domingo, 21 de abril de 2019

Amores de segunda mano, por Enrique Serna


Amores de segunda mano, de Enrique Serna.

Editorial Seix Barral. 221 páginas. Primera edición de 1991, esta de 2016.

En el verano de 2017 estuve de vacaciones en México. Una de las actividades que más me gustó fue visitar sus librerías. Me acabé trayendo a Madrid quince libros, de los que leí cuatro poco después de volver del viaje. Y ya. No había vuelto a acercarme a ellos, aunque ocupan una «sección mexicana» especial en mis estanterías de libros por leer. Ya he comentado muchas veces que la acumulación de libros es un tema que se me va siempre de las manos, que no consigo controlar. En las vacaciones de verano de 2018, después de acabar La Regenta de Clarín, decidí acercarme a la sección mexicana de mis libros sin leer y tomé de ella el libro de relatos Amores de segunda mano de Enrique Serna (Ciudad de México, 1959). Este libro me lo regaló mi amigo mexicano Federico Guzmán. Cuando entrábamos en las librerías, mi amigo siempre preguntaba por él, pensando que era uno de los libros que debería llevarme a Madrid. Ahora que lo he acabado se lo agradezco mucho, porque es un libro muy bueno.

Amores de segunda mano está formado por once relatos. El primero se titula El alimento del artista. Es una narración oral: una mujer madura le está hablando a un desconocido sobre su pasado como bailarina de espectáculos sexuales. El estilo es rico en mexicanismos y en ocurrencias verbales. El tono es realmente divertido. Una pareja no puede excitarse a no ser que tenga un público que les aplauda. El nudo dramático no deja de ser peculiar. Después de este primer cuento, Serna ya me ha ganado para su causa del relato humorístico y tierno.

El desvalido Roger es el segundo cuento. Está escrito en tercera persona y la voz narrativa nos habla de Eleanore Wharton, una solitaria mujer madura norteamericana que encontrará una razón de ser para su existencia cuando en la televisión vea unas escenas del terremoto de México (he supuesto que se refería al terremoto de 1986). En ellas ve a un niño llorando desconsoladamente. En sus vacaciones, Eleanore viajará a México para buscar a ese niño, al que ha decidido llamar Roger, con la idea de adoptarlo y darle una vida mejor. Los choques culturales (empezando por no saber situar a México en el mapa) que va a sufrir la ingenua norteamericana son muy divertidos. Al llegar a Ciudad de México, Eleanore toma un taxi y al mirar por la ventanilla piensa: «La ciudad era mucho más imponente de lo que suponía. Más imponente y más fea. Vio tantos perros callejeros que se preguntó si no serían sagrados, como las vacas en la India» (pág. 23). Creo que en este relato queda bien reflejado, de un modo irónico, la mirada de superioridad (e ignorancia) de muchos norteamericanos sobre el mundo latinoamericano. El remate final del cuento es de un humor muy negro, muy helador.

La extremaunción me ha gustado menos que los dos cuentos anteriores. Aquí conocemos a un sacerdote en el día en que va a vengarse de una mujer que le acosó en su juventud y le impidió mantener una relación con su hija. El final es tan grotesco que me ha parecido menos conseguido que los otros, de puro exagerado.

Hombre con minotauro en el pecho es una joya de cuento. Está narrado por un niño al que Picasso tatuó (para escarmiento de su padre) un minotauro en el pecho, y que se acaba convirtiendo en un valioso soporte para una obra de arte, anulándose como persona. El juego irónico con el valor del arte y su mercantilización está mostrado aquí de un modo muy ingenioso, y el lector acabará sintiendo angustia –a la vez que simpatía– por las andanzas de este pobre hombre, portador de una valiosa obra de arte.

La última visita queda un tanto desdibujado tras Hombre con minotauro en el pecho. Refleja la conversación surrealista entre una madre y sus dos hijos sobre la decadencia de las visitas en la casa, visitas que eran entendidas como una necesidad vital. Al hablar de chismorreos y reflejar sólo los diálogos, sin ninguna anotación más, me ha hecho pensar en la posible influencia de la obra de Manuel Puig. La idea de la familia que necesita espectadores para que sus historias cobren más cuerpo me ha recordado al drama del primer cuento, El alimento del artista, sobre esa pareja que necesitaba un público para poder hacer el amor.

Eufemia, al igual que La extremaunción, trata sobre el tema de la venganza amorosa, pero creo que en esta ocasión el resultado es mejor. Eufemia es un personaje tan trágico que hace pensar en la protagonista de una ranchera mexicana. Eufemia empieza siendo una criada y acabará siendo una de esas personas que escriben cartas en las plazas a personas que no saben escribir (esta profesión sigue existiendo en México, yo vi a los escribas en una plaza en 2017). Este cuento trata con ironía el tema del clasismo social y de las criadas engañadas.

Borges y el ultraísmo, uno de los cuentos más largos del conjunto, me ha parecido también de los más destacados. Trata de las rencillas en un departamento de literatura latinoamericana de una universidad de Estados Unidos. Serna parodia aquí las «novelas de campus» norteamericanas, pero centrándose en temas latinos y burlándose de algunos tópicos. El cambio de perspectiva final me ha parecido realmente muy ingenioso. Un gran cuento.

Amor propio, sobre un travesti que puede encontrarse con la musa a la que imita en sus espectáculos, me ha parecido de un planteamiento más enrevesado que otros y lo he disfrutado menos.

El coleccionista de culpas, sobre un joven que le roba la novia a otro y la acumulación de culpas en su vida es un buen relato, no de los mejores pero lo suficientemente bueno. Como en otros relatos, se acaba hablando de la corrupción, en este caso de la adjudicación de obras públicas a empresas.

La noche ajena, sobre un chico que nace ciego y cuya familia se empeña en hacerle creer que no le falta ningún sentido, me ha parecido una ocurrencia ingeniosa, pero demasiado fuera de lo real para ser plenamente disfrutable. En este cuento, Serna se acerca a algunos de los planteamientos de Julio Cortázar, pero creo que funciona mejor cuando sus propuestas están más cercanas a la realidad, porque parece conocer bien el alma humana, sobre todo la mexicana, y cuando trata de hacer estos juegos más abstractos, su talento brilla menos que en otras ocasiones.

La gloria de la repetición, en la que la voz narrativa es la de un joven de clase media-alta que trata de perder su virginidad antes de cumplir veinte años, es un gran remate para el libro. Como apuntaba antes, el talento de Serna luce más aquí que en un cuento más artificioso, como ocurría con el anterior. De nuevo se nos habla de las mordidas y la corrupción y del choque de los ideales políticos de un joven con la hipocresía, el clasismo y el racismo que le rodea. También se trata el tema de la homosexualidad, otro problema para la sociedad hipócrita que está describiendo.

Como siempre me ha ocurrido con las recomendaciones de Federico Guzmán, Amores de segunda mano me ha parecido un gran libro; un libro escrito con mucho encanto y mucho ingenio verbal (en esto me ha recordado al también mexicano Jorge Ibargüengoitia). He mirado en Iberlibro para comprobar si los libros de Enrique Serna se han vendido en España y creo que sí, aunque en diferentes editoriales. Ahora mismo, me parece que su obra se ofrece íntegra en Seix Barral México. Hasta que Federico no me habló de este libro, no conocía de nada a este autor. Una vez más, me da pena lo mal que parece fluir en muchas ocasiones la producción literaria en español entre un lado y otro del Atlántico. No sé si Amores de segunda mano será fácil de encontrar en España, pero desde luego es un libro que merece la pena buscar.

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