domingo, 18 de enero de 2026

Las llanuras, por Gerald Murnane


 Las llanuras, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 147 páginas. 1ª edición de 1982; esta es de 2015

Traducción de Carles Andreu

Cuando en 2024 buscaba información sobre los posibles ganadores del Premio Nobel de Literatura me encontré con un nombre del que nunca había oído hablar: Gerald Murnane (Melbourne, 1939), un australiano, con miedo a volar y que nunca había salido de su isla, al que admira algún escritor consagrado como J. M. Coetzee. Busqué más información sobre él, y vi que en España había traducido y publicado tres de sus novelas la editorial Minúscula, siendo las más prestigiosa de ellas Las llanuras (1982).

En la Feria del Libro de Madrid de 2025 compré esta novela en la librería Girasol. La he leído en julio de 2025.

 

«Hace veinte años llegué a las llanuras con los ojos bien abiertos, atento a cualquier elemento del paisaje que pareciera insinuar algún significado complejo más allá de las apariencias.», es la primera frase del libro. En Las llanuras, un joven narrador innominado ha llegado a esta zona del interior de Australia con la intención de rodar una película que consiga «revelar» el verdadero significado de la región. Así llegará a una ciudad de las llanuras y se instalará en un bar, con la intención de observar a los lugareños y esperar la llegada a la ciudad de los grandes terratenientes con los que quiere contactar. «Mi plan era presentarme ante los terratenientes como un hombre procedente del extremo más lejano de las llanuras.» (pág. 21)

 

La narración pronto se va tiñendo de un tinte irreal, según el narrador nos va exponiendo sus distintas teorías y miradas sobre el concepto de «las llanuras». En la página 18 leemos: «Algunos historiadores sugerían que el fenómeno de las llanuras en sí mismo era el responsable de las diferencias culturales entre los habitantes de aquellas regiones y los australianos en general.» Toda la erudición inventada sobre esa idea física, pero a la vez abstracta, de las llanuras me ha parecido que tenía la intención juguetona de un cuento de Jorge Luis Borges, un cuento del estilo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. De hecho, alguna de las ideas sobre la repetición, pero también la singularidad, de las llanuras me ha recordado a algunas reflexiones de los escritores argentinos sobre la pampa; a reflexiones que he leído, con intenciones similares, en Juan José Saer, pero también en el propio Borges.

 

Los terratenientes llegan a la ciudad y durante un día o dos van a dar audiencia a todas las personas que, con sus diversos proyectos, quieren entrevistarse con ellos. El narrador, sin retirarse a dormir, esperará su turno. Los terratenientes eligen a estudiosos de diversas disciplinas del conocimiento para que trabajen para ellos. Se puede tratar de escritores, gente que estudia los trajes tradicionales, los estilos arquitectónicos… todos relacionados con la idea de fijar la verdadera identidad e idiosincrasia del espacio mítico de las llanuras.

Hay una historia, un tanto surrealista, sobre dos colores que aún se siguen usando en la vestimenta y adornos de los llaneros, que provocaron en el pasado un conflicto violento, y que tienen que ver con dos modos diferentes de aproximarse a la experiencia de las llanuras. Un color es el verdeazulado que nos remite a la línea del horizonte, donde las llanuras se confunden con el cielo, y el otro, amarillo, tiene que ver con un estudio de la liebre de las llanuras, un animal que trata de ocultarse en el terreno, sin moverse, camuflándose entre los pastos de las llanuras. Quizás de todo este absurdo erudito se desprende una mirada más general sobre la condición humana, y Murnane nos está hablando de las limitaciones del ser humano para entender el mundo en el que habita, y la imposibilidad de encontrar explicación o de encontrar a «Dios». En este sentido, en la página 75 leeremos: «Este estado de ánimo me hace sospechar que cada hombre debe de estar viajando hacia el corazón de una llanura privada, remota.»

 

Los terratenientes –estos verdaderos representantes humanos de las llanuras– están mostrados en el libro como seres lejanos y, hasta cierto punto, incomprensibles. Esta parte de la espera para recibir audiencia me ha recordado a algunas de las páginas de El castillo de Franz Kafka. El narrador, por fin, será recibido y podrá exponer su proyecto cinematográfico sobre las llanuras. A uno de los terratenientes le va a interesar y decidirá contratarlo y alojarlo en su mansión. Allí va a conocer a la hija del terrateniente: «La conocí durante la primera cena en la gran mansión. Como era la única hija, se sentó ante mí, pero apenas nos dijimos nada. No parecía mucho más joven que yo y, por tanto, no era tan joven como había deseado.» (pág. 81). El narrador quería para su película la participación final de una chica que fuera una auténtica representante de las llanuras.

 

En la página 93 empezará la segunda parte del libro con esta frase: «NOTA PRELIMINAL: Después de diez años en las llanuras sigo preguntándome si puedo excluir de la obra de mi vida la presencia del paisaje que en este distrito se denomina la Otra Australia.» Nuestro narrador, después de diez años de llegar a la mansión de las llanuras, sigue tomando notas para su película, una película que nunca parece capaz de empezar a rodar. En la página 101 se abre una nueva ventana metafísica: «Un día espero poder satisfacer mi curiosidad acerca de su teoría de la Llanura Intersticial, el sujeto de una excéntrica rama de la geografía: una llanura que, por definición, no puede visitarse, ero que colinda y da acceso a todas las llanuras posibles.»

 

El narrador irá viendo pasar los años, contratado en la mansión del terrateniente, bajo su mecenazgo, igual que otros estudiosos de diversos ámbitos de las llanuras, principalmente en la biblioteca de la casa, sin –paradójicamente– salir a ver las llanuras, su objeto de estudio. La biblioteca es un compendio gigantesco sobre lo que se ha escrito sobre las llanuras, y el narrador pasa principalmente sus días en la sección dedicada al Tiempo. En la página 119 leemos: «Por eso hoy en día evito los libros que presentan el tiempo como si fuera una especie de llanura más.» y «Siempre temo descubrir, en un ensayo corriente de un llanero sin reputación alguna, un párrafo que describa a un hombre como yo, que se dedica a especular infinitamente acerca de las llanuras sin poner jamás un pie en ellas.» Estos comentarios sobre la biblioteca, que sustituye a la experiencia, y el infinito, me han remitido, de nuevo, a Borges.

 

El escritor Jesús Artacho ha leído también Las llanuras, libro que descubrió de un modo similar al mío, y al reseñarlo ha citado la posible influencia de Samuel Beckett y su famosa obra de teatro Esperando a Godot. Me parece una idea acercada. En Las llanuras nuestro narrador se siente paralizado a la espera de una revelación sobre la realidad que nunca parece llegar, aunque siempre parece estar también a punto de recibirla.

 

En la página 123 ocurre algo extraño. Leemos: «A veces veo a la hija mayor de mi patrono en uno de los caminos del invernadero más próximo (…) Es poco más que una niña.» Como señalé anteriormente, en la página 81 nos habla de una «única hija» casi de su edad. Tenía apuntando este dato y me desconcertó la contradicción con la que me encontré 40 páginas después. No creo que sea un error inconsciente por parte de Murnane. Lo interpreto como un juego narrativo: no se puede entender ni fijar la realidad, porque esta siempre es movible, inasible. Es posible que se trate de uno de esos juegos, como los que practica César Aira, en los que se rompe la coherencia interna del relato.

El estilo de Murnane es filosófico y poético, bello y cerebral. Toda su erudición falsa, que persigue descubrir algo sin objeto, me hace pensar en una broma literaria al estilo de las de Borges. Pero, quizás, las historias de Borges funcionaban mejor porque eran cuentos y no novelas. Las llanuras es una novela en la que casi no hay acción, ni interacción entre los personajes y, pese a sus muchas páginas brillantes, en busca de un misterio o revelación que no acaba de llegar, en algunos tramos se puede hacer algo repetitiva y tediosa. En cualquier caso, leer por primera vez a Gerald Murnane ha sido una interesante experiencia.

domingo, 11 de enero de 2026

Los nuevos, por Pedro Mairal


 Los nuevos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 435 páginas. 1ª edición de 2025

 

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos. He leído de él todo lo que se ha publicado en España, desde que me acerqué a su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), que leí sobre 2002 en la edición de Contraseñas de Anagrama. Seguí, más tarde, su pista por Salto de Página y El Aleph, las editoriales que le publicaron, después de Anagrama, en España, donde su obra estuvo algo dispersa hasta que Libros del Asteroide publicó La uruguaya (2016) y empezó a ser un autor más conocido. Esto hizo que esta editorial rescatase toda su obra anterior. Después de este éxito, en 2019 apareció otro libro en España, en este caso de relatos y en la editorial Destino: Breves amores eternos (2019), formado por dos colecciones de relatos, Breves amores eternos (2019) y Hoy temprano (2001), que unía su nuevo libro de relatos, con uno de 2001, inédito en España. Este contacto con la editorial Destino, ha hecho que su nueva novela, Los nuevos (2025) aparezca en ella.

 

Los nuevos está formada por cuatro partes. La primera se titula Bandera de los veranos, y en ella nos acercamos a la primera persona de Thiago, un joven de diecinueve años que, en las primeras páginas de su relato, sabremos que se encuentra recluido en una institución psiquiátrica, de la que está planeando escapar. Mientras conversa con una psicóloga, recordará su historia. La psicóloga le insiste para que escriba sus recuerdos del verano, cuyos sucesos le han conducido a la institución psiquiátrica, para lo que le regala un cuaderno. «Otra razón por la que no escribiría nada es porque tendría que hablar mierda de todo el mundo.», leemos en la página 26. Es un recurso interesante este: Thiago no está escribiendo en su cuaderno, pero piensa –y el lector acabará leyendo este texto sobre sus pensamientos– en lo que escribiría en el cuaderno si escribiera. La madre de Thiago se ha muerte de cáncer no hace mucho tiempo y el vive con su padre, la nueva pareja de su padre (el padre y la madre estaban separados desde hacía años) y Vini, el hijo de los dos, de cinco años. Durante el verano la familia se traslada a La Lobería, un conjunto de cabañas cerca del mar, en el que gente de clase media alta de Buenos Aires pasa por hippies, Thiago llama a La Lobería «toldería chill out». Allí se va a encontrar con Pilar, una amiga de su edad, con la que mantiene una relación intermitente o no del todo definida como pareja, ya que Thiago tiene pluma y se siente atraído por los hombres. De su discurso no acaba de quedar claro si es bisexual, o un homosexual aún no reconocido ante sí mismo. Me gusta la descripción que hace Thiago del negocio de Aguirre, un hombre que alquila caballos para pasear, y al que Thiago ha ayudado durante los últimos veranos. Son muy bellas las descripciones que hace de lo que le gustan los caballos. Esa idea de Thiago en una institución psiquiátrica, despotricando de la falsedad del mundo de los adultos, me ha recordado al tono reflexivo y desesperado de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

 

Al principio, había supuesto que Mairal iba a hablar desde su experiencia personal y que sus personajes de diecinueve años, estos «nuevos» a los que alude el título, lo iban a ser en 1989, cuando el propio Mairal tenía esa edad, pero no es esto lo que ocurre en la novela. El tiempo narrativo de Los nuevos está apegado al de la escritura de la novela; así, por ejemplo, la final del mundial de futbol de Qatar, en la que Argentina ganó a Francia, y que tuvo lugar en diciembre de 2022, va a ser un hecho importante en la novela y que marca de forma clara el espacio temporal. Al evocarse aquí la primera persona de jóvenes de diecinueve años, Mairal usa para ellos un vocabulario cercano a la oralidad bonaerense de ahora, pero esto ocurre, claro, de forma muy controlada, y, en general, el lenguaje es evocador y poética sin ser recargado. Un rasgo de estilo es que las palabras en inglés, así como los títulos de libros o canciones están en el texto sin cursivas.

 

En la segunda parte, titulada My name is Bruno, conoceremos a Bruno, que es el mejor amigo de Thiago, y ha sido su compañero de clase en el colegio. Mientras Thiago pasaba el verano en La Lobería, Bruno está en Wisconsin, donde le han mandado sus padres para que estudie Economía, aunque él no siente mucha simpatía por estos estudios y lo que, en realidad, le gusta es la música. Thiago, Bruno y Pilar han tocado juntos en el colegio y la música es una de sus pasiones. Desde el verano del hemisferio sur nos trasladamos al frío del hemisferio norte. En la primera parte ya habíamos oído hablar de Bruno, porque se cambia mensajes con Thiago y este nos ha hablado de él. El frío será uno de lo símbolos de la soledad de Bruno en Estados Unidos. Además le conoceremos durante las vacaciones de invierno, cuando casi todos los estudiantes se van a sus casas y él ha decidido no volver a Buenos Aires y permanecer en un campus cada vez más vacío. Esta segunda parte está narrada en tercera persona, pero al igual que ocurría en la primera, el lector irá recibiendo información adelantada de los sucesos que se van a narrar. Esta segunda parte va a acabar siendo mi favorita del libro, aunque, en apariencia, nos cuente una historia de sobra conocida: chico conoce chica más desamor posterior. My name is Bruno es, en sí misma, una magnífica novela corta, que se podía haber publicado de manera independiente al volumen. La soledad juvenil, sus sueños y sus anhelos están narradas de un modo magistral, con una escritura repleta de escenas bellísimas. Me ha llamado la atención la precisión en los detalles, a la hora, por ejemplo, de describir cómo funciona el campus universitario, como si Mairal (así puede ser) lo conociera de primera mano. Me ha encantado la descripción sobre cómo surge el amor o la amistad de Bruno con otros latinos. Esta segunda parte se insertaba muy bien en la poética de la narrativa breve estadounidense, y me ha recordado Mairal aquí a la forma de contar de escritores como Tobias Wolff o Richard Ford.

 

La protagonista de Las mudanzas –la tercera parte– va a ser Pil, pero la forma de hablarnos sobre ella es bastante ingeniosa: el narrador (en principio) es Thiago que nos hablará sobre Pil, y decidirá usar la primera persona de ella. Quizás más adelante tengamos alguna sorpresa sobre este tema ¿Thiago habla como si fuera Pil o es la propia Pil la que finge ser Thiago para hablar de sí misma?

Si bien, Thiago podía estar aquejado de algún desequilibrio mental y Bruno tiene conflictos con su madre, por su futuro profesional y su peso, Pilar, huérfana de padre desde muy niña, es posiblemente la que más conflictos tenga con su madre, que se fue a Barcelona con una nueva pareja y la dejó a cargo de su abuela. Quizás la historia de Pilar sea la más desesperada de las tres, porque su madre acabará arrinconándola con la intención de obligarla a que se mude a Barcelona con ella. La abuela, ludópata y vividora, es un gran personaje. Los nuevos es una gran novela de personajes principales –Thiago, Bruno y Pilar–, pero me gustaría destacar también el gran elenco de personajes secundarios bien perfilados que atraviesan el texto. Mairal, como ya ha demostrado en sus otras obras, tiene un gran instinto narrativo para describir escenas significativas plagadas de detalles atractivos que siempre resultan verosímiles.

Diría que, en gran medida, Mairal ha vuelto a sus orígenes narrativos, a aquellos en los que describía también el paso de la adolescencia a la edad adulta en Una noche con Sabrina Love (1998), con todos sus sueños, esperanzas y sin sabores.

Los nuevos me ha parecido una grandísima novela sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta, que confirma a Mairal como uno de los autores latinoamericanos más en forma del panorama actual. Es posible que nos encontremos ante su mejor novela hasta el momento.

 

domingo, 4 de enero de 2026

Relaciones misericordiosas, por László Krasznahorkai


Relaciones misericordiosas
, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 144 páginas. 1ª edición de 1986, esta es de 2023

Traducción de Adan Kovascsics

 

Unos días antes del fallo del Premio Nobel de Literatura 2025, me pasé por dos bibliotecas públicas de Madrid y tomé en préstamo algunos libros de autores que podían ganar el premio Nobel el jueves de esa semana. De este modo, saqué de la biblioteca de Ciudad Lineal Relaciones misericordiosas (1986), el único libro de relatos traducido al español de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954). Tiene otro, titulado en húngaro El mundo sigue de 2013, que aún no ha llegado al público en español de la mano de Adan Kovascsics, que es el traductor de todas sus obras a nuestro idioma.

Tango satánico fue la primera novela de Krasznahorkai y se publicó en 1985. Su siguiente libro publicado fue esta colección de cuentos, Relaciones misericordiosas.

 

Relaciones misericordiosas tiene el subtítulo de Relatos mortales y consta de ocho cuentos. El primero se titula El último barco y en él, desde la primera línea, el lector experimenta una opresiva sensación de amenaza. Una ciudad húngara ha sufrido una guerra, se han ido las tropas regulares y está controlada por un comando especial. Unos sesenta disidentes del régimen (aunque esto no queda muy claro, porque el relato apuesta por la confusión y la sensación de caos) han sido convocados en el puerto para salir del lugar en un derrengado barco. El relato está narrado en primera persona del plural, así que será este narrador colectivo el que nos hable del drama de abandonar la ciudad y también el país a través del Danubio, que parece ser la última salida. El último barco está recorrido por una sensación de fin del mundo y, como se ha comentado tras el Nobel, es una narración apocalíptica. Es muy probable que, en su trasfondo, la narración sea una metáfora del fin de los regímenes comunistas en la Europa del Este, que en la década de 1980, Krasznahorkai podía temer que dieran sus últimos coletazos de un modo violento.

 

Herman, el guardabosques. (Primera versión) trata sobre un guardabosques ya jubilado que recibe el encargo de «arreglar» un bosque abandonado, que está empezando a perjudicar, con sus depredadores, a una zona cercana de caza. Herman se considera a sí mismo como un artista de tender trampas y aceptará la misión. Sin embargo, aunque tiene éxito en su cometido la búsqueda del verdadero sentido de lo que hace empezará a minar su autoconfianza y mirar a los animales que extermina de otra manera. De forma más clara que en otros textos de Krasznahorkai, me ha parecido sentir en este cuento la influencia de Franz Kafka, sobre todo del cuento La guarida, por la idea de la persona sola y acosada que se hace un refugio, pero también hay ecos de otros cuentos como Un artista del hambre. Hacia el final, en su crítica a la sociedad en la que vive, me ha parecido también escuchar la voz de Thomas Bernhard.

Por ahora, tras leer dos cuentos, que suman unas cincuenta páginas, constato que el nivel es muy bueno. En estos relatos también me encuentro con el estilo denso de las novelas que he leído del autor, Tango satánico (1985) y Guerra y guerra (1999), con ese estilo de frases muy larga, cuajadas de subordinadas.

 

En manos del barbero percibo más la influencia del Fiódor Dostoievski de Crimen y castigo. Krasznahorkai ha declarado en alguna entrevista que algunas de sus influencias literarias más claras son Kafka, Bernhard y Dostoievski. En este cuento, un tipo comente un crimen, pensando que un viejo que presume en el bar de su dinero realmente lo tiene y ha de huir. Para tratar de cambiar de aspecto visitará a un barbero, que empezará a comportarse de un modo extraño, entrando de nuevo esta historia en territorio kafkiano.

 

La trampa de Rozi es el cuarto cuento. En él, un hombre que parece un gran trabajador ve un día interrumpida su rutina al percatarse, cuando va a subir al tren, que alguien observa a los demás en la estación. Siguiendo un impulso extraño, decidirá seguir a este hombre, que a su vez sigue a otro, que se sabe observado por este. El punto de vista de la narración –está escrita, en principio en tercera persona y luego pasa a la primera– va pasando de un personaje a otro. En este relato subyace una crítica a los estados totalitarios que vigilan a la población, porque la primera persona perseguida no es capaz de imaginar que se encuentra ante un perturbado, un voyeur, y cree que son sus antiguos camaradas del partido los que le tienen vigilado.

 

Calor, al igual que El último barco, nos traslada a un escenario apocalíptico. La sociedad parece estar derrumbándose y una pareja busca refugio en un edificio abandonado, donde trata de pasar desapercibida en medio de los incendios que sufre su ciudad. «El hombre normal y corriente como yo mismo vive en un peligro constante, quera algo o no quiera nada.», leemos en la página 77. Este cuento está narrado en primera persona y me ha llamado la atención la creación de Krasznahorkai de una voz narrativa ligeramente machista. Es también un gran cuento.

 

Lejos de Bogdanovich es un cuento eminentemente kafkiano. Un hombre de mediana edad entró en una fiesta la noche anterior y ahora, en el tiempo narrativo del relato, huye con un chico joven, que podría ser su hijo, porque este último se metió en una pelea, y quizás (el lector no acaba de averiguarlo), ha habido un asesinato. En la página 99 leemos: «Del hombre que yo era ayer apenas ha quedado nada, que soy todo inverosimilitud y todo angustia.» El narrador siente que ha dejado de pertenecer al mundo al identificarse en la pelea de la noche anterior con el joven Bogdanovich, del que ahora se siente responsable y al que acompaña por la calle. Es este un relato existencia sobre el absurdo del mundo, que, dentro de su planteamiento extraño, funciona a la perfección, moviéndose con gran energía desde su eje angustioso y torcido.

 

En busca de emisoras, el séptimo relato, me ha parecido el más flojo del conjunto, dentro –claro– de un nivel muy alto. En él, un profesor jubilado busca emisoras de radio, y siente que es libre al poder escuchar la radio, ya que, en los otros momentos de su vida, se siente vigilado por su mujer o su comunidad, quienes sospechan que está loco y que puede esconder algún peligro para los demás. Después de la muerte de su mujer, el narrador quiere aislarse del mundo, pero desde el ayuntamiento no dejará de requerir su presencia en diversos actos. De nuevo, nos encontramos aquí con una crítica a los regímenes comunistas y su intromisión en la vida privada de las personas.

 

El último cuento es El final de un oficio. (Segunda versión) y me ha parecido un gran cierre al libro. Un grupo de oficiales viaja con unas mujeres, con las que mantienen relaciones disolutas para la moral de la época, hasta una ciudad de provincia. En esta ciudad se van a encontrar con que la gente vive atemorizada por las acciones contra los ciudadanos que ha tomado un antiguo guardabosques, llamado Herman, que parece haberse vuelto loco. Así que, en este último cuento, Krasznahorkai retoma el universo creado en el segundo, el titulado Herman, el guardabosques, desde otro punto de vista y, quizás, proponiendo un final alternativo al de la primera historia.

 

Como ya he adelantado, Relaciones misericordiosas me ha parecido un gran libro de relatos, con influencias de grandes autores como Kafka, Bernhard y Dostoievski, y con el estilo denso, poético y elaborado de las dos novelas de Krasznahorkai que conozco. Todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo, la inminencia de la destrucción social están ya en estos relatos. Quizás este libro de cuentos, Relaciones misericordiosas, sea una gran puerta de entrada al mundo literario de Krasznahorkai, antes de acercarse a sus novelas.