jueves, 20 de marzo de 2014

Enrique Lihn, un poema

Igual que me ocurrió con Jorge Teillier, pensé al leer Estrella distante de Roberto Bolaño que Enrique Lihn era un poeta inventado. E igual que me ocurrió con Teillier fue magnífico descubrir que estaba equivocado y poder acercarme a la poesía de Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988). Lo busqué en librerías especializadas en poesía y pude encontrar solamente un libro, Mester de juglaría, editado por Hiperión en 1987 y que reúne siete poemas largos del autor, de un hermetismo mayor que los que me había encontrado unos años antes en la antología Visiones de los real en la poesía hispanoamericana –selección de Mario Campaña-, editado por DVD en 2001.

Dejo aquí el que posiblemente sea el poema más famoso de Enrique Lihn, que yo descubrí en la antología de DVD. Creo percibir en él la influencia de Tabaquería de Fernando Pessoa, y creo que su lectura influyó sobre algunos de los versos de Bolaño.



Uno de sus versos –“Porque escribí no estuve en casa del verdugo”- lo usé para abrir la primera versión de la novela que escribí (y he seguido escribiendo) sobre mi experiencia como auditor de cuentas.
Porque escribí es uno de esos poemas que al leerlos hacen revivir siempre al adolescente de suburbio que llevo dentro y que un día (en algún descampado de balones perdidos) soñó con ser escritor, y porque escribió está vivo.


PORQUE ESCRIBÍ
               A Cristina y Angélica
Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—.
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

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