miércoles, 6 de mayo de 2015

Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, por John Stuart Mill

Editorial Alianza. 188 páginas. Textos escritos en 1829 y 1830, publicados por primera vez en 1844. Ésta edición es de 1997.
Traducción y prólogo de Carlos Rodríguez Braun

Para seguir con mi proyecto de lectura de los textos más relevantes de la historia del pensamiento económico, tras empezar con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguir con Primer ensayo sobre la población (1798) de Thomas Robert Malthus y Principios de economía política y de tributación (1817) de David Ricardo, me tocaba leer a John Stuart Mill (Londres, 1806 – Aviñón, 1873). Mill probablemente sea más recordado por sus trabajos filosóficos y sociales, gracias a libros como Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863), El sometimiento de la mujer (1869), pero también fue un destacado economista, siendo su libro más importante el titulado Principios de economía política (1848). Éste último libro lo vi el año pasado en la Casa del Libro de Goya, en un formato enorme, comentado por el economista español Pedro Schwartz. De entrada el formato me pareció inviable: ese libro no cabe en mi maletín de profesor, y yo leo por las mañanas en la ruta del colegio. Ahora sé que existe otra edición (de más de 900 páginas) editado por el Fondo de Cultura Económica que parce más manejable.

A finales de 2014 fui, de nuevo, a la Casa del Libro de Goya con la intención de comprar el ensayo sobre literatura La mala puta, de Miguel Dalmau y Román Piña; me pasé por la sección de economía y vi estos Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, en un libro nuevo, pero ya amarillento, de Alianza publicado en 1997: la primera traducción al español, a cargo del economista Carlos Rodríguez Braun (del que ya leí la traducción de La riqueza de las naciones, que me pareció un gran trabajo). Compré el libro, si no leía Principios de economía política, estos textos podrían servirme como introducción de la obra económica de Stuart Mill. Sobre ellos escribe Rodríguez Braun en su prólogo: “Son páginas tan notables que su autor habría ganado gracias a ellas un sitio en el podio de los economistas ilustres aunque no hubiese escrito nada más.” (pág. 7)

Cuando Mill escribió estos ensayos tenía unos veintitrés años. Sorprende la precocidad y la madurez de sus ideas. Aunque quizás no sorprenda tanto tras leer este párrafo del prólogo: “Mill padre fue el único responsable de la educación de su hijo. John Stuart no fue al colegio ni a la universidad, pero a los tres años sabía griego, a los seis matemáticas, a los ocho latín y a los trece estudiaba lógica y economía política: leyó a Ricardo y a Adam Smith, y empezó a escribir sobre cuestiones económicas desde muy joven.” (pág. 8)

Yo había leído sobre las ideas económicas de Stuart Mill en el libro Historia del pensamiento económico de Landreth y Colander; y ya sabía que a Mill se le considera el ideólogo de la socialdemocracia en Europa: fue uno de los primeros defensores del feminismo y del voto de la mujer, creía en los sindicatos, la educación universal, la redistribución de la renta por medio del impuesto sobre las herencias, la reducción de la jornada laboral y la limitación de la tasa de crecimiento de la población. Leyó a los socialistas utópicos y llegó a estar de acuerdo con ellos en bastantes aspectos. Aunque sí que creía en la propiedad privada (con algunos matices) y en las ventajas de la competencia, dudada de que los mercados funcionaran a la perfección por sí solos como apuntaban Smith y Ricardo, y consideraba que además de la teoría abstracta (Ricardo) hay que atender a las evoluciones históricas (en esto se parece más a Smith).
Sin embargo, tengo la impresión que sus ideas más modernas y sociales deben encontrarse en el extenso Principios de economía política o en sus textos más filosóficos, porque en estos ensayos juveniles muestra un talante más liberal, aunque en muchos casos matiza el pensamiento de Ricardo o de Smith.
Es curioso que Mill tuviera que esperar más de una década para ver publicados sus valiosos ensayos de juventud por no encontrar editor.

A continuación paso a resumir y comentar cada uno de los cinco ensayos:

I) De las leyes del intercambio entre las naciones y la distribución de las ganancias del comercio entre los países del mundo comercial
Si el libro de David Ricardo, desde la primera frase empieza a conversar con el de Smith: “Fue observado por Adam Smith que (…)”, el de Stuart Mill comienza refiriéndose al de Ricardo: “De las verdades con las que la economía política ha sido enriquecida por el Sr. Ricardo, ninguna ha contribuido a otorgar a esa rama del conocimiento el carácter relativamente preciso y científico que hoy ostenta más que el fino análisis que presentó acerca de la naturaleza de la ventaja que las naciones derivan del mutuo intercambio de sus producciones.” (pág. 25).
La economía, como ciencia política, comienza en gran medida discutiendo sobre la libertad comercial entre los países. Para Adam Smith la liberalización del comercio serviría para que cada país se pudiera especializar en la producción de aquellos bienes que, por clima o por cualquier circunstancia histórica, se le diese mejor, y de esta forma al intercambiarlos, luego, la riqueza general del mundo aumentaría. Smith habla, por tanto, de la ventaja absoluta del comercio.
La aportación de David Ricardo sobre el comercio posiblemente fue su idea más valiosa para el desarrollo de la ciencia económica: aunque un país tenga ventaja en la producción de dos bienes frente a otro, aun así al primero le puede interesar comercial con el segundo, atendiendo al coste de oportunidad de dejar de producir aquello en lo que destaca. Ricardo habla por tanto de la ventaja relativa del comercio.
Y aquí, desde la teoría de la ventaja relativa de Ricardo, es desde donde parte este primer ensayo de Mill. Después de exponer la teoría ricardiana, en la página 29 leemos: “El objetivo de este ensayo es investigar en qué proporción el aumento del producto, resultante del ahorro del trabajo, se divide entre los dos países. Esta cuestión no es abordada por el Sr. Ricardo, cuya atención fue absorbida por asuntos mucho más importantes; como debía crear una ciencia, no tenía tiempo ni lugar para ocuparse de muchas más cosas que no fueran el sentar sus principios. (…) Muy rara vez siguió el hilo de los principios de la ciencia hasta la ramificación de sus consecuencias.”

En mi asignatura de economía del programa del Bachillerato Internacional, el tercer bloque se dedica al comercio internacional. Por supuesto, los primeros temas hablan de las teorías de Smith y de Ricardo, de las ventajas y desventajas del libre comercio y del proteccionismo. El sexto y último se titula Términos del intercambio, y en él se habla de qué país se beneficia más del intercambio según la evolución relativa de la inflación o la elasticidad-precio (en qué medida baja la demanda de un bien cuando aumenta su precio) de los bienes. No sabía que este capítulo de mi temario es debida a la perspicacia de un joven de veintitrés años llamado John Stuart Mill, que apostilla con acierto la teoría clásica de Ricardo.
Cuando Mill escribe este ensayo no está definido aún el concepto de elasticidad-precio (explicado de forma sencilla: los bienes de primera necesidad, como el pan, son muy inelásticos: si su precio sube un 10% su demanda baja pero de forma menos que proporcional, por ejemplo, un 3%; y los bienes elásticos, como los de lujo, serían aquellos que al subir su precio un 10% su demanda baja más que proporcional, por ejemplo, un 20%), pero él lo usa de forma intuitiva. Escribe en la página 33: “Es bien sabido que la cantidad de cualquier mercancía que puede venderse varía con el precio. Habrá menos consumidores y la cantidad vendida será menor cuanto mayor sea el precio. Habrá en general más consumidores y la cantidad vendida será mayor cuanto menor sea el precio. Esto es verdad para virtualmente todos los bienes, aunque la disminución del consumo de alguno de ellos en un grado determinado requerirá una subida de precio mucho más intensa que en otros.”
En la página 45: “Hay diversas proporciones en que puede repartirse la ventaja del comercio entre dos países. (…) Incluso es posible concebir un caso extremo, en el cual la totalidad de la ventaja resultante del intercambio sería para uno de los países, y el otro no ganaría nada.”
Mill hace avanzar en este ensayo a la ciencia económica al analizar la importancia de las ventajas relativas (o demanda recíproca) de cada país en el intercambio, la importancia de la evolución de los precios en cada país y la naturaleza del bien que se comercia en cada caso. Además introduce en su análisis la importancia de los costes de transporte.
Página 41: “No debe concluirse, empero, que los precios monetarios elevados son en sí mismos un bien y que los precios monetarios reducidos son un mal. Pero cuanto más elevados sean los precios monetarios de un país mayores serán habitualmente los medios del país para adquirir aquellas mercancías que, al ser importadas desde el exterior, son independientes de las causas que mantienen altos los precios nacionales.” Comentarios de este estilo los tengo que hacer yo en mis clases cuando explico el tema de los términos del intercambio, al relacionar el comercio internacional con la inflación.

En la página 49 se muestra contrario al uso de los aranceles: “Si la moralidad internacional fuese correctamente comprendida y obedecida, estos impuestos no existirían, porque son contrarios a la riqueza universal. Asimismo, el establecimiento de dicho tributo con frecuencia expondrá y siempre podrá exponer a un país a perder esta rama del comercio por completo, o a desarrollarla con una ventaja menor.”
En la página 52: “Un arancel proteccionista jamás puede ser motivo de ganancia y siempre y necesariamente lo es de pérdida para el país que lo impone.” Aunque también habla de la existencia de aranceles no proteccionistas, aquellos que no tienen como objeto favorecer a una industria local menos competitiva que la de otros países, y así habla de aranceles sobre mercancías que no pueden ser producidas localmente y que sí que representarán una fuente de beneficio para el país que lo establece.
Mill apuesta por el bien común internacional de comercio y señala que no le parece incorrecto dejar que los extranjeros se familiaricen con la posible ventaja tecnológica de las máquinas inglesas, ya que “el interés común de todas las naciones es que cada una de ellas se abstenga de toda medida que disminuya la riqueza agregada.”

Los mercantilistas pensaban (se apunta en la página 56) que la ventaja del comercio mundial estribaba en incrementar las exportaciones y disminuir las importaciones, para así mejorar la balanza de pagos. En contra de esta idea, Mill apunta que la importancia del comercio internacional “consiste y debe consistir exclusivamente en las importaciones”, ya que “todo incremento en la demanda de nuestras mercancías desde el exterior permite que nuestro suministro de mercancías extranjeras nos cueste menos.”
En pág. 57: “La división de la ventaja se torna cada vez más favorable a un país en proporción al incremento de la demanda de sus mercancías en países extranjeros”. Esta idea hay que unirla a la de las fluctuaciones del tipo de cambio: al incrementarse nuestra demanda de bienes de otro país, aumenta la demanda de la moneda de ese país, y por tanto se incrementará su inflación, así nosotros estaremos en mejores condiciones para vender más al extranjero.

En la página 58, sin citar a Ricardo parece hacerle una crítica, al opinar en contra de los economistas teóricos que no se fijan demasiado en lo que ocurre en la realidad.

Hacia el final, en la página 67, hay una conclusión que me parece interesante:
“Si se preguntara ahora qué países del mundo ganan más por el comercio exterior la respuesta sería la siguiente.
Si por ganancia se entiende ventaja en su acepción más amplia, el país que más gana es el que más necesita los bienes extranjeros.
Pero si por ganancia se entiende el ahorro de trabajo y capital para obtener las mercancías que el país requiere, cualquiera que sean, entonces el país no ganará en proporción a sus propias necesidades de los artículos extranjeros sino en proporción a las necesidades que los extranjeros tienen de los artículos que dicho país produce.”

II) De la influencia del consumo sobre la producción
En este segundo ensayo Mill discute sobre la llamada
ley de Say. Jean-Baptiste Say es el más destacado economista clásico francés. Su libro más importante es Tratado de economía política (1803) La ley de Say, enunciada de forma muy sencilla, apunta que “toda oferta crea su propia demanda”; es decir, que la sobreproducción general es imposible. Comenta Rodríguez Braun en su prólogo que la ley de Say fue la bestia negra de Keynes, ya que éste, en su crítica del funcionamiento de los mercados, pensaba que puede haber momentos de insuficiencia de la demanda agregada y esto le llevaba a abogar por una intervención gubernamental sobre el gasto público, que actuara de estímulo. Dice Rodríguez Braun que la ley de Say se cumpliría en mercados en equilibrio y con pleno empleo; así que en la actualidad la ley de Say se llama Igualdad de Say, y está condicionada a ese supuesto.
Lo llamativo de este ensayo es que Mill comienza siendo un entusiasta defensor de la ley de Say, para ir matizando sus supuestos y (casi sin darse cuenta) acabar refutándola.
Veamos cómo lo hace. En la página 71 leemos: “Entre los errores cuyas consecuencias directas fueron más perniciosas (…) figuraba la inmensa importancia atribuida al consumo. Según la opinión predominante, el fin principal de la legislación en materia de riqueza nacional era la creación de consumidores.” Hay al comienzo de este ensayo frases que me parecían muy liberales, muy al estilo de las de David Ricardo, y me extrañaba por tanto que Mill fuese en consecuencia el padre de la socialdemocracia europea. Parece mostrarse contrario a la recaudación de impuestos: “Ha dejado de suponerse que uno pueda beneficiar al productor arrebatándole su dinero y entregándoselo después a cambio de sus bienes.” (pág. 72). En la página 72 nos habla directamente de su adhesión a la ley de Say: “El consumo nunca precisa estímulo. Todo lo que se produce se consume”; y aquí llegan las frases más liberales: “Lo que un país necesita para enriquecerse nunca es consumo, sino producción. Cuando haya producción podremos estar seguros de que no faltará el consumo. Producir implica que el productor desea consumir, si no ¿para qué iba a dedicarse a un trabajo inútil? Puede que no quiera consumir lo que él mismo produce, pero su motivación para producir y vender es el deseo de comprar. Por consiguiente, si los productores en general producen y venden cada vez más, ciertamente comprarán también cada vez más.” (pág. 73). Y luego “Nunca habrá una producción general de mercancías mayor que la que puedan absorber los consumidores”.

Mill está hablando al comienzo de su ensayo de una economía de trueque,  y parece afirmar sus ideas con mucha convicción, pero lo cierto es que yo también dudo de que en una economía de trueque esto sea cierto. Supongamos que existen dos pueblos, uno produce 500 kilos de trigo y el otro 1.000 kilos de tomates. Cada uno consume la mitad de su producción y la otra mitad la intercambia. Ambos pueblos consideran que es justo que se intercambie un kilo de trigo por dos kilos de tomates. Si el año siguiente el pueblo que cultiva tomates decide trabajar menos y producir 700 kilos de tomates, y el otro pueblo mantiene su producción constante, a la hora del intercambio en vez de presentarse con 250 kilos de trigo unos y los otros con 500 kilos de tomates, los últimos lo harán con 200 kilos de tomates. ¿Se realizará el trueque de igual manera? ¿Cambiará la relación de intercambio y debido a que el segundo pueblo decidió trabajar menos el valor de su producto subirá o es más probable que el primer pueblo intercambie una menor cantidad de trigo y se quede otra sin intercambiar y por tanto acabe con mercancía sobreproducida? Considero que para que se cumpla la ley de Say en una sociedad de trueque, como apunta Mill, deberían darse las condiciones de competencia perfecta, y en mi ejemplo debería existir el supuesto de información perfecta, y esto daría pie a un pensamiento estratégico sobre la producción de cada pueblo. Y creo que , de forma general, esto no ocurre en la realidad.

Cuando se introduce el dinero en el análisis, apunta Mill: “Nunca existe más capital que el que puede ser empleado, y si una persona no compra sus bienes, entonces lo hará otra; y si no lo hace nadie, y hay sobreproducción en su actividad, puede retirar su capital e invertirlo en otro negocio.” (pág. 77) En la última aseveración (retirar su capital e invertirlo en otro negocio) Mill está asumiendo la condición de competencia perfecta de libertad de entrada y salida de los mercados. Pienso en un reportaje sobre la crisis económica en España que pongo a mis alumnos, en el que se ve un polígono de Andalucía con las naves cerradas y los vehículos de transporte parados, porque sus dueños no se atreven a producir ni a mover sus vehículos porque no hay negocio y por miedo a impagos. Estas personas no pueden retirar su capital y pasar a otro negocio; y en este caso sí que existe capital sin emplear. Alguien tenía cuatro máquinas para producir 1.000 unidades de producto, la demanda se contrae a 500 u. y dejas de utilizar dos máquinas, ¿a quién se las vendes si los demás empresarios estarán igual que tú en un contexto de contracción económica?

Mill comienza a contradecirse (o a matizar sus ideas):”Si cada mercancía permaneciese sin vender en promedio durante un periodo de tiempo igual al requerido para su producción, es patente que en todo momento no habría más que la mitad del capital productivo del país cumpliendo realmente las funciones de capital (…). Cada productor podría producir todos los años sólo la mitad de las mercancías que sería capaz de producir si tuviese la seguridad de que las vendería no bien finalizase la producción.” (pág. 79)

Lo curioso es que Mill tiene una idea intuitiva de la existencia de ciclos económicos, cuya aceptación (como comenté al analizar El crack de 1929 de Galgraith) es relativamente moderna: “El anhelo generalizado de comprar y la renuencia generalizada a comprar se suceden mutuamente de forma más o menos acentuada y con breves intervalos. Salvo durante breves periodos de transición, casi siempre hay una gran actividad en los negocios o un gran estancamiento.” (pág. 92)

Aunque para Mill el cumplimiento de la ley de Say en una situación de trueque es rigurosamente cierto, cuando entra en juego el dinero apunta: “Si suponemos que se utiliza dinero estas proposiciones dejan de ser rigurosamente ciertas.” (pág. 94)
Con el dinero, el intercambio se divide en dos actos separados. “Aunque el que vende en realidad vende para comprar, no necesita comprar en el mismo instante en que vende, y por ello no añade inevitablemente a la demanda inmediata de una mercancía lo que añade a la oferta de otra. Como la venta y la compra están ahora separadas, bien puede ocurrir que en cualquier momento dado haya una inclinación muy extendida a vender con la mayor urgencia posible, acompañada con una inclinación igualmente extendida a diferir todas las compras lo más que se pueda. Esto es precisamente lo que ocurre siempre en los periodos descritos como periodos de sobreoferta general.” (pág. 94)
En esta situación los precios tienden a bajar, y esto beneficia a los que pueden retener su mercancía sin vender y perjudica a los que se ven forzados a vender a precios más bajos, porque esta caída de los precios será temporal.
En la última página del ensayo vuelve a afirmar que cree en la ley de Say, aunque matizada: “Cada incremento de la producción, si se distribuye sin error de cálculo entre todas las clases de productos en la proporción indicada por el interés privado, crea o más bien constituye su propia demanda.” (pág. 98). Parece estar admitiendo también las condiciones de competencia perfecta, y por tanto –como hacía David Ricardo- sigue las directrices marcadas por Adam Smith en este sentido.
Es significativo el último párrafo del ensayo en la página 98: “La esencia de la doctrina se preserva cuando se acepta que no puede haber un exceso permanente de la producción o de la acumulación, aunque admitiendo al mismo tiempo que así como puede existir un exceso temporal de algún artículo considerado individualmente, también puede haber un exceso de bienes en general, no como consecuencia de una sobreproducción sino por falta de confianza en los mercados.” Es aquí donde entraría la teoría de Keynes (defensor de Mill en contra de Ricardo) y la creación de estímulos gubernamental (multiplicador keynesiano) para reactivar la demanda agregada ante contracciones debidas a la falta de confianza en los mercados.

III) Sobre las palabras productivo e improductivo
Aquí Mill retoma una discusión a la que dedicaron muchas páginas Smith, Malthus y Marx, pero que después de éste desapareció de los intereses de la ciencia económica, por la dificultad de distinguir lo productivo e improductivo en una economía de mercado, explica Rodríguez Braun.
Recuerdo que en La riqueza de las naciones Smith apuntaba que si un rico se gasta el dinero en construir una casa este sería un gasto productivo, porque la casa seguirá ahí con el tiempo, pero si se lo gasta en una fiesta éste será un gasto improductivo. Mill parte de esta idea y se interroga por el concepto de riqueza, apunta que muchos economistas clásicos consideran riqueza tan solo a los bienes materiales. Según los fisiócratas, anteriores a Smith, tan sólo el trabajo agrario, generador de alimentos, generaba riqueza para un país. Sobre esto hablaba Malthus, quien pensaba que el trabajo de un agricultor era más valioso que el de un obrero en una fábrica textil, porque este último no contribuye a crear alimentos.
Mill apunta: “Los economistas políticos admiten que un país se enriquece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo productivo, y se empobrece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo improductivo.” (pág. 105)
Para explicar su punto de vista, Mill toma el ejemplo de la famosa (en su época) soprano italiana Madame Pasta: su trabajo produce una satisfacción inmediata, y gastarse el dinero para verla sería un gasto improductivo. Pero para que ocurra lo anterior alguien tuvo que construir la ópera donde actuaba, y alguien tuvo que fabricar los instrumentos para la orquesta, y los músicos tuvieron que ser formados para tocar los instrumentos; todo esto es productivo para Mill y el canto de Madame Pasta no. Pero lo improductivo genera gasto productivo de forma indirecta, concluye.
Lo cierto es que esta discusión me parece un tanto peregrina. Lo productivo, que se asocia con lo material, puede llevar a un agotamiento de los recursos. ¿Es mejor apostar por la obsolescencia programada y cambiar de móvil cada dos años, generando más residuos y acelerando la sobreexplotación de recursos o es mejor que mantengamos el móvil seis años y gastar el dinero en visitar parques nacionales, que alguien tiene que cuidar?

IV) Sobre los beneficios y el interés
Este ensayo vuelve a ser más interesante, porque aquí Mill retoma su análisis de la obra de Ricardo y comenta uno de los presupuestos básicos de aquel libro con el que yo no estaba de acuerdo: “Cualquier incremento de los salarios supone una disminución de los beneficios.”
Escribe Mill: “Si por salarios se entiende lo que constituye la riqueza real del trabajador, la cantidad del producto que recibe a cambio de su trabajo, entonces la proposición de que los beneficios varían inversamente con los salarios es manifiestamente falsa. La tasa de beneficios no depende del precio del trabajo sino de la proporción entre el precio del trabajo y el producto de éste. Si el producto del trabajo es abultado, el precio del trabajo puede también serlo sin disminución alguna de la tasa de beneficios; y de hecho la tasa de beneficios es máxima en aquellos países (por ejemplo en América del Norte) donde el trabajador recibe una remuneración más elevada, porque los salarios del trabajo, aunque altos, guardan con respecto al abundante producto del trabajo una proporción menos allí que en otros lugares.
Pero esto no afecta la validez del principio del Sr. Ricardo tal como él mismo lo entendía, porque él no consideraba que un incremento en las comodidades reales del trabajador equivalía a un alza en los salarios. En su terminología los salarios sólo subían cuando lo hacían no simplemente en cantidad sino en valor.” (pág. 119-120)
En la página 129: “La única expresión de la ley de los beneficios que parece correcta es que dependen del coste de producción de los salarios.”

Me ha interesado mucho el comentario que hace Rodríguez Braun sobre este ensayo en su prólogo: apunta que la interpretación que hace Mill sobre los beneficios y salarios es muy similar a la que da Karl Marx en El capital al analizar el plusvalor absoluto y relativo. Bela Balassa demostró que Marx se había inspirado en Mill, aunque no lo admitió porque lo despreciaba al considerarlo un tímido reformista.

V) Sobre la definición de economía política, y sobre el método de investigación más adecuado para la misma
Mill se preocupa aquí por definir a la economía política como ciencia moral y conocer cuáles son los objetivos de su estudio.
Empieza por establecer diferencias entre la física y la economía: “Numerosas ciencias físicas pueden ser estudiadas sin referencia alguna a la mente. (…) Pero ningún fenómeno depende en exclusivamente de las leyes de la mente.” (pág. 155)
“Las economía política presupone todas las ciencias físicas; da por supuestas todas las verdades a la producción de las cosas demandadas por las necesidades de las personas.” (pág. 156)
Mill acaba deduciendo una definición para la economía política: “La ciencia que estudia la producción y distribución de la riqueza en la medida en que dependen de las leyes de la naturaleza humana.” (pág. 156)
La economía política: “Se ocupa del ser humano exclusivamente como un ser que desea poseer riqueza y que es capaz de analizar la eficacia comparativa de los medios para alcanzar dicho fin. Sólo predice los fenómenos del estado social que tienen lugar como consecuencia de la búsqueda de la riqueza. Hace abstracción total de cualquier otra pasión o motivación humana, excepto las que pueden considerarse como principios antagónicos perpetuos con respecto al afán de riqueza, es decir, la aversión al trabajo y la aspiración al disfrute presente de costosas complacencias.” (pág. 162)
“La ciencia procede entonces a investigar las leyes que gobiernan esas diversas operaciones, bajo el supuesto de que el hombre es un ser determinado por el imperio de su naturaleza a preferir en todos los casos más riqueza antes que menos riqueza (…). Esto no quiere decir que algún economista político haya sido nunca tan absurdo como para suponer que la humanidad está realmente así constituida, sino que ésta es la manera en que la ciencia debe necesariamente proceder.” (pág. 163)

Para Mill la economía política tiene que usar el método a priori; esto quiere decir que el economista debe razonar a partir de supuestos y no de hechos. “La economía política, entonces, razona desde premisas supuestas, desde premisas que pueden estar por entero desprovistas de fundamento fáctico y que no se pretende que estén universalmente conformes con el mismo. Las conclusiones de la economía política, en consecuencia, igual que las de la geometría, sólo son ciertas, como se dice comúnmente, en abstracto. (…) Lo que es verdad en el plano abstracto, siempre resulta verdad en el plano concreto con las adecuadas concesiones.” (pág. 168-169)
Mill considera que el método a posteriori –el método basado en las experiencias- es inapropiado para los estudios de las ciencias sociales, aunque siempre pueden ser una valiosa ayuda.
Señala además la dificultad que tiene la economía para poder realizar experimentos cuyos resultados nos den una información objetiva.

Conclusión
He buscado en internet y no he encontrado en ningún sitio un comentario de este libro, traducido por primera vez al español en 1997 y que no ha sido reeditado. Uno de los problemas que tiene para su difusión es que para comprenderlo y disfrutarlo enteramente el lector debería haberse acercado antes a La riqueza de las naciones de Adam Smith y sobre todo a Principios de economía política y tributación de David Ricardo. Y, como ya comenté en su momento, no existe ahora mismo ninguna edición de primera mano disponible del libro de Ricardo.
El Mill de veintitrés años es un pensador incisivo, elegante, inteligente y maduro. Las matizaciones que hace del libro de Ricardo me han parecido muy pertinentes.

Espero, en algún momento, acercarme a las más de 900 páginas de Principios de economía política (1848); aunque es probable que antes lea Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863) o El sometimiento de la mujer (1869).

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