domingo, 17 de octubre de 2010

El bosque de la noche, por Djuna Barnes

Editorial Seix Barral. 191 páginas. 1ª edición de 1936, ésta de 1988.

Acabo de releer la semblanza que Javier Marías hace de Djuna Barnes en Vidas escritas, un conjunto de retratos de escritores. Aquí Marías en una frase ambigua, porque no queda claro si está parafraseando a Barnes, a Malcolm Lowry o simplemente opina, escribe (esto sí es innegable) que El bosque de la noche es “una obra maestra técnica, pero algo monstruoso”.

En la semblanza de Marías se presenta a Barnes como una más de las intelectuales norteamericanas que recorrían el concurrido París de entreguerras, y que pudo conversar con Hemingway o con S. Fitzgerald.

El bosque de la noche temporalmente se sitúa en torno a 1927, y la acción transcurre entre Viena y París. El comienzo del libro, donde se narra el nacimiento de uno de los protagonistas, Felix, es notable; en él, Barnes nos transmite información acerca de sus padres: el padre (judío) muere, a los 59 años, antes del nacimiento de Felix, y la madre, a los 45, lo hará en el parto. Felix sólo sabe de sus padres lo que ha podido contarle una tía. Así, Felix, de quien sabemos que ha hecho fortuna pero no se nos informa en qué, adopta el título de Barón del padre, sin saber (el lector sí lo sabe) que es un título falso. La acción comienza cuando Felix tiene 30 años, en ese citado 1927. A Felix le gusta relacionarse con gente del circo y admira cualquier rasgo de nobleza.

Aparece en escena el doctor Matthew O´Connor, que al igual que Felix es un falso barón, también se nos informa de que él es un falso médico. La simulación parece ser uno de los grandes temas de este libro, la simulación y el deseo.

De forma accidental, a través de su contacto con el sableante doctor, Felix conoce a la joven norteamericana Robin Vote, a la que propone matrimonio, con la idea de tener un hijo que recoja sus fantasías nobiliarias.

Después de dar a luz a un hijo varón, Robin deja a Felix por Nora, otra joven norteamericana. Y a su vez, a Nora la abandonará Robin por la ya cincuentona Jenny Petherbridge.

En algún capítulo vuelve a aparecer Felix, gracias a un encuentro con el doctor O´Connor, y también Nora en otra escena con el doctor, quien vertebra la acción y la continuidad narrativa de la novela.

Djuna Barnes mantuvo en su vida relaciones sentimentales con hombres y mujeres. El bosque de la noche habla de lesbianismo y también de homosexualidad (el doctor o´Connor lo es), pero siempre desde una perspectiva poco clara, insinuante, como, imagino, sería necesario en los años 30 del siglo XX, una época aún no propicia al “escándalo” descubierto.

En la contraportada del libro se recogen los elogios de otros artistas contemporáneos de Barnes. Destacan las frases de T. S. Eliot: “El genio más grande de nuestros días” y de Dylan Thomas: “Uno de los tres grandes libros en prosa que jamás haya escrito una mujer”. Como podemos observar los grandes entusiastas de El bosque de la noche eran poetas.

Si escritores como Hemingway, contemporáneos de Barnes, abogaban por el minimalismo narrativo y la precisión, Barnes elige un camino opuesto, que en algún lugar de Internet llaman prosa poética.

Barnes trabaja mucho el párrafo, sus descripciones son sugerentes. Por ejemplo, cuando entra en escena Robin se narra así: “El perfume que exhalaba su cuerpo era de la calidad de esa carne de la tierra que es el hongo, que huele a humedad capturada y, no obstante, es seco, ahogado, por el aroma del aceite de ámbar que es una enfermedad interna del mar, sugestivo de un sueño imprudente y total.” Y así se continúa, haciendo metáforas durante una página.

Quizás el capítulo más interesante del libro sea el titulado Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?, donde en un largo monólogo el doctor reflexiona sobre la noche y sus atractivos. Los diálogos del doctor son siempre excesivos, poéticos, irreales. En un momento de este capítulo él y Nora, con quien conversa, se quedan callados, entonces se nos dice de él: “Y pensó: Él se viste para yacer junto a sí mismo, porque está constituido de tal manera que el amor, para él, sólo puede ser algo especial; en una habitación que al evidenciar que es ocupada por él se encuentra tan lacerada como la postrera agonía.”

“Al fin y al cabo, la calamidad es lo que todos perseguimos”, aún dice el doctor en la página 137, como un resumen de las intenciones narrativas de Djuna Barnes en esta novela.

La verdad es que he disfrutado de algunas de las páginas de este libro denso y algo oscuro. He disfrutado de él por párrafos, a veces densos como la poesía y con un trasfondo irracional o evasivo en su discurso. Pero la construcción novelística global no me ha satisfecho. Los personajes desaparecían de escena, confusos, diluidos, y sólo la presencia del doctor O´Connor daba unidad a lo narrado. Me ha costado penetrar en las claves del libro y no creo que, como dice la solapa de Seix Barral, esta sea una novela de intensidad dostoievskiana, puesto que Dostoyesvski sí que apuesta por la continuidad narrativa y la construcción globalizada del material narrativo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Aquí empieza nuestra historia, por Tobias Wolff

Editorial Alfaguara. 466 páginas. 1ª edición 2008; 2009, ésta en español.

Aquí empieza nuestra historia es el octavo libro publicado por Tobias Wolff. Antes había escrito tres libros de relatos: De regreso al mundo, Cazadores en la nieve y La noche en cuestión; dos novelas autobiográficas: Vida de este chico y En el ejército del faraón; y dos novelas de ficción: Ladrón de cuarteles y Vieja escuela.
Los he leído todos. De hecho, el último, Vieja escuela, lo hojeé en Londres durante un viaje en Semana Santa y no pude esperar a la traducción. Lo leí en inglés, con todas mis limitaciones. Durante bastante tiempo Wolff ha sido uno de mis escritores favoritos, tras leer Aquí empieza nuestra historia lo sigue siendo.

Aquí empieza nuestra historia es un conjunto de 31 relatos, de los que 21 son una recopilación de libros anteriores y 10 son nuevos.

Recordaba bastantes de los cuentos seleccionados de los libros anteriores; algunos no me sonaban al empezarlos, pero al avanzar recordaba su conclusión o alguna escena suelta, algún otro se me había olvidado por completo.

En la selección están algunos de los que estimo como los más destacados cuentos de Wolff, Cazadores en la nieve, El mentiroso, El hermano rico, Leviatán o Avería en el desierto, 1968… algunos de los mejores cuentos que he leído nunca, verdaderas obras maestras del género. Wolff comenta en un pequeña introducción que ha realizado cambios en los relatos; la verdad es que después de tantos años tendría que releer las ediciones originales en España para encontrar alguna diferencia. Los cuentos eran como los recordaba o como creía recordarlos.

Extrañamente también me he encontrado con alguno de los que consideraba los cuentos más flojos de Wolff, como Una bala en el cerebro, que parece un chiste de escritores sobre críticos literarios.

Y me ha resultado más extraño aún no encontrarme con alguno de mis cuentos favoritos, no ya de Wolff sino de la literatura en general. El título del libro Aquí empieza nuestra historia es el título de un cuento del volumen De regreso al mundo, uno de los mejores cuentos que he leído nunca, un cuento que debería saberse de memoria cualquier aspirante a escritor. Una de las mejores metáforas sobre la magia y el poder de la literatura.
Otro relato que yo aprecio bastante y que no está en la selección: La persona desaparecida.

Según terminaba el libro he vislumbrado una hipótesis sobre el criterio de selección de Wolff. Los cuentos nuevos en general me han gustado menos que los antiguos, y de los antiguos me gustan más los de las dos primeras colecciones, De regreso al mundo y Cazadores en la nieve que los de La noche en cuestión. De este último libro hay más relatos seleccionados que de los otros, y los nuevos se parecen más a ellos.

En los dos primeros libros de relatos Wolff crea personajes y nos presenta unas escenas sin solución, un punto clave en la vida de una o varias personas. Los cuentos no tienen nudo ni desenlace, son chejovianos puros. Para mí su fuerza poética es muy potente, así como la intensidad que cobra lo no contado.

En La noche en cuestión y los cuentos nuevos de Aquí empieza nuestra historia, Wolff crea cuentos más cerrados, más historias de nudo y consecuencias, lo que hace que resulten más artificiosos; que se les vea más el truco, en resumen.

Aún así, en La noche en cuestión, hay piezas más que notables, como El otro Miller o Smorgasbord (otra obra maestra); y también los hay por supuesto en los nuevos, con relatos como Una biblia blanca, Ruiseñor, El beneficio de la duda o Beso profundo.
Este último comentario, con un cariz casi negativo, sólo es un intento de crear categorías dentro de un conjunto muy sobresaliente de cuentos. Wolff posiblemente sea, junto con Alice Munro, el máximo representante del cuento realista en inglés.

En los nuevos cuentos, Wolff emplea un recurso no usado hasta ahora: el uso de interjecciones y “palabras malsonantes” en el texto. Deja de lado el lenguaje (normalmente en tercera persona) poético y funcional, y la voz narrativa se acerca más al lenguaje y al estado de ánimo del personaje. Por ejemplo: “contuvo su rabia lo suficiente para agarrar el puto plano sin partirlo en pedazos” (pág 416, cuento Ruiseñor). ("el puto plano" señor Wolff, ¿qué está pasando con su lenguaje?). También como novedad temática aparecen las nuevas tecnologías: e-mails en vez de llamadas telefónicas (señor Wolff ¿no se irá a hacer ahora afterpop?), y nuevas realidades sociales: la mujer soldado, la homosexualidad en el ejercito, la guerra de Irak… y lo más interesante: el narrador, normalmente alguien con problemas familiares relacionados con hermanos o padres, ahora se centra en la relación de los padres con sus hijos (el tiempo tampoco pasa en balde para Wolff)


También durante la lectura del libro se me han ido ocurriendo algunas diferencias entre los cuentos de Tobias Wolff y los de Raymond Carver:

1) Los personajes de Carver son de clase social más baja que los de Wolff. En Carver la mayoría de los conflictos son económicos, en Wolff hay más conflictos familiares, o debidos al simple paso del tiempo y la mecánica de los recuerdos.

2) En Carver la fuerza de la historia oculta es más importante en el desarrollo del relato que en Wolff. Por tanto la epifanía final del relato cobra más importancia en Carver que en Wolff.

3) Wolff se sirve de un recurso menos usando por Carver: Wolff connota estados de ánimo con condiciones atmosféricas; en Wolff llueve más, hay niebla, nos perdemos en la ventisca, nos morimos de calor...

4) La importancia de la infancia y adolescencia sobre los personajes es más importante en Wolff que en Carver.

Tobias Wolff, uno de mis escritores favoritos. Todo el mundo que desee ser escritor debería leer Vida de este chico, una de las más hermosas lecciones vitales que he encontrado nunca; que cuenta además con la dedicatoria más terrible hallada en un libro, (cito de memoria): “Dedicado a mi padrastro, que siempre me decía que con todas las cosas que yo no sabía se podía escribir un libro; pues bien, aquí está”.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La ciudad ausente, por Ricardo Piglia


Editorial Anagrama. 168 páginas. 1ª edición 1992, esta edición 2003.

Empecé a leer La ciudad ausente, tras acabar Blanco nocturno, pensando que iba a recibir nueva información sobre los personajes de la última novela de Piglia; ya que al empezar a hojear La ciudad ausente me encontré con los nombres de Renzi o de Junior (el contacto de Renzi en el periódico de Buenos Aires en el que trabaja, en Blanco nocturno).
También había pensado que la forma o las intenciones de La ciudad ausente serían similares a las de Blanco nocturno, y que me iba a encontrar con una nueva novela policiaca protagonizada por Renzi y situada esta vez en la ciudad y no en el campo.

Estas intuiciones o sensaciones las pude mantener como lector durante menos de tres páginas. El libro comienza presentándonos a Junior, un hijo de ingleses al que le gusta vivir en hoteles, de un modo realista, pero sufre un quiebro en el discurso en la tercera página del texto (11 del libro): “Esa pasión paterna explicaba, según Renzi, la velocidad con la que Junior había captado las primeras transmisiones defectuosas de la máquina de Macedonio.” ¿La máquina de Macedonio?, vuelvo a leer párrafos anteriores, ¿qué es la máquina de Macedonio?

Renzi aparece en las primeras páginas del libro y después desaparece. Su intervención se reduce a una charla de bar en la que cuenta una anécdota personal, aunque en realidad está contando un cuento del libro de Bernard Malamud Idiotas primeros, el titulado El refugiado alemán. Renzi da el nombre –para dejar una pista- de Lazlo Malamüd al protagonista de su narración.
Junior recibe una llamada telefónica al bar y sale en busca de un hotel donde espera recibir información confidencial sobre un crimen. En el capítulo 2 se nos narra el encuentro de Junior con una mujer llamada Fuyita.

Hasta aquí la novela aún podría ser leída como el comienzo de una narración policiaca, pero esta idea hemos de abandonarla a partir de la página 31, donde se narra una historia, de abusos y asesinatos por parte del Estado, supuestamente generada por la máquina de Macedonio que se encuentra en un Museo.
Este Museo será visitado por Junior, y allí podrá contemplar la reconstrucción física de novelas y relatos.

Buscando por Internet encuentro comentarios del libro de Macedonio Fernández, el Museo de la novela de la Eterna, de esta índole: “El museo-novela no es sólo una novela, ni tampoco un manifiesto estético, una provocación literaria o permutación que corrompe el género novelesco. Es algo mucho más complejo.
Aspira a una demolición de la novela como monumento de cultura, como trasunto de la
realidad en sí y archivo de la historia nacional.
Museo de la Novela de la Eterna traza una lectura irónica y renovadora sobre el problema de las identidades y su representación a través de la literatura; reflexiona de
manera lúcida sobre la necesidad de los estados en formación de crear textos matriciales, canónicos y representativos de la realidad territorial pero que, paradójicamente, resultan caricaturescos de ésta. Por el contrario, Macedonio propone la desvirtuación de lo real, en vez de su representación; el juego del arte por el arte, antes que la finalidad de responder a una tradición literaria.”
(Fuente: Oggia, revista electrónica de estudios hispánicos)

Piglia cuenta historias, salta de unas a otras a través del personaje cada vez más diluido de Junior. En estas historias parecemos asistir a una persecución paranoica del Estado de cualquier creación de lenguaje o de narrativa. Estos mundos paranoicos llenos de máquinas que leen el pensamiento, que lo graban… me ha recordado a los mundos de Philip K. Dick o de William S. Borroughs. Por ejemplo: “Richter se infiltró en el Estado argentino, infiltró su propia imaginación paranoica en la imaginación paranoica de Perón y le vendió el secreto de la bomba atómica. Sólo el secreto porque la bomba jamás existió” (pág. 144)
Esta historia del físico Richter es interesante, también otra que habla de la creación de autómatas en la pampa argentina y de un pájaro metálico que podía volar y recoger datos sobre el terreno y la climatología. Hacía el final Piglia nos habla de Macedonio Fernández, del abandono de su profesión de abogado a raíz de la muerte de su mujer y de su deseo de crear una máquina donde sus palabras quedasen conservadas.
“¿Sabe cómo empezó? Le voy a contar” (pág 145), estas palabras, o variantes, las pronuncian los diversos narradores del libro para introducir un relato dentro del relato. En algunos momentos las narraciones se vuelven borgianas, sobre todo al analizar la creación del mundo a través de la creación del lenguaje. Alguien rasguea una guitarra en el patio contiguo, en una casona del barrio de Flores, como si, nos dice Piglia (nos dice Borges) quisiera que la búsqueda de unos acordes sencillos le conduzca a encontrar la combinación de notas que han creado el mundo.

Sin conocer mucho de la obra de Macedonio Fernández, creo que Piglia ha escrito La ciudad ausente como un homenaje o una lectura personal de su obra.
Si Respiración artificial se caracterizaba por su complejidad formar, y me ha sorprendido de Blanco nocturno su clasicismo narrativo de corte norteamericano, de La ciudad ausente habría que destacar su experimentalismo, su ruptura del discurso lógico de la novela, de la fragmentariedad; algo que como vemos, de nuevo, ya estaba hecho antes de la irrupción, supuestamente novedosa, del movimiento Nocilla (y sin ayuda del corta y pega de la wikipedia).
Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, como los eslabones de la cadena del experimentalismo argentino.

La ciudad ausente es un libro interesante, sobre todo gracias a algunos de los pequeños relatos insertos en el texto, que he comentado; pero creo que a mí me interesan más las narraciones clásicas, con una continuidad que aporte a los personajes capacidad para emocionar, por encima del juego de la sorpresa, la innovación y la ruptura.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Blanco nocturno, por Ricardo Piglia


Editorial Anagrama. 299 páginas. 1ª edición de 2010.

En Blanco nocturno Ricardo Piglia ha escrito una novela negra siguiendo las claves del modelo que él mismo había desentrañado al hablar de este género en El último lector. Así, esta novela nos hablará de personajes alejados de la sociedad, como el Dupin de Poe -la figura del lector, según la interpreta Piglia-, pero también de hombres solos que han de aceptar las reglas económicas de un juego turbio, como el Marlowe de Chandler.

La novela comienza hablándonos de Tony Durán, un norteamericano extraño, un mulato puertorriqueño, que aparece en un pueblo de la provincia de Buenos Aires; por un único comentario en la página 136 descubrimos que es Adrogué (el pueblo natal de Piglia). Durán aterriza en esta población perdida en la pampa argentina, con un bolso lleno de dinero y se relaciona con las hermanas mellizas Belladona, Sofía y Ada (las hijas del cacique local), a las que ha conocido en Estados Unidos y con las que mantiene “un ménage à trois que escandalizó al pueblo” (pág. 13 y 1ª del libro).

Como rasgo que había aislado Piglia en las novelas de Chandler, aquí también las mujeres aparecen en dúo y son hijas del dinero. Enseguida sabremos que Durán muere asesinado en su habitación de hotel, y Croce, el jefe de policía del pueblo, y Saldía, su ayudante, inician las pesquisas para averiguar las causas y atrapar a los culpables de su muerte. Croce, en algún momento, llega a llamar a Saldía “Watson”. Croce es un policía mayor, un vieja escuela al que las autoridades querrían apartar de su cargo, pero es admirado en la región porque consigue resolver casos en principio inverosímiles y con técnicas deductivas aparentemente ilógicas.

Respecto a Respiración artificial, que leí ya hace más de una década, el lenguaje de Blanco nocturno es mucho más diáfano. Si en sus comienzos como narrador Piglia parecía admirar la complejidad de las estructuras de William Faulkner, en su madurez, y dentro de su admiración por la literatura norteamericana, ahora parece haberse fijado más en la elegancia, aparentemente leve, de Scott Fitzgerald.
Es notable la descripción de Tony Durán como un trabajador de casinos y seductor de mujeres, muy hermosa la imagen de su infancia en Nueva Jersey, donde su padre atendía una gasolinera, y Durán en la noche veía detenerse para repostar los coches de lujo con bellas mujeres camino de Nueva York.
En la pág. 33 se describe así a Durán: “Era un joven arribista, un Julien Sorel del Caribe, como dijo, erudito, Nelson Bravo, el redactor de sociales del diario local”. Las referencias literarias son constantes en la novela, sobre todo cuando aparece en el pueblo Emilio Renzi, periodista de la capital que debe cubrir la información del crimen, y su investigación parece que le es cedida desde la imposibilidad de Croce.


Piglia ha decidido situar la acción de su novela en 1972, en un campo aparentemente monótono, pero lleno de pulsiones ocultas, salvajes, donde todo el mundo espera una inminente vuelta de Perón desde el exilio. En este entorno rural, con luchas por las tierras, e interesado por los caballos y los gauchos, las referencias de Piglia a lo literario son constantes; en la novela se dan cita Stendhal, Sartre, Jung, Melville, Hemingway…, y como ya descubriera en su análisis de Chandler, el uso de un género aparentemente de la baja cultura no es más que una excusa para analizar el terreno más pantanoso de una sociedad desde el punto de vista de la alta cultura.

Sé que Renzi aparece en otras novelas de Piglia, no recuerdo si lo hace en Respiración artificial, al menos es el protagonista de La ciudad ausente, que hoy empezaré a leer; separado, periodista, cínico, con una novela inacabada en un cajón, decide forzar la situación para quedarse más tiempo en el pueblo del que le pide su periódico para intentar aclarar el crimen: es el prototipo de Marlowe a la argentina.

La estructura del libro es notable: si bien el comienzo remitía a la elegancia descriptiva de Fitzgerald, la narración se complica –a lo Faulkner, podríamos decir-, ya que la mayoría de la información que nos llega de la vida y muerte de Tony Durán nos es mostrada a través de una conversación entre Croce, Saldías y otras personas en un bar del pueblo.
Con la aparición de Renzi cambia el foco de la novela, y también se transforma la estructura: ahora la narración, en tercera persona siempre, se acerca más al punto de vista de este personaje. Y se irán intercalando fragmentos de una conversación posterior de Renzi con una de las hermanas Belladona al convertirse en amantes (de nuevo la sombra de las novelas de Chandler).

Me ha resultado curioso el peso de las ideas de El último lector sobre Blanco nocturno. El conflicto que lleva a la muerte de Durán guarda relación con la fábrica que los dos hermanos varones de las Belladona, Lucío y Luca, crearon en el pueblo. La fábrica está en ruinas y es posible que sea embargada (en esto recuerda a El astillero de Onetti). Lucío está muerto y Luca vive encerrado en el edificio de la fábrica que contuvo sus sueños. Allí lee un libro de Jung, como Piglia dice que leía Robinson la Biblia en su isla: como si las palabras del libro le estuvieran dirigidas en exclusiva y marcasen su vida. Me ha llamado la atención la influencia del libro de Philip K. Dick El hombre en el castillo en este pasaje.

La novela sigue las reglas del género negro y también lo cuestiona: “Renzi había leído tantas novelas policiales que conocía muy bien el mecanismo. El investigador siempre tiene a alguien con quien discutir sus teorías” (pág. 184). Al desaparecer Saldías esta figura pasa a ser Renzi para Croce.

Cuando más nos acercamos a la solución de la trama, ésta parece hacerse cada vez más oscura. Pág. 283: “Cuando más cerca estás del centro más te enredas en una telaraña que no tiene fin”.
Pág. 284: “Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto”.

No dije en la entrada anterior algo que apuntó Piglia sobre esta novela cuando le escuché en la Casa de América: el personaje de Luca se basa en la historia de un primo suyo de Adrogué.

Blanco nocturno es una novela muy conseguida; posiblemente Piglia sea el escritor argentino vivo de más peso, es decir, uno de los escritores de más peso de nuestra lengua en la actualidad.

martes, 14 de septiembre de 2010

Ricardo Piglia en la Casa de América de Madrid


El pasado jueves, 9 de septiembre, acudí con mi novia a la Casa de América de Madrid. Nunca había entrado por la fachada que da directamente a Cibeles; siguiendo las instrucciones de los bedeles, subí la escalinata del palacio y tomé asiento en una sala con unas 80 sillas.
El crítico Ignacio Echevarría, referente en literatura hispanoamericana, mantendría allí una charla con Ricardo Piglia, con motivo de la reciente publicación en la editorial Anagrama de su última novela, Blanco nocturno, tras más de una década sin escribir ficción.

Desde el año pasado, cuando en verano viajé a Argentina, tenía intención de leer seguidos algunos de los libros de Piglia -que pensé traerme a España desde allá, ya que en Buenos Aires salían a un tercio, aproximadamente, del precio de aquí; pero no lo hice, porque al fin y al cabo, pensé, casi todos los libros de Piglia los tenían en la biblioteca de Móstoles, que entonces quedaba a 200 metros de mi casa-.
Hace más de una década había leído Respiración artificial y Prisión perpetua. El año pasado releí el último.
Hace una semana, cuando descubrí en la página web de Anagrama la cita literaria, saqué de la biblioteca de Móstoles dos libros de Piglia, y compré Blanco nocturno. La mañana del jueves había acabado El último lector, y llevaba conmigo Prisión perpetua y Blanco nocturno con la idea de que me los firmara el autor.


La charla comenzaba a las 19.30 y empezó con unos diez minutos de retraso.
Me sorprendió el aspecto activo y jovial de Piglia, parecía irreal la nota de la solapa de los libros, que afirma que nació en 1940. El aspecto de Ignacio Echevarría era muy parecido al que otorga Roberto Bolaño al personaje de Iñaki Echavarne en Los detectives salvajes.

Echevarría preguntó a Piglia por su silencio de casi una década sin ficción y un lustro desde la publicación del ensayo de El último lector. Piglia habló de los cambios en su vida, de su traslado a Princeton como profesor, de su necesidad de ganarse el sustento con actividades ajenas a la literatura, y de su vida en EE.UU., descubriendo, por ejemplo, Nueva York. También de la lentitud de su forma de escribir. Dijo que escribe un primer borrador de una novela y que lo deja reposar al menos un año, y después de este tiempo lo retoma, para ver qué puede hacer con él, y este proceso puede ocurrir varias veces hasta que considera al libro acabado.
A pesar de su lento trabajo -aunque en su caso lo toma como necesario-, no se refirió a esta cualidad como imprescindible para la calidad de un libro; y citó algunos ejemplos de libros escritos deprisa y de gran calidad. Dijo que tomando copas con Juan José Saer, hablando de este tema, Piglia le retó a escribir una novela como afirmaba éste que lo había hecho en su juventud, en 40 días. Saer se tomó en serio el desafío, como un ciclista que se encierra para batir el record de las 24 horas –en palabras de Piglia-, y consiguió escribir La ocasión en 42 días (libro que me espera en el estante de inleídos de mi biblioteca).



Para conversar sobre Blanco nocturno, Echevarría sacó a colación la 3ª parte de El último lector, y la teorización del género negro llevada a cabo por Piglia.
(Ya llevo leída la mitad de Blanco nocturno, y compruebo que la construcción de esta novela obedece a una atractiva mezcla de la creación del género con Dupin y Poe, y su posterior evolución en Norteamérica con Chandler y Marlowe).

Piglia habló del campo, de Adrogué, su lugar de nacimiento, donde sitúa la acción de la novela en 1972, cuando aún se especulaba con el posible regreso de Perón al país, y divagó sobre las cintas que éste mandaba desde Europa a la Argentina y cómo se grababan y circulaban por el país. También habló de alguna leyenda urbana de la época, de vez en cuando alguien creía haber visto, surcando el cielo, a un avión negro en que venía Perón.

Echevarría preguntó a Piglia por su relación con Fogwill. Y Piglia: "Como diría el propio Fogwill, la muerte no hace mejor a las personas". Y pasó a apuntar que sentía mucho la muerte de Fogwill por lo que representaba de movimiento para la cultura argentina, pero no le gustaba su estrategia de polemista. Como la literatura por sí misma, apuntó, ha dejado de tener relevancia social, y vivimos en la cultura del escándalo; Fogwill, según él, promovía el escándalo para atraer a los medios. También habló de su enfrentamiento cuando él ganó el premio Planeta Argentina por su novela Plata quemada –“una novela escrita con un vocabulario que ahora ni yo mismo sé qué significa”, bromeó-, y al parecer generó bastantes críticas en su país, algunas de las más virulentas de parte de Fogwill.

Piglia habló de los enfrentamientos endémicos dentro de la literatura argentina, algunos que ahora pueden parecer absurdos, como el enfrentamiento entre narrativa de ciudad y de campo, o el de Florida y Boedo.
Él eligió situar Blanco nocturno en el campo porque eso le permitía hacer coincidir fácilmente a los personajes en un lugar, un bar, etc.

En algún momento de la charla, la sombra alargada de la figura de Borges planeó sobre la sala; y Piglia dijo, también, que le gustaba mucho la narrativa norteamericana.

Me quedé con esta frase: “Igual que antes Andy Warhol decía que todo el mundo se merecía sus 15 minutos de fama, ahora deberíamos decir que todo el mundo se merece sus 15 minutos de privacidad”.

Y tras intercambiar unas pocas palabras, donde le mostré a Piglia mi interés por la literatura argentina, me firmó mis dos libros.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El último lector, por Ricardo Piglia


Editorial Anagrama. 190 páginas, primera edición de 2005.

Igual que Enrique Vila-Matas se propuso en Bartleby y compañía, la búsqueda literaria de autores que habían dejado de escribir, Ricardo Piglia acomete en el ensayo El último lector la búsqueda de la figura del lector en la literatura.

“Lo que podemos imaginar existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en el sueño”, apunta Piglia en la temprana página 17, en una suerte de prólogo ficcional donde visita la casa de un hombre de Buenos Aires que ha construido una réplica de la ciudad en un cuarto de su casa, una forma de leer la ciudad.

“Rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles” (pág 22). Piglia nos avisa: cuando nos topamos con un personaje en un libro que está leyendo siempre será, como en el caso de El Quijote, por un motivo exagerado. “Buscamos, entonces, las figuraciones imaginarias del arte de leer en la ficción” (pág 24)

En esta búsqueda Piglia hará un recorrido personal e imaginativo por la figuras, en primer lugar, de Borges, Shakespeare y Kafka. Borges como creador del personaje que es él mismo, el lector aislado en una biblioteca; de Hamlet que entra en una habitación leyendo un libro, transtornado tras la muerte de su padre, y el libro representa su mundo de la alta cultura; ya que él ha salido de su entorno cortesano para acudir a la universidad, y al volver no puede reincorporarse a los códigos medievales del poder y las venganzas; y destacaría la intensidad en el acercamiento a Kafka, a partir del análisis de su relación con Felice Bauer, con la que emprende una intensa relación epistolar después de un único encuentro. Kafka no deseaba a una amante, sino a una lectora de sus textos, nos descubre Piglia. La figura de Kafka destaca en El último lector como ya lo hiciera en su novela Respiración artificial.

En el apartado del libro titulado Lectores imaginarios, Piglia hace un recorrido por el género negro, que nace con el Dupin de Poe en una librería de París, y cuyo modelo de detective identifica con la soledad del lector. Después habla de la evolución del género en EE.UU., buscando en el Marlone de Chandler rasgos del lector que era Dupin, hasta que consigue encontrarlos en episodios aislados, desplazados, de sus novelas.

En Ernesto Guevara, rastros de lectura, Piglia usa la figura del icono revolucionario del siglo XX para seguir indagando en lo que para él representa un lector. El Che, cansado, siempre en movimiento, no deja de lado sus libros y su cuaderno de anotaciones. En él, el deseo de experiencias del adolescente que lee parece hacerse real.
Resalto una frase de la página 105: “En un sentido más general Lionel Gossman se ha referido a la misma cuestión en Between History and Literature, cuando señala que la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de la ética personal”.

Pligia indaga en el lector de la Biblia que es Robison Crusoe en su isla, pensando que la lectura crea su destino, y lo relaciona, nada menos, que con Philip K. Dick y su El hombre en el castillo, la ficción como motor generador de la realidad.
“Robison es el modelo perfecto de lector aislado. Lee solo y lo que lee le está personalmente dirigido. La subjetividad plena se realiza en el aislamiento y la lectura es su metáfora. El lector ideal está fuera de la sociedad” (pág 156).
“Dos son los grandes mitos de lector en la novela moderna: el que lee en la isla desierta y el que sobrevive en una sociedad donde ya no hay libros.” (pág 160)

Sobre la subjetividad de la lectura Piglia se centra en estudiar el Ulises de Joyce. “Joyce llegó más lejos que nadie en ese viaje, inventó la figura del lector final, el que se pierde en los múltiples ríos del lenguaje.” (pág 188)

Pero antes aún hemos podido reflexionar sobre el tipo de lector que representa el Quijote o Anna Karenina o Madame Bovary.

Este libro de Piglia es literario como lo son los de Enrique Vila-Matas, y el discurso ensayístico fluye igual que el material de una novela, donde se pretende desentrañar los motivos ocultos de personajes, que tienen la particularidad de ser a su vez personajes de otras obras literarias o escritores.

Si Roberto Bolaño mitificó la figura del poeta que sigue persiguiendo a su arte a pesar de todos los reveses, Ricardo Piglia ha conseguido mitificar la figura del lector impenitente, aislado, generador de su propio mundo autorreferente.

El último lector es un libro que cada lector debería leer en la isla desierta de su sofá, como una forma de complicidad, como una nueva luz con la que acercarse a una obra literaria, y reconfortarse entre tantas palabras lúcidas, inteligentes. Una delicia.

martes, 7 de septiembre de 2010

Nadie encendía las lámparas, por Felisberto Hernández

Editorial Cátedra. 193 páginas. Primera edición de 1947, esta edición de1993.


César Aira decía en una entrevista que le había dejado de interesar Julio Cortázar, que lo sentía como el escritor que hace iniciarse en la literatura a muchos jóvenes, pero que le costaba tomárselo en serio de adulto. En la misma entrevista afirmaba que una de las peores cosas que hizo Cortázar en su vida fue el prólogo a los Cuentos Completos de Felisberto Hernández; en él, según Aira, Córtazar se muestra condescendiente y paternalista con Felisberto y viene a decir que lo mejor que hizo fue anunciarlo a él; concluye Aira: “cuando en verdad Felisberto es un escritor genial al que Cortázar no podría aspirar siquiera a lustrarle los zapatos”.

Ya sé que César Aira pretende ser un provocador, pero la frase anterior me hizo interesarme por la obra del uruguayo Felisberto Hernández. Además, en los últimos dos años he visto en las novedades de las librerías alguna antología que rescataba sus cuentos.
El escritor argentino Patricio Pron también le reivindica como influencia en la composición de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan.

En la biblioteca de Retiro tenían al menos tres colecciones de relatos de Felisberto, algunas englobaban a otras. Me decidí por Nadie encendía las lámparas por confiar en las completas ediciones de Cátedra, y porque en su contraportada afirman que éste es su conjunto de cuentos más logrado.

El asombro ha dominado mi lectura de este libro. A mí de joven, como afirma Aira, también me entusiasmaron hace años los cuentos de Cortázar, a los que consideraba superiores a Rayuela. Me gustaba el juego propuesto en esos cuentos, los veía muy originales. Ahora sé que casi todo lo que percibía como original en Cortázar lo había escrito ya, unas décadas antes, Felisberto.

Hace unos días afirmaba que los cuentos de Marcelo Lillo me habían parecido bastante buenos, pero que su literatura era muy deudora de un modelo externo. Los cuentos de Felisberto son también muy buenos y además son muy originales. Sorprende incluso que este libro se publicara por primera vez en 1947. Si se publicase ahora como una novedad, los críticos destacarían el trabajo del idioma y le encontrarían una filiación con Cortázar. Pero es al revés: Cortázar tomó a Felisberto como modelo.

Nadie encendía las lámparas podría englobarse en el género fantástico, aunque sólo dos de de los cuentos, El acomodador y Muebles El Canario, contiene en realidad elementos sobrenaturales constatables. En el primero, tercero de un conjunto de diez, un pobre acomodador de cine percibe como sus ojos empiezan a poder iluminar la oscuridad, y él se fascinará por la contemplación de objetos en una casa ajena. El otro sería el penúltimo, donde al protagonista se le inocula un líquido en un autobús que le hace escuchar en su interior anuncios publicitarios. Este cuento puede ser fantástico como puede ser surrealista.



Felisberto Hernández se ganó la vida, durante bastante tiempo, como músico. Tocaba el piano en cafés y fue músico de repertorio en locales de Uruguay y la provincia de Buenos Aires. En muchos de sus cuentos utiliza a la figura del músico pobre o itinerante como protagonista. Pero más que esta utilización de su oficio, es importante en la composición de sus piezas lo corpórea que se hace la experiencia de la música, así como los ruidos y los silencios; el sonido o su ausencia formar gran parte del cuerpo metafórico usado. Tomemos unos ejemplos:
“El silencio parecía un animal pesado que hubiera levantado una pata. Después del primer acorde salieron sonidos que empezaron a oscilar como la luz de las velas” (pág 91)
“Al silencio le gustaba escuchar la música” (pág 81)
“Si yo me hubiese escondido detrás de ella y soltado un grito, éste enseguida se hubiese apagado en el musgo” (pág 81).

Quizás los cuentos más logrados de Felisberto, lo que le hace ser absolutamente moderno y rompedor para el momento en el que está escribiendo, es una particular forma de acercarse al relato fantástico: sin usar ninguno de los elementos convencionales al género hasta entonces. Lo fantástico proviene de la mirada de los protagonistas, de sus extrañas fijaciones por objetos, recuerdos, sonidos…

Menos Julia, puede que sea mi cuento favorito de este libro. En él, un hombre solitario (casi siempre el protagonista de estos cuentos es un hombre solitario), se encuentra a un amigo de la infancia como dueño de una tienda, quien le invita a visitar su quinta. Allí el amigo le desvela un secreto: está fascinado con un túnel que se haya en los confines de su jardín; dentro, se dedica en las noches a palpar en la oscuridad objetos que le deja para ello su mayordomo, y cuatro chicas, que son sus ayudantes en la tienda, se cubren la cara con un velo y él se la palpa. El amigo no puede prescindir de ese acercamiento extraño a los objetos, que en este relato, como en el resto, parecen tener una vida propia, equivalente a la de las personas. Así, en el relato El balcón, una joven podrá llegar a enamorarse de un objeto.

Felisberto ensaya más variables del cuento neofantástico: las conversaciones surrealistas entre los personajes, por ejemplo, en el cuento que da título al volumen. El mundo de los sueños, en el cuento La mujer parecida a mí, donde un hombre sueña que es un caballo y se recrea su vida como caballo. El mundo de los recuerdos distorsionados, como en El corazón verde.

Me gustaría hacer una relectura de los Cuentos Completos de Cortázar. Hace dos años releí alguno después de más de una década, y me volvieron a gustar bastante. No creo que el descubrimiento de Felisberto acabe con el recuerdo agradable de los cuentos de Cortázar; pero sí me pregunto, incrédulo, por qué casi nadie conoce a Felisberto Hernández, por qué, como he indagado, casi no aparece en los programas de literatura Hispanoamérica de la carrera de Filología Hispánica, si, como afirma Carlos Fuentes, Felisberto Hernández es uno de los grandes renovadores de la literatura en español del siglo XX.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El fumador y otros relatos, por Marcelo Lillo


Editorial Caballo de Troya. 140 páginas. Primera edición de 2008.

Hojeé este conjunto de relatos hace ya más de un año en la Casa del Libro de Gran Vía, y me interesé de nuevo por él cuando a comienzos de verano volví a ver el nombre de Marcelo Lillo en la mesa de novedades de la Casa del Libro, esta vez en la editorial Mondadori (la hermana mayor de Caballo de Troya). El nuevo libro era Cazadores, una recopilación de relatos de El fumador y de otro libro, no editado en España.

Sentí curiosidad. En casa busqué a Lillo en Internet y me encontré con una historia tal vez inquietante, quizás falsa, cuando menos interesante. Marcelo Lillo es profesor en un colegio privado de Valparaíso, le va bien, escribe, no le publican. Hasta aquí la historia de tantos aficionados a la escritura. En algún momento, sobrepasados los 40 años, Lillo decide quemar todo lo escrito hasta entonces, dejar el trabajo, vender la casa y los bienes e irse, junto con su mujer, a vivir a un pequeño pueblo del sur de Chile. Su idea es tan delirante como imperativa: o consigue publicar en el plazo de 4 años o se pega un tiro, por lo que duerme con una pistola bajo la almohada. Cuando se va a cumplir el plazo gana algún concurso de relatos, le publican en España este libro de El fumador, y en 2009 le declaran libro del año en Chile. Una historia contundente, eficaz, que parece diseñada por un creador de marketing argentino.

Así que no me quedó más remedio que leer el primer cuento de El fumador o de Cazadores (el mismo) en la zona de lectura del Fnac de Callao. Me gustó. Pensé en leer a Lillo después de Cervantes.
Saqué El fumador y otros relatos de la biblioteca de Retiro. Así que con Lillo estreno biblioteca pública.

Los relatos: Si hace unos meses dije que Jon Bilbao era un gran escritor español de relatos norteamericanos, se puede decir igualmente que Marcelo Lillo es un gran escritor chileno de cuentos norteamericanos. Si en el caso de Bilbao las influencias podían ser Carver o Cheever, en el caso de Lillo la filiación con Carver se hace más que evidente.

Los tres primeros cuentos del libro, Hielo, El fumador y La felicidad, parecen variaciones del mismo tema. En ellos una pareja con serios problemas económicos (ausencia de trabajo) y más o menos problemas sentimentales se enfrenta a diferentes situaciones. Ya Hielo marca el tono del libro: en primera persona el narrador nos habla de la muerte de su madre y cómo su mujer y él lo afrontan en medio de una gran penuria económica. El estilo es sobrio, incluso frío: “Murió pasadas las cuatro. Con mi mujer lloramos en silencio y después le acercamos un espejo a la boca. Sonó el teléfono, pero no contestamos.” (pág 11).
Debemos estar atentos, en todo caso, a cada línea porque el narrador no nos espera, y en cualquier pequeño detalle podemos perder la clave del cuento. Los detalles suelen estar muy trabajados, de forma que consiguen sugerir mucho.
“¿Por qué nadie sabe nada?” (pág 17-18), dije hacia el final la mujer del narrador. Aquí Lillo, como ha aprendido en Carver, busca el momento epifánico que sacude a la gente sencilla.
En El fumador, el autor juega -añadiendo, además, otro tema al de la penuria económica y los problemas de pareja- con la idea del escritor como romántico fracasado.
Me gustaría destacar de los tres, aunque son todos ellos grandes relatos, La felicidad. Lo leí sentado en la barra de un bar tomando un café y el golpe del cuento fue importante, soberbio en su captación de la soledad y la tristeza.

A partir del cuarto cuento las relaciones familiares se amplían, y en No era mi tipo un hombre evoca un episodio trágico de su adolescencia, “Cualquier vida cambia con un suceso como ése” (pág 60); para acabar de adulto, periodista, intentando ser escritor, y concluir que es feliz de vez en cuando, como todo el mundo (pág 66).

La ambientación de estas narraciones suele ser deprimente, oscura, llegando a repetir expresiones de este tipo: “Era un día nublado, frío y triste.” (pág 69, cuento La cita), “Era una ciudad fría, triste y lluviosa” (pág 77, cuento 40 caballos)

La cita es el cuento que menos me ha gustado, no he conseguido entrar en las claves de los personajes, un hombre de mediana edad y una señora mayor, que tal vez sea su madre.

40 caballos me ha parecido el mejor del conjunto, por su composición equilibrada y acertada en torno a un tema muy clásico. Un hombre evoca su adolescencia en un pequeño pueblo chileno, y en él la fascinación por el boxeo (usado aquí, como tantas otras veces, como metáfora del fracaso de la vida, del fracaso que conlleva cualquier triunfo), lo que le conducirá al despertar sexual y la aceptación de todas las perdidas.
En muchos de los cuentos, y en éste de 40 caballo sobre todo, uno puede olvidarse de que tanto el narrador como el escritor son chilenos, y el cuento transcurre en este país y, al dejarse llevar por su cultura literaria, pensar que está en el sur o el medio oeste norteamericano. Esto no es un reproche a los cuentos de Lillo, que me han parecido la mayoría muy buenos, sólo una constatación de hechos.

En Vida de un cachorro, Lillo usa una variable narrativa: el cuento no se limita al punto de vista de una persona, sino que usa el perspectivismo de varias, lo que, a mi entender, le hace perder algo de fuerza.

Lillo no escatima en buscar las situaciones más sórdidas y dramáticas; en Diente de león un hijo acude a la puerta de la cárcel a recibir a su padre, ingresado allí 6 años antes por violar a un niño.

En el último cuento, titulado precisamente El último cuento, el autor parece advertirse a sí mismo del fracaso que entraña el posible éxito literario, ingresando él en el ramo de perdedores tristes que ha constituido su conjunto de personajes.

Un libro de relatos muy dependiente de un modelo externo, trabajado con mucha precisión y esfuerzo, que consigue alcanzar altas cotas de verdad literaria.

lunes, 30 de agosto de 2010

Don Quijote de La Mancha, por Miguel de Cervantes


Editorial Alfaguara.1.349 páginas. Primera edición de 1604 y 1615. Edición actual 2004.

No recuerdo ninguna otra ocasión (si exceptuamos El señor de los anillos a los 12 años) en la que la lectura de un libro me haya llevado casi un mes y medio, como esta vez con El Quijote. También tengo que tener en cuenta que durante un tercio de ese tiempo estuve de vacaciones fuera de casa, y entre playa, paseos y excursiones sacar tiempo para la lectura era más difícil.

El mes y medio empleado, sin embargo, ha merecido la pena.
En realidad esta lectura de El Quijote ha sido una relectura. Ya lo había leído en el verano de 1995. Tras 15 años no es fácil acordarse de la mayoría de los sucesos leídos en un libro. Lo que más suelo recordar de esas lecturas pretéritas es la impresión que dejaron en mí.
En el verano del 95, a los 21 años, yo cambiaba de carrera universitaria, dejaba la facultad de CC. Físicas por la de CC. Empresariales, aunque en realidad lo único que realmente me importaba era ser escritor. Acometí la lectura del Quijote con energía, con un deseo de redención sobre una realidad que no me satisfacía, pero la angustia de aquel verano de cambio acabó por emponzoñar la lectura. Más de una vez lo he pensado: la percepción que adquirimos sobre una obra de arte tiene que ver con la formación de nuestros gustos igual que tiene que ver con la alteración de nuestra mente por motivo externos.
Las lecturas realizadas en un periodo depresivo pueden ser terapéuticas lo mismo que puede ocurrir que no consigamos penetrar en la historia propuesta. Esto último me pasó con el Quijote aquel verano. Y, después de los años, sabía que le debía una relectura. (Algo similar me ocurrió con los cuentos de Cheever, a quien también debo una relectura).

Hace 15 años leí el Quijote en una edición de bolsillo, sin casi introducción ni ninguna nota aclaratoria del texto en sus páginas. Para la relectura busqué en librerías de segunda mano, hasta encontrarlo en la de Pérez Galdos, la edición conmemorativa del cuarto centenario que sacó Alfaguara, ayudada por distintas asociaciones.
Esta edición consta de 100 páginas introductorias a cargo de Mario Vargas Llosa, Francisco Ayala, Martín de Riquer y Francisco Rico; y unas 50 finales a cargo de diversos hispanistas que analizan el lenguaje del Quijote.
A su vez la edición conmemorativa posee un diccionario final, que no he usado, y un gran número de notas a pie de página, que me han resultado muy útiles, y que me han hecho pensar en el esfuerzo baldío que fue leer el Quijote sin notas hace 15 años, pues el lenguaje ha sufrido mutaciones y frases que para un lector actual expresan una negación en la época significaban lo contrario, por ejemplo. O, al explicar las referencias del contexto, se puede captar mejor la intención irónica de Cervantes.

No voy a realizar un resumen del libro, no tendría sentido en el caso de una obra tan conocida como ésta. Haré, sin embargo, un recorrido personal de mi relación con la obra:
Creo que mi primer contacto con los personajes fue algún comentario de padres o abuelos en la infancia con referencias a ellos y, sin duda, la serie de dibujos animados que seguimos casi todos los niños de los años 80 en España.

En el colegio, pronto más de un profesor contó anécdotas de la novela.
Recuerdo sobre todo a Eloisa Bravo, mi profesora de Lengua durante tres cursos, de 6º a 8º de EGB, hablando con entusiasmo de este libro; así como de la literatura en general, un entusiasmo primordial para el lector en formación que yo era. Recuerdo una clase de lengua por la tarde, divididos los alumnos en grupos, uno debía leer en voz alta y luego se comentaba el capítulo. Una chica leía sin entonar y yo no entendía nada. Eloisa se sentó con nuestro grupo, leyó ella el capítulo XXV de la segunda parte, “Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titiritero, con las memorables adivinanzas del mono adivino”, y ya fue otra cosa.
Recuerdo a un compañero de promoción, del colegio de EGB, de otra clase, al que apodábamos Donqui, no por su capacidad de ensoñación para sobrepasar los límites de la realidad, sino por su discurso inacabable y pesado. Dos adjetivos, estos últimos, con los que percibían al Quijote la mayoría de alumnos de un colegio público de Móstoles en los años 80.
Ya en el instituto, en 2º de BUP, el profesor Eduardo Gómez Churriaque, nos hizo leer los 5 primeros capítulos de la 1º parte para un examen. Aquella lectura me agradó, me pareció que el lenguaje del libro, pese a lo temido y a su leyenda negra, era bastante accesible y entretenido. Pero aún no estaba yo en disposición de acometer su lectura completa, tenía mucho que leer entonces de ciencia-ficción o terror.
Recuerdo al profesor Eduardo leyendo en voz alta el capítulo XX de la 1º parte, la llamada Aventura de los Batanes, y no poder continuar por ser víctima de un ataque de risa al acometer la lectura de la página en la que Sancho no quiere separarse de Don Quijote por el miedo que siente ante el ruido desconocido, “Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas o que fuese cosa natural –que es lo que más se debe creer-, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él”. Y tuvimos que leer el resto del capítulo en el libro de texto, cada uno en silencio.

Quizás sea un error educativo pretender hacer leer capítulos del Quijote a niños de 12 años, que no están preparados para el lenguaje ni para el contexto, o puede que sea un acierto familiarizarlos con el libro. Sé que la percepción actual del Quijote no ha cambiado entre los preadolescentes respecto a los de hace 25 años: que el libro es un tostón insufrible. Y este pesar y sufrimiento queda en su conciencia colectiva, en la mayoría de los casos, de un modo indeleble. Sin ir más lejos me ocurrió hace unas semanas en la recepción del hotel donde estaba alojado en Tenerife: estaba leyendo en un sofá, y había dejado sobre una mesita el libro para hablar con mi novia; en esto, entró una pareja de inquilinos del hotel, de unos veintipocos años, y el chico –tatuajes, piercings, crestita- miró el libro sobre la mesita y vi cómo su cara se transformaba en una mueca de incredulidad, tuvo que volver a leer el título porque no daba crédito. Imagino que al entrar en el ascensor le comentaría a su novia la dimensión de mi locura veraniega. A mi me costó reprimir un ataque de risa, qué pánico ante lo desconocido en su rostro.

Me han resultado de gran interés los textos auxiliares a la lectura. Conocía algo de la biografía de Cervantes, pero no toda. Sabía de su participación en la Batalla de Lepanto a los 24 años, pero no que ese día se encontraba enfermo y fue eximido de combatir, y él se empeñó en hacerlo para no pasar por cobarde. Sabía que durante su cautiverio en Argel, por 5 años, se intentó fugar varias veces, pero no que cuando ese intento de fuga era descubierto él se autoinculpaba para recibir las mayores represiones y liberar de ellas a sus compañeros. No sabía de esa dimensión heroica de Cervantes, quien a su vuelta a España solicita por dos veces irse de funcionario a América y las dos veces es rechazado, malviviendo de la Administración pública mucho tiempo, acusado de malversar fondos y acabando en la cárcel. Quien escribe el Quijote, ya a sus 50 años, es alguien desencantado con su país. Alguien a quien nadie agradeció su pasado heroico, y que decide sacarlo a pasear como caballero andante por las tierras de la Mancha.

Me ha gustado la reflexión de Ayala: un lector contemporáneo al Quijote conocía el contexto pero no a los personajes, y al contrario le ocurre al lector actual.

Me gusta por supuesto la capacidad inquebrantable de soñar del Quijote, quien nunca deja, parafraseando el dicho del periodismo, que la realidad le estropee una buena historia. Quien siempre encontrará explicación a su percepción distorsionada de la realidad. Me gusta la vitalidad de Sancho, y de todos los personajes que aparecen en el libro. Aunque también percibo como un decaimiento narrativo las historias secundarias que Cervantes introduce hacia el final de la primera parte, y a cuyos personajes hace aparecer en la venta, donde entran damas a cada cual más bella. Esto da a la novela una dimensión teatral y folletinesca.

Había olvidado por completo al narrador árabe Cide Hamete Benengeli. Me he quedado asombrado, por la gracia del recurso, cuando en la página 83 el texto se interrumpe y en el siguiente capítulo, otro narrador, nos indica que en Alcaná de Toledo halla unos manuscritos en árabe que continúan con la historia del Quijote y se los encarga traducir a un morisco.

Como tantos otros lectores, he pensado que la segunda parte es mejor, aunque también más melancólica. Como apuntaba Antonio Muñoz Molina, en el Babelia de hace una semana, quizás Cervantes estuviera ya, en esta segunda parte, escrita una década después de la anterior, más hastiado de la capacidad española para el escarnio, la barbarie y el reparto de palos.
Me he reído con este libro y también me he apenado al percibir como propia esa terrible distancia entre la realidad de Don Quijote y sus sueños. Me he reído, o sonreído, bastante más en esta relectura que en su primera lectura.
Voy a transcribir aquí el párrafo que más gracioso me ha parecido, uno de tantos en los que se contrastan los ideales de Don Quijote con la llaneza y vitalidad de Sancho. Es del episodio XVII de la segunda parte y en él se habla de Don Quijote obligando a un carretero a abrir su jaula de leones para enfrentarse a ellos. Así vive Sancho la escena (pág 674):
“Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura y llamaba menguada la hora en que vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro”.

De todos los dichos y refranes de Sancho me quedo con éste: “Cuando te diesen la vaquilla, acude con la soguilla”.

Me ha sorprendido también que la famosa frase: “Con la Iglesia hemos topado”, en el texto real sea “Con la Iglesia hemos dado”, sin ninguna de las connotaciones que ha cobrado posteriormente.

Me he quedado con ganas de leer las Novelas ejemplares de Cervantes, e incluso el Quijote apócrifo de Avellaneda.

Ésta ha sido una lectura primordial, de múltiples facetas, siempre viva. Una inyección de optimismo para un aspirante a escritor. Una lectura a la que imagino que acabaré volviendo.

domingo, 1 de agosto de 2010

Lecturas de verano y Tablero de ajedrez sin figuras

(foto tomada de internet)


Suelo aprovechar el verano para realizar alguna lectura extensa: en el pasado fue el Ulises de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann, Guerra y Paz de Liev Tolstoi… y este año lo estoy dedicando a una relectura: el Quijote de Cervantes, que leí, durante otro verano, hace ya 15 años.
Quizás esta tarde acabe la primera parte. Así que aún falta para una nueva reseña en el blog.
Hoy, domingo, aproveché también para introducir en este espacio una pequeña modificación, que ya llevaba tiempo barruntando: la de incrementar el detalle de las etiquetas, añadiendo el género de la lectura y el país del autor.
Como siempre lo que más he leído desde el último año (hace una semana cumplí un año de blog) han sido novelas, 34; pero me ha sorprendido el número de libros de relatos que han captado mi interés, 19 (respecto al dato del blog, he restado el único relato de El contorno del ojo de Bolaño, que no constituía un libro de relatos).
Otro dato que ya sabía: desde mi viaje a Argentina del verano pasado mi interés por la literatura de este país, que siempre fue grande, ha aumentado, y he leído 20 libros provenientes de allá; frente a 8, por ejemplo, de España.

En unos días me voy de vacaciones a Canarias, a la isla de Tenerife.
Ya estuve allí hace ahora 11 años, como viaje de fin de curso de la universidad. Recuerdo que la isla me gustó bastante, y espero que la grata impresión vuelva a repetirse. Me llevaré el Quijote para leer en la playa.
Por aquellos días del viaje universitario a Tenerife, cuando iba a cumplir 25 años, escribía un libro de poemas, que cuando hablo de mis libros escritos suelo descartar. Supongo que todos los que escribimos tenemos algún libro del que nos avergonzamos; en mi caso es este, llamado Tablero de ajedrez sin figuras, que es un largo lamento por un amor no correspondido, repleto de quejidos, desgarros y otras cursiladas románticas… El libro se divide en tres partes, y la central, formada por tres poemas, está inspirada en aquel viaje a Tenerife. La acabo de releer, y por broma voy a colgar uno de esos poemas, que no contiene demasiados elementos vergonzantes:



DUERMEVELA

Duermevela de las seis de la tarde,
vértigo de imágenes que pasan
deprisa en la semioscuridad
de la habitación solitaria de hotel,
aire helado del Teide cortante
bajo el acuario de penumbra, pequeños
caparazones negros nadando en la ensaladera
metálica como heridas, silencio
del alcohol, pasos afelpados tropiezan
por el pasillo y risas noctámbulas
tras la puerta me desgarran,
me despiertan a su fiebre, su delirio
manchando las paredes hundidas como deseos.