domingo, 15 de noviembre de 2015

La huella del crimen, por Raúl Waleis

Editorial Adriana Hidalgo. 313 páginas. 1ª edición de 1877, ésta es de 2009.
Edición, notas y posfacio de Román Setton

En la Feria del Libro de 2013, me acerqué con mi amigo Federico Guzmán Rubio hasta la caseta de la editorial Adriana Hidalgo, allí hablamos con el editor Fabián Lebenglik y el representante de la editorial en España. Ese día acabé comprando los libros Trasfondo de Patricia Ratto –que comenté en el blog hace tiempo- y este titulado La huella del crimen del argentino Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Valera, Montevideo 1845 -  Buenos Aires, 1911). La faja roja de La huella del crimen me convenció para comprarlo: “La primera novela negra publicada en español”. Lo cierto es que yo no soy un gran aficionado a la novela negra, aunque sí que he leído a algunos de sus autores clásicos (Arthur Conan Doyle, G. K. Chesterton, Wilkie Collins, Dashiell Hammett o Raymond Chandler) y me gustaría volver con el género. En cualquier caso, aquella llamada era poderosa: “La primera novela negra escrita en español”.

Me he puesto al fin con el libro dos años después de haberlo comprado, este verano de 2015.
La huella del crimen se publicó primero en forma de folletín en el diario La Tribuna de Buenos Aires, y el mismo año (1877) apareció en forma de libro. En 1974 Fermín Fèvre la cita en su estudio Cuentos policiales argentinos, pero el libro, pese a su gran valor histórico, no había sido nunca reeditado hasta que decide hacerlo Adriana Hidalgo en 2009.

Se apunta en el prólogo que el gran modelo que sigue Raúl Waleis para escribir La huella del crimen son las novelas francesas en forma de folletín de Émile Gaboriau y que también se puede detectar la influencia de Edgar Allan Poe. Debemos recordar que la primera aparición en la escena literaria del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle se produce en 1887, una década después de la novela de Waleis.

Raúl Waleis era jurista y legislador, además de escritor de novelas (hasta con dos seudónimos además de su nombre), de poesía, de obras de teatro y textos jurídicos.

Antes de comenzar la novela se incluye un prólogo muy significativo del autor dirigido al editor y a los lectores. En él afirma, entre otras cosas, lo siguiente:
“Ha muerto últimamente en Francia Monsieur Émile Gaboriau.”
“Declárome uno de sus discípulos.”
“El derecho es que beberé mis argumentos.”
 “Julio Verne ha popularizado las ciencias físico-naturales con sus novelas. Yo trato de popularizar el derecho con mis romances, sin pretender para estos la gloria inmensa de aquellas.”
“Trato de herir la imaginación de la mujer, presentando a sus ojos cuadros que la instruyan.”

En el prólogo podemos ver cómo Waleis considera que su público es femenino, y aunque en una primera instancia esto nos puede parecer condescendiente (es la mujer y no el hombre quien necesita que le instruyan), lo cierto es que Waleis acaba haciendo un alegato en contra de las leyes matrimoniales que perjudican a las mujeres y pidiendo su cambio, lo que hace que su texto (paradójicamente) sea más moderno de lo que parece.

Waleis sitúa la acción de la novela en París. Una mañana de 1873, dos aldeanos atraviesan el Bosque de Boulogne, se encuentran allí un cuerpo degollado y uno de ellos es prendido como posible autor del crimen. En la comisaría, este aldeano tiene la suerte de dar con el comisario de policía Andrés L´Archiduc, quien tras interrogarle se convence de su inocencia y le promete que resolverá el misterio. Aplicando su perspicaz inteligencia, además de recoger pistas a pie de asesinato, L´Archiduc irá desenredando la madeja del que parece ser un crimen pasional en que se verá implicada la nobleza parisina.

Como autor del siglo XIX, Waleis narra con autoconciencia de narrador y en más de una ocasión se dirige al lector: “El agente refirió fielmente cuanto los lectores conocen.” (pág. 35) o “L´Archiduc refirió allí al juez, con todos sus detalles, cuanto el lector sabe.” (pág. 157)

L´Archiduc es un policía racionalista, capaz de deducir muchos hechos simplemente pensando y haciendo deducciones lógicas, pero también es capaz de subirse a la parte trasera de un carruaje para escuchar una conversación entre sospechosos o enfrentarse cuerpo a cuerpo con el posible asesino. En este sentido me ha gustado una reflexión de Román Setton en el posfacio cuando habla de la evolución del relato policial: “En la novela policial clásica, el detective batalla en forma privada con el caso, mientras que aquí se enfrenta cuerpo a cuerpo con el criminal: el clímax de la persecución en La huella. (…) Así en contraste con la novela-problema, cuya estructura se vuelve alegoría, las novelas policiacas de Waleis prefiguran el policía de Chandler o Hammett al proporcionar una imagen de la sociedad en su contenido, y no sólo a nivel estructural.” (pág. 289)

La novela es profusa en diálogos y frases cortas, separadas por puntos y aparte. Esto hace que se lea muy rápido.

En más de una ocasión los planteamientos narrativos resultan un tanto inocentes: el policía L´Archiduc ha de explicarle de forma didáctica cómo hace sus deducciones al juez (que en más de un caso parece un personaje poco lúcido), con la clara intención de que el lector pueda seguirlos. La perspicacia del policía lleva al juez a hacer en voz alta apreciaciones como las siguientes: “¡Es indudable! ¡Tenéis razón! Mr. L´Archiduc, ¡sois un gran hombre!” (pág. 50). Este esquema (que en realidad es el mismo, aunque más sutil, que luego seguirá Conan Doyle con su binomio Holmes-Watson) se repite en el capítulo IV, cuando dos médicos forenses están alzando el cadáver y el mayor se dedica a instruir al más joven (y de paso al lector) sobre la técnicas forenses.

No podemos olvidar, tampoco, que La huella del crimen es un folletín y por tanto nos vamos a encontrar aquí con honores mancillados, nobles que caen en desgracia y cuyo honor debería ser rehabilitado… y lo más llamativo: unas casualidades tremebundas, que hacen tambalear los cimientos de cualquier verosimilitud narrativa. Pero lo cierto es que como uno se ha adentrado en estas páginas avisado de lo que va a leer, todo esto acaba resultando divertido. Recuerdo ahora unas palabras de César Aira, gran lector (y renovador de forma irónica) de los folletines del siglo XIX: “Era una novela tan mala que era buenísima.” La huella del crimen está escrita en serio, pero si uno la lee de un modo irónico acaba siendo una novela divertida. Y lo cierto es que tiene pasajes entretenidos: persecuciones, pesquisas en diversas ciudades de Francia, intriga por saber quién es el asesino, cuál es su móvil o cómo ha llevado a cabo el crimen…

Como apuntaba al principio, y aquí sí que existe un tema muy serio, aunque según el prólogo la intención de Waleis es la de instruir a las mujeres y esto podía parecernos condescendiente, acaba siendo un alegato a favor de la mujer y en contra de su discriminación jurídica. La huella del crimen describe al fin y al cabo un crimen machista, un crimen de violencia de género y en esto no puede estar más (trágicamente) de actualidad. El juez (ése que parecía que no se enteraba de nada) acaba diciendo: “No podéis exigir que cuando tratáis a la mujer como cosa en los actos de la vida ordinaria, se le aplique el castigo como persona cuando delinque.”
“Abrid el libro de vuestras leyes civiles. La mujer no tiene derecho que ejercer sin la venia de su esposo. La madre no tiene patria potestad sobre sus hijos. La viuda no administra los bienes de la sociedad conyugal. Os entregan una mujer por compañera, y la ley la hace casi vuestra sierva. Está obligada a obedeceros y a seguiros. Vos sois el amo. Ella la esclava.” (pág. 260-261)

En definitiva, aunque muchos de los planteamientos narrativos de La huella del crimen, en cuanto folletín, estén un tanto anticuados, el tema de fondo que trata (la violencia machista y su tratamiento jurídico) es de plena actualidad; y esta novela (lo que no es ningún punto menor) tiene el privilegio de ser la primera novela policiaca escrita en español. Una novela que cualquier aficionado al género policial –que está ahora tan de moda- debería leer aunque sólo fuese por cultura popular o afán completista.
Por si a alguien le interesa: existe una segunda parte de esta novela, también publicada por Adriana Hidalgo, llamada Clemencia.

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