domingo, 14 de agosto de 2016

El costado derecho, por Francisco Bescós

Editorial Salto de Página. 330 páginas. 1ª edición de 2016.


Conocí a Francisco Bescós (Oviedo, 1979) en una presentación de Salto de Página. Luego supe que tenía aceptada en esa editorial su novela El costado derecho, que se ha publicado en 2016. Desde aquel primer día hemos coincidido en algún evento literario más en Madrid (presentaciones de libros, la Noche de los Libros…) y siempre me ha parecido una persona muy divertida y cercana. Cuando supe que la publicación de El costado derecho era inminente, le escribí a su editor, Pablo Mazo, para que me mandara el libro y así poder hacerle una reseña. Como le comenté a Pablo, además, que tenía pensado acudir a la librería Tipos infames el día de la presentación, en vez de enviármelo por correo me lo entregó en mano en la propia librería. La presentación de El costado derecho, que corrió a cargo del periodista cultural Daniel Arjona, fue muy entretenida.

En la presentación, entre Arjona y Bescós desgranaron algunas de las claves de El costado derecho. Me llamó la atención, sobre todo, la referencia a la historia bíblica de Job. Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho–, catalán afincado en Madrid, podría erigirse en paradigma de los años por los que ha pasado últimamente nuestro país: empresario de la construcción durante la época de la burbuja económica, todo parecía ir bien para él. Tenía una empresa pequeña, pero próspera, una mujer y un hijo. En el verano de 2010 –el tiempo narrativo de la novela– su suerte ha cambiado: su empresa quebró y ahora trabaja como dependiente en el Leroy Merlín del Parque del Oeste de Alcorcón; su mujer –Ángela– le ha dejado por otro, y su hijo –Mateo–, que se está convirtiendo en un consentido niño obeso, empieza a llamar «papá» a la nueva pareja de su exmujer. Pero no acaban aquí las desgracias para Nogueroll: debido a un error médico, en una operación en apariencia sencilla le extraen un riñón sano. Un riñón que parece convertirse en el símbolo narrativo de la crisis de un país en el que las personas no sólo han sufrido pérdidas económicas, sino otras más profundas, que tienen que ver con la identidad personal (simbolizada, como apunto, por la mutilación física).

A Job la vida le va bien y es un gran creyente. Pero Satán reta a Dios: privará a Job de sus riquezas y de su familia para comprobar si su fe sigue intacta. Nogueroll no acaba de entender qué le está pasando y, al igual que ocurría con Job, parece acabar creyendo que es objeto de una gran conspiración. El libro nos ofrece una trama de corrupción y de tráfico ilegal de órganos en la que, además de las personas más ricas del país, pueden estar involucrados el gobierno o los extraterrestres.

Las fantasías paranoicas de Nogueroll se activan al entrar en contacto con Gonzalo Montes –Gonzom, en las redes sociales–, su compañero en Leroy Merlín. Gonzom es un magufo. Una palabra que tanto Arjona como Bescós usaron con entusiasmo en la presentación y que, a pesar de que no aparece en el DRAE, podría definirse así: «Quien ejerce o “investiga” una pseudociencia. Puede ser un reportero de revista ufológica, un astrólogo o vidente, un divulgador, o un “activista” con cierta influencia. A diferencia del crédulo, está activamente comprometido con su pseudociencia, posiblemente a nivel profesional» (la fuente es una web de Ono).

Gonzom está convencido de que el gobierno nos oculta la verdad: las visitas de los extraterrestres o la extracción de órganos para investigaciones ajenas a la Tierra. Un cada vez más desequilibrado Nogueroll acabará dejándose convencer por las delirantes ideas de Gonzom y su equipo de investigadores exopolíticos.

En la contraportada del libro se define la novela como «tragicomedia quijotesca cargada de humor surrealista», y es una definición que me parece acertada, pero más de una vez me he encontrado pensando que si bien Gonzom podría ser un Quijote moderno, alguien que en vez de haber leído novelas de caballerías ha pasado demasiado tiempo en internet leyendo páginas de investigaciones con escaso rigor científico, Nogueroll, más que un Sancho Panza, funciona en la narración como una especie de Ignatius J. Reilly, el personaje creado por John Kennedy Toole en La conjura de los necios. Nogueroll, como Ignatius, se lanza al mundo convencido de poseer una verdad que va a chocar en más de una ocasión con la realidad que le rodea.

Gran parte de El costado derecho está escrito en segunda persona (en otros momentos leemos los fragmentos de un diario que empieza a escribir Nogueroll). El narrador interpela constantemente a Nogueroll sobre el sentido o el sinsentido de sus acciones. Este recurso, que podría parecernos anticuado, propio de las novelas del siglo XIX (en la página 99, Bescós escribe, por ejemplo: «Relatemos a continuación, Nogueroll, lo que pasó aquel día»), se usa aquí con intenciones cómicas, ya que la mirada y las interpelaciones del narrador a su personaje suelen ser irónicas y en ocasiones sarcásticas. A pesar de la mirada del narrador sobre él, Nogueroll resulta un personaje tan patético que el lector acabará acercándose a él con compasión, perdonándole sus múltiples meteduras de pata y las miserias de las que es capaz.

El costado derecho es la segunda novela de Francisco Bescós. Antes había publicado El baile de los penitentes, con la que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que fue editada por Almuzara. Comento esto porque uno de los puntos fuertes de El costado derecho es la consistencia de su trama, algo que acaba siendo primordial para escribir una novela negra. En El costado derecho, además de magufos, paranoia y sociedades secretas y delirantes, también nos encontramos con abogados, más o menos corruptos, y detectives privados, más o menos oscuros; con pistolas y cúteres escondidos en bolsillos. El costado derecho no es exactamente una novela negra, pero, en algunas ocasiones, de forma paródica o humorística, se acerca al género, igual que puede coquetear con la ciencia-ficción.

Me comentaba Francisco Bescós, en la última ocasión en la que nos vimos, que se había sentido más libre estilísticamente al escribir El costado derecho que cuando escribió El baile de los penitentes, puesto que el estilo de esta última era más seco, más desprovisto de metáforas y adjetivos. El estilo de El costado derecho, siendo funcional en muchas ocasiones, también gusta de la metáfora y el juego (en más de un capítulo la narración –y el estilo contribuye a ello– tiende al disparate y al estilo zumbón de las novelas de detectives de Eduardo Mendoza).

El costado derecho tiene 330 páginas. Lo comentaba el otro día con Francisco: algunos capítulos se podían haber suprimido y la trama de la novela no se habría visto afectada. Son capítulos en los que se recrea el pasado de Nogueroll o se analiza la sociedad de marcas y de consumo en la que vivimos. A Francisco le gustaban esos capítulos (que enriquecen al personaje) y a mí también; de hecho, me parece que hay una narrativa joven española en la actualidad que tiende a escribir obras muy cortas; y se echan de menos novelas de más calado, de más ambición, aunque esta ambición (una condición ni necesaria ni suficiente) se concrete en el número de páginas. Francisco es publicista y algunos capítulos de los que podríamos calificar de «prescindibles» para la trama son, precisamente (como la crítica a la filosofía chillout de Steve Jobs o el análisis sociológico de las personas que usan la thermomix), de los más divertidos del libro.

Me ha gustado El costado derecho. Me ha parecido una novela bastante original; quizás, sin conocerlas todas, gracias a su trasfondo de novela negra, de novela magufa, de ciencia-ficción o de metáfora bíblica, nos encontremos ante una de las narraciones más originales de las que se han publicado en España en los últimos años con la coletilla de «novela de la crisis».


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