hablar de la dictadura chilena) que, al menos, los chilenos deberían seguir leyendo y no estoy seguro de que lo hagan.

2 comentarios:

  1. ¡Acabo de terminar de leerla! más vale tarde que nunca. Estoy leyendo todo lo que me falta leer de este notable escritor chileno.

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    1. Hola Carlos:

      Creo que esta no es la mejor novela de Donoso, pero es un libro que merece la pena.

      Este verano no he leído nada de Donoso. Llevaba tres años leyendo algo de él en verano y este último me he saltado la norma. Tengo en casa sin leer de él: Donde van a morir los elefantes y tres novelitas burguesas. A ver si me pongo pronto con ellas.

      Saludos

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