domingo, 20 de diciembre de 2020

El mundo alucinante, por Reinaldo Arenas


El mundo alucinante
, de Reinaldo Arenas

Editorial Cátedra. 319 páginas. 1ª edición de 1968; ésta es de 2018.

Edición de Enrico Mario Santí

 

De Reinaldo Arenas (Aguas Claras, Cuba, 1943-Nueva York, 1990) había leído hasta ahora dos libros: Antes que anochezca (1992) y Celestino antes del alba (1967). Antes que anochezca es un libro de memorias, que principalmente quiere denunciar la persecución que sufrió Arenas en Cuba por ser un escritor libre y por ser homosexual. Este libro póstumo (cuando acabó de escribirlo se suicidó), que leí ya hace unos veinte años, me encantó. Después me acerqué con gran disposición a Celestino antes que el alba, su primera novela, y sufrí una decepción. La apuesta de la novela a favor de la alucinación no realista me pareció excesiva. Esta segunda lectura me quitó las ganas de acercarme a una serie de novelas enlazadas que empiezan con El palacio de las blanquísimas mofetas. Sin embargo, recuerdo que mi amigo el escritor Federico Guzmán me decía que para volver con Reinaldo Arenas debía leer la que fue su segunda novela, El mundo alucinante.

 

En los Reyes de 2020 me regalé a mí mismo este libro. Me he acercado a él después de leer Testimonios de la orgía del también cubano Abilio Estévez, donde hablaba de él.

La historia de la publicación de la novela no deja de ser accidentada: Arenas la escribió en 1965, y en 1966 ganó con ella una Mención en el concurso «Cirilo Villaverde» de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que fue ese año declarado desierto. Aunque Arenas prometió revisar el texto para tal vez ganar y ser publicado, la novela no se pudo publicar y, de forma clandestina salió del país y se publicó, por primera vez, traducido al francés en 1968. Hasta 1969 no se publicó en español en México. En Cuba sigue sin haberse publicado.

 

Esta distorsión en las fechas ha dado lugar a más de un equívoco: en el prólogo que escribió para la edición venezolana de 1980, Reinaldo Arenas se queja de que la crítica ha afirmado que El mundo alucinante ha sido influido por obras del realismo mágico latinoamericano que se escribieron y publicaron después de la suya, como Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

 

La novela es una parodia fantástica de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, un héroe bastante olvidado de la independencia mexicana. En el prólogo, Arenas cuentas que descubrió a Fray Servando en un libro de historia y que no pudo dejar de buscar toda la escasa información que había sobre él.

 

El comienzo de El mundo alucinante me ha recordado al de Celestino antes del alba, ya que nos acerca a la infancia de Fray Servando en un entorno rural y violento. Igual que ocurría en Celestino antes del alba, en El mundo alucinante, los familiares de Celestino o Servando quedan retratados por la fiereza con la que se relacionan con los animales o con el niño protagonista. «Ella movió un dedo sobre el que tenía una vela y me la apagó sobre un ojo» (pág. 94); «Te escapas por la cerradura. Te cortas las manos y las siembras» (pág. 96). Esta recreación alucinada de la infancia me ha recordado al libro Madurar hacia la infancia del ucraniano Bruno Schulz, donde la descripción metafórica del mundo que hacía el niño se convertía en real en sus ojos. Por ejemplo, el padre de Bruno Schulz no se movía por las paredes de su tienda de telas como una araña, sino que se transformaba en “una araña”; pues así es como ve Fray Servando la violencia de sus familiares sobre él: su madre le vierte cera de una vela en los ojos o le corta las manos de un modo metafórico-alucinado-real.

 

Servando deja Monterrey para ascender (literalmente lo hace sobre una montaña de botellas) hasta la Ciudad de México, donde entrará en un seminario. Diría que en las escenas del seminario, Arenas hace un homenaje a La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, puesto que esta parte está narrada en clave picaresca y recuerdo –de la edición de Cátedra en la que leí El Buscón– que ante una inocentada en la que los estudiantes arrojaban nabos a Pablos, Quevedo dice que aquello era una «batalla nabal», con ese error ortográfico tan oportuno. En el seminario los estudiantes arrojan a Servando velas encendidas y a esto Arenas lo llama «batallas capillales».

 

El joven Servando, ya ordenado sacerdote, se ha convertido en el mejor predicador de México. Por ello le será encomendado dar un discurso sobre la Virgen de Guadalupe en la Navidad de 1794. Las palabras que elige para hacerlo le perseguirán toda la vida. Ante todas las autoridades del virreinato, Servando va a afirmar que la aparición de la Virgen en América es anterior a la llegada al continente de los españoles, y por tanto de ningún modo se justifica su presencia allí. Empezará entonces una persecución a Fray Servando que va a durar toda su vida y que se desarrollará por dos continentes, América y Europa.

 

Arenas dice en el prólogo de su novela que Fray Servando es él mismo. En clave fantástica, alucinada y paródica, Arenas está hablando de sí mismo a través de Fray Servando. Como él, Arenas proviene de un mundo rural de violencia y, como joven, llega a la capital de su país para formarse (en un caso México y en el otro Cuba) y ante su palabra escrita, en la que los dos expresan su pensamiento con libertad, van a sufrir censura y persecuciones por parte del poder. Fray Servando acabará pasando por múltiples cárceles. Las miserias que pasa en ellas serán minuciosamente descritas. También acabará en El Morro, la cárcel habanera en la que estuvo Arenas.

«He sido desterrado de mi patria y vilipendiado, solamente porque quise que la verdad ocupase su lugar sobre todas las sartas de ruindades entre las cuales he tenido que deslizarme» (pág. 181).

 

En la novela se critica con saña a la Inquisición; de forma exagerada en muchas de las calles de las ciudades de la novela se queman a supuestos herejes. Arenas escribe en contra de cualquier sociedad que reprima la libertad de pensamiento del individuo, y en este aspecto es donde choca con el régimen cubano. Recordemos que El mundo alucinante todavía no se ha publicado en Cuba, cuando han pasado ya más de cincuenta años de su aparición.

Hay partes de El mundo alucinante que están escritas en primera persona, en segunda y en tercera. Aunque las tres tienden a la exageración y la fantasía, diría que la primera persona, cuando toma la palabra directamente Fray Servando, es en la que estos elementos compositivos de la exageración y la fantasía se llevan más al extremo. En más de una ocasión, las tres voces narrativas narran la misma historia con enfoques diferentes. En el prólogo Arenas dice que los mecanismos de la Historia le parecen insuficientes para acercarse al pasado. De hecho, en más de un capítulo de El mundo alucinante he pensado en el prólogo de Cien años de soledad, que acompañaba a la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. En él se decía que García Márquez describía la realidad americana con el tono fantástico con que la describieron en sus bitácoras los primeros navegantes europeos que llegaron al Nuevo Mundo. Y esto es lo que hace en gran medida Arenas, unos años antes que García Márquez (conviene recordarlo).

 

La novela es tremendamente posmoderna. Además de todos sus elementos fantásticos, aparecen en su trama personajes literarios, como el Orlando de Virginia Woolf, que será la persona encargada de presentar a Fray Servando a la nobleza inglesa. También Fray Servando será capaz de huir encarnado en otra persona. No disfrazado de otra persona, sino siendo «otra persona». Este tipo de detalles, unido a la inverosimilitud de las relaciones de causa-efecto establecidas en las escenas, me ha hecho pensar que El mundo alucinante ha ejercido una gran influencia en la obra de César Aira.

Me ha parecido divertida la descripción que Arenas-Servando hace de la ciudad de Madrid. Una crítica realmente severa, en la que parecía Thomas Bernhard hablando de Viena. «En general se dice que los hijos de Madrid son cabezones, chiquitos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosario y herederos de presidios, y eso también es verdad, pues no existe sobre la tierra pueblo más corrompido y sucio» (pág. 162).

 

Se explica en el prólogo que el título, El mundo alucinante, posiblemente sea una parodia de la novela El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Ya conocía la animadversión de Arenas hacia Carpentier por mi lectura de Antes que anochezca. Para Arenas, Carpentier es un escritor servil y complaciente con el poder. Gracias al prólogo de Enrico Mario Santí sé que Carpentier estuvo, por dos veces, en el jurado que impidió que Celestino antes del alba y El mundo alucinante ganaran los premios de la Asociación de Escritores de Cuba. El tramo final de El mundo alucinante se vuelve especialmente barroco al parodiar el estilo de Carpentier y en él se critica a un poeta que no para de hacer loas al nuevo poder del México independiente, que pronto se mostrará tan injusto como el anterior, en una clara alusión, de nuevo, a la situación cubana.

 

El mundo alucinante me ha gustado más que Celestino antes del alba, me ha parecido un libro más maduro. Las páginas de esta novela contienen imágenes fantásticas muy poderosas, como esas en las que Fray Servando está encadenado de tal modo que las cadenas forman una inmensa bola de acero a su alrededor, lo que hará que se derrumbe la prisión en la que está encerrado y aparezca rodando en la batalla de Trafalgar. Sin embargo, también he de decir que algunas de las relaciones causa-efecto ilógicas del libro me expulsaban a veces de él. Decía Borges que las narraciones fantásticas funcionan cuando el lector percibe que están construidas con unas reglas, con una lógica interna férrea; y la ausencia de reglas constructivas de El mundo alucinante me ha superado en más de una ocasión. Sobre todo me ha ocurrido con la parte final, en la que la crítica a los poetas institucionales –dardo envenenado y personal a Alejo Carpentier– no parecía que acabara de seguir la lógica de la novela.

 

Admiro de Reinaldo Arenas su libertad y la contundencia de su prosa, pero sigo pensando que sus memorias, Antes que anochezca, es el libro que más me gusta de él y al que quiero volver. En cualquier caso, este próximo diciembre de 2020 se cumple el 30 aniversario de la muerte de Reinaldo Arenas y es un escritor cuyo deseo de libertad siempre debemos recordar. 

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