domingo, 10 de julio de 2016

El estado natural de las cosas, por Alejandro Morellón

Editorial Caballo de Troya. 134 páginas. 1ª edición de 2016.

El año pasado leí La noche en que caemos, debut narrativo de Alejandro Morellón (Madrid, 1985), un conjunto de nueve relatos que ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón. En el jurado se encontraba, entre otros, el reconocido escritor de cuentos José María Merino.
Alguna vez he coincidido con Alejandro en presentaciones literarias y en otras ocasiones hemos quedado para intercambiar libros. El día que me regaló La noche en que caemos me prestó la novela La mujer desnuda de la uruguaya Armonía Somers y la colección de cuentos Pájaros en la boca de la argentina Samanta Schweblin. Dos libros muy significativos para él, ya que tienen bastante relación con sus gustos literarios: dos maneras –la de Somers y Schweblin– de acercarse a la literatura desde el surrealismo o el género fantástico, pero sin dejar de mostrar las contradicciones o los miedos que surgen de la realidad cotidiana.

En esta ocasión, quedé con Alejandro Morellón y su editor en Caballo de Troya, Alberto Olmos, para tomar algo, y Alejandro me regaló su libro unos días antes de que estuviera a la venta (hace unos meses yo le regalé mi novela Los insignes).

Sabía que en los últimos años Morellón había estado escribiendo novelas (con una de ellas quedó finalista del premio Nadal de 2015), pero ahora, tras acabar El estado natural de las cosas, descubro que además de las novelas ha seguido cultivando el relato, ya que su nuevo libro está formado por seis relatos breves y una novela corta.

La primera parte de El estado natural de las cosas se titula Como el perro que olfatea el pájaro y está compuesta por tres cuentos. El primero de ellos –Elogio del huracán– tiene cinco páginas y señalo esto, que podría parecer irrelevante, porque ya he comentado en mi blog personal, más de una vez, que a mí me gustan bastante los libros de cuentos, pero me atraen sobre todo los cuentos en torno a las veinte páginas. Sé que ésta no es una característica muy precisa, ni marca un gusto excesivamente definido –ni excluyente– sobre el cuento y que, por supuesto, me he podido encontrar con cuentos de veinte páginas horribles, y otros de diez o menos (estoy pensando en Juan Rulfo o Jorge Luis Borges) estupendos; pero lo cierto es que la mayoría de mis cuentos favoritos de Raymond Carver, J. D. Salinger, Tobias Wolff, Richard Ford, John Cheever o Anton P. Chéjov suelen sobrepasar las veinte páginas. Sé que me gustan estos cuentos porque en unas veinte páginas al autor le da tiempo a mostrar varios personajes y las interacciones que surgen entre ellos; en veinte páginas se puede desarrollar una historia y en cinco es más difícil conseguirlo. En cinco páginas más que desarrollar una historia lo que normalmente consigue un autor es sugerir un mundo, y esto es precisamente lo que hace Morellón en Elogio del huracán, donde una voz colectica, que nos hace pensar en una secta instalada en el campo, reflexiona sobre la visita anual de un huracán llamado Amalia. El cuento crea un escenario propio de una narración de terror, pero para mí, a Alejandro le ha faltado plantear sobre el escenario propuesto una historia. Elogio del huracán es una narración, en cualquier caso, sugerente, escrita con una prosa medida, sencilla por lo controlada pero poética por las evocaciones.

El segundo cuento –Reprimir el gesto exterminador– nos lleva a un escenario más reconocible, como es el de un edificio y los vecinos que habitan en él. Sin embargo, un hecho extraordinario irrumpe en la realidad creada (al más puro estilo de la nueva cuentística argentina, representada por escritores como Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio, herederos de Julio Cortázar, que juegan con los límites entre lo real y lo fantástico, creando historias en las que, más que la lógica de las leyes físicas, en el relato se rompe la lógica de los actos humanos y las reacciones de las personas a esos actos): una mujer abruma a los vecinos con una risa estrepitosa y sin control. Este cuento tiene más desarrollo que el anterior y me ha gustado más.

El tercero ­–Intervención nº. 3– sobre un anuncio de prensa que pide personas interesadas en participar en un peculiar y macabro proyecto artístico (a los interesados se les cortará su mano derecha a cambio de 15.000 euros), transmite desde la exageración el malestar de los tiempos vividos de crisis económica. Un cuento bastante desasosegante.

La segunda parte del libro está formada por la novela corta –de unas 80 páginas– que da título al volumen. La propuesta es sugerente: un hombre de mediana edad, casado y con un hijo pequeño, cae desde su cama hasta el techo de su habitación. Las leyes gravitatorias se han invertido para él, su suelo pasará a ser el techo de su casa y el suelo el techo. A su nueva vida tendrá que ir trasladando objetos (un colchón, una silla…) que tendrá que apuntar al techo, ya que sólo para él se han invertido las leyes de la gravedad. La distancia entre él y su mujer se irá agrandando cada día, las semanas en las que no abraza a su hijo irán creciendo, dejará de ver a sus compañeros de trabajo, porque aceptará trabajar desde casa por menos dinero… Su hermano le visitará y le recomendará un psicólogo con el que poder desentrañar sus problemas, mientras que nuestro protagonista se hunde cada vez más en su techo y en la búsqueda de sexo a través de internet. Esta novela corta, El estado natural de las cosas, tiene un corte muy kafkiano. Leemos en las páginas 58-59: «Si pasa el tiempo y no bajo de aquí, si no consigo volver, si se prolonga hasta el infinito mi condición de insecto atrapado en el techo, si Oliver crece y yo sigo en las alturas de la casa lo único que verá de su padre es a esta especie de ser en el que me he convertido, alguien que revolotea y habla y duerme y vive en un sitio inalcanzable e indeseable.» La novela está cargada de angustia existencial.

La tercera parte, imagen especular de la primera, se titula Los pájaros que saben y está formada, de nuevo, por tres relatos cortos. El primero es La sombra es una imagen que se ahoga y podría ser igual que Elogio del huracán, un cuento de terror, pero con el poso de un terror tan real como es el del miedo a la enfermedad. Fucksimil es un cuento clásico sobre el tema del doble y Cuidado con el huevo, en el que el testículo izquierdo de un hombre empieza a crecer hasta casi tener personalidad propia, podría ser leído como un homenaje al cuento La nariz de Nicolai Gogol, o a su versión más moderna y gamberra que sería El pene de Hanif Kureishi, o también como una inversión de roles: una parte del cuerpo del hombre crece y empieza a disociarse de sí mismo, lo que podría leerse como el conflicto que crea en una pareja el embarazo, cuando sólo es deseado por una de las partes.

Hay un detalle que une a las siete composiciones del libro y es que en cada una de ellas aparece el nombre Ehio, que bien puede ser una persona, una empresa, una iguana…, y buscar su aparición en cada historia se convertía en uno de los motivos recurrentes de la lectura. ¿Será este «Ehio» una reminiscencia del «ello» freudiano al que parecen aludir continuamente estas narraciones?


En general, los cuentos cortos de El estado natural de las cosas me han parecido más maduros que los de La noche en que caemos (tres años separan la publicación de un libro y otro), pero ha sido con la novela corta con lo que más he disfrutado al acercarme a este libro, una novela corta muy angustiosa, existencial y sugerente.

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