domingo, 12 de agosto de 2018

Racimo, por Diego Zúñiga


Editorial Random House. 242 páginas. 1ª edición de 2015. 

Había oído hablar de Diego Zúñiga (Iquique, Chile, 1987), en suplementos culturales, como una de las nuevas voces de la narrativa chilena y no paraba de encontrarme con su segunda novela, Racimo, en los puestos de libros de segunda mano de la Cuesta de Moyano de Madrid. Hojeé el libro hasta que, una de esos domingo por la tarde que suelo pasar por allí, acabé cayendo. Me lo llevé a casa por cinco euros.
Ha permanecido, sin embargo, unos cuantos meses en mis altillos del Ikea, donde se amontonan mis libros sin leer. Al final acabo dando prioridad a la lectura de los libros que solicito a las editoriales, y los comprados empiezan a esperar su turno durante demasiado tiempo. Mejorar esto ha sido uno de mis propósitos de Año Nuevo. Al final, durante el puente de diciembre de 2017, y tras finalizar el libro de cuentos Nuestra historia de Pedro Ugarte, tenía pensando leer Teoría de la ocupación, el interés y el dinero de John M. Keynes, una lectura técnica, que imagina ardua, y antes de emprender la tarea decidí intercalar un nuevo libro. Tomé Racimo de mis estanterías y lo acabé leyendo en dos días.

Racimo está inspirado en un suceso real que tuvo lugar en el norte de Chile: la desaparición de más de una docena de mujeres jóvenes alrededor del pueblo Alto Hospicio, cerca de la ciudad de Iquique, lugar de nacimiento del autor.
El protagonista principal de la novela es Torres Leiva, que hasta poco antes del comienzo de la narración ha trabajado en Santiago de Chile como fotógrafo de eventos sociales. Cuando comienza Racimo nos encontramos a Torres Leiva viajando hacia el norte de Chile, porque ha conseguido un trabajo en un periódico local. Su compañero va a ser el reportero García, testigo de Jehová. Juntos han de cubrir noticias en Iquique y pueblos de alrededor; una de sus primeras misiones será la de tratar de fotografiar el milagro de la figura de una virgen que sangra. Con este tipo de imágenes, Zúñiga consigue meter al lector en un mundo semirrural fuertemente supersticioso.
La casualidad hace que Torres Leiva y García recojan de la carretera a una niña que entrará en coma al llegar al hospital, una niña que será identificada como una de las desaparecidas años atrás en los alrededores.

La acción comienza el 11 de septiembre de 2001, día en el que Torres Leiva y García podrán ver por televisión la caída de las torres de Nueva York. Un día que para ellos representa el del veintiocho aniversario del golpe militar de Augusto Pinochet, que además era capitán del ejército, precisamente, en la ciudad de Iquique.
Uno de los grandes temas de Racimo es el de la violencia: empezando por la ejercida contra las mujeres jóvenes y que me ha hecho pensar en la influencia de Roberto Bolaño y La parte de los crímenes de 2666, sobre todo teniendo en cuenta que los dos periodistas que protagonizan el libro acabarán funcionando en la trama como detectives aficionados. Además, de forma subterránea, se habla aquí de la violencia de Estado, cuando se recuerdan algunos de los crímenes de la dictadura. O el propio título del libro, que hace referencia a una fábrica semiclandestina de bombas de racimo, ubicado en el desierto, cerca de Iquique, y que fabricaba armamento con destino hacia la guerra de Irak. Una fábrica que dejaría también en la ciudad su siembra de cadáveres.

El libro está dividido en cinco partes, siendo la primera la más extensa. En ella, el narrador se acerca casi siempre a la visión de la historia desde el punto de vista de Torres Leiva. Es un narrador contenido, en muchos casos seco, pero cuya descripción del entorno natural, por ejemplo, acaba alcanzado cierto lirismo.

En momentos puntuales, el lector se percata de que el narrador sabe más que su personaje. Por ejemplo, en la página 69 leemos: «Le cobra el doble de lo habitual, pero Torres Leiva no sabe cuánto es el habitual, así que paga.»
En otros momentos, el narrador se adelanta a lo contado; por ejemplo, en la página 93: «Pero nada de eso sabe aún Torres Leiva, que enciende el motor y se aleja de su casa.»
Estos pequeños detalles me han llevado a pensar que existían algunos titubeos en la presentación de la novela. También me ha parecido que en esta primera parte, existía alguna casualidad exagerada en la composición de la trama, o que a Torres Leiva le iban sucediendo acontecimientos conflictivos (que sobre todo tienen que ver con persecuciones policiales) sin que parezca inmutarse demasiado. Además, Torres Leiva está divorciado y conocerá a una policía, llamada Ana, que el lector intuye, desde un gran número de páginas antes de que ocurra, que se va a acabar convirtiendo en la amante del protagonista.

Me parece que la novela gana altura en la segunda parte, cuando García pasa a ser el narrador y pone en antecedentes, acerca de lo que sabe sobre los crímenes a mujeres cometidos en la zona, a Torres Leiva. Además, el lector acabará sabiendo que García trata de escribir un libro sobre estos crímenes, lo que hará que quede justificado su conocimiento sobre el tema, o que la fabulación en torno a él se mezcle en su cabeza con la realidad.

Racimo se acaba convirtiendo en una novela negra al estilo norteamericano. Según su protagonista –Torres Leiva– se va acercando al centro del misterio, éste parece hacerse más grande y más siniestro, y la narración de los hechos por parte de Zúñiga sirve para mostrar al lector una realidad social sórdida. Niñas desaparecidas, tan vez asesinadas o víctimas de una red de traficantes de personas, que comercializan con ellas como prostitutas, en un entorno en el que la policía no parece demasiado interesada en investigar; con ricos perdidos en sus grandes mansiones en el desierto, celebrando fiestas privadas; o con militares que siguen ejerciendo un control clandestino sobre las ciudades.

Tuve la impresión de que, hacia el final de la cuarta parte, se resolvía la historia de forma un tanto precipitada, pero al lector le espera una interesante vuelta de tuerca en la quinta. Y no quiere decir con esto que todos los cabos queden atados.

Lo cierto es que yo no suelo leer novela negra (aunque uno de mis proyectos sea, por ejemplo, leer todas las novelas de Raymond Chandler) y, por tanto, quizás no sea el mejor lector de Racimo, pero diría que Diego Zúñiga, al construir esta novela, ha tratado de meter en ella muchos temas y forzar algunas casualidades excesivas, además de no sortear con suficiente soltura algún tópico del género, sobre todo en la primera parte. Pero la novela gana en la segunda parte con el cambio de narrador y de registro, y con la doble (la simple y la más compleja) resolución final.

Pese a algún titubeo narrativo en la primera parte y mis dudas iniciales, acabé disfrutando de Racimo. Como dije al principio, ha sido una novela que terminé en dos días. Racimo recibió en Chile en 2013 un premio a la mejor novela inédita. Es decir, estaba ya escrita cuando el autor tenía veintiséis años. Me sorprende este dato y me hace pensar que Diego Zuñiga va a ser un escritor con un gran recorrido.

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