domingo, 15 de septiembre de 2019

Serotonina, por Michel Houellebecq.


Serotonina, de Michel Houellebecq.
Editorial Anagrama. 282 páginas. 1ª edición de 2019.

De Michel Houellebecq (isla de Reunión, 1958) he leído todas las novelas que ha publicado hasta ahora. Diría que es el único escritor actual al que verdaderamente sigo. Así que cuando Anagrama publicó su nueva novela, Serotonina, se la solicité para poder leerla y reseñarla. A mí mismo me resulta raro haber tardado unos meses en acercarme a ella, pero mi desbarajuste de libros por leer cada vez es más caótico, así que esto entra dentro de mi normalidad extraña.

El protagonista y narrador de esta novela se llama Florent-Claude Labrouste y en el momento de empezar a contar su historia tiene cuarenta y seis años. Además sufre una depresión y ha de tomar cada mañana un comprimido de Captorix. Estas pastillas alivian los síntomas de su tristeza, pero tienen una consecuencia indeseada: le provocan impotencia. Al comienzo de la novela (cuando ya está entrando en depresión, pero aún no toma pastillas) vive con una japonesa de veintiséis años llamada Yuzu. Florent cada vez se siente más alejado de ella, y le parece que en realidad Yuzu vive con él porque le interesa su céntrico piso parisino. A Yuzu, de la que ha descubierto una intensa vida sexual, ya que se dedica (a sus espaldas) a grabar vídeos pornográficos, le dedicará Florent más de un adjetivo descalificativo («araña», «zorra», «la muy puta»). Como ya es habitual, Houellebecq juega en su novela a traspasar los límites de lo políticamente correcto. De este modo, pondrá en palabras de Florent más de una expresión machista. Aunque por otro lado, también escribirá algunas páginas de gran sensibilidad sobre el amor y las relaciones.
Aunque, en ningún momento, Florent le dice al lector que se ha sentado a escribir, que lo está haciendo es constatable. Ya en la segunda página le cuenta al lector que el objeto de este libro será averiguar si su vida termina en la tristeza y el sufrimiento. Además, podemos hablar aquí de un escritor perezoso, ya que en la página 24 podemos leer una frase como «Creo que no he dicho que yo trabajaba en el Ministerio de Agricultura» cuando en realidad el lector atento puede recordar que sí que lo ha contado ya. En realidad, podemos hablar simplemente de un recurso narrativo que pretende dar verosimilitud a un texto supuestamente escrito por una persona que está divagando.
Florent abandonará a Yuzu y su vida convencional, ya que dejará su bien remunerado trabajo en el Ministerio de Agricultura y se recluirá en un hotel (respaldado por una cuenta bancaria con 700.000 euros). En el hotel rememorará a sus dos grandes amores del pasado, Kate y Camille, llegando a algunas páginas aquí de muy buena factura melancólica. Decidirá, un poco más tarde, dejar la ciudad para visitar en el campo a su compañero de la universidad Aymeric, un noble que ha decidido vivir en un castillo en el campo, convirtiéndose en granjero. Tanto Aymeric como Florent han realizados estudios de ingeniería agrónoma. Esta es la formación universitaria del propio Houellebecq, y sus reflexiones sobre el negro futuro de la agricultura en Francia o sobre el cultivo de transgénicos son profundas y documentadas. De nuevo, esto le sirve para hablar de la decadencia europea.

Si ya he hablado de los comentarios machistas de Florent, también habría que añadir que usa un lenguaje ligeramente homófobo (muchos comentarios sobre «maricas», «mariquitas» o «sarasas»), que en realidad no deja de ser un tanto irónico, ya que uno de los grandes temas de Serotonina es el de la pérdida del deseo sexual en las personas adultas, independientemente de que consuman antidepresivos o no. Si bien en otros libros de Houellebecq se hablaba del deseo de las personas adultas hacia los cuerpos de los jóvenes, con unos planteamientos puramente hedonistas, aquí directamente Houellebecq nos habla de una fase posterior más drástica aún, la pérdida de deseo y de la libido.
Comentaba con mi pareja que ella, cuando lee las novelas de Houellebeq, enseguida se olvida del personaje que ha dibujado y acaba viendo al propio autor. En gran medida la voz narrativa de sus libros es bastante uniforme, y parece transferirse de un personaje a otro. Podría afirmar que la reconocible voz narrativa de sus libros es uno de los grandes logros de su literatura, pero también es cierto que a veces no parece casar con los personajes que dibuja. Florent tiene cuarenta y seis años y es un hombre de éxito económico, que además conserva un físico muy viril (así se describe él mismo), y sus pensamientos a veces parecen no casar con su supuesta vida o sus conquista amorosas del pasado.
Los personajes (o el personaje) de Houellebeq siempre son hombres pasivos y provocadores, con un discurso destructor y nihilista (en la página 30 Florent habla de «la insoportable vacuidad de los días»), y que se saltan las normas de lo políticamente correcto; son algo machistas, homófobos, antiecológicos, racistas o clasistas («lo digo para mis lectores de las capas populares», añade tras describir qué es un vestidor, intentando provocar y caer mal), y están profundamente desesperados. Han envejecido y desean revivir gracias al placer que sólo puede darle una mujer joven. Son bebedores y están perdiendo el control de sus vidas, a pesar de que no tienen problemas económicos, más bien, sus problemas son existenciales, de un existencialismo que se entrecruza con el deseo y el sexo. Como ya he comentado alguna vez, Houellebecq es el gran heredero del escritor austriaco Thomas Bernhard, habla de la decadencia de su cultura y de la hipocresía social, pero la narrativa de Houellebecq es mucho más sexual que la de Bernhard. «París, como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad», dice Houllebecq y el lector sabe que Bernhard podía haber dicho lo mismo sobre Viena.

Respecto a sus novelas anteriores, Houellebecq introduce en Serotonina el tema de internet y de las redes sociales, que hasta ahora casi no había tocado. Por supuesto, su opinión sobre internet y las redes sociales también es sombría, una forma de conseguir que las personas vivan menos intensamente que antes.

Es cierto que la escritura de Serotonina parece algo deslavazada, como si Houellebecq escribiera dejándose llevar, a la deriva de sí mismo, y que los temas que trata surgen, en algunos casos, de forma imprevista y sin que se hubieran insinuado de ningún modo antes. También es cierto que la voz narrativa de Houellebecq, de la que ya he hablando más arriba, tiende a repetirse y el lector de sus libros anteriores tiene aquí una sensación de discurso ya recibido. Además es posible que Serotonina tenga menos tensión narrativa que casi todas las novelas de Houellebecq y la sensación es la de que la trama se mueve a trompicones. Pero también es cierto, que el lector asiduo a Houllebecq se sumergirá en estas páginas con el gusto acostumbrado y que, para alguien que no haya leído nada de este autor, Serotonina podría ser una buena puerta de entrada, aunque en ningún caso sea una de sus mejores novelas (que para mí serían Las partículas elementales, El mapa y el territorio y Plataforma). Si mañana se publicase una nueva novela de Houellebecq la leería también. Para mí Michel Houellebecq es el escritor actual que mejor está sabiendo reflejar la decadencia de la sociedad del bienestar europeo, una de las voces más imprescindibles del panorama literario actual.

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