domingo, 20 de octubre de 2013

Todo el tiempo, por Mario Levrero

Editorial HUM. 141 páginas. Los cuentos están escritos entre 1974-1975. Este libro está publicado en 2012.

Ya comenté en la entrada del domingo anterior que tenía dos libros de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) en casa sin leer. Uno de ellos era éste, titulado Todo el tiempo, que compré en diciembre de 2012 en la librería Iberoamericana de Huertas, un día que estaba invitado allí, para hablar de Será mañana, mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio (el otro libro es el primer volumen de cuentos publicados de Levrero: La máquina de pensar en Gladys, que también compré en la librería Iberoamericana).
Me pareció lógico leer Todo el tiempo después de Nuestro iglú en el ártico, ya que el primero está formado por tres narraciones y la central no es otra que La cinta de Moebius (1975), que era el relato más largo de Nuestro iglú en el ártico; así que, de un libro de 141 páginas, en realidad me quedaban por leer dos historias que suman poco más de 70 páginas.

La contraportada recoge una nota firmada por Juan Ignacio Fernández Hoppe, al que he escuchado hablar recientemente en un vídeo sobre Mario Levrero, filmado por la televisión uruguaya, donde aparece etiquetado como “hijo” de Levrero. No coinciden los apellidos, y ahora sé (gracias a mis informantes) que es el hijastro de Levrero, el hijo de la mujer que aparece como personaje en El discurso vacío. Me gustó el vídeo, que dura unos 26 minutos. Lo dejo aquí por si alguien quiere verlo: pinchar AQUÍ (He tratado de insertarlo, pero por algún motivo no puedo hacerlo).

Miniatura

En su nota de contraportada, Fernández Hoppe apunta: “Mario Levrero tenía 27 años cuando, una tarde, comprando cigarrillos en un quiosco, se demoró un instante más de lo necesario, lo suficiente para escuchar: Let me take you down, ’cause I’m going to Strawberry Fields... nothing is real... La fascinación fue inmediata. Hasta ese momento se había negado a escucharlos. Desconfiaba de las modas. ‘Nada es real’, dijo en los últimos años”.

“Nada es real” es una frase que se repite, como un motor interno compositivo, en el primer relato de Todo el tiempo, titulado Alice Springs (1974). Aunque curiosamente en la mayoría de sus 50 páginas –que hacen de Alice Springs una novela corta más que un relato–, la novela puede considerarse realista. El relato comienza con la visita al pueblo australiano de Alice Springs de un circo llamado Gran Circo Magnético de Oklahoma. El nombre del circo parece un homenaje claro a Kafka y a su gran teatro de Oklahoma con que finaliza la novela El desaparecido (o América, según las traducciones antiguas). El título del relato, Alice Springs, también es un homenaje a la Alice de Lewis Carroll (en el relato, el padre del narrador aparece disfrazado de conejo gigante que porta un reloj).
A este circo de Oklahoma le seguirá el gigantón tonto Dante, quien se acabará enamorando de la hija del dueño, Mariarrosa. Alice Springs se inicia de una forma inusual en la narrativa de Levrero: en tercera persona; pero en realidad las primeras páginas están contadas por la primera persona del verdadero narrador de la historia: un escritor de segunda fila que emigró desde Montevideo a Australia persiguiendo a una mujer, la cual le acabó dando esquinazo. Este uruguayo convive en Alice Springs con Dante. Allí se dedica a fregar copas en una taberna para reunir el dinero que le permita comprar un pasaje a Montevideo. El oscuro escritor acabará (de nuevo motivado por el amor) en Francia, en vez de en Uruguay. En París tendrá ocasión de encontrarse de forma casual con el circo de Oklahoma y solventar los problemas de Dante con Mariarrosa.
Una de las cosas más curiosas de Mario Levrero es la incertidumbre que crea en el lector, que ignora cuándo se va a romper la lógica realista del relato. En este caso, “casi todo” el relato es realista, menos lo concerniente al circo de Oklahoma; y me ha gustado mucho la imaginación desbordada que Levrero emplea en esta narración. De hecho, me parece una de las mejores narraciones que he leído de él, y me extraña que Ricardo Strafacce no la seleccionara para la antología que comenté la semana pasada.

No he vuelto a leer La cinta de Moebius (1975), pues ya lo había hecho unos tres días antes. Pero sí la he hojeado, por un comentario que hace Fernández Hoppe en la contraportada: “Todo el tiempo está compuesto por tres relatos, pero que tal vez podrían ser uno solo. Los personajes se proyectan unos sobre otros, los tiempos se mezclan, la realidad es observada a través de un espejo que proyecta oscuros y confusos reflejos”.

Las conexiones entre los tres relatos me han parecido en realidad muy débiles, pero se pueden encontrar. Cuando el narrador de Alice Springs llega a París se hospeda en el Gran Hotel Saint-Michel (página 45), que es el mismo hotel en el que se alojará la familia del niño narrador de La cinta de Moebius (pág. 81). Además, en La cinta de Moebius tiene lugar un hecho significativo que ahora, al leer estos relatos seguidos, cobra nueva luz. Cuando el niño visita París con sus padres ocurre esto: “Me llegó algo desde una distancia remota, desde un sitio antiguo, un recuerdo que no podía ser recuerdo, como si me hubieran invadido espíritus nostálgicos y muy viejos que comenzaban a vivir en mí, a agitarse y a recordar, a gozar del aire y de la luz.” ¿Puede que el narrador de Alice Springs se esté proyectando en el de La cinta de Moebius?

Todo el tiempo (1974) es el último relato, de poco más de 20 páginas. Este lo he leído dos veces. En realidad empecé el libro por aquí, en un viaje nocturno en tren. Pensé que tal vez porque tenía sueño, o porque me había bebido dos cervezas, me había perdido algo y al día siguiente no podía hacerme una composición o resumen de lo leído. Así que, al terminar Alice Springs y hojear La cinta de Moebius, lo volví a leer. Todo el tiempo es un relato difícil de seguir, porque parece que en la segunda página al narrador le mata un tigre en el galpón de un amigo y ya en la otra vida se reencuentra con familiares muertos, pero sigue la narración como si lo anterior no hubiera ocurrido. Además, se van mezclando diferentes planos narrativos y temporales: a veces parece que hay narración y otras parece que Levrero ha introducido en el texto algunas hojas de sus diarios.
En Todo el tiempo también se percibe alguna conexión con La cinta de Moebius, pues el narrador recuerda como un hecho traumático en su vida el viaje que hizo a París en el pasado. Un médico dice lo siguiente sobre el narrador: “A este muchacho le falta una primavera –dijo. Explicó que habiendo nacido yo en verano, hacía un par de años se había producido un desequilibrio a raíz de mi viaje a Francia: los tres meses de otoño pasados allá me habían robado el equivalente de la primavera dejada acá; había pasado de un verano a un otoño, de un otoño a un invierno, y del invierno nuevamente al otoño, faltaba una primavera. La única solución era un viaje inmediato a Francia” (pág. 129).
Este último relato no me ha acabado de convencer. Pese a que algunas de sus páginas están bellamente escritas, el hilo narrativo es muy endeble y se acaba perdiendo el interés.


En todo caso, el conjunto es más que notable. Y reitero que me sigue pareciendo extraño que un libro tan importante dentro de la obra de Levrero como éste no esté disponible para el lector español. Todo el tiempo es, para mí, superior a otros libros de Levrero, como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo o La banda del Ciempiés, que al final sí han llegado a España. Imagino que tiene que ver con que los editores en nuestro país sostienen la idea de que las novelas se venden mejor que los relatos. Pero, en todo caso, es una pena; sobre todo si pensamos que los relatos son una parte fundamental de la obra de Levrero, un escritor tan difícil de ubicar.

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