Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides
Editorial Galaxia Gutenberg. 153 páginas. 1ª edición de 2018; esta es de
2025.
Traducción de Selma Ancira
Ya conté en mi reseña anterior –correspondiente a Madres e hijos (2020)–
que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor
Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de
Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres
e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una
mujer a quien amar (2003). Otra
vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a
continuación de Madres e hijos.
Madres e hijos nos acercaba a 2006,
cuando un Kallifatides de sesenta y ocho años visitaba en Atenas a su madre de
noventa y dos. Otra vida por vivir
sitúa su acción principal en 2015, cuando el autor tiene setenta y siete años. Otra vida por vivir, al igual que Madres e hijos, es una novela de
autoficción, en la que no hay distancia entre el narrador y el escritor y, por
tanto, ambas obras se pueden leer como si fueran capítulos de una novela más
amplia. La novela empieza hablando de un acto literario en el que a
Kallifatides le han invitado como autor sueco y se da la circunstancia de que
es el autor más mayor del encuentro. Uno de los temas de esta novela breve será
el de la edad, porque, por primera vez en su vida, el autor se encuentra con
una crisis creativa. Se sienta ante la página en blanco y no se le ocurre nada
de lo que escribir. «Me sentía vacío e inútil. Una tarde en la Folkoperan de
Estocolmo me encontré con un colega que me caía bien aunque no lo conocía yo
demasiado. No sé cómo, pero acabamos hablando de mis dificultades. “Después de
los setenta y cinco nadie escribe”, dijo». (pág. 24), en esta encrucijada vital
parece hallarse el autor.
Igual que ocurría en Madres e hijos,
Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre
la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la
decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de
acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que
siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le
obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de
los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas
le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa
calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su
vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había
ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle
afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni
siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese
momento eran dos jóvenes guardas del puerto.» (pág. 41)
También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la
libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para
él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de
los otros.
En otra vida por vivir sabremos que uno de los
dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia
madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero,
al igual que ocurría en Madres e hijos,
es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se
activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que
la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la
crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo
intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía
de manera alarmante.» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la
costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre
una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio
empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir
al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse
roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado
mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una
actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se
abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases
o ideas.
En Otra vida por vivir se habla
de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla
sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y
que, en el pasado, también albergó una base militar.
Al escribir la reseña de Madres e
hijos, cité a Philip Roth y ese
temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una
comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En
Otra vida por vivir es el propio
Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth
en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”»,
y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le
está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en
su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.
Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal,
Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio
local. En el pasado, ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de
que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al
contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi
nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo»,
escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque
sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a
tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.
El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal.
Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión
narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos; así que
no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue
cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y
hermoso libro.
Kallifatides empezó publicando en sueco y en este idioma, como nos dice en
las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento.
Sin embargo, Otra vida por vivir va a
ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años
más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas
obras es Selma Ancira.
Como ya he apuntado, leer Otra vida
por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el
mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los
idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a
este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.

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