domingo, 20 de septiembre de 2015

La librería quemada, por Sergio Galarza

Editorial Candaya. 205 páginas. 1ª edición de 2014.

Además de Paseador de perros, el mismo día del verano saqué de la biblioteca de Móstoles La librería quemada de Sergio Galarza (Lima, 1976). Recuerdo que este último libro estaba allí porque yo lo solicité unos meses antes.
Sergio Galarza trabaja en La Casa del Libro de Gran Vía. Cuando mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio vivía en Madrid, solíamos quedar allí; veíamos las novedades y luego ya íbamos a tomar algo. En alguna de estas ocasiones, Federico saludaba a Sergio. Se conocían.
Sentí curiosidad por La librería quemada cuando apareció, puesto que leí en suplementos literarios o en internet que trataba sobre los trabajadores de una gran librería ubicada en la Gran Vía. Es decir, Sergio Galarza escribe sobre una librería llamada en su obra La Gran Librería de Gran Vía, que es un trasunto –apenas camuflado- de La Casa del Libro de Gran Vía en la que trabaja. Me interesa la relación de las personas con su trabajo, un tema que no se trata con demasiada frecuencia en las obras literarias, o si se trata suele ser desde un punto de vista idealizado (el escritor, el pintor…) o como un arquetipo (el bróker agresivo, el oficinista cansado…). También sé que narrar en una novela las miserias propias de una profesión puede acabar por no resultar interesante, todo el mundo soporta las suyas en sus trabajos y la experiencia de sus pequeñas miserias a veces no es del todo transmisible.
En cualquier caso, el tema narrativo de la vida laboral contada desde dentro –la vida laboral de un librero, aquí- será más interesante si se retrata con humor, como hace Sergio Galarza en su novela.

Una de las primeras curiosidades que tenía al leer La librería quemada era la de saber si el narrador sería el mismo que el de Paseador de perros, ya que Sergio Galarza comenzó con aquel libro una trilogía sobre Madrid que continuaba con la novela JKF y acababa con La librería quemada. No, no lo es. En Paseador de perros teníamos a un narrador limeño en Madrid que nunca nos da su nombre y en La librería quemada el protagonista sería Santos, que llegó a Madrid desde Lima con treinta años recién cumplidos, pero cuyo padre era un diplomático alemán y su madre es una norteamericana de Wisconsin. Santos, a diferencia del narrador de Paseador de perros, sí declara abiertamente que desea ser escritor. De hecho, lleva reescribiendo durante años una novela sobre la vida del poeta César Vallejo que ninguna editorial quiere publicarle. Este detalle sobre la novela de Vallejo y la frase “Todos los escritores hemos sido ladrones de libros alguna vez.” (pág. 40) me ha parecido un guiño irónico al escritor Roberto Bolaño, que pronunció alguna frase parecida y publicó el libro Monsieur Pain, sobre la muerte de Vallejo en París.

Aunque ambas novelas de Galarza tratan sobre el trabajo –cuidador de mascotas o librero- el tratamiento narrativo es diferente: mientras Paseador de perros estaba escrita en primera persona, La librería quemada alterna capítulos escritos en primera persona (en los que la voz narrativa es la de Santos) con otros en tercera, en los que una voz omnisciente puede hablar de la vida íntima de algunos de los libreros (y también de la de Santos, como si fuese un personaje más de la obra) y cuyo escenario serían las plantas de La Gran Librería de Gran Vía.

El peor día para los trabajadores de La Gran Librería es el viernes, porque este día puede aparecer por la tienda la encargada de recursos humanos Olga Labordeta para formalizar los despidos, que aquejan al negocio por la crisis financiera que atraviesa el país. Las primeras páginas del libro dibujan una panorámica general de la librería, a partir del miedo a los viernes. El lector aún no sabe si existe aquí un narrador en primera persona (que se resiste a hablar de sí mismo todavía) o en tercera. En el capítulo 3 el lector ya descubre que la propuesta narrativa de La librería quemada es diferente a Paseador de perros: el narrador nos acerca a la vida de Marcial, uno de los trabajadores de la librería entrando en su intimidad. Además de Santos, el aspirante a escritor y cazador de ladrones de libros, que no acepta una ofensa de un cliente sin vengarla, la novela nos narrará la vida de varios trabajadores que se van cruzando en el escenario de la librería: uno de los más importantes es Marcial, convencido de que las mujeres latinas han urdido un complot contra él para complicarle la vida; Lorena, que ya ha pasado los cuarenta años, está sola y como le ha ocurrido a muchos otros dependientes de la tienda no acaba de creerse que el trabajo de librera no haya sido un trabajo temporal mientras era joven; o Teodoro, el religioso al que no le importa quedarse a hacer horas extras sin cobrarlas.

La librería quemada es una novela sobre la crisis y el trabajo, sobre el miedo a perder el empleo, pero en ningún caso es una novela maniquea sobre torpes e inhumanos directivos y abnegados y sufridos trabajadores. Más bien se trata de una comedia bufa sobre la condición humana, y lo que a Sergio Galarza le gusta resaltar –usando un humor más relajado, más distante y menos visceral e hiriente que el de Paseador de perros- sobre el ser humano (da igual que sean directivos, empleados o clientes) es su incapacidad para entender al otro, sus aspiraciones desproporcionadas o su mala educación.

Los disparos de Sergio Galarza los puede recibir cualquiera que ose aparecer por el escenario de La Gran Librería. Hay balas para todos:

Para los directivos: “Errores. ¡Quién no los ha cometido en su trabajo! Pero no todos pueden cometerlos. Si eres solo un empleado te tratarán como a tal y acabarás en la calle. Equivocarse: privilegio de los jefes.” (pág. 63)
“Los amigos del Gran Jefe siempre tenían un puesto disponible esperándolos como asesores o, en el peor de los casos, una consultoría de algunos meses.” (pág. 61)

Para los empleados: “Cada uno colocaba los libros de su sección, sin importar que fueran tres y los de las otras llenaran los carros formando torres de Pisa. Faltando una hora para su salida la mayoría de sus compañeros se refugiaba en el mostrador de espaldas a los clientes y se dedicaban a echarse unas risas (…) Algunos compañeros no sabían para qué servían muchas de las teclas de la caja y tampoco cómo se manejaban funciones importantes de los ordenadores, pese a que llevaban la mitad de su vida laboral en la librería.” (pág. 156)

Para los clientes: “¿Era eso lo que quería la empresa, que los dependientes besaran los pies de sus clientes? No faltaban los que se tiraban pedos sin ningún recato y seguían hojeando libros como si no hubiera pasado nada, los que estornudaban sobre las mesas, los que se cortaban las uñas y las dejaban en las estanterías, los que se quitaban los zapatos y paseaban en calcetines por la planta, los que  pegaban su chicle masticado bajo las mesas o en los libros.” (pág. 98)
Sobre los clientes es divertida la descripción de los personajes que aparecen por allí de forma frecuente, así como la denuncia de los numerosos robos que sufre la librería. Me ha hecho gracia el comentario sobre que los libros para las oposiciones de policía suelen ser de los más robados.

La mirada de Sergio Galarza sobre la realidad parece haberse hecho más madura, más distante. Lo que La librería quemada ha perdido en desesperación vital y visceralidad desde Paseador de perros, lo ha ganado en sutileza irónica. Incluso la visión de Malasaña ha cambiado en cinco años: “Malasaña, ese barrio que Santos había idolatrado durante su juventud y que ahora desprecia por su nueva imagen de feria moderna, con un ejército de camareros peinados en la misma peluquería, bares que pretenden vender alcohol con poesía y una música inofensiva que acaricia los oídos como algodón.” (pág. 76).

Los que hemos pasado muchas horas de nuestra vida en La Casa del Libro de Gran Vía podemos reconocer algunos de los cambios que no nos han gustado nada. Una librera reflexiona al final: “Cree que pronto llegará un día en el que le pregunten dónde están los libros de cocina y ella responda: “A la derecha de los huevos”. (pág. 205)
Poco antes otro librero se pregunta: “¿Por qué los autores de renombre obvian a La Gran Librería de la Gran Vía para sus presentaciones? ¿Será solo porque no hay barra para beber o también influirá el aspecto de centro comercial venido a menos que presentan sus escaparates?” (pág. 203)
En la página 171 otro librero dice: “Yo pasé a propósito por delante de la librería la noche que destrozaron las estanterías y las mesas viejas para poner toda esa mierda nueva, y juro que sentí más pena que el día que murió mi abuelo.”
Yo también recuerdo con nostalgia aquellas estanterías antiguas de madera y el gran fondo de narrativa que tenía la librería, ahora muy disminuido.

Me ha gustado el detalle narrativo que une las páginas fínales de La librería quemada con las de Paseador de perros.

Sergio Galarza ha borrado en La librería quemada definitivamente cualquier modismo lingüístico peruano y decide escribir su novela usando un correcto español de España. Es una decisión respetable. La librería quemada, pese a no tener una trama demasiado unitaria, y organizarse en anécdotas (divertidas, la mayoría de las veces) sobre la propia organización de la librería y sus visitantes y expandirse narrativamente contando las vidas -en algunos casos estos desarrollos laterales podrían haber sido novelas cortas independientes- de unos pocos personajes (Marcial, Santos, Lorena, Teodoro…), se lee con simpatía y agrado, como si de un pequeño fresco sobre la condición humana se tratase.


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