domingo, 3 de enero de 2016

Me casé con un comunista, por Philip Roth

Editorial Alfaguara. 463 páginas. 1ª edición de 1998, ésta es de 2000.
Traducción de Jordi Fibla

Ya comenté hace poco que después de tantos años me apeteció volver con Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933); y que saqué de la biblioteca Eugenio Trías La mancha humana, ya reseñada en el blog. No mucho después tomé prestada de la biblioteca de Móstoles la novela Me casé con un comunista, que junto con la anterior y Pastoral americana forman la llamada Trilogía americana. Hace algunos años ya había sacado de la biblioteca Me casé con un comunista, cuando le descubrí a mi novia Philip Roth y empezó a leerlo de modo compulsivo. Esta vez tuve que pedirle a uno de los bibliotecarios que fuera a buscarlo al archivo, esa mazmorra literaria a la que van a parar los libros de la biblioteca que llevan mucho tiempo expuestos en los anaqueles y que pide poca gente. Ya lo he comentado alguna vez: si se sigue este procedimiento, los anaqueles de las bibliotecas van a acabar abarrotados de libros insustanciales, de bestsellers escritos por presentadores de televisión, y la verdadera literatura va a estar condenada a dormir el sueño de los justos en el archivo. En fin, estos son los tiempos que nos ha tocado vivir.

Si en La mancha humana Roth hablaba de los conflictos raciales de los Estados Unidos, siguiendo (en el sentido cronológico de mi lectura, porque en realidad Me casé con un comunista está escrito antes que La mancha humana) con su disección de la sociedad norteamericana del siglo XX, en esta novela Roth nos va a hablar de la caza de brujas comunista durante la Guerra Fría; es decir, de cómo en el país de las libertades se perseguía a las personas por sus ideas políticas.

Nathan Zuckerman, el alterego de Philip Roth, vuelve a ser el narrador de esta novela. Igual que en La mancha humana, vive ya retirado en su cabaña junto a un lago. Pero un día, al acercarse al pueblo, se encuentra con Murray Ringold, quien a sus noventa años está haciendo un curso de verano en la universidad de Athena (la misma en la que fue decano el protagonista de La mancha humana). Murray fue profesor de lengua y literatura de Nathan en Newark.

Nathan invita a Murray a su casa durante las seis tardes siguientes, y en esas seis tardes, que se harán noches, Murray le contará a Nathan la historia de su hermano Ira: “En la historia del vigor narrativo ya le has quitado el título a Scherezade. Nos hemos sentado aquí seis noches seguidas.” (pág. 377) Durante unos importantes años de su adolescencia, Nathan sintió fascinación por Ira Ringold, un hombre de poca educación formal, pero de grandes ideas políticas sobre la desigualdad social. Un hombre que empezó cavando zanjas en Newark y que, gracias a su altura y porte, acabará haciendo de Abraham Lincoln en modestas representaciones teatrales. Lo que le conducirá a ser una estrella de la radio en el programa Los libres y los valientes (posible nido de comunistas norteamericanos). También se casará con la que fue estrella del cine mudo y es ahora una estrella de la radio Eve Frame; tal vez una persona demasiado diferente a Ira. Ira y Eve vivieron un matrimonio torturado, en el que casi siempre se interponía Sylphid, la hija mimada de Eve.

Murray le cuenta a Nathan, experiencia que recibe el lector, y en otros momentos será Nathan quien narre su propia experiencia sobre los hechos contados. Me casé con un comunista es una novela con diversos niveles de lectura. Me ha gustado, por ejemplo, la importancia que cobra en esta narración la juventud del propio Nathan, aprendiz de escritor fascinado por las ideas comunistas de su mentor Ira, para quien el arte sin duda ha de promover la idea del cambio social. Nathan descubrirá como su relación con Ira, y la caza de brujas a la que fue sometido, acabó perjudicando además de a su hermano Murray a él mismo, al que años después de aquella fascinación adolescente le fue negada una beca de estudios, que podría haber merecido.

En la página 237 Murray le dice a Nathan: “Tenía entendido que la multiplicidad de facetas increíbles de un hombre era el tema principal de tus libros. Tus novelas nos dicen que absolutamente todo es creíble en un hombre.” Obviamente, Nathan Zuckerman es un alterego narrativo de Philip Roth y esta enunciación de los principios literarios de Nathan me parece perfectamente aplicable a la obra de Roth; esa búsqueda de las facetas increíbles de un personaje era el objetivo al hablar de Coleman Silk en La mancha humana, ese negro acusado de racismo contra los negros; el Sueco de Pastoral americana o el Ira Ringold de Me casé con un comunista.

Ira es un personaje muy politizado, vehemente y violento. Me gusta el juego ambiguo de Roth para describirlo: la víctima de una conspiración política también tiene sus lados oscuros, sus facetas desagradables o directamente contradictorias, como sus aspiraciones burguesas. Ira será víctima de palizas durante su servicio militar por hacerse amigo de los negros y por tratar de educar a las clases bajas en la igualdad racial, pero él también será capaz de ejercer sobre los otros una violencia casi irracional cuando trata de defender sus ideas.

Nathan en la universidad dejará atrás las ideas políticas sobre el arte de Ira, al entrar en contacto con profesores más refinados. En la página 324 leemos: “No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor, no te alías con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del gobierno. No eres un creyente, eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en este mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce en el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo. Cuando Dios hizo todas las cosas en siete días, las aves, los ríos, los seres humanos, no dedicó ni diez minutos a la literatura. «Y entonces existirá la literatura. A algunos les gustará, a algunos les obsesionará y querrán hacerla…» No, no. Él no dijo eso. Si entonces le hubieras preguntado a Dios: «¿Habrá lampistas», te habría respondido: «Sí, los habrá, porque habrá casas y serán necesarios los lampistas». «¿Habrá médicos?» «Sí, porque la gente enfermará y necesitará médicos que le receten medicinas.» «¿Y literatura?» «¿Literatura? ¿De qué estás hablando? ¿Para qué sirve eso? ¿Dónde encaja? Por favor, estoy creando un universo, no una universidad. Nada de literatura.»
En párrafos como éste, Roth me recuerda mucho a uno de sus maestros: Saul Bellow, uno de los grandes decanos de la literatura judía norteamericana.

Igual que ocurría en La mancha humana con el supuesto racismo de su protagonista, algún personaje siniestro de Me casé con un comunista usará el desprestigio de Ira para ascender él socialmente, sin importante, tanto en una novela como en la otra, que ese racismo o esa supuesta amenaza comunista sean reales o sean peligrosos. Este tema me ha recordado a ciertas persecuciones políticas patrias sobre los límites de lo políticamente correcto con motivo de unos tuits en internet (Roth es realmente moderno en esto).


Me casé con un comunista me ha parecido una gran novela, pero creo que su lectura ha resultado para mí demasiado cercana a la de La mancha humana. Considero que el Coleman Silk de este último libro es una creación más conmovedora y memorable que el Ira Ringold de Me casé con un comunista. En cualquier caso, tengo claro que el nivel medio de las tres novelas de La trilogía americana está entre las mejores obras que se pueden leer ahora mismo de un escritor vivo, por mucho que, año tras año, no le den el premio Nobel al maestro Philip Roth.

2 comentarios:

  1. He leído esta trilogía y alguno más de Roth, y la verdad es que, si bien mientras leía Me casé... tenía la sensación de estar leyendo una gran obra, pasado el tiempo es el que menos ha durado en mi memoria, mientras que el recuerdo de los otros sigue siendo muy vivo. No sé si eso tendrá algo que ver con la calidad de una obra...
    En lo que respecta a la calidad de una traducción, me sorprende ese catalanismo de "lampista" donde debería decir "fontanero". La letal combinación entre Logse e inmersión.
    Saludos.

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    1. Hola:

      A mí me ocurre lo mismo: de los tres de la Trilogía, creo que el menos recordable es éste, y aún así es un gran libro, el único problema que tiene es que los otros dos son muy grandes. Quizás este libro tenga el personaje menos entrañable de los tres libros, y quizás ya al leer este libro hay una sensación de repetición de temas.

      La verdad es que me parecía raro lo de "lampista", que entendía como alguien que fabrica o arregla lámparas; pero tiene más sentido que fuese "fontanero", claro. Si es así, es una buena metedura de pata, porque en castellano no coinciden los significados.

      Saludos

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