jueves, 15 de mayo de 2014

¡Acabad ya con esta crisis!, por Paul Krugman

Editorial Crítica. 264 páginas. 1ª edición de 2012.

Sigo con la lectura de libros de economía. Y antes de ponerme con el de David Ricardo, he preferido tomar de mis estanterías éste de tal sugerente título: ¡Acabad ya con esta crisis!, del economista norteamericano Paul Krugman (Albany, EE.UU. - 1953), columnista del periódico New York Times y premio Nobel de economía en 2008. Compré este libro en la Fnac de Nuevos Ministerios, un día que había acudido allí para mirar otra cosa que ahora no recuerdo. Por esas semanas había estado buscando vídeos de Krugman para usarlos en mis clases de economía de primero de bachillerato, ya que este economista, de estirpe neokeynesiana, centra mucho sus trabajos en el análisis de la crisis actual y sus posturas económicas me sirven para explicar parte de mi temario, y mostrar el enfrentamiento ideológico con los economistas neoliberales como Milton Friedman.

Voy a realizar un resumen por capítulos del libro:

Introducción
Desde las primeras páginas de su ensayo, Krugman muestra sus cartas: “Estamos viviendo una verdadera depresión. (…) Esencialmente se trata de la misma clase de situación que John Maynard Keynes describió en la década de 1930: «un estado crónico de actividad inferior a la normal durante un periodo considerable de tiempo» (…) Estamos sufriendo penalidades que (…) son claramente similares a las de los años treinta. (…)  No estamos usando el conocimiento que tenemos porque, por una serie diversa de razones, demasiadas personas de entre las que más pesan (…) han elegido olvidar las lecciones de la historia, (…) han optado por prejuicios ideológicos y políticos convenientes. (…). Es hora de que el gobierno gaste más.”

Recordemos al lector que la  Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936) de John M. Keynes, donde se expone su teoría de la insuficiencia de la demanda que se produce durante las crisis, fue el libro que recoge las doctrinas que usó el presidente  Roosevelt durante la Gran Depresión de los años 30; doctrinas –basadas principalmente en promover la intervención gubernamental, mediante el gasto público, en los mercados en situación de crisis- que marcaron los designios económicos de Occidente entre 1930-1973. Con la crisis del petróleo, se produce un fenómeno que se escapa al modelo keynesiano: la coincidencia de incremento del desempleo con incremento de la inflación (estanflación). Como los trabajos de Milton Friedman en la década de 1960 hablaban precisamente de esa situación estanflacionaria, sus ideas neoliberales (aquí muere la influencia preponderante de Keynes en el pensamiento económico) se tomaron como el nuevo referente político-económico; y fueron el marco teórico de las políticas de recortes sociales llevadas a cabo por Ronald Reagan o Margaret Thatcher.

1) ¿Cuál mal están las cosas?
Krugman centra sus análisis en EE.UU., aunque luego hay algunos capítulos dedicados a la situación europea.
“En diciembre de 2011, los desempleados estadounidenses ascendían a más de 13 millones, frente a los 6,8 millones de 2007”.
“Casi el 40 por 100 de las familias habían sufrido reducciones de horas, salarios o complementos.”
Está aumentando el desempleo de larga duración y esta situación es peor para los jóvenes (uno de cada cuatro licenciados recientes se haya desempleado o tiene un empleo a tiempo parcial).
“Lisa Kahn, economista de la Escuela de Dirección de Yale, ha comparado las carreras de los licenciados universitarios que se graduaron en tiempos de paro elevado con las de quienes lo hicieron en épocas de bonanza económica; y los licenciados a los que les tocaron los malos tiempos desarrollaron carreras significativamente peores.”
“Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil e inútil si, en las épocas tempestuosas, lo único que pueden decirnos es que cuando la tormenta pase las aguas se habrán calmado de nuevo.”
La crisis ha provocado en EE.UU. el despido de unos 300.000 maestros (lo que sienta las bases para problemas futuros si pensamos en la importancia de la educación).
“Los datos sugieren que una acción eficaz, en lo que respecta a limitar la profundidad y duración de la recesión posterior a una crisis financiera, reduce también estos daños a largo plazo; lo que supone, a la inversa, que no adoptar esas medidas necesarias –omisión que nosotros estamos cometiendo en la actualidad- también supone aceptar un futuro más limitado y amargo.”

2) Economía de la depresión
“Hay un gran deseo de ver la economía como una obra moral en la que los malos tiempos son un castigo ineludible por los excesos previos.” Hay personas que afirman que los problemas actuales tienen raíces muy profundas y que tenemos que adaptarnos a un panorama más austero; pero Krugman piensa que están equivocados y que el origen del sufrimiento actual es relativamente trivial y que los problemas podrían arreglarse con rapidez.
Siguiendo con las ideas keynesianas, Krugman afirma que el paro es elevado porque nosotros no estamos consumiendo lo suficiente; y las empresas, al no vender, reducen su inversión y no contratan a más personas. Según las teorías neoliberales no puede ser que la economía en su conjunto esté sufriendo una insuficiencia de demanda (teoría de Keynes), idea con la que Krugman sí está de acuerdo.
Krugman carga contra este pensamiento republicano, que considera una falacia: si los norteamericanos lo están pasando tan mal, es el momento de que el gobierno sea solidario y se apriete el cinturón. Según Krugman lo que el gobierno debe hacer es precisamente lo contrario: gastar más para contrarrestar el insuficiente gasto privado.
“A nivel colectivo, los residentes del mundo intentan comprar menos cosas de las que pueden producir, para gastar menos de lo que ganan. Esto lo puede hacer un individuo, pero no una sociedad en su conjunto.” Este es debido a que el gasto de alguien es el ingreso de otro, y si en la crisis todo el mundo pretende ahorrar otro no podrá vender lo que produce, y ese “otro” tendrá que despedir a trabajadores.
EE.UU. ha salido tradicionalmente de las crisis imprimiendo más dinero, pero aunque la Reserva Federal ha triplicado la base monetaria desde 2008, la economía sigue deprimida. Y esto nos lleva a lo que Krugman llama “la trampa de la liquidez”: la Reserva Federal inyecta más dinero a los bancos y estos pueden prestar dinero a tipos de interés más bajos, pero sólo hasta un punto, puesto que no pueden bajar de cero (momento en el que prestar dinero para ganar un beneficio deja de tener sentido). Pero con un tipo de interés de cero el gasto de los consumidores sigue siendo insuficiente para hacer que la economía se recupere.
Cuando (tras la crisis de las hipotecas subprimes) se pensó que los niveles de deuda eran demasiado altos, los deudores se vieron obligados a gastar menos, pero los acreedores no estaban dispuestos a gastar más.
Este es un punto esencial en el libro: los neokeynesianos como Krugman piensan que durante la crisis el gasto se ha contraído en exceso dando lugar a una insuficiencia de demanda, que ha de ser contrarrestada con un incremento del gasto público; los neoliberales piensan que los empleos siguen existiendo (el único desempleo es el natural y para ellos, por tanto, el desempleo es voluntario) y las personas deben formarse más para conseguir esos trabajos. Dice Krugman: “Si tuviéramos una tasa de desempleo colosal porque demasiados trabajadores carecieran de la formación adecuada, tendríamos que poder encontrar a un número significativo de trabajadores que sí estuvieran gozando de prosperidad; y no podemos. Lo que nos encontramos, en su lugar, es un empobrecimiento general: lo que sucede cuando la economía sufre  de una demanda inadecuada.”
“Lo que ahora necesitamos para salir de la depresión actual es otro arranque de gasto gubernamental.”

3) El momento de Minsky
Krugman nos habla de una figura un tanto marginal de la economía, Hyman Minsky, profesor de la universidad de San Luis, que murió en 1996 sin mucho reconocimiento. Sin embargo, entre sus arduos libros hay al menos una idea muy relevante: “La gran idea de Minsky fue centrarse en el «apalancamiento»: la acumulación de deuda en relación con los activos o los ingresos. En los períodos de estabilidad económica, decía el autor, el apalancamiento se incrementa, porque todo el mundo mira con displicencia el riesgo de que el deudor no sea capaz de devolver lo prestado. Pero este ascenso del apalancamiento, a la postre, genera inestabilidad económica. De hecho, prepara el terreno para una crisis económica y financiera.”
Decía el economista Irving Fisher en 1933: Un empeoramiento económico crea una situación en la que muchos deudores se ven obligados a adoptar medidas rápidas para reducir su deuda. Pueden «liquidar» sus activos mediante la venta y/o recortar el gasto. Esto puede funcionar a nivel individual, pero si en una economía demasiados agentes lo hacen al mismo tiempo la economía entrará en crisis; ya que el vendedor no encontrará comprador, también empeñado en reducir su deuda. Si todos intentan vender a la vez, los precios bajarán, y la deflación hará que las deudas nominales sean ahora mayores para los deudores.
Krugman expone “la paradoja del ahorro”: todo el mundo intenta ahorra más al mismo tiempo. El ahorro podría hacernos pensar que va a repercutir en una inversión industrial mayor. Pero con una economía deprimida las empresas no canalizan el ahorro hacia nuevas inversiones. Lo que ocurre es que cuando todo el mundo intenta ahorrar más los ingresos de otros menguan, y así menguan los ingresos (PIB) generales de la economía: “en el intento de ahorrar más, desde el punto de vista personal, los consumidores terminan ahorrando menos en conjunto.”
Y “la paradoja de la flexibilidad”: “Un trabajador individual puede mejorar sus oportunidades de obtener trabajo a cambio de aceptar un salario inferior, que lo haga más atractivo en comparación con otros trabajadores, un recorte general de los salarios deja a todo el mundo en el mismo lugar, pero el nivel de deuda se mantiene igual. Así pues, más flexibilidad en los salarios (y los precios) sólo empeoraría las cosas.”
“¿Acaso supone esto que elevar sueldos y precios mejoraría la situación y que la inflación, de hecho, sería útil? En efecto, así es, porque la inflación reduciría la carga de la deuda.”

4) Banqueros que se vuelven locos
Krugman carga contra Alan Greenspan, economista y presidente de la Reserva Federal Americana entre 1987 y 2006, cuando éste afirma que las finanzas modernas, con sus “valores respaldados por activos” contribuían a general estabilidad. Según Krugman, esas innovaciones financieras alabadas por Greenspan fueron la base de la crisis actual.
En 1933 entró en vigor la ley Glass-Steagall, que limitaba la cantidad de riesgo que podía asumir un banco, y esto hizo a la economía más estable en las décadas siguientes. La situación empezó a cambiar en 1980 con Ronald Reagan. La desregularización de la banca de las décadas de 1980 y 1990 se tradujo en un estímulo a las conductas de riesgo; y sólo los bancos con conductas más imprudentes podían sobrevivir en el nuevo contexto. Se produjo un fuerte incremento de los préstamos.
Con Bill Clinton siguió la desregularización, y desapareció la norma de Glass-Steagall que separa la banca comercial de la de inversión.
Para Kurgman esta es “la gran mentira” norteamericana: según esta historia el crecimiento de la deuda se debió a que personas de espíritu benefactor obligaron a los bancos a conceder préstamos hipotecarios a los pobres.
Tirando esta idea: la expansión del crédito y el boom inmobiliario fue muy generalizado (también en Europa). El grueso de los préstamos de riesgo fue suscrito por entidades privadas.
“Lo que en verdad vemos es una historia en la que los conservadores se hicieron con el poder, se pusieron a desmantelar muchas de aquellas protecciones de los tiempos de la Depresión… y la economía se hundió. (…) Los conservadores necesitaban desesperadamente alejar de las mentes esta historia incómoda y narrar otro relato que convirtiera al gobierno –y no a la falta de gobierno- en el origen del mal.”
Se podría pensar (si los neoliberales tuvieran razón) que el crecimiento económico desde 1980 –la época de la desregularización- ha sido mayor que antes; pero Krugman afirma que no ha sido así, que ha sido en realidad más lento. El verdadero periodo de «crecimiento extraordinario» fue el de la generación posterior a la segunda guerra mundial.

5) La segunda edad de oro
Sólo para una pequeña minoría la desregulación financiera y el incremento del endeudamiento supuso una gran mejoría en sus ingresos.
En el debate de la desigualdad, los neoliberales apuntan que en un entorno más especializado y tecnológico cada vez cobran más importancia las aptitudes y la formación. Según Krugman esto cierto sólo en parte. Entre 1979 y 2007 el 1% de los más ricos vio aumentados sus ingresos en un 277,5%. Una gran parte de los muy ricos son directivos de empresas financieras.
Krugman apunta que puede haber una relación entre el incremento de la desigualdad y la crisis financiera. El economista Robert Frank señala que el mayor gasto de los más ricos provoca una cascada de consumo por parte de las clases sociales que están por debajo. Además la desigualdad en la educación pública, ha hecho que muchas familias se endeudasen de más para comprar casas en barrios con buenas escuelas.
Keith Poole y Howard Rosenthal “descubrieron que existía una relación clara entre el porcentaje de ingresos totales que obtenía el 1% más acaudalado y el grado de polarización de Congreso.” Desde 1980 el Partido Republicano se ha desplazado hacia la derecha.

6) Economía de la edad oscura
“Fueron muchos los economistas punteros que defendieron la desregulación financiera aun a pesar de que hacía a la economía aún más vulnerable a la crisis. Y luego, cuando estalló la crisis, fueron demasiados los economistas famosos que cargaron, con tanta ferocidad como ignorancia, contra cualquier clase de respuesta eficaz.”
La fobia a Keynes parece muy arraigada entre los conservadores norteamericanos
Una pregunta espinosa: ¿hasta qué punto las donaciones del 1% de los más privilegiados a las universidades han coloreado los estudios de los economistas académicos? En Estados Unidos la economía está muy escindida entre “economistas de agua salada” (universidades de las costas), que son keyneisanos; y los “economistas de agua dulce” (universidades del interior) que son liberales.
Para Kurgman un problema fundamentan de la situación actual se encuentra en que los economistas liberales no consiguen explicar por qué ocurren las recesiones, y es así porque no quieren recurrir a Keynes. “Hoy en día, buena parte del análisis académico de la macroeconomía está dominado por la teoría del «ciclo económico positivo», que afirma que las recesiones son la respuesta racional, y de hecho eficaz, a los choques tecnológicos adversos, que sin embargo quedan sin explicación; y afirma que la reducción de empleo que se produce durante la recesión es una decisión voluntaria de los trabajadores, que se toman tiempo hasta que mejoran las condiciones. Si esto suena absurdo… es porque lo es.”
Cuando estalló la crisis, muchos economistas optaron por la “guerra religiosa” de ideas.
En 2008-09 la Reserva Federal hizo todo lo que Friedman afirmaba que había que debería haberse hecho en los años treinta y aun así la economía parece atrapada en la crisis.
Para Krugman, la profesión económica ha perdido en gran parte el rumbo desde hace 30 años.

7) Anatomía de una respuesta inadecuada
Obama y el resto de dirigentes políticos del mundo desarrollado sólo hicieron parte de las cosas que había que hacer. Entraron con políticas de dinero barato y ayudas a los bancos para impedir el hundimiento general de las finanzas que ocurrió en los años 30.
Al comienzo de la crisis se produjo una implosión del crédito. Según Krugman los gobiernos sí que deberían haber ayudado a la banca, pero deberían haberles exigido la devolución del dinero concedido. El sistema bancario se estabilizó, pero eso no necesariamente reporta prosperidad.
El tipo de interés no podía bajar más porque ya estaba a cero; y Obama quiso llevar a cabo una política fiscal expansiva –incrementando el gasto público- que no tuvo el éxito deseable porque según Krugman fue insuficiente. No hubo ningún programa de obras públicas similar a los de Roosevelt.
Kurgman señala que uno de los problemas actuales es que las familias están demasiado endeudadas, sobre todo debido a la compra de viviendas, y apunta que estas deudas deberías ser renegociadas y rebajadas. Así las personas podrían incrementar su consumo.

8) Pero ¿y el déficit?
El primer estímulo de Obama era demasiado corto, pero al no funcionar desacreditó el concepto general del estímulo. Empezaron a cobrar importancia las advertencias sobre el peligro de un déficit excesivo; y Obama optó en 2010 por hacer recortes de gastos.
“Los prejuicios causados por el desempleo son reales y terribles, el daño causado por el déficit, a un país como Estados Unidos y en su situación actual, es ante todo hipotético.”

El temor al déficit se debe sobre todo a la respuesta que pueden dar ante él los que Krugman llama “los vigilantes de los bonos”, quienes cuando pierden la confianza en las políticas de un país se deshacen de sus bonos.

Al estar metidos en la trampa de la liquidez, hay un exceso de ahorro, que podría canalizarse hacia el endeudamiento gubernamental, mediante la emisión de bonos. En una economía en depresión, el déficit presupuestario no compite por los fondos con el sector privado y, en consecuencia, no provoca el ascenso de las tasas de interés. Aunque EE.UU se endeude más Krugman no ve el peligro a que los vigilantes de los bonos no quieran bonos norteamericanos (lo que ocurre en Europa es diferente y se ve más adelante).
Ha sido un error dejar de centrarse en resolver a corto plazo el problema del empleo y centrase en el del déficit.
Hay un argumento en contra de la política fiscal expansiva: “afirmáis que esta crisis es fruto de un endeudamiento excesivo. Bien, ahora decís que la respuesta es endeudarse más todavía”. Krugman piensa que ese razonamiento es una falacia, porque depende de quién se endeude. Tras el momento Minsky, las familias no quieren (o no pueden) consumir y el gasto (mediante el endeudamiento) debe partir del gobierno.

9) Inflación: la amenaza fantasma
El temor a la inflación hace que más de un economista sea contrario a la expansión del gasto gubernamental; siguiendo la tesis monetarista de Friedman que afirma que un incremento de la masa monetaria por parte del Estado se traslada de forma directa a un incremento de precios, sin generar estímulo (en contra de lo que dice Keynes).
No tenemos una gran inflación a pesar de que se imprima dinero porque, metidos en una trampa de liquidez (con tipos de interés de cero), las personas se muestras reticentes a gastar.
“Sin auge no hay inflación; si la economía se mantiene deprimida, no hay que inquietarse por las consecuencias inflacionarias de crear dinero.”
Krugman aboga por intentar conseguir una tasa de inflación más alta que la actual; lo que tendría los siguientes beneficios: “una tasa de inflación más alta podría aliviar las limitaciones impuestas por el hecho de que las tasas de interés no pueden bajar por debajo de cero”. Irving Fisher señala: “la expectativa de una inflación más elevada, cuando el resto de circunstancias no cambian, hace que solicitar préstamos resulte más atractivo: si los prestatarios creen que podrán devolver sus préstamos en dólares que valdrán menos que los dólares tomados prestados hoy, se mostrarán más dispuestos a endeudarse.”
“La deflación –dijo Fisher- puede deprimir una economía al elevar el valor real de la deuda. A la inversa, entonces, la inflación, podrá ser de ayuda al reducir ese valor real.”

10) Eurodämmerung: el crepúsculo del euro
Krugman es un euroescéptico. España al entrar en el euro recibió grandes entradas de capital de Alemania, dinero que pasó al sector inmobiliario propiciando la burbuja. Los salarios españoles crecieron, y ahora con la crisis no somos competitivos. Aquí Krugman cita una idea de Friedman que considera acertada: es difícil convencer a los trabajadores de una bajada de sueldo, y es más aceptable si el país que ha perdido competitividad devaluase su moneda frente a la otra. Es decir, devaluar la peseta frente al marco. Al tener una moneda común no podemos hacer esto.
Un problema del euro es que los países que lo tienen no comparten la integración fiscal ni la movilidad laboral. En cuanto a la movilidad laboral hay muchas limitaciones idiomáticas y culturales. En cuanto a la integración fiscal: si la UE fuese de verdad un único país, la seguridad social común podría ayudar a los más necesitados de los países a los que va peor con la crisis, pero esto no ocurre.
Con el euro la deuda de España, Italia y Grecia se empezó a tratar en los mercados como si fuese tan segura como la de Alemania. Esto supuso un fuerte descenso del coste del dinero prestado en el sur de Europa, lo que provocó las explosiones inmobiliarias.
La crisis financiera en Estados Unidos fue el desencadenante del derrumbe europeo. Y el euro se vio ante un gran choque asimétrico, que se agravó mucho por la falta de una integración fiscal. Los ingresos cayeron y el gasto en los subsidios de desempleo se disparó. También se disparó la deuda y el déficit y los inversores se inquietaron.
El “gran engaño” europeo: se basa –según Krugman- en la creencia de que la crisis europea se debe ante todo a la irresponsabilidad fiscal. Los países han incurrido en déficits presupuestarios excesivos y ahora lo importante es impedir que se repita la historia. En realidad (lo vemos a través de una gráfica), la deuda de los países mediterráneos europeos (más Irlanda) en relación a su PIB –ratio que estaba mejorando- sólo se disparó tras la llegada de la crisis.
El problema se suele formular en términos morales: los países tienen problemas porque han pecado endeudándose mucho y ahora deben penar.

El incremento de salarios de España se debería ajustar mediante la devaluación de la moneda; y al no poderse, se debería permitir –apunta Krugman- una inflación mayor que la de Alemania, lo que se conoce como «devaluación interna». Pero el Banco Central Europeo está empeñado (de forma errónea, según Krugman) en mantener la inflación baja. Además el incremento de la deuda sí que hace que los “vigilantes de los bonos” exijan tipos de interés más altos para comprarlos a los países sin moneda propia, por el riesgo a una posible expulsión del euro. Las tasas de interés de la deuda británica son muy inferiores a las de la española –el 2% frente al 5%- pese a que Gran Bretaña tiene más deuda y más déficit.
Los países europeos que no aceptaron el euro, como Gran Bretaña o Suecia, lo están pasando ahora menos mal que los que sí lo aceptaron, pero romper ahora con el euro, una vez que ya existe, hasta para un euroescéptico como Krugman parece un error. Para salvar a la eurozona, Europa tienen que atajar los ataques de pánico, garantizando una liquidez adecuada: El Banco Central debería comprar bonos gubernamentales de los países del euro. Los países con excedentes deberían demandar exportaciones de los países con problemas (es decir, Alemania debería comprar más cosas de España).
El Banco Central no está tomando las medidas necesarias, forzando la austeridad en los países con problemas, y también en los que no los tienen, y por tanto impidiendo que esos últimos puedan incrementar las importaciones de los primeros.

11) «Austeriacos»
Tras la caída de Lehman, los gobiernos pasaron a desarrollar políticas monetarias y fiscales expansivas. Pero en 2010 se puso de moda reclamar recortes del gasto, incrementos de impuestos y tasas de interés más elevadas.
El argumento a favor de la contención que ha tenido más fuerza es el del miedo a la inflación. Aunque desde el principio, la crisis griega fue tomada por los antikeynesianos (o economistas austriacos) para defender la austeridad.
“En una situación de profunda depresión económica, y cuando las tasas de interés ya rondan el cero, los recortes de gastos no se pueden compensar. Por lo tanto, contribuyen a deprimir más la economía; y esto hace que disminuyan los ingresos y que desaparezca, al menos en parte, la pretendida reducción del déficit.”
Para los austriacos, la reducción del gasto público, pese a provocar desempleo, genera un clima de «confianza» que compensa su efecto negativo, ya que así los agentes gastarán más.
Krugman no confía en la capacidad expansiva de la austeridad: “¿A cuánta gente conoce usted que decida hoy cuánto puede gastar este año a partir del cálculo de lo que las decisiones fiscales supondrán para sus impuestos a 5 o 10 años vista?
El FMI investigó para encontrar algunos ejemplos de austeridad fiscal expansiva, y lo que halló fue que la austeridad fiscal deprime la economía, más que expandirla.
Se analiza el caso de Gran Bretaña: un gobierno que se ha embarcado en una austeridad voluntaria para generar confianza y evitar que se eleven las tasas de interés. Krugman observa que las tasas de interés siguen siendo bajas porque los inversores no sienten inquietud ante un país avanzado con moneda propia, pero ahora los consumidores y las empresas consumen menos, así que en realidad su confianza ha bajado y Gran Bretaña sigue en depresión.
Para Kurgman el deseo de los austriacos de reducir el gasto gubernamental con una economía deprimida es “profundamente destructivo”.
Krugman concluye que la doctrina económica que exige austeridad para evitar la inflación beneficia a los más poderosos que son los que prestan dinero; ya que la inflación perjudica a los prestatarios y beneficia a los deudores.

12) Lo que hará falta
Krugman vuelve a invocar las palabras de Keynes de 1936: “Las deficiencias principales de la sociedad económica en la que vivimos son su capacidad de proporcionar pleno empleo y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos.”
Entre 1939 y 1941 una explosión del gasto federal causó un 7% de aumento del número total de puestos de trabajo en el país.
Para Krugman la solución es clara: incremento del gasto gubernamental: “Si se pone dinero en manos de quienes lo necesitan, es muy probable que lo gasten, y esto, es, exactamente, lo que necesitamos que pase.”
Un plan importante debería ser el del “alivio hipotecario”: reducir el peso del endeudamiento familiar en viviendas; pero los planes de socorro se ven obstaculizados por el miedo a que algunos deudores reciban ayuda sin merecerlo.
También, se apunta, se deberían haber adoptado medidas más duras con países como China, que mantienen el valor de su divisa artificialmente bajo.

13) ¡Acabad ya con esta depresión!
“La depresión que estamos atravesando es, fundamentalmente gratuita: no hace falta que suframos tanto.”
“Lo que bloquea esta recuperación es solamente la falta de lucidez intelectual y de voluntad política.”

Epílogo ¿Qué sabemos en realidad de los efectos del gasto público?
“A la pregunta sobre cómo funciona la economía deberíamos responder atendiendo a las pruebas, no lo a los prejuicios.”
Observando las épocas de gran incremento del gasto público en Estados Unidos (que, por desgracia, suelen coincidir con los periodos de guerras), Krugman encuentra que el gasto público tiene un efecto positivo sobre el incremento del PIB y la creación de empleo.
“Los investigadores del Fondo Monetario Internacional han identificado no menos de 173 casos de austeridad fiscal, en los países avanzados, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2009. Y lo que constataron fue que a las políticas de austeridad siguieron la contracción económica y el aumento del desempleo.”

Conclusión personal
No quiero extenderme más, tan solo apuntar que la lectura de este libro me ha resultado muy interesante. Es un libro que se lee con mucho interés, y el estilo de Krugman es entretenido y en ocasiones hasta cómico. Una lectura muy recomendable para todas aquellas personas interesadas en reflexionar sobre la economía y el mundo actual.


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