domingo, 22 de noviembre de 2009

Sudeste, por Haroldo Conti


Me llevaron tres motivos a interesarme por este libro: uno fue la crítica que leí en el ABCD firmada por Miguel García Posada, en la que escribía que “Sudeste es la mejor novela editada en España en lo que va de año”. (García Posada fue un referente para mí en cuanto a literatura hispanoamericana hace una década, cuando leía sus comentarios en el Babelia; solía coincidir bastante con su gusto.) Un segundo motivo es que este verano yo estuve paseando en barco por los riachos que se describen en la novela, en el Delta del Paraná. Y un tercero era apoyar a la editorial Bartleby en estos tiempos de crisis, capaz de redescubrir y acercar al lector español a interesantes autores caídos injustamente en el olvido.

La novela se desarrolla íntegramente en un espacio geográfico muy concreto: los riachos y las islas que forman el Delta del Paraná, a unos cuantos kilómetros de Buenos Aires. Pronto me di cuenta de que había interpretado el título desde una perspectiva errónea, pensando que Sudeste hacía referencia a la ubicación de los lugares de la novela respecto a la gran metrópoli argentina, y me extrañaba porque recordada que esa zona quedaba al norte de Buenos Aires y en ningún caso al sur. Pero el lugar de la novela no es, en ningún momento, para Conti un aledaño de nada más, el Delta del Paraná que describe es el centro del universo que nos quiere mostrar, y el Sudeste es el lugar desde el que ese centro se ve sacudido por el viento.

La novela empieza y se desarrolla con un gusto por la descripción naturalista. El conocimiento de Conti de la realidad que narra es abrumador, con multitud de referencias metafóricas autorreferentes al agua, a los peces, a las plantas, a los barcos…
El protagonista de la novela, el Boga, trabaja con un viejo recogiendo juncos que venden en el pueblo más cercano para hacer cestería. El viejo enferma, y tras su muerte el Boga siente la necesidad de adentrarse río arriba en busca del verano, de la pesca y de un vagabundeo solitario que le hace entrar en comunión con un mundo que siente como propio. El Boga tiene “ojos de pez moribundo”, nos dice Conti.

Según he leído sobre los cuentos de Conti (también editados por Bartleby), éste era un lector asiduo de la literatura norteamericana; ecos de Melville, de Twain, de Hemingway o incluso de Faulkner se aprecian en este libro.
Como el capital Ahab de Moby Dick, el Boga parte río arriba buscando algo que seguramente no podría describir, y como el Viejo de El viejo y el mar se enfrenta a la pesca del dorado, para él el pez más fascinante del río. “Él no advertía hasta que punto ese pez, en particular, se había convertido para él en un ser fabuloso. Todavía, después que lo hubo pescado varias veces, no estaba seguro de haberlo hecho plenamente (…) Acaso, en el fondo, este hombre hubiese querido fundirse con el pez, ser de alguna manera el pez (…) Pero, una vez en el bote, parecía desilusionado, como si no hubiese hecho las cosas bien y el pez no fuera el pez, sino un racimo de oro envejecido.”
Como Mark Twain hizo con el Mississippi en Huckleberry Finn, Conti personaliza al Paraná, una presencia siempre latente en la novela. “El río cambia. A veces es duro y amargo, pero otras veces parece hecho a la medida del hombre”, nos dice en la página 51. Y como Faulkner con su Yoknapatawpha, Conti mitifica el espacio del que nos habla, con sus historias sobre los viejos barcos o botes, o incluso los motores de esos botes que van pasando de unas manos a otras y se convierten en las posesiones más preciadas de los hombres como, por ejemplo, los caballos en las novelas de Faulkner.

El argumento de Sudeste parece fácil de resumir: la descripción del trabajo de cortar juncos, la enfermedad del viejo, y el vagar del Boga por el río, hasta que se junta con una serie de personajes marginales que le llevan por un camino que no había previsto, y que parece incapaz de evitar… Pero esta sería una impresión falsa: son los bestsellers los que necesitan llenar sus páginas de acontecimientos más o menos verosímiles, más o menos fantasmagóricos e infantilizantes, la gran literatura se nutre de la reflexión, de la descripción de un mundo y de unos seres. En Sudeste, como en la novelas de Gustave Flaubert, no es que no pase nada, sino, por el contrario, lo que pasa es todo, es decir, lo que pasa es el tiempo y es la vida. “Claro que eso le llevaría su tiempo. Pero, en cierto modo, él era el tiempo.”, nos dice Conti en la página 88 hablando del Boga.

Encuentros, desencuentros, pequeños acontecimientos que van llenando los días del Boga, cuya contabilidad del tiempo se basa únicamente en su percepción física del paso de las estaciones, y sabe que es sábado o domingo porque su río se llena de embarcaciones de recreo sin historia que usan los habitantes pudientes de Buenos Aires para darse un paseo; nos mueven a través de sus páginas narradas con un estilo magistral, poético, envolvente...

La novela se publicó por primera vez en 1962 y ya en esa época el espacio del que nos habla parece amenazado por la modernidad, a los protagonistas de la novela les sobrevuelan los aviones que entran al aeropuerto de Buenos Aires.
No había oído hablar de Haroldo Conti hasta que Bartleby sacó su Cuentos Completos, tras leer esta novela me cuesta entender porque no es un autor conocido al nivel de Cortázar o Sábato.

En mis lecturas argentinas de los últimos meses me he encontrado en dos ocasiones más con el paisaje de Sudeste. Una fue en el cuento Un kilo de oro, del libro de cuentos del mismo título de Rodolfo Walsh, donde su protagonista vive en una de las islas del Tigre (uno de los pueblos costeros del Delta del Paraná) y otra es en la novela La pesquisa de Juan José Saer, nacido en uno de los pueblos del Delta, y que nos habla de la ciudad de Santa Fe, como de un nuevo Macondo de García Márquez o la Santa María de Onetti. Saer ha creado también un mundo mítico en este entorno.

Conti tuvo multitud de empleos y fue asesinado por los militares en 1976. Una más que interesante reivindicación editorial.

A continuación he situado unas fotografías que hice desde un barco de recreo que nos llevaba durante una hora y media por los espacios de la novela. Todas las orillas cercanas al Tigre parecen ahora domesticadas por el hombre, con bellas casas de fin de semana para personas pudientes de la capital. Era un lunes festivo en Argentina y los barcos deportivos nos rodeaban, como al Boga los domingos:

























6 comentarios:

  1. David, muchas gracias por tus interesantes reflexiones sobre nuestra reedición de la primera novela de Conti. Y también por las fotos (muy ilustrativas). Como ya comento en mi blog, el principal problema con el que nos encontramos es la enorme distancia que hay entre las críticas que va sumando la novela y su presencia en las librerías. Tú mismo tuviste algún problema para conseguirla. Estamos trabajando en el tema y espero que pronto os podamos ofrecer alguna alternativa eficaz a este problema que se ha acentuado con la crisis. Pepo

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  2. Con críticas como esta, tú solito acabas con la crisis editorial...Por si sirve de algo, en Las Palmas de Gran Canaria lo he conseguido sin ninguna dificultad.
    Me encanta como transmites tu pasión por la literatura.

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  3. Me apunto esta lectura y me sumo al entusiasmo de Samuel. Saludos.

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  4. Hola:

    Detective y Javier: supongo que el libro os gustará, vosotros sois lectores serios.
    A ver si me leo también los cuentos de Conti, tienen muy buena pinta.

    Pepo: a ver si las cosas van bien y Bartleby se anima a sacar las obras restantes de Haroldo Conti.
    Como ya dije, una más que interante reedición.

    saludos

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  5. David, no sé qué haces hablando de temas literarios en vez de colgar fotos tuyas en plan sexy, que es lo que hacen lo(a)s poetas de ahora. Comentando libros no vas a llegar a ninguna parte...

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  6. Hola Spleen:

    Creo que llego exactamente a la parte que me interesa llegar: es decir, a leer libros y disfrutar con ellos y a escrirlos en función de lo aprendido de mis lecturas.

    Y lo de las fotos en plan sexy mejor no: los resultados podrían ser altamente contraproducentes, ja, ja...

    saludos

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