domingo, 6 de octubre de 2013

Palomos, por Pedro Antonio Valdez

Editorial Alfaguara. 201 páginas. 1ª edición de 2009.

Cuando en el verano de 2011 visité la costa este de Estados Unidos, ya comenté en el blog, al narrar aquel viaje, que en una enorme librería Borders de Boston aproveché el descuento que hacían por cierre total y compré este novela titulada Palomos, del escritor Pedro Antonio Valdez (La Vega, República Dominicana, 1968). La editorial Alfaguara tiene sedes en todos los países hispanos y cada división publica a escritores de sus países que –dependiendo de su éxito, su calidad o su capacidad de venta– lanzan en otras partes del mundo hispano o no. Pedro Antonio Valdez es un escritor al que publica Alfaguara República Dominicana y que no llega a España.
Palomos ha permanecido dos años entre mi montaña de libros inleídos y me ha apetecido leerlo después del de Junot Díaz (otro dominicano, residente en Estados Unidos y que escribe en inglés), para así poder comparar el lenguaje dominicano de la traducción de Así es como la pierdes, realizado por la escritora de origen cubano Achy Obejas, con el lenguaje de un escritor dominicano que vive en su país y que escribe en español. (La conclusión ha sido inesperada: aquí la que más escribe en español dominicano de todos es la cubana Achy Obejas).

El protagonista y narrador de Palomos es Antonio, un adolescente dominicano que recientemente se ha cambiado de barrio con su familia. La familia de Antonio parece disfrutar de un nivel de vida superior al del nuevo y populoso barrio al que se han mudado. Quieren ahorrar para trasladarse definitivamente a una casa más grande que los padres están construyendo.
El nivel cultural de Antonio también es superior al de la nueva pandilla de chicos que van a ser sus amigos. En la segunda página de la novela, Lacacho (“Lacacho es el rey del barrio”, pág. 12), el líder de la nueva pandilla, descubre a Antonio leyendo nada menos que El Quijote. Antonio disimula su falta, apuntado que lo hace porque le obligan en el colegio.
Antonio, Lacacho y el resto de chicos han fundado un grupo de rap llamado Fox Billy Games. Antonio tiene una libreta donde va anotando las canciones que crea para el grupo. La importancia de la música es fundamental en esta novela. De hecho, el título de cada capítulo es un extracto de una canción de rap dominicano o norteamericano; y Antonio, durante su narración, cita constantemente a raperos o cantantes de reguetón como una forma de enfrentarse al mundo: “Y ese es el valor que tiene la música: el de enaltecer las miserias”, se dice en la página 106. Los grafitis de las paredes del barrio también parecen servirle a Antonio para comprender el mundo en el que vive más que las palabras del libro Demian de Herman Hesse.

El lenguaje que usa Pedro Antonio Valdez para esta novela trata de emular el de los chicos de un barrio populoso de Santo Domingo. Antonio usa expresiones propias de su edad y de su colegio, pero su lenguaje metafórico es superior al de un chico de su edad (problema narrativo que queda solventado por el hecho de que Antonio es un adolescente en busca de su identidad, muy inteligente para los años que tiene, que ha leído mucho y que escribe muy bien, como sabremos por su madre). Hasta cierto punto el discurso de Antonio es oral, ya que usa expresiones en medio de una frase como “tú sabes”, por ejemplo. Pero la escritura de las palabras es correcta; es decir, no emplea el recurso de la traducción de Achy Obejas para el libro de Junto Díaz de escribir “pal” por “para” o prescindir de la “d” en los participios de los verbos. En algunos casos, cuando el libro registra en los diálogos las palabras de personajes marginales, como las de unos niños del barrio que se dedican a esnifar pegamento y a realizar pequeños hurtos (“los güelecemento”), sí que se reproducen las incorrecciones del lenguaje oral de la calle. Además, Antonio introduce en su discurso palabras en inglés, que aparecen en cursiva en la novela.
En un momento de Palomos (páginas 58 y 59) se reproduce un discurso de la directora del colegio: “Un estudiante de este colegio nunca dice ‘tíguere’, ‘carajo’ ni ‘montro’, sino caballero… Nunca dice ‘jeva’, sino muchacha… Nunca dice ‘tumbar’, sino estafar… Nuca dice ‘palomo’, sino novato… Nunca dice ‘biberón’, sino problema… Nunca dice ‘cloro’, sino claro… Nunca dice ‘hacer cocote’, sino molestar… Nunca dice ‘janguear’, sino pasear… Nunca dice ‘guayarse’, sino equivocarse… Nunca dice ‘bufear’, sino bufar… Nunca dice ‘chamaco’, sino muchacho… Nunca dice ‘chotear’, sino delatar… Nunca dice ‘dar cotorra’, sino convencer… Nunca dice ‘tripear’, sino bromear… Nunca dice ‘blimblín’, sino joya…”.
El párrafo anterior me llamó la atención por varios motivos: en principio me interesa el lenguaje específico de los países de habla hispana. Como es lógico, el lenguaje que no se puede usar en el colegio según la directora es el que emplean Antonio y sus amigos. El discurso de la directora me parece improbable, no creo que la directora de un colegio sepa todo el vocabulario que usan sus alumnos como seña de identidad, y más improbable aún es que lo reproduzca en un discurso, donde se omiten las palabrotas (nada se dice de los “hijoeputa”, por ejemplo, del libro de Junot Díaz, o los “mamagüebo” del libro de Valdez), cuando bastaría con decir algo como “en el colegio hay que hablar con corrección”. En realidad, me percato de que Valdez sitúa ese párrafo en las páginas 58 y 59 de su novela para orientar a su lector, un posible comprador de libros en República Dominicana o un hispano de Estados Unidos. Lo normal es que este posible comprador (el público objetivo) de Palomos sea de clase social más alta que los personajes cuyo lenguaje refleja, y de este modo un tanto artificioso del discurso, le da los instrumentos para poder seguir con comodidad su lectura.
En todo caso, he de apuntar que el trabajo que realiza Valdez para reflejar la mentalidad adolescente es intenso: el odio adolescente hacia la hipocresía de los adultos, hacia sus normas absurdas, está aquí bien reflejado. Y, además de citar a músicos en su discurso, cita frases de Homer Simpson (Homero Simpson en el libro), una influencia importante para él. Para Antonio, como joven de 2009, internet es su puerta abierta al mundo. Tiene un blog y puede comunicarse con sus amigos por messenger.

La mirada de Pedro Antonio Valdez es crítica con las diferencias sociales de Santo Domingo. Así reflexiona Antonio sobre su barrio: “Somos los repetidos invisibles. Apenas constituimos números para que la gente del censo haga la cuenta” (pág. 125).

Voy a apuntar dos debilidades que encuentro a Palomos. La primera sería señalar que la evolución psicológica de Antonio la presiente el lector desde el comienzo: desde una fascinación inicial por el líder de la pandilla, Lacacho, su inteligencia y su sensibilidad le van a conducir a rechazar el camino del odio y de la posible delincuencia que le ofrece su nuevo amigo, para aceptar de una forma más reflexiva y responsable el mundo de los adultos. El segundo tema sería que la novela nos muestra un fresco vivo e interesante del barrio retratado y de sus chavales (o “tígueres”) protagonistas, pero le cuesta tener una evolución narrativa clara. Se muestra la esquina donde los chicos haraganean, se describe a estos chicos, se muestra la casa de Antonio y se describe a su familia, se muestra el colegio y se retrata a alguno de sus personajes (la directora, el profesor de educación física…), y las líneas argumentales tardan en desarrollarse. Además, cuando lo hacen, no despegan con demasiada intensidad.

Con todo, querría destacar lo mejor de Palomos: la capacidad para mostrar un fresco de personajes vivos, retratados con un sabroso lenguaje caribeño; y la oportunidad que ha supuesto para mí el leer un libro de un país, República Dominicana, del que no tengo conciencia que llegue a España ningún escritor, salvo Junot Díaz, que en realidad es un autor (para mí muy grande) en inglés, dentro de la gran maquinaria cultural norteamericana.


Por si a algún lector español le interesa: poco después de regresar de Boston, vi en la librería de segunda mano Ábaco de la calle Raimundo Fernández Villaverde de Madrid este libro, por 5 o 6 euros, la mitad que me había costado en Boston. Creo que todavía sigue allí.

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