lunes, 8 de agosto de 2011

La vida privada de los árboles, por Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 117 páginas. 1ª edición de 2007.

El lunes y el martes los dediqué a la novela de Alejandro Zambra Formas de volver a casa, el miércoles releí, durante la sobremesa, tomando un café, Bonsái. Y, ya que estaba lanzado con la obra de Zambra, compré el miércoles en la Casa del Libro de Gran Vía, La vida privada de los árboles, su segunda novela, que he leído entre ayer miércoles y hoy, jueves.

La vida privada de los árboles supone una transición creativa entre el juego de novela abreviada que Zambra planteaba en Bonsái y la novela sobre el pasado o la sociedad chilena de Formas de volver a casa. Y podría decir que el tema principal de La vida privada de los árboles es el tedio de la clase media chilena, que es un tedio como el de cualquier clase media de cualquier parte del mundo, pero con algunos puntos oscuros de más.

Como en Bonsái, Zambra sigue en La vida privada de los árboles usando su juego metaficcional: al lector continuamente se le recuerda que está ante una ficción, un artificio. Así son frecuentes expresiones de este estilo: “en esta historia no hay enemigos” (pág. 14), y siguiendo las premisas de brevedad de Bonsái leemos: “Habría que redactar muchos párrafos o acaso un libro entero para explicar por qué Julián no pasó aquel tiempo en casa de sus padres” (pág. 34). Pero en contraste con la idea anterior de metaficción o artificio, también se juega a expresar lo contrario: “Cuando alguien no llega, en las novelas, piensa Julián, es porque le ha sucedido algo malo. Pero esto no es por fortuna una novela” (pág. 51).

Julián se ha casado con Verónica, que tiene una hija de 8 años, Daniela, a la que aquél cuenta historias sobre árboles para hacerla dormir. Julián es profesor de Literatura de lunes a sábado y el domingo es novelista. Como Julián le acabará contando a la hija de su mujer: en la vida es habitual que uno no sea lo que quiere ser, “Es que siempre quieres ser otra cosa, Daniela, responde” (pág. 112)

Dentro del análisis de la clase media chilena se ponen de relevancia rasgos como el racismo soterrado: “Julián es más feo que el padre de Daniela, y es más joven, en cambio (…) Es menos blanco, menos simple y más confuso que Fernando” (pág. 14, y 2ª del libro). Sobre la importancia social de esa blancura o morenez de la piel también habla Zambra en Formas de volver a casa.
En algunos párrafos la crítica a la clase media o la sociedad chilena en general no es algo subterráneo sino evidente: “en Chile no es tan grave dar clases de poesía italiana sin saber italiano, porque Santiago está lleno de profesores de inglés que no saben inglés, y de dentistas que apenas saben extraer una muela” (pág. 26)

Julián vive con Verónica y Daniela, y la noche en la que se desarrolla la novela Verónica no regresa de su clase de pintura. A conjeturar sobre qué le habrá ocurrido, las bases en la que se fundamenta su relación y las claves de su pasado familiar, va a dedicar Julián las próximas horas.
En la página 27 se nos informa de que Julián escribe un libro breve, que por las características descritas podría se Bonsái. “Si alguien le pidiera resumir su libro, probablemente respondería que se trata de un hombre joven que se dedica a cuidar un bonsái”. (pág 28-29).

Como en Bonsái, La vida privada de los árboles también juega con la estructura de caja dentro de otra, acumulando casualidades, novelas cuyos protagonistas parecen estar escribiendo la propia novela o su versión resumen, y que conduce, en la página 37, a los amigos de Julián a afirmar que éste lee demasiadas novelas de Paul Auster. Y el narrador nos dice: “Julián no volvió a leer novelas de Paul Auster. En más de una ocasión, incluso, desaconsejó su lectura, argumentando que, salvo por algunas páginas de La invención de la soledad, Auster era nada más que un Borges pasado por agua.”

Julián espera el regreso de Verónica, y especula. “Cuando ella regrese la novela se acaba” (pág. 16) es un mensaje que se nos repite en varias ocasiones.

Cuando Julián empieza a recordar su pasado y el de su familia, La vida privada de los árboles empieza a olvidarse del juego metaliterario que supuso Bonsái y se acerca a la crítica política del pasado que va a suponer Formas de volver a casa. De hecho, en la página 67 se desarrolla una idea, un recuerdo, que también se cuenta en Formas de volver a casa adjudicado al pasado de este narrador: “soy el hijo de una familia sin muertos” y narra una tarde en el patio de la facultad en la que los compañeros hablan de sus muertos (los muertos de la dictadura, se entiende).
La escena se narra así en Formas de volver a casa: “En el camino de vuelta recuerdo una escena en la facultad, una tarde en la que fumábamos hierba y tomábamos un pegajoso vino con melón (…) De todos los presentes yo era el único que provenía de una familia sin muertos, y esa constatación me llenó de una extraña amargura”  (pág. 105)
La escena se narra así en La vida privada de los árboles: “Fue hace ya mucho tiempo, en un escondido patio de la facultad, mientras fumaba hierba y bebía, a largos sorbos, un pegajoso vino con melón (…). De todos los presentes Julián era el único que provenía de una familia sin muertos, y esta constatación lo llenó de una extraña amargura” (pág. 67)

Y en la página 71 de La vida privada de los árboles aunque no se nombra a Pinochet, se habla de pasada de los años 80 y de los toques de queda, insinuando las indagaciones que se llevarán a cabo en la siguiente novela de Zambra.

Julián sigue imaginando qué le ha podido ocurrir a su mujer, y la deriva de sus pensamientos le lleva a imaginarse a Daniela de mayor pensando en él. Y aquí, hacia su final, la novela cobra nuevos vuelos en su juego literario. La voz narrativa, en estilo indirecto libre, la retoma Daniela adulta y reflexiona sobre su pasado: sobre sus padres y su padrastro.

Si Bonsái, como he escrito en la entrada anterior, supuso para Zambra un curioso y arriesgado debut novelístico, en La vida privada de los árboles repite parte de sus planeamientos, pero haciéndolos trascender ya hacia el análisis de la sociedad en la que vive, que arrastra los problemas sin cerrar de una dictadura no tan lejana; análisis que va a ser el previo y va a dar sus frutos en Formas de volver a casa, la mejor novela de Alejandro Zambra hasta ahora, siendo la anteriores también interesantes.
Habrá que seguirle la pista a Zambra en sus nuevas obras.

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