miércoles, 20 de octubre de 2010

Encuentro en la librería Iberoamericana con Raúl Zurita


Ayer martes estuve en la librería Iberoamericana de la calle Huertas 40, en Madrid, para asistir a una lectura del poeta chileno Raúl Zurita. La cita era a las 7,30 de la tarde. Llegué andando (ahora puedo hacerlo, a través del Retiro) unos 5 minutos antes de la hora y aún no había casi nadie en la librería. Mientras hojeaba los libros de Zurita y me acercaba a la caja para pagar Cuadernos de Guerra, un numeroso grupo (numeroso en relación al tamaño de la librería) irrumpió en el local y, actuando con rapidez, tuve tiempo para hacerme con una silla; si bien en primera fila, quedándome a un escaso metro del sitio que minutos más tarde iba a ocupar el poeta.

Ésta es la cadena de casualidades que me ha hecho conocer la figura de Zurita: hace unos años, los libros de Roberto Bolaño me llevaron a interesarme por la poesía chilena. Me sorprendió mucho saber, a través de un foro donde se conversaba sobre Bolaño y otros autores relacionados, que los poemas que el nazi Carlos Weider de Estrella distante dibujaba con una avioneta en el cielo de Santiago de Chile tras el golpe militar, una imagen tan sugestiva como delirante, una imagen que pensaba que sólo podía ser inventada, tenía un correlato en la realidad en la obra del poeta Raúl Zurita. La relación existe en el acto poético: Raúl Zurita, como Carlos Weider, también escribió versos en el aire, en este caso sobre el cielo de Nueva York y no sobre el de Santiago de Chile; por supuesto, Zurita no es un nazi, sino que fue un miembro del partido comunista chileno, encarcelado y torturado tras el golpe militar.
En las páginas 88-89 de Entre paréntesis, escribe Bolaño: “Zurita crea una obra magnífica, que descuella entre los de su generación y que marca un punto de no retorno con la poética de la generación precedente”.

Igual que había pensado al empezar a leer a Bolaño que poetas como Jorge Teillier o Enrique Lihn eran inventados, y después salí de mi error a través de interesantes lecturas, también me llamó la atención la obra de Zurita, pero no había leído, hasta ahora, más que poemas sueltos en Internet. Ayer acabé comprando la edición de Amargord de Cuadernos de guerra, que contiene los libros de poemas Los países muertos, In Memoriam y Las ciudades de agua, y la reedición por Visor del libro de 1979 Purgatorio.

El día antes de la lectura busqué más información sobre Zurita en Internet y así leí que además de escribir versos en el aire, ser torturado por los golpistas chilenos, escribir en el desierto versos para ser leídos desde el aire, también llevó a cabo actos de performance poética sobre su propio cuerpo, llegando a la autolesión, a arrojarse amoniaco a los ojos o a quemarse la mejilla con un hierro al rojo (wikipedia). Y todo esto, la verdad es que para mí no tendría demasiada importancia si los poemas no sostuvieran al personaje; pero leo los poemas y lo sostienen de sobra, dándole en este caso un aura loca o trasgresora que me atrae. Además Zurita, por si necesita de validaciones oficiales, fue premio nacional de poesía en Chile.

Y entra Raúl Zurita en la librería Iberoamericana de Huertas, con su barba blanca y una mirada alegre con un trasfondo de tristeza. Pienso que aparenta más años de los 60 que tiene en realidad. Sonríe al público, que, como dirán los organizadores, es el más numeroso de los actos que han tenido lugar en su local; unas 40 personas, en sillas, juntos a los anaqueles de los libros, en las escaleras… y yo sentado en una primera fila, constituida únicamente por mi silla, a un metro del poeta.

Habla José Ignacio Padilla, el librero, para agradecer la presencia de los presentadores, el público, el poeta…, habla Juan Soros, el editor de Amargord, para agradecer la presencia de etc… y hablar de la colección de poesía Transatlántica en la que se incluyen los libros de Zurita.

Empieza a hablar Niall Binns, poeta, crítico y profesor de universidad, especializado en poesía hispanoamericana, de origen inglés. Yo leí algunos poetas suyos en la antología de la editorial DVD Feroces (recuerdo uno de unos cepillos de dientes que me gustó bastante), y tengo en casa su edición de Huerga & Fierro de los poemas de Jorge Teillier. Binns hace una introducción general de la poesía de Zurita, leyendo unos folios que le contextualizan dentro de una tradición.

Después toma la palabra el poeta Andrés Fisher y comenta los libros de Zurita que esta noche se presentan, Cuadernos de guerra y Purgatorio.

Mientras Binns y Fisher hablan, observo a Zurita, que hace oscilar su mirada entre el público, sus presentadores y los títulos de los libros del anaquel que le queda al lado (narrativa hispanoamericana). Cuando toma la palabra se emociona para decir que oyendo a sus presentadores le gustaría parecerse a la persona que dibujan. Parece que va a ponerse a llorar, agacha la cabeza, se recompone, toma el libro Cuaderno de guerra y empieza a leer. Las marcas de sus mejillas quemadas brillan a un escaso metro de mis ojos.
Nos envuelve la dicción clara de unos poemas poderosos, unos poemas con playas y desiertos, tortura y resistencia.

Cuando finaliza se abre un turno de preguntas. Una mujer con acento hispanoamericano (casi todo el público era hispanoamericano, con varios acentos mezclados) le pide a Zurita que, si no está muy cansado, lea, por favor otro poema, y él lo hace. Sólo tres horas antes ha aterrizado del vuelo desde Santiago, poco después tiene otra presentación en Madrid.
Un chico chileno le pregunta por una frase de una entrevista, en la que Zurita afirmaba que la lengua española era eminentemente religiosa, independientemente de cómo se declarase el hablante. Zurita ironiza sobre sus palabras, pero cita versos de diferentes poetas donde esa idea se ve latente.
También dice el poeta que la poesía española le parece que es demasiado correcta.

Nadie pregunta. Ante el silencio, lo hago yo. Me interesa saber qué poetas chilenos le gustan más, y él cita a Neruda y Pablo de Rokha. Yo digo: “¿Y Teillier, le gusta? Él me contesta que le respeta, pero que no es de los que más le gustan. También nombra al argentino Borges, como ejemplo de poeta cerebral, frente a los poetas más subjetivos, en los que parece englobarse a sí mismo.

En realidad me he quedado dentro con la pregunta más importante: ¿qué le parece que Bolaño use la idea de su poesía aérea en Estrella distante? No puedo resistirme, y se lo pregunto, con algún circunloquio de por medio, cuando me está firmando sus libros. Zurita sonríe, me dice que sí, que sabe que Bolaño (de quien no le gusta su poesía, pero cuya prosa le parece que tiene mucha fuerza) se basó en él para esa imagen, y busca un poema de Cuaderno de guerra. En la página 133 me muestra estos versos: “Cuando surgiendo de las marejadas se vieron de nuevo / los estadios del país ocupado y sobre ellos al hepático / Bolaño escribiendo con aviones la estrella distante de / dios que no estuvo de un dios que no quiso / de un dios que no dijo (…)”.

Por cierto, a través de las palabras de Binns descubrí otra curiosidad sobre la obra de Bolaño: el personaje del cura y crítico de literatura Sebastián Urrutia Lacroix, narrador de Nocturno de Chile (otro personaje que yo pensaba que no podía ser más que inventado) está basado en la figura real de José Miguel Ibáñez Langlois, sacerdote del Opus Dei, poeta, teólogo y crítico literario (wikipedia), conocido por su seudónimo Ignacio Valente. Éste fue uno de los primeros valedores de la obra de Zurita, como dice Binns.

Y, tras hojear los libros de Mario Levrero que aún no he leído (había uno titulado Nick Carter, que en España no está publicado, de unas 80 páginas, editado en Uruguay en una tirada de 1.000 ejemplares, al paralizante precio de 33 euros, pienso: no debo tener estas tentaciones), salí a la calle en busca de un autobús; y aunque, como diría Robert Walser, ya era tarde y todo estaba oscuro, me encontraba ligero y lleno de energía.

6 comentarios:

  1. Tener referencias casi ficticias, novelescas, de un personaje, de un autor admirable y tenerlo a un metro de distancia durante un largo rato. Y no comiendo, bebiendo y charlando con los amigos sino revelando sus maneras, su obra, su gesto.
    Muy emocionante.

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  2. alguna vez junto a un amigo, medio borrachos caminando la noche por el centro de Santiago, nos topamos con Zurita. Terminamos bebiendo unas cervezas en un bar casi vacío. Y nos preguntó si acaso éramos de aquéllos a los que les gustaba la poesía de jorge teillier o de stella díaz varín. Y criticó la obra de ambos, que no le gustaba. de teillier criticaba que no hubiera tomado partido, en su poesía y en su vida, por declararse de izquierda, por escribir poemas donde se hablara de la realidad y otras cosas, con las que mi amigo y yo no estuvimos de acuerdo. Fue un encuentro memorable. El párkinson aún no le ganaba a sus manos mientras hablaba.

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  3. Este miércoles estuvo en Salamanca recitando, y quedé tan sobrecogida que fui incapaz de preguntarle nada. Me alegro de que tú sí lo hicieras y agradezco muchísimo que lo hayas compartido aquí

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  4. Muchas gracias! Excelente reseña, sólo aclarar que los libros Los países muertos, In Memoriam y Las ciudades de agua, junto con Cuadernos de guerra, son parte de otro libro mayor que aún no se publica. Te dejo el blog de la colección: http://amargordtransatlantica.blogspot.com/
    y el próximo miércoles a las 4 en el programa Definición de savia de Radio Círculo se emitirá una entrevista con Zurita.

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  5. Hola:

    Arrecogiendo: la verdad es que me hace mucha gracia esto de poder estar delante del que se me hacía un personaje de ficción.

    Noseas: como me pareció la otra vez que nos hablaste de tu encuentro con Teillier, este encuentro santiaguero también me parece un privilegio.

    Anais: no sabía que Zurita había viajado a SAlamanca. Me alegro de quel recital fuese bueno.

    Juna: de nada, fue un placer la velada. Ya haré la reseña del libro cuando lo lea, que tras hojearlo me parece que me va a gustar bastante.

    saludos

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  6. Email a Roberto Bolaño, en algún lugar de la Mancha (1ª Parte)
    Rolando Gabrielli

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    Las cenizas van al Mar Mediterráneo,
    que es el vivir.

    Rolando Gabrielli©


    La Diáspora es un lugar bien berraco en el ninguneo, donde se nace y muere, pero se crece como en un saco roto sin fondo ni punta, el vacío pesa y la voz se siente en off. Extranjero, dijiste, siempre, en realidad se sale una sola vez del vientre y no se vuelve más que otra vez, pero en forma definitiva, sin regreso, más bien para adentrarse más y más al fondo de lo inminentemente oscuro, otra matriz sin duda, que no será necesario abandonar. (Si Chile suena, es porque piedras trae).

    Es como la reversa y te vas despidiendo en el adiós final, sin pañuelo, sólo con tu epitafio preferido y a pudrirse en el mañana con el polvo de las estrellas.

    No es el momento ni el lugar, este paréntesis, para meter el dedo en el tintero y untárselo en el guardapolvo al mejor alumno de la clase, más bien rascarse la cabeza frente al ordenador, y no explicarse tu partida, aunque a este país de tránsito, no nos llegaran más que tus puteadas e ironías bien pulsadas, respecto de otros colegas latinoamericanos, y en especial los chilenos. Ácido hasta el final, un camino que es un túnel, al que se entra para no salir. Es un motor en marcha, difícil de apagar.

    Más autobiográfico de lo deseado por él mismo, referencial, y con su bombo personal, como debe ser. Pero supo agregarle dientes y muela a la literatura chilena, para que tuviera donde agarrarse. El trapecista de Hamelin que la literatura chilena esperaba con su flauta, que algunos ratones tocaban airosos en la fiesta del marketing, con ese oficio triunfal de pasarela, una estudiada manera de sorprender a la audiencia a la hora del crepúsculo nerudiano.

    Así son los días también, como una neblina en la espesa cotidiana realidad. Me sorprenden, en momentos en que duermo en mi cama con dos docenas de libros, producto de un ataque de comejenes furibundos, al techo de mi casa, sobre la hilera de la repisa del librero, reducto de una sagrada intimidad vulnerada por los amos despiadados de la tierra y los cielorrasos. Devoradores insaciables de madera y papeles, malos lectores, comejenes del demonio, me digo, y aquí están sobre el lecho tibio, casi impreso, entre otros libros, hace una par de semanas, el cubano Eliseo Diego, Martín Fierro, Rayuela, El Quijote con dibujos de Doré (casi dos mil páginas), Las Mil y Una Noches, Borges, Lihn (Diario de Muerte) Poeta en Nueva York Piglia, Carpentier, Mutis, Rulfo, Rosamel del Valle, T.S. Eliot, diccionarios, en fin, y Los Detectives Salvajes.

    Los Detectives Salvajes, entraron al Istmo, como una especie de contrabando literario a un muy buen precio: más de seiscientas buenas páginas por 7 dólares. Yo me matriculé con un ejemplar, que tuve que hacer bajar del sitio más alto del drugstore. Ya medio leído, porque el primer requisito de un escritor es escribir, y después viene el placer de la lectura por añadidura, sobre todo cuando ya pasaste los 50 años.

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