domingo, 9 de agosto de 2026

Diarios. Edición completa, por Iñaki Uriarte


Diarios. Edición completa
, de Iñaki Uriarte

Editorial Pepitas de Calabaza. 531 páginas. Edición de 2025

 

 

Me llegó al correo electrónico, en septiembre de 2025, la nota de prensa de la editorial Pepitas de Calabaza sobre la reedición de los Diarios. Edición completa de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) y me apeteció pedírsela a la editorial para poder leerlos y reseñarlos. Víctor Sáenz-Díez, el editor, con el que he hablado alguna vez en persona, me la envió hace ya unos meses. Desde hacía años venía oyendo hablar de estos Diarios de Uriarte, un libro que se fue publicando originalmente en tres volúmenes (cada uno de ellos cubría tres o cuatro años de diario) y que, definitivamente, se ha editado en un solo libro, seguido de un epílogo, que también se publicó de un modo independiente. Hacía años que oía hablar positivamente a escritores de estos diarios de un señor que nació en Nueva York, pero vive en Bilbao y veranea en Benidorm.

 

En las 531 páginas de este libro nos vamos a encontrar con los Diarios de los años 1999 a 2010 y con un epílogo que, de forma mucho más escueta que en los diarios anteriores, muestra anotaciones de Uriarte sin fechas concretas, pero, gracias a algunas acotaciones temporales, el lector sabrá que abarcan casi una década más. En este epílogo nos dará Uriarte algunos datos significativos sobre sí mismo y sus diarios: «Los empecé a los cincuenta y dos años, tras un ingreso hospitalario por una enfermedad grave. Los médicos temieron que fuera la definitiva. Yo nunca lo creí, pero, al volver a casa y cambiar mis hábitos de vida, comencé a escribir estas páginas (¡escribe que has dicho algo!), que se han convertido ya en unas larguísimas últimas palabras». (pág. 493). También leeremos en este epílogo que desde que empezó a publicar –mayo de 2010– casi dejó de hacer anotaciones en su diario. Durante 2009 o principios de 2010, cuando ya sabe que va a salir el primer volumen de su diario en Pepitas de Calabaza empieza a agobiarse con la idea de que las personas de su círculo lean sobre sí mismas en esas páginas y se enfaden, un problema habitual en la literatura de autoficción. También he leído que Uriarte, una vez que empezó a ser reconocido por sus diarios, empezó a sentir la presión del éxito y esto le impedía sentirse tan libre a la hora de escribir, como se sentía en 1999 cuando empezó.

A diferencia de los diarios más tradicionales, aquí las entradas no están señaladas con fechas concretas, salvo la anual. De hecho, muchas de las anotaciones no recogen el día a día del autor, sino que son simplemente reflexiones o ocurrencias sobre la realidad, en muchos casos en forma de aforismos.

La primera anotación de 1999 recoge una visita a un hospital. Uriarte no va a contarnos por qué está en ese hospital, pero el lector –antes de llegar a ese comentario final del epílogo del que he hablado– va a comprender que está leyendo las palabras de un hombre que está cambiando sus hábitos vitales. Uriarte nos va a decir que se ha pasado la vida sin trabajar en una oficina, viviendo del alquiler de una casa familiar y publicando reseñas de libros en periódicos. Sin dineros excesivos, pero sin ataduras tampoco. Esta faceta de su vida le va a permitir conocer a algunos de los autores que admira, como a Jaime Gil de Biedma o Enrique Vila-Matas. También sabremos que ha dejado de beber alcohol, pero que tiene un pasado en el que salía mucho, también a diario, y se levantaba muy tarde.

 

Las reflexiones metaliterarias sobre el propio arte de la escritura y su sentido van a ser abundantes: «Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo», leemos en la página 11 y primera del diario.

Algunos de sus amigos o familiares va a aparecer aquí con su nombre, como su mujer María o su amigo el escritor Pedro Ugarte, al que sigo en las redes sociales. Pero se referirá a otras personas con la denominación genérica de «X» y esta X puede representar a personas diferentes. En estos casos, suele ocurrir que se critica al tal X o se cuestionan algunas de sus decisiones.

 

En la página 46, por ejemplo, nos encontramos con varias anotaciones que cumplen la función de aforismos. Recojo algunos como muestra: «Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor», «Ser guapo ayuda a obtener buenas notas en el colegio. Más tarde, no favorece el reconocimiento intelectual», «Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez. Esto hace que, según decía Cyril Connolly, tantos malos escritores no consigan dejarlo».

 

También se van filtrando algunos comentarios sobre actualidad política en el diario, sobre todo en relación a la política vasca, pues Uriarte es un habitual de las manifestaciones en contra de ETA. Uriarte no es un nacionalista vasco, pero tampoco se siente cómodo con los nacionalistas españoles que desprecian lo vasco. No sabe hablar el idioma vasco, pero no le gusta que nadie lo desprecie.

También iremos conociendo su historia familiar, y cómo sabremos que él nace en Nueva York, donde uno de sus abuelos había emigrado desde España y abierto allí una pensión. No mucho después de nacer, Uriarte vendrá a España, primero a San Sebastián y definitivamente a Bilbao.

 

Uriarte deja constancia en su diario de algunas de sus pequeñas vanidades, como el hecho de querer reflejar en sus páginas sus encuentros con personas famosas, que aparecen en el libro a modo de cameos. En muchos casos, el tono de sus escritos es autoirónico, y consigue ser bastante divertido, como cuando habla del tiempo que pasó en prisión por manifestarse en contra de la dictadura y dice de sí mismo que debió de ser el único preso del franquismo que salió de la cárcel con chófer. El tema de los atentados del 11 de marzo de 2004 también dará lugar a comentarios interesantes.

 

Además de las entradas del diario, a veces también podemos leer algún mail o algún texto que Uriarte escribió para un periódico, lo que hace que se incremente el abanico de recursos narrativos del libro.

 

También son muy abundantes las citas literarias que recogen los Diarios. Seguramente el autor favorito de Uriarte sea Montaigne y sus ensayos («Supongo que los Ensayos es el libro más importante de mi vida», pág. 364), y este autor debe ser el más citado en todo el libro. También destacará su predilección por Jorge Luis Borges. De hecho, Borges acabará siendo el nombre de un gato que adoptará Uriarte, y cuyas andanzas en la casa familiar serán también uno de los temas recurrentes de estas páginas. Para mí, que también convivo con gatos desde 2021 son páginas agradables. Me hizo gracia el comentario de Pedro Ugarte, uno de los amigos a los Uriarte deja sus diarios antes de que estén publicados, sobre que ya está harto de leer sobre el gato.

 

Creo, y el mismo Uriarte, lo dice que los Diarios que el lector acabará leyendo están muy editados y expurgados respecto a los diarios originales. Uriarte nos dirá que relee mucho lo que escribe y que elimina muchas entradas (primero escribe en un cuaderno y luego lo pasa al ordenador) sobre todo aquellas que recogen estados de ánimo tristes o enfrentamientos con otras personas. Por esto, en muchos casos, como ya he comentado, no hay una idea muy clara de continuidad narrativa. «Leo páginas de años anteriores y las borro. El diario va en contra de mi memoria, que tiende a olvidar los momentos malos. No me interesa que me los recuerde. Esto no es un acta notarial de mi vida», leemos en la página 445.

Durante unos meses al año, María, la mujer, y el autor se desplazarán a un piso que poseen en Benidorm. De hecho, Uriarte también es famoso por su reivindicación posmoderna de esta ciudad de veraneo.

 

Me han entrado ganas de leer los ensayos de Montaigne. Imagino que algo de la forma de escribir de Uriarte vendrá de ellos. Sí que he descubierto ahora de forma clara a uno de los seguidores de Uriarte: los diarios de Eduardo Laporte.

No he leído el diario de seguido, sino que he hecho tres pausas para leer tres novelas breves. En principio, los lectores originales de este libro tuvieron que hacer paradas de al menos un año entre las tres entregas originales, más luego el epílogo. Y el género del diario permite, y casi es recomendable, estas pausas.

«Yo también pienso que el mundo, la vida, o lo que sea, me ha tratado injustamente. Pero a mí favor» leemos en la página 290 de este libro que, entre cosas, acaba siendo las memorias de un dandy, un caradura simpático, melancólico, inteligente, lector y reflexivo. Una lectura muy gratificante, que ha dejado con ganas de saber más de Uriarte, con el deseo de leer la versión expandida de los años comentados brevemente en el epílogo.

domingo, 2 de agosto de 2026

Los secretos de la defensa de Madrid, por Manuel Chaves Nogales


Los secretos de la defensa de Madrid,
de Manuel Chaves Nogales

Editorial Renacimiento. 233 páginas. Primera edición de 1938, esta es de 2017

Dibujos de Jesús Helguera y prólogo de Antonio Muñoz Molina

 

De Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944) había leído, hasta ahora, el volumen de cuentos A sangre y fuego (1937, Santiago de Chile), donde hablaba de la violencia de la guerra civil, perpetrada por ambos bandos. Fue un libro que me gustó mucho y, desde entonces, he tenido ganas de volver a él. Hace unos años, encontré en una librería de segunda mano del barrio de Pueblo Nuevo una edición prácticamente nueva de Los secretos de la defensa de Madrid, publicada por la editorial Renacimiento de Sevilla, en 2017. Con mi desbarajuste de lecturas habitual, en el que priorizo los libros que pido a editoriales sobre los que compro yo, se me había ido quedando sin leer, hasta este mayo de 2026, en el que me apeteció hacer un alto en el libro Novelas cortas de Iván Turguénev, y me puse con este libro de Chaves Nogales.

 

El libro cuenta con un prólogo de Antonio Muñoz Molina. En él, se nos dice que Los secretos de la defensa de Madrid se escribió en 1938, con cierta distancia de los hechos narrados (el primer intento de los militares rebeldes de tomar Madrid en noviembre de 1936), pero que parece una crónica escrita a toda velocidad, de forma inmediatamente posterior a los sucesos que narra. Esta primera apreciación de Muñoz Molina me ha parecido totalmente cierta. La sensación que he tenido como lector era la de estar leyendo una crónica periodística de la época, escrita de forma fulgurante y muy apegada a los acontecimientos. Originalmente este libro se publicó por entregas en la revista mexicana Sucesos para todos en 1938, con los dibujos del mexicano Jesús Helguera, que aparecen en esta edición.

Después del prólogo de Antonio Muñoz Molina hay una «nota del editor» en la que se le informa al lector de que esta edición de 2017 es algo diferente de la que ya existía de 2011, principalmente porque en 2011 no pudieron conseguir de la revista mexicana Sucesos para todos el capítulo X y se tuvo que retraducir al español de una traducción al inglés. Además, en 2017 pudieron utilizar una edición en rústica completa y disponer así de todo el material gráfico. Además aquí se han añadido dos trabajos finales de Chaves Nogales, publicados en la revista mexicana Hoy el 18 en 1939.

 

Los acontecimientos que narra Chaves Nogales en este libro son los mismos de los que se ocupa el libro de cuentos Largo noviembre de Madrid (1980) de Juan Eduardo Zúñiga, cuando se organizó la defensa de Madrid, por parte de la república, contra las fuerzas franquistas que deseaban conquistarla. Zúñiga centraba su atención sobre todo en la gente de las calles de Madrid, atemorizada por los bombardeos franquistas sobre la capital. También leí sobre estos hechos en el libro de historia La guerra civil española de Paul Preston. Aunque en el libro de Preston, esta defensa de Madrid no ocupaba tantas páginas, ni era contada con tanto detalle como lo hace Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid.

 

En gran medida, la crónica de Chaves Nogales es una reivindicación de la figura de José Miaja, que fue el general que, fiel a la República, se quedó en Madrid organizando su defensa, mientras el gobierno huía hacia Valencia. En noviembre de 1936, Miaja es un militar, con una carrera poco destacada, que ya tiene cincuenta y ocho años, pero con unas convenciones firmes sobre sus funciones en la guerra, en un contexto que, como vamos a ver, le era bastante desfavorable. En cambio, dentro del bando republicano, Chaves Nogales va a tener una mirada negativa sobre Francisco Largo Caballero, el presidente del gobierno en ese momento. «Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle». (pág. 18) De hecho, Chaves Nogales va a documentar la tensión entre Miaja y Largo Caballero, ya que este último pensaba, desde Valencia, que quizás Miaja tuviera el deseo de convertirse en la cabeza de la República, quitándole el puesto, y esto hará que Largo Caballero, por ejemplo, no le envíe armas en momentos complicados de la contienda, y Miaja vaya a la retaguardia a apropiarse de ellas por la fuerza, lo que dificultará aún más las relaciones entre ambos líderes.

Aunque la figura de Francisco Franco, aparece de un modo difuminado y lejano en este libro, Chaves Nogales también le lanza alguno de sus dardos: «Si Franco hubiese sido efectivamente un gran capitán sus tropas hubieran entrado aquella mañana en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la videncia típica del caudillo». (pág. 32)

 

Otro problema con el que se va a enfrentar Miaja es que el pueblo de Madrid desconfía de los militares fieles a la República, porque piensa que pueden ser traidores, y se fían mucho más de los líderes populares, salidos de los sindicatos, muchos de los cuales tienen buena voluntad, pero no formación militar. De este modo, es difícil para Miaja organizar una defensa sólida de la ciudad, ya que los sindicatos y asociaciones obreras funcionan, en gran medida, de un modo independiente, y pronto, además empezarían las tensiones entre los comunistas y los anarquistas. «Otros, son hombres de acción de los partidos revolucionarios, bárbaros caudillos del pueblo, guerrilleros típicamente españoles, dignos descendientes del Empecinado, hombres jóvenes, fuertes, temerarios; pero incapaces de sostener la lucha contra un ejército moderno y bien equipado con tanques y aviación”. (pág. 33).

La mano derecha de Miaja va a ser el teniente coronel Vicente Rojo, al que Miaja nombra jefe del Estado Mayor del ejército que defiende Madrid. En menos de seis horas desde que se marchó el gobierno, Miaja ha rehecho un aparato defensivo para Madrid.

En las páginas del libro se homenajea a algunas personas anónimas del pueblo de Madrid que actuaron de una forma heroica, como a la costurera Teresa, que sale a la puerta de su casa a arengar a los milicianos y morirá de un balazo, o Antonio Coll, un marinero que se atreve a ponerse delante de un tanque franquista, con un cinturón de bombas, que le arroja, y logrará reventar uno, aunque perecerá al tratar de repetir su hazaña.

También hay ciudadanos que no participan en la defensa de Madrid, y algunos de ellos, al salir del metro, son obligados a ir a cavar zanjas para hacer trincheras. «Treinta y seis mil hombres ha costado a Madrid su resistencia este primer mes», leeremos en la página 133. Entre otras cosas, los primeros días Madrid pudo salvarse de su caída, porque llegaron a la ciudad unos 3.500 soldados de las Brigadas Internacionales, sobre todo comunistas alemanes e italianos, que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y tenían experiencia en la guerra de trincheras.

Cuando escribí mi novela de no ficción sobre la guerra civil, en la que investigaba sobre un caso de asesinato en el que se vio envuelto un familiar mío, contacté con historiadores aficionados de la guerra civil y uno de ellos me contó una historia que recoge también aquí Chaves Nogales: las fuerzas españolas capturan un tanque, en el que un militar muerto tiene un documento con la estrategia para tomar Madrid, y al poder diseñar una contraestrategia, en función de esta información, se pudo contener el ataque.

 

Uno de los escenarios de la guerra en Madrid va a ser la Ciudad Universitaria, muchos de cuyos edificios se habían levantado hacía poco, y allí tenían que aguantar los soldados republicanos casi sin medios, envueltos en periódicos para soportar el frío de las noches.

En las páginas 132-33 leemos: «Con más sosiego ya, Miaja, asistido por la Junta de Defensa, se dedica a organizar la vida de esta ciudad de un millón de habitantes que están bajo el fuego continuo de las baterías enemigas. Crea un consejo ordenador de los servicios de vigilancia, centraliza los abastecimientos en los que había antes una rapiña indecorosa, persigue implacablemente a los asesinos que actuaban a favor de la impunidad revolucionaria y poco a poco va creando una normalidad y un orden en medio del caos de la guerra y la revolución». Chaves Nogales está en contra de los asesinatos de civiles que se cometieron en el lado republicano y honra a Miaja al hablar de su preocupación por este tema. «¡Hay que acabar con los asesinos! Esa fue la obsesión de Miaja desde el primer día», leemos en la página 141. Muchos de estos asesinatos provenían de agentes descontrolados que se movían por la venganza personal y el deseo de robar joyas y dinero de las víctimas. Miaja tendrá también que mediar con líderes anarquistas como Cipriano Mera que, ante un revés en el frente, cree que sus hombres han sido traicionados por los militares republicanos, y también tendrá que lidiar en las tensiones entre comunistas y anarquistas, cada vez más tensas por el control de los escasos víveres que llegan a Madrid por la carretera de Valencia.

 

Algo llamativo es que, dentro del dramatismo y la tensión de todo lo contado, Chaves Nogales encuentra ocasión para narrar algunos sucesos con humor, un humor que se desprende del pueblo de Madrid, capaz de enfrentarse a la tragedia desde la broma. Me he reído con una historia sobre unos soldados franquistas apresados, que al encarcelarlos piensan (debido a la propaganda fascista) que se encuentran entre bestias, que no van a dudar en matarlos de inmediato. Además de que piensan que los soldados de Madrid son todos rusos, entre otras cosas porque los madrileños han jugado a confundirlos con esto, cantando en las trincheras coplillas con un lenguaje inventado, que imitaba al idioma ruso, y prisioneros y carceleros acaban todos riendo al descubrirse el engaño. La escena y el capítulo, sin embargo, acaban con un soldado franquista que empieza a suplicar que le dejen libre para visitar su casa familiar, donde vive su madre, porque ha estado durante semanas bombardeando Madrid y teme haber sido el causante de su muerte. Absurdo, humor y drama se hilan en un revoltijo muy ibérico.

 

Antes de llegar al apéndice, el libro termina con un alegato final en contra de la guerra, usando la metáfora de los combates precisamente en la Ciudad Universitaria, un centro que debería haber sido de saber: «Esa mala levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie anarquista o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millares de bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas precisamente en el terreno que España había destinado a los más soberbios templos de la cultura que se habían erigido en Europa. No por demasiado fácil es desdeñable el simbolismo de que fuese allí precisamente, en la Ciudad Universitaria, donde el destino quiso que se afrontasen las dos modernas concreciones de la humana bestialidad». En cualquier caso, no se puede hablar de equidistancia en Chaves Nogales, porque se muestra de forma clara en contra del golpe de estado franquista.

 

Me ha gustado mucho Los secretos de la defensa de Madrid. Chaves Nogales escribe con un grandísimo sentido del ritmo, y lo narrado siempre tiene interés. Los detalles de los que nutre su crónica son muy vivos. He pensado en algún momento que estaba novelando y que se inventaba algunas partes, o las suponía, como los sentimientos de Miaja, pero, por lo que leo en internet, se entrevistó con testigos y se documentó bastante para escribir este libro.

Me han gustado menos los textos del apéndice, titulados Los días de agonía del gobierno del Dr. Negrín y Cómo cayó Madrid: horas de angustia, que no formaban parte de la crónica de Madrid y me han parecido algo innecesarios. En cualquier caso, ha regresado a mí el mismo sentimiento con el que acabé de leer A sangre y fuego: debo leer más libros de Manuel Chaves Nogales, porque es un grandísimo escritor.

 

 

domingo, 26 de julio de 2026

Cabezahueca, por Óscar Gual


Cabezahueca,
de Óscar Gual

Editorial Sloper. 311 páginas. Primera edición de 2025

 

Hace unos meses, me escribió Román Piña, el editor de Sloper –donde yo tengo publicada mi libro Los insignes (2015)– para ofrecerme el envío de la novela Cabezahueca (2025). Tanto él como el escritor Óscar Gual (Almazora, 1976) pensaban que a mí, admirador de Philip K. Dick, me podía gustar. Acepté el envío y he leído la novela unos meses más tarde.

 

El comienzo de Cabezahueca es bastante llamativo. Se nos va a presentar a Rose, una de sus protagonistas, que es una exmilitar que ahora se gana la vida como combatiente de lucha libre. El primer capítulo describe un combate entre Rose y un hombre con implantes de dinosaurio; mientras se nos narran las lides del enfrentamiento, Gual nos irá aportando datos sobre el pasado de Rose y sobre el mundo futuro que su imaginación ha creado. «Rose se acostaba en el porche de la casa de su tía y disfrutaba del espectáculo», leemos en la página 15 y frases como esta nos harán pensar en una imaginería estadounidense para el pasado de los personajes, aunque, más adelante, gracias a nuevos datos, acabaremos suponiendo que la historia transcurre en España. Sobre el mundo creado, sabremos que la ciudad en la que nos encontramos es Sierpe, que yo he situado en la costa española (Comunidad Valenciana, Murcia…), pero cuya ubicación real no queda del todo definida. Cada ciudadano del nuevo mundo va acompañado de un «duende», y esta es la gran creación del libro. Un duende es una especie de muñeco de unos quince centímetros, que suele acompañar al humano sobre uno de sus hombros, y que puede tener diferentes apariencias (desde un gremlin a un ornitorrinco). Los duendes son pequeños robots, o IAs, cuya misión es aconsejar a su humano para que este siempre tome las decisiones que más le convienen; desde elegir un trabajo, hasta una pareja.

 

La novela está dividida en cuatro partes, o «actos», y cada acto en cuatro capítulos. Me ha gustado bastante este primer capítulo de Cabezahueca, titulado La última pelea. Me ha parecido que Gual era un escritor dotado y que sabía dosificar bien la información en una escena de acción (la pelea en el ring) y a la vez transmitir al lector información sobre el pasado de sus personajes y el mundo propuesto, con su propio vocabulario técnico. Quizás me ha gustado menos el uso estilístico de algunas frases hechas, como  «de perdidos, al río» o «por si las moscas». En realidad, el lenguaje es creativo y, en más de un caso, se nota que Gual ha investigado sobre la realidad que nos está contando (como cuando, por ejemplo, describe una escena de submarinismo profundo), pero me ha rechinado un poco la decisión de usar este tipo de expresiones coloquiales; aunque, en realidad, habría de añadir, que son fruto del uso del estilo indirecto libre, donde se refleja –desde la tercera persona– los pensamientos de los personajes.

 

En definitiva, acabé el primer capítulo con una muy buena sensación. Aunque Cabezahueca es la primera novela que leo de él, este capítulo me deja claro que Gual no es un escritor primerizo o titubeante (de hecho tiene cuatro novelas previas, publicadas en editoriales de prestigio). La filiación con Philip K. Dick, escritor por el que siento una gran admiración, me parece fuerte. Y por esto, quizás me decepcionó un tanto el segundo capítulo, porque me esperaba el desarrollo de una trama a lo Dick, una trama en la que el personaje principal (Rose), por ejemplo, empieza a ser perseguido y no sabe por qué. Sin embargo, el segundo capítulo –titulado La última sonrisa– nos presenta a nuevos personajes, y aquí sabremos, por ejemplo, que el cantante Raphael llegó a ser presidente de España a los 107 años. Como Raphael nació en 1943, alcanzaría esa edad en el año 2050; así que ahí estaría (en realidad, las fechas en las que sitúa la trama están colocadas al principio de cada acto) situada temporalmente la novela. Sabremos también que el presidente de España es llamado Campeón y padece síndrome de Down y que la presidenta de Estados Unidos es una Gwyneth Paltrow de 77 años. En un edificio gigante de Sierpe –la ciudad en la que se sitúa la acción– se encuentra la sede de Llaga Corp., una multinacional dirigida por el magnate Lluc Llaga, que pretende colonizar Marte (este detalle es muy Philip K. Dick). El logotipo y emblema de la empresa es un cerdito, que corona la azotea del edificio. Diría que después del primer gran capítulo, este segundo, con su deseo de hacerle chistes al lector español, me ha sacado un tanto de la historia, y he comprendido que no estaba ante una apretada trama de Dick, sino ante una novela posmoderna, con narración fragmentaria, múltiples hilos narrativos que puede que no acaben de cerrarse, ironía continua y descreimiento sobre lo contado, intervención del narrador en la historia con comentarios metanarrativos (por ejemplo en la página 71: «En realidad, “Hola, mundo” debiera ser el principio de esta historia, antes de la pelea de Rose»), etc.

 

El capítulo tres –El último wiski– conoceremos a Chordi Masvidal, que trabaja como guionista de las peleas de lucha libre, en las que participa Rose. Además, Chordi es hijo de un famoso exluchador, admirado por Rose. Chordi lleva una vida solitaria, revisitando culebrones antiguos, en busca de tramas para las historias de sus luchadores, acompañado de una perra. Sus vecinos de abajo son tres jóvenes metaleros que luchan contra el sistema, quizás desde una célula con intenciones terroristas, que se interroga por la verdadera naturaleza de los duendes, cuya posesión el Estado quiere hacer obligatoria para cada ciudadano: «Optimizasteis las condiciones laborales, la producción cultural y las relaciones sociales: en menos de una década la salud física y mental de la humanidad mejoró de forma drástica», nos señalará una voz, en la página 77, hablando de los duendes, la voz de Cabezahueca, en unos discursos (hablará más veces en el libro) que me ha recordado a la creación de una deidad en libros como Ubik, de Philip K. Dick, referencia real de esta novela de Gual.

 

En las cuatro partes de la novela se producen saltos temporales (2050, 2053, 2055 y 2056), y los personajes principales sufrirán cambios vitales significativos de una parte a otra. Aunque al principio he tenido la sensación de que la novela era un tanto deslavazada, al final he acabado pensando que su composición estaba mucho más meditada de lo que había estado suponiendo. Sí que existe una trama, aunque no tan cerrada como las de Philip K. Dick, y sí que existen unos personajes principales que, aunque al principio se nos presentan por separado, se acaban conociendo e interactuando. En alguno de los capítulos se incluían pequeñas historias, que más que relatos eran resúmenes de novelas (que serían los guiones que estaba escribiendo Chordi), y este ha sido un recurso narrativo que me ha gustado bastante (me ha parecido muy a lo «Roberto Bolaño»), sobre todo por la riqueza de sus detalles que, como ya apunté, en gran parte mantienen un imaginario estadounidense.

Pese a algún pequeño defecto, que ya he comentado, considero que Óscar Gual ha creado una novela de ciencia ficción sólida y atractiva, reflexionando (como suele hacer la buena ciencia ficción) sobre los miedos del presente; en este caso, el miedo tecnológico al avance de la inteligencia artificial y la pérdida del libre albedrío de los humanos.

 

 

 

domingo, 19 de julio de 2026

El jardinero y la muerte, por Gueorgui Gospodinov


El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov

Editorial Impedimenta. 224 páginas. Primera edición de 2024, esta es de 2025

Traducción de María Vútova

 

Llevaba tiempo oyendo hablar de Gueorgui Gospodínov (Yambol, Bulgaria, 1968), un escritor del que empezó a sonar su nombre en España cuando ganó el premio Booker de 2023 con su novela Las tempestálidas, publicada en España por la editorial Pepitas de Calabaza. También había gente hablando de Física de la tristeza (2012) y diría que, desde hace unos pocos años, su obra se ha potenciado más en España porque ha empezado a publicar en la editorial Impedimenta. Este es el caso de El jardinero y la muerte (2024), que se ha publicado ya directamente en España bajo el sello Impedimenta.

A principios de este curso, fui el tutor, en el colegio en el que trabajo, de una chica que estaba haciendo las prácticas de su máster del profesorado. Dio la casualidad de que, a pesar de ser licencia en ADE (como yo) y en Derecho, también le gustaba leer y llevaba una cuenta en Instagram de libros (Irene.leyendo). Le acabé regalando mi novela Esto no es Bambi, porque también había tenido alguna mala experiencia profesional en el mundo de las oficinas, y ella me acabó regalado una bonita edición de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, que es uno de sus libros favoritos. Pensé leerlo, pero al final mis prejuicios hacia ese libro, arrastrados desde décadas, fueron más fuertes que yo y, al tener el ticket regalo, decidí darme un paseo hasta la librería Libro ideas, ubicada en el centro comercial Principio Pío de Madrid, y cambiarlo. Después de deambular un buen rato por las estanterías, me decidí por El jardinero y la muerte.

 

A finales de 2023, Gospodínov y su familia reciben la noticia de su padre sufre un cáncer terminar. Ya sobrevivió, diecisiete años antes, a otro, pero esta ocasión, a sus setenta y nueve años, parece ser la definitiva. El jardinero y la muerte es un libro de autoficción, en el que no hay distancia entre protagonista y narrador. Además es un libro de duelo, una elegía por la muerte del padre. Durante el proceso de acompañamiento a hospitales y los últimos días, que el padre pasará en la casa del hijo, Gopodínov irá escribiendo anotaciones en un cuaderno; unos textos que serán la basa para, unos meses después (el padre muere en diciembre de 2023), en la primavera de 2024 escribir el libro que va a ser El jardinero y la muerte. «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín» son las primeras palabras del libro, que he visto reproducidas más de una vez en mis redes sociales. El padre, procedente de un pueblo del interior de Bulgaria, quizás pudo dedicarse al baloncesto (mide unos dos metros), pero las circunstancias familiares se lo impidieron, y, como trabajador de un régimen comunista, pasó por distintas fábricas, de las que le acababan expulsado cuando se manifestaba en contra de alguna injusticia. Al final de su vida laboral trabajó como jardinero en un psiquiátrico, y esta experiencia hizo que, al jubilarse, empezase a cultivar un jardín en su pueblo. Gospodínov, al hablarnos de la muerte de su padre, va a usar en muchas ocasiones este jardín como metáfora, como idea de vida y muerte, de fin y de renovación, de ciclo vital; un jardín que ha estado consumiendo las energías vitales de su padre durante los últimos años, pero que a la vez le ha dado también un motivo para vivir.

 

En el texto, como novela de autoficción, se presentan también muchas reflexiones metaliterarias: «No sé por dónde empezar. Que este sea el inicio.» (pág. 11) y en la página 29 se vuelve, por ejemplo, a esta misma idea del comienzo alternativo: «Este libro podría comenzar así» (pág. 29). La muerte definitiva del padre se narrará traspasada, más o menos, la mitad del libro. Luego se hablará de la ausencia que deja el padre, igual que antes se habló de la impresión que está dejando en el autor la despedida inminente.

Gospodínov cita a autores como Jorge Luis Borges o Susan Sontag, y nos podemos encontrar con más de un guiño hipertextual, como este de la página 86: «Cuando se trata de tuberculosis, tenemos poesía y La montaña mágica, pero no hay montañas mágicas para el cáncer. La montaña sin magia del cáncer».

 

Además Gospodínov nos hablará de la vida del padre, desde su mirada de niño, pero también desde antes de que él naciera. Estas páginas, en las que el autor habla de un ciudadano anónimo, salvo porque con el tiempo se va a convertir en el padre de un afamado escritor de su país, me han gustado bastante. Es un tema que me suele interesar: cómo vivían las personas en los régimen comunistas de Europa del Este en el siglo XX. En estas páginas, donde se individualiza la experiencia humana, se alcanzan buenas cotas de significación y belleza. Así, por ejemplo, en la página 163, leemos: «Lo veo nítidamente según su relato: alto y delgado, con los pantalones y la chaqueta del uniforme dos tallas más grandes para que le duren más tiempo. Camina en los últimos días del otoño, terminada la vendimia, deambula con sus compañeros entre los liños de vides buscando alguna uva o racimo olvidado. Las cornejas y nosotros, decía mi padre».

Me ha interesado la crítica sociológica que hace el autor sobre la Bulgaria de la generación de sus padres y anteriores, una sociedad patriarcal, en la que estaba mal visto que los hombres mostrasen sus sentimientos y fueran cariñosos con sus hijos. De esta forma, muchas personas de su generación han crecido con la sensación de que sus padres varones en realidad no los querían mucho. También era frecuente el empleo de la violencia –en forma de bofetadas– en la educación. Gospodínov nos mostrará que a su padre, de dos metros de altura, le bastaba su presencia imponente, para amedrentar a su hermano o a él. Me ha llamado la atención que en la novela no queda reflejado ningún momento de conflicto entre el padre y el hijo, centrándose el texto en ser un panegírico de la figura paterna.

 

La mayoría de las páginas de El jardinero y la muerte me han gustado, y las reflexiones sobre el ciclo de la vida y la muerte, aunque en algunos casos caminaban por el lugar común («¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?», en la página 18), durante casi todo el libro apela a una experiencia humana universal, partiendo de un caso concreto, pero no me gustaría acabar esta reseña sin señalar que, aunque en la mayoría de los casos, las ideas y las escenas que se exponen aquí son elegantes y comedidas, en algunos casos Gospodínov cae en la sensiblería y la cursilería, más propia de la literatura comercial que de la alta literatura. Esto ocurre, sobre todo, cuando el autor quiere elevar una experiencia cotidiana por encima de la normalidad, fingiendo ingenuidad y dejándose llevar por el pensamiento mágico. Por ejemplo, esto leemos en la página 84: «A los veinte días de la muerte de mi padre (he aquí el nuevo cómputo del tiempo familiar) anuncian que se ha ido Franz Beckenbauer. Era su jugador favorito junto con Cruyff. De la época en la que los futbolistas eran intelectuales. Cuando se va el hincha, pensé, los ídolos venerados pierden su defensa y también se van» o en la página 141: «En los años ochenta los trabajadores vietnamitas eran parte de la historia de la ciudad, y de tantas ciudades de Bulgaria. Los primeros relojes electrónicos se los compramos a ellos en el mercado negro. Incluso el primer radiocasete. Así, en negro a través de Vietnam, se colaba algo del mundo exterior. / Estoy seguro de que mi padre enseguida ha entablado conversación con sus vecinos, que ya lo sabe todo sobre ellos y que por la noche les cuenta sus historias».

 

Pese a algunos pequeños defectos, ya señalados, me ha gustado en general El jardinero y la muerte. Creo que el siguiente libro suyo que voy a leer va a ser Las tempestálidas.

miércoles, 15 de julio de 2026

El ojo castaño de nuestro amor, por Mircea Cartarescu


El ojo castaño de nuestro amor,
de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado por tres novelas cortas, y El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide (2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.

 

En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa, Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello comienzo para el libro.

 

En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto» (pág. 39)

 

Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién es. Como ya hizo en Las Bellas Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la irrelevancia social de la literatura.

 

Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte fantástica de libros como Solenoide o Cegador, pero, a diferencia de lo que ocurría en Las Bellas Extranjeras, donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.

 

En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa, sobre el que ya había leído en Las Bellas Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la que parece feliz.

 

Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros. Divertido y triste.

 

En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu habla aquí de su propio proceso de escritura.

 

Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco antes de la revolución del 89.

 

En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un género literario poco seguido hoy día.

 

Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje literario.

 

En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.

 

Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la titulada «… Escu», que sirvió para la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.

 

El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.

 

La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.

 

En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo alterador en Cegador. Victor murió en la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de Cartarescu.

 

En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor robó para sus libros.

 

La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado mucho. Me ha pasado igual que con Diario con Darwin.

 

Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.

 

En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el escritor más enigmático de todos los tiempos.

 

Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.

 

Me ha gustado El ojo castaño de nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado, los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro, son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia, Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al mundo de Cartarescu.