jueves, 23 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Eduardo Marquina (5)

El quinto poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Eduardo Marquina (Barcelona, 1879 – Nueva York, 1946).

Todavía con tintes del romanticismo, llegó a componer un himno a España; y tiene poemas con títulos como Salmo a la esposa o Predicación de San Francisco (poemas religiosos), o Estrofas vótivas (poema patriótico).

Dejo aquí el segundo poema antologado, muy romántico, y una parte de otro largo, que es un homenaje a Camoens.



VOTOS FLORIDOS

En lo tibio del soto,
levantando las piedras,
esquivando las zarzas, apartando las hojas,
buscabas violetas.

Por tu inclinarte noble
sobre las claras hierbas,
tocándolas con gracia, moviéndolas sin daño,
que encuentres violetas.

Por tu mirar sereno
cuando, irguiéndote, dejas
todo a tu lado, el soto encendido y riente,
que encuentres violetas.

Para tus manos suaves
donde tienen las venas
el color delicado de las flores menudas,
que encuentres violetas.

Para adornarte el pecho
en el día de fiesta,
porque adoras su gracia acabada y oculta,
que encuentres violetas.

Porque al pasar, las zarzas,
revolviéndose tercas,
en la nieve del cuello te arañaron con sangre,
que encuentres violetas.

Porque nunca maldigas
de la piadosa tierra,
y el buscar no te canse, y el sufrir te consuele,
que encuentres violetas,
un montón de olorosas violetas!



CAMOENS
(1524 -1924)

EL HOMBRE
I
Tuvo un amor, hizo un poema
y murió pobre; lo demás
no hace al caso; en su vida no hay más
que sufrimiento y diadema.

Fue el hombre, turbio de pasión
y de propósitos, que cuida
de resumir en su canción
todas las ansias de su vida.

Mediocridad y desengaños
le consumían en su hogar,
y viajó diecisiete años
para hacer su poema en el mar…

II
Tenía “saudades”; había,
como todas sus gentes hermanas,
despedido al sol cada día
desde las playas lusitanas;
y llevaba en el pecho esa vaga
melancolía singular
de asistir a diario, ante el mar,
a la muerte del sol que se apaga.

Pero una vez, triste y sombrío,
alza la frente, y a través
del indefinible frío
del crepúsculo portugués,

en el índico azul del Oriente
ve que el sol nace adolescente:
un sol vivo, moreno, dorado…
Su corazón ya tiene senda,
y su pueblo ya tiene leyenda
-y la epopeya ha comenzado


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