domingo, 5 de febrero de 2012

La casa verde, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 525 páginas. 1ª edición de 1965, ésta de 2004.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936): yo tenía 21 años y, después de 3 cursos cuajados de penalidades, decidía que dejaba la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Por la calidad de la enseñanza, los próceres de la universidad habían diseñado un nuevo plan de estudios; por la calidad de la enseñanza, había que conseguir menos alumnos por clase; por la calidad de la enseñanza, la mitad de los de mi promoción y de la anterior sobrábamos. Recuerdo la fila ante secretaría, esperando para conseguir los papeles que me permitieran realizar el cambio de carrera: el chico que me precedía se iba a Educación Física, y la chica que le precedía a él a Óptima, el drama del éxodo.
Y aún me quedaba realizar otro trámite: una de aquellas mañanas de junio del 95 me acerqué a la facultad para devolver unos libros de la biblioteca. Llegué más de una hora antes de que abrieran y me senté en el suelo, delante de la puerta; con la espalda apoyada en un pasillo que los estudiantes de esa época llamábamos el pasillo de Poltergeist, ya que nos recordaba a aquella escena de la película de terror de Spielberg en la que el niño asustado sale de su habitación y trata de llegar a la de sus padres, y el pasillo se hace cada vez más largo: para llegar a la biblioteca de Físicas había que adentrarse en un pasillo interminable, ridículamente estrecho (poco más de un metro de ancho); y al final de ese pasillo, metafórica y físicamente tirado en el suelo ante una puerta cerrada, yo esperaba leyendo La ciudad y los perros (1962). No sacaba la cabeza del libro y las penalidades que sufrían los estudiantes del colegio militar Leoncio Prado, se fundían en mi cabeza con mis propias penalidades de estudiante frustrado, con esa identificación de acero que sólo se puede sentir con el arte en la juventud y en la necesidad. Y Vargas Llosa había acabado de escribir ese libro con tan sólo 26 años, no podía creerlo.

Después leí (es posible que el orden no sea éste) los libros de relatos Los jefes (1959), Los cachorros (1967), y las novelas Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), y La fiesta del Chivo (2000).

Desde que Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel en 2010 me apetecía leer algo más de él. En la pasada feria del libro me acerqué un sábado por la mañana al Retiro para ver si podía comprarme otra obra suya y que me la firmara; pero había quedado una hora más tarde y en ese tiempo calculé que no iba a poder hacer la cola, que partía de una carpa, y llegar hasta el autor. Así que lo dejé pasar. Ya algunos años antes había hecho cola para que me firmara Conversación en la catedral, una cola razonable, de 10 minutos; pero quizás lo sorprendente es que en otra ocasión anterior, al pasear por la feria del libro descubrí a Vargas Llosa en una caseta contemplando la mañana, ninguna persona se acercaba para saludarle ni para que le firmara un libro. En esta ocasión compré Pantaleón y las visitadoras y pude decirle lo mucho que me había impresionado La ciudad y los perros, lo que significó para mí en aquel momento frágil de mi vida. Y creo que fue un lujo poder hacer eso.

He vuelto a Vargas Llosa, después de 3 ó 4 años, para leer La casa verde, su segunda novela, publicada en 1965, y escrita cuando el autor se encontraba entre los 26 y los 29 años.

La casa verde está considerada como una de las novelas fundacionales del Boom latinoamericano y, como el propio Mario Vargas Llosa apunta en una nota, firmada en 1998 y que precede a la edición que he leído, su principal deuda es con William Faulkner. La influencia del norteamericano abruma en la concepción narrativa de esta novela, que en cierto modo parece planteada como un alarde estilístico por parte del autor. Uno lee La casa verde pensando que un joven Vargas Llosa que no llega aún a los 30 años, pero que es ya conocedor del talento que posee, y que ya ha dado obras como Los jefes o La ciudad y los perros, se ha propuesto utilizar todas las técnicas modernas de escritura narrativa que ha asimilado de algunos de los más grandes del siglo XX; sobre todo de Faulkner, pero también de James Joyce.

Así en el primer capítulo de la novela podemos encontrarnos con párrafos donde las frases que los forman se encuentran entrelazadas. Por ejemplo, leemos en la página 18: “Y en eso brota un cacareo y un matorral escupe una gallina, el Rubio y el Chiquito lanzan un grito de júbilo, negra, la corretean, con pintas blancas, la capturan (…)”.

Aunque lo normal en la estructura es lo siguiente: cada parte (4 y un epílogo) tiene un primer capítulo donde la acción transcurre en un mismo espacio-tiempo, con innovaciones formales como la ya comentada de desordenar la lógica de las frases o bien ceder la voz narrativa a distintos personajes que además están contando lo sucedido a otra persona que no sabemos quién es. Y en los capítulos posteriores se suceden, dentro de cada uno, 4 ó 5 escenas, con personajes diferentes que al final, en mayor o menor grado, quedarán entrelazados.
Dentro de cada escena existen, en realidad, dos escenas en dos tiempos narrativos distintos para esos personajes, y entre un tiempo narrativo y el siguiente no hay separación, el lector salta de uno a otro sin aviso; sólo lo ilógico de toparse con un suceso sin sentido le indicará que la escena ha cambiado.

Al llegar a un nuevo capítulo la terna de 4 ó 5 escenas (con dos tiempos narrativos distintos) se repetirá, pero el orden de enlace de las escenas de un capítulo con otro tampoco es lineal.

Y estas son principalmente los juegos técnicos de construcción del artefacto literario que se impuso el joven Vargas Llosa para acometer la escritura de su segunda novela. El empeño y el alarde son importantes, la ambición también; y el esfuerzo de lectura que solicita del lector acaba siendo intenso: en más de una ocasión el lector (o hablo de mí como lector, un lector de autobuses,  trenes y cansancios nocturnos) acaba preguntándose cosas como ¿dónde va esta escena?, ¿estoy encajando bien esta pieza del puzzle propuesto, o la estoy colocando al revés?, ¿va esto antes que lo que leí 40 páginas atrás o va después?
El lector también necesitará paciencia: hacia la mitad del libro, por ejemplo, un personaje da una paliza a otro, las causas que le llevan a ello las conoceremos unas 200 páginas más adelante.

Para un lector español existe otra dificultad añadida: el vocabulario que emplea Vargas Llosa es profundamente peruano, y a veces sirve para marcas las diferencias entre los peruanos que viven cerca de la selva o los que lo hacen en la costa. Así, por ejemplo, uno puede leer frases como esta: “Me picaron cuando me metí a la cocha a sacar la charapa que se murió.” (pág. 390)
(Nota para un posible lector español: un “práctico” en esta novela no es un médico, sino un guía fluvial, al igual que un guía selvático era un “rumbero” en La vorágine de José Eustasio Rivera; novela con la que La casa verde parece conversar en clave paródica).


Además el joven Vargas Llosa añade a su libro una dificultad más que me parece ya un poco tramposa: hay un personaje (Lituma) que en unas escenas se le llama por su nombre y en otras con el calificativo de “sargento”; así el lector tendrá que tener un poco más de paciencia hasta que comprenda que esos dos personajes (al principio) son en realidad la misma persona. También se nombra a dos lugares diferentes con el mismo nombre: La Casa Verde.
Si no recuerdo mal ya ocurría algo así, aunque al revés, en La ciudad y los perros: dos personajes tenían el mismo nombre y pasé bastantes páginas hasta que me percaté de que eran, efectivamente, dos personajes diferentes.
Este tipo de trucos narrativos están tomados directamente de William Faulkner: en El ruido y la furia también se juega a la confusión con dos personajes que tienen el mismo nombre.

¿Y de qué tratan las tramas y subtramas de La casa verde?
La historia transcurre en dos escenarios principales: Piura, ciudad costeña rodeada por un desierto, y Santa María de Nieva, pueblo de la Amazonía.
Lituma, piurano, es un sargento del ejército destinado en Santa María de Nieva, que regresará a su ciudad con una mujer que conoce en su destino en la selva. Esta mujer, Bonifacio, es de origen indio, y ha sido expulsada de la misión religiosa donde se formaba para ser monja.
Fushía, de origen brasileño, recorre el río en un barco dirigido por el viejo Aquilino. Y los dos evocan el pasado de contrabandista de jebe (caucho) de Fushía.
Don Anselmo, arpista, llega un día a Piura y pronto se convierte en un personaje muy popular, aunque pocos sospechan que su objetivo es montar el primer prostíbulo de la ciudad, la Casa Verde.
Los inconquistables son unos jóvenes de Piura que se dedican a beber y vaguear, y que acuden a la Casa Verde (la segunda Casa Verde). Son los amigos que Lituma ha dejado en Piura.

Contado por mí, el resumen del argumento parece fácil.

Creo que por los comentarios que he escrito sobre la dificultad formal de esta novela podría parecer que no me ha gustado. En realidad, sí me ha gustado. Las escenas que escribe Vargas Llosa, aunque a veces nos cueste ubicarlas, están dibujadas con gran precisión y resultan dinámicas y evocadoras.
El ritmo se hace más pausado y poético cuando se habla de Don Anselmo, y me atrevería a afirmar que otro joven escritor de un país vecino, Gabriel García Márquez, había leído este libro y asimilado estas páginas en su proceso creativo a la hora de construir una mitología propia en su Macondo y su Cien años de soledad, publicado en 1967.
Cuando se habla de los inconquistables predominan los diálogos, y hacia el final Vargas Llosa nos acerca al discurso interior joyceino de la mente de Don Anselmo.

También podría apuntar, como me he percatado al recordar otras obras del autor, que Vargas Llosa tiende al tremendismo a la hora de dibujar a sus personajes: en la página 510 se habla así de Don Anselmo: “Robarse a una ciega, meterla a un prostíbulo, ponerla encinta. ¿Muy bien que hiciera eso? ¿Lo más normal del mundo?” También hay aquí chicas indias robadas por monjas de sus poblados para que sean las nuevas novicias, que son expulsadas del convento y acaban de prostitutas, etc.
Pero estos personajes de folletín se sostienen por lo ajustado de la prosa de Vargas Llosa y la barroca arquitectura de la trama.

Como reflexión final voy a apuntar que quizás todos los alardes técnicos con que está escrita una novela como ésta y que, como ya he dicho, requieren un esfuerzo intenso del lector, consiguen que percibamos a los personajes desde una distancia gaseosa y que disminuya nuestra posible identificación con ellos, frente a una estructura menos retorcida. No obstante, al llegar al epílogo, donde podemos despedirnos de todos los personajes, sí he sentido la emoción de haber realizado con ellos un extraño y vivo viaje. Así que, a pesar de los briosos obstáculos a saltar, el puzzle de esta novela (aunque las mejores del autor me siguen pareciendo La ciudad y los perros y Conversación en la catedral) se ha conseguido ordenar correctamente en mi mente.

20 comentarios:

  1. Hola, David,
    Comparto contigo la idea de que es una novela barroca y con una técnica trabajada hasta el límite, pero yo no lo calificaría como alarde. Personalemente, la innovación formal que supone para las letras en español la obra primera de Vargas Llosa me parece incomparable e impagable. Será que para mí el juego con lo formal y el forzar la técnica hasta el límite me parece el mayor valor de una obra literaria, siempre y cuando no sea un mero juego, sino que esté al servicio de la trama, y en este caso lo está. La percepción de ese mundo caótico, salvaje y abigarrado no puede ser contado mejor de otra forma. Perdería toda la fuerza lo que se nos cuenta, su contenido. La deuda con Faulkner la ha señalado reiteradamente Vargas Llosa, pero no creo que se trate de un mero trasvase o copia de su estilo. Lo personaliza y lo actualiza al mundo del Perú de forma única. Gracias a su obra, hemos tenido el mayor acercamiento literario a la sociedad peruana, hispanoamericana en general, diría yo. Desenlace que empecé también yo por La ciudad y los perros, me volví admiradora incondicional. Títulos como ése, o este que comentas, o, por supuesto, Conversación en la catedral (que para mí supuso mucho personalmente, también quizá por lo que señalas de la juventud) representan una cima de la literatura en español. E, insisto, su dificultad no es gratuita,está en estrecha relación con la trama y es ella radica su grandeza (comparemos, como comentas, con La vorágine, ,lineal y mucho más convencional narrativamente, y el impacto de su lectura y de su calidad no resiste esa comparación).
    Otra cosa, habría que añadir, es el giro que ha sufrido su obra, exceptuando algunas obras como La fiesta del chivo, donde recupera su grandeza narrativa. El sueño del celta para mí fue una gran decepción. A estas alturas, un escritor como él, no debería permitirse ciertas obras. Por no hablar de Travesuras de la niña mala, o Cuadernos de don Rigoberto.
    Perdón por la extensión, pero es que para mí Vargas Llosa siempre fue mi autor de juventud, y el que me descubrió a Faulkner, lo cual no tiene precio. Dos grandes, a la misma altura.

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  2. P.D. Perdón por algunos errores de vocabulario, pero es que este iPad me tiene todo el día corrigiéndome y poniendo cosas absurdas. A ver si consigo desactivar el corrector de una vez...

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  3. Hola David:

    Me gustado mucho la reseña. Me gusta como enlazas tus experiencias personales y como las lecturas te han influyeron y lo siguen haciendo. Transmites una pasión por la literatura que es, francamente, envidiable.

    Seguiré leyendo tus reseñas, y proponiéndome incorporar lecturas (en este caso "La ciudad y los perros"), aunque si termine haciéndolo (o no) resulte otro asunto diferente.

    Un saludo

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  4. Yo también comencé la lectura de Vargas Llosa con La ciudad y los perros, que como puedo ver por David y Ehrengard, resulta una buena elección para iniciarse en este autor.
    La exultante satisfacción que me produjo esta novela me dio fuerzas para entrar directamente en La casa verde. Hablo de memoria después de muchos años, pero aún me queda en el recuerdo lo impactante de aquella lectura. Y es que no podría escribirse de otra manera una historia ambientada en un laberinto formado por selva, agua, humedad y gentes que pululan pareciendo haber desaparecido en el fangal el fin para el que existen.
    Aquellos años fueron los de La muerte de Artemio Cruz, Cien años de soledad, Pedro Páramo y los cuentos de Cortázar y Borges.
    Vaya, veo que con veinte años elegía mejor mis lecturas, ¿o será la memoria selectiva?

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    1. Tienes razón, Arrecogiendo, o se eligen mejor las lecturas a los veinte, o uno tiene una capacidad admirativa infinita en esa edad. Lo cierto que esa idea de obra total que uno sentía con esos autores es difícil revivirla en la actualidad. Me apasionan muchos libros, me gustan otros, pero si no vuelvo a algunos autores si no clásicos, "canónicos" no experimento esa sensación magnífica de haber asistido a una obra maestra, a un pensamiento único y brillante.

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  5. José Martínez Ros6 de febrero de 2012, 10:53

    A mí me ocurrió algo semejante: leí La ciudad y los perros a los dieciséis años cuando iba a un instituto situado en un barrio marginal (extremadamente marginal), donde mi mayor preocupación no era precisamente el aprendizaje sino salir indemne… Y me lo encontré por casualidad, y me fascinó: también era el libro que necesitaba leer en esa época. Un cordial saludo.

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  6. Hola Ehrengard:
    Me hace gracia: había pensado que tú ibas a entrar a comentar más o menos lo que comentas. Después del tiempo que llevo de blog uno ya puede prever ciertas cosas; lo que me alegra y creo que enriquece este espacio.

    Nadie duda de que los primeros libros de Vargas Llosa fuesen una bomba para la narrativa en español del siglo XX. De hecho yo soy bastante admirador de su obra.
    La fiesta del Chivo también me gustó mucho, y creo que acabaré leyendo La historia de Mayta y La guerra del fin del mundo.
    Y es cierto que si comparamos lo que se hacía en Hispanoamericana en las década del 50 ó el 60 del siglo XX con lo que se hacía en España, está clara que los hispanoamericanos ganan por goleada.

    Sin embargo, sí me parece que ésta es la obra de estructura más compleja de las que he leído de Vargas Llosa y la reflexión sobre ella las hago casi más como aprendiz de escritor, pero también como lector: El Quijote o Los demonios son narraciones lineales y tienen muchísima fuerza y el lector acompaña de formar más cercana a los personajes; no sé hasta que punto se necesita un retorcimiento así de la trama.
    Un reproche parecido hizo Sartre de las obras de Faulkner. A Sartre no le gustaban los saltos temporales de El ruido y la furia porque le parecía jugar con el lector de un modo tramposo.

    La trama de La casa Verde es rica y compleja, y eso es valioso, pero me pregunto si era necesario ese detalle, por ejemplo, de hablar de Lituma con dos nominativos diferentes y contribuír así a la confusión del lector.
    Vargas Llosa luego fue más claro en la exposión narrativa sin bajar la calidad; dando lugar a su obra maestra: Conversación en la catedral; donde se vuelve a usar el recurso de pasar de escena sin previo aviso, pero creo que la narración era más lineal. Y creo que este exceso sí tiene que ver con un alarde de juventud. Era muy bueno desde muy joven y lo sabía y le gustaba demostrarlo. Y esto, la ambición de llegar hasta lo más lejos, está bien.

    Pero si he observado algo de los grandes autores es que con el paso del tiempo se van haciendo más claros, más transparentes y esenciales.

    Y también, como apuntas, he leído algunas críticas negativas a su últimos libros, que por ahora no me apetecen.

    Alberto: si leo es porque me gusta. No entiendo, como ya he dicho más de una vez, a esos comentaristas de blogs que leen las obras completas de un autor para poder exponer con propiedad lo malo que es. Si a mí me pagaran por ello puede que lo hiciera; pero esto es mi pasatiempo; si no disfruto, ¿para qué hacerlo?

    Arrecogiendo y José: a mí también me fascina lo de las lecturas esenciales a una edad, lo que nos marcan ciertos libros.

    Como dices Arreco, yo a los 20 leía más o menos lo mismo que tú apuntas. Y he pensado en retomar aquella época fantástica del boom o el preboom. He pensando en releer algo de García Márquez, o cosas que no leí en su día de Donoso, Onetti, Roa Bastos...

    Gracias por pasaros por aquí.
    Saludos
    David

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  7. Hola, David. Estupenda reseña, como siempre.

    De todos los que apuntas por ahí he leído uno que juraría que es ELOGIO DE LA MADRASTRA. Creo que era especialmente cortito. Lo leí con prejucios porque por aquella época leía -supongo que con pretensiones masocas- sus artículos en EL PAÍS, que eran de un ultraliberalismo casi violento, y le tenía algo de tirria.

    Hace muchos años de aquello y desde algunos meses me vengo planteando la posibilidad de visitar su obra desde una postura más madura. En ese sentido CONVERSACIONES EN LA CATEDRAL ha sido siempre mi primera candidata.

    Salud y buenos alimentos.

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    1. Hola, Peri. Ten en cuenta que cuando Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La casa verde, etc, era estaba justamente en las antípodas ideológicas a su actual neoliberalismo, era comunista convencido. Sólo después de la Revolución cubana empezó a virar ideológicamente. Pero esto no tiene ninguna importancia en su obra, aunque parezca mentira. Sus obras, todas y de todas épocas se caracteriza por el compromiso social, por la denuncia de la injusticia y por el desvelamiento implacable de la impostura. Lo que no deja de ser curioso, dada su actual ideología. Siempre me ha sorprendido este giro político, que desde luego no se percibe en su obra. En lo literario, es aconsejable no tener prejuicios porque uno se perdería grandes obras. Te aconsejo, por supuesto, Conversación en la catedral, una obra maestra

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  8. Hola Peri:

    Yo no soy de la opinión de juzgar una obra de arte por las inclinaciones políticas del autor.

    Independientemente de lo que nos parecan sus ideas, Vargas Llolsa siempre ha sido una persona comprometida con la democracia y crítica con las dictaduras y los abusos de poner. En este sentido su obra es un buen ejemplo de este compromiso.

    Antes de acercarte a Conversación en la catedral, yo empezaría por La ciudad y los perros; novelas bastante superiores a Elogio de la madrastra.

    saludos

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  9. Sí, estoy de acuerdo con los dos (David, Ehrengard) en que es un desatino prejuzgar la obra de un autor pos sus ideas políticas, pero lo cierto es que no fui capaz de evitarlo en su momento.

    LA CIUDAD Y LOS PERROS era otra de mis preferencias. De ELOGIO DE LA MADRSTRA no recuerdo nada, salvo que la terminé enseguida y que no me gustó.

    Saludos.

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  10. Parabéns pelo blog. Ainda não li esse título de Vargas Llosa.
    Procurarei.
    Abraços.

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    1. Hola Thiago:

      Gracias por tus palabras. Espero que disfrutes de este libro de Vargas Llosa.

      abrazos

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  11. solo una pregunta, ¿para qué perdió su tiempo leyendo a ese autor habiendo mejores?, si escribir obscenidades le da el rango a una persona de intelectual este es el hombre, pero nada más

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    1. Me lo pasé muy bien leyendo La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. Eso es todo: me lo pasé muy bien.

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  13. Esa pregunta es según Faulkner la más inquietante que se le puede hacer una persona, me decepciona su respuesta

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  14. Yo perdí el tiempo leyendo a Vargas Llosa, y la pregunta es ¿por qué usted pierde el tiempo leyendo a alguien que leyó a Vargas Llosa?

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