domingo, 4 de enero de 2026

Relaciones misericordiosas, por László Krasznahorkai


Relaciones misericordiosas
, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 144 páginas. 1ª edición de 1986, esta es de 2023

Traducción de Adan Kovascsics

 

Unos días antes del fallo del Premio Nobel de Literatura 2025, me pasé por dos bibliotecas públicas de Madrid y tomé en préstamo algunos libros de autores que podían ganar el premio Nobel el jueves de esa semana. De este modo, saqué de la biblioteca de Ciudad Lineal Relaciones misericordiosas (1986), el único libro de relatos traducido al español de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954). Tiene otro, titulado en húngaro El mundo sigue de 2013, que aún no ha llegado al público en español de la mano de Adan Kovascsics, que es el traductor de todas sus obras a nuestro idioma.

Tango satánico fue la primera novela de Krasznahorkai y se publicó en 1985. Su siguiente libro publicado fue esta colección de cuentos, Relaciones misericordiosas.

 

Relaciones misericordiosas tiene el subtítulo de Relatos mortales y consta de ocho cuentos. El primero se titula El último barco y en él, desde la primera línea, el lector experimenta una opresiva sensación de amenaza. Una ciudad húngara ha sufrido una guerra, se han ido las tropas regulares y está controlada por un comando especial. Unos sesenta disidentes del régimen (aunque esto no queda muy claro, porque el relato apuesta por la confusión y la sensación de caos) han sido convocados en el puerto para salir del lugar en un derrengado barco. El relato está narrado en primera persona del plural, así que será este narrador colectivo el que nos hable del drama de abandonar la ciudad y también el país a través del Danubio, que parece ser la última salida. El último barco está recorrido por una sensación de fin del mundo y, como se ha comentado tras el Nobel, es una narración apocalíptica. Es muy probable que, en su trasfondo, la narración sea una metáfora del fin de los regímenes comunistas en la Europa del Este, que en la década de 1980, Krasznahorkai podía temer que dieran sus últimos coletazos de un modo violento.

 

Herman, el guardabosques. (Primera versión) trata sobre un guardabosques ya jubilado que recibe el encargo de «arreglar» un bosque abandonado, que está empezando a perjudicar, con sus depredadores, a una zona cercana de caza. Herman se considera a sí mismo como un artista de tender trampas y aceptará la misión. Sin embargo, aunque tiene éxito en su cometido la búsqueda del verdadero sentido de lo que hace empezará a minar su autoconfianza y mirar a los animales que extermina de otra manera. De forma más clara que en otros textos de Krasznahorkai, me ha parecido sentir en este cuento la influencia de Franz Kafka, sobre todo del cuento La guarida, por la idea de la persona sola y acosada que se hace un refugio, pero también hay ecos de otros cuentos como Un artista del hambre. Hacia el final, en su crítica a la sociedad en la que vive, me ha parecido también escuchar la voz de Thomas Bernhard.

Por ahora, tras leer dos cuentos, que suman unas cincuenta páginas, constato que el nivel es muy bueno. En estos relatos también me encuentro con el estilo denso de las novelas que he leído del autor, Tango satánico (1985) y Guerra y guerra (1999), con ese estilo de frases muy larga, cuajadas de subordinadas.

 

En manos del barbero percibo más la influencia del Fiódor Dostoievski de Crimen y castigo. Krasznahorkai ha declarado en alguna entrevista que algunas de sus influencias literarias más claras son Kafka, Bernhard y Dostoievski. En este cuento, un tipo comente un crimen, pensando que un viejo que presume en el bar de su dinero realmente lo tiene y ha de huir. Para tratar de cambiar de aspecto visitará a un barbero, que empezará a comportarse de un modo extraño, entrando de nuevo esta historia en territorio kafkiano.

 

La trampa de Rozi es el cuarto cuento. En él, un hombre que parece un gran trabajador ve un día interrumpida su rutina al percatarse, cuando va a subir al tren, que alguien observa a los demás en la estación. Siguiendo un impulso extraño, decidirá seguir a este hombre, que a su vez sigue a otro, que se sabe observado por este. El punto de vista de la narración –está escrita, en principio en tercera persona y luego pasa a la primera– va pasando de un personaje a otro. En este relato subyace una crítica a los estados totalitarios que vigilan a la población, porque la primera persona perseguida no es capaz de imaginar que se encuentra ante un perturbado, un voyeur, y cree que son sus antiguos camaradas del partido los que le tienen vigilado.

 

Calor, al igual que El último barco, nos traslada a un escenario apocalíptico. La sociedad parece estar derrumbándose y una pareja busca refugio en un edificio abandonado, donde trata de pasar desapercibida en medio de los incendios que sufre su ciudad. «El hombre normal y corriente como yo mismo vive en un peligro constante, quera algo o no quiera nada.», leemos en la página 77. Este cuento está narrado en primera persona y me ha llamado la atención la creación de Krasznahorkai de una voz narrativa ligeramente machista. Es también un gran cuento.

 

Lejos de Bogdanovich es un cuento eminentemente kafkiano. Un hombre de mediana edad entró en una fiesta la noche anterior y ahora, en el tiempo narrativo del relato, huye con un chico joven, que podría ser su hijo, porque este último se metió en una pelea, y quizás (el lector no acaba de averiguarlo), ha habido un asesinato. En la página 99 leemos: «Del hombre que yo era ayer apenas ha quedado nada, que soy todo inverosimilitud y todo angustia.» El narrador siente que ha dejado de pertenecer al mundo al identificarse en la pelea de la noche anterior con el joven Bogdanovich, del que ahora se siente responsable y al que acompaña por la calle. Es este un relato existencia sobre el absurdo del mundo, que, dentro de su planteamiento extraño, funciona a la perfección, moviéndose con gran energía desde su eje angustioso y torcido.

 

En busca de emisoras, el séptimo relato, me ha parecido el más flojo del conjunto, dentro –claro– de un nivel muy alto. En él, un profesor jubilado busca emisoras de radio, y siente que es libre al poder escuchar la radio, ya que, en los otros momentos de su vida, se siente vigilado por su mujer o su comunidad, quienes sospechan que está loco y que puede esconder algún peligro para los demás. Después de la muerte de su mujer, el narrador quiere aislarse del mundo, pero desde el ayuntamiento no dejará de requerir su presencia en diversos actos. De nuevo, nos encontramos aquí con una crítica a los regímenes comunistas y su intromisión en la vida privada de las personas.

 

El último cuento es El final de un oficio. (Segunda versión) y me ha parecido un gran cierre al libro. Un grupo de oficiales viaja con unas mujeres, con las que mantienen relaciones disolutas para la moral de la época, hasta una ciudad de provincia. En esta ciudad se van a encontrar con que la gente vive atemorizada por las acciones contra los ciudadanos que ha tomado un antiguo guardabosques, llamado Herman, que parece haberse vuelto loco. Así que, en este último cuento, Krasznahorkai retoma el universo creado en el segundo, el titulado Herman, el guardabosques, desde otro punto de vista y, quizás, proponiendo un final alternativo al de la primera historia.

 

Como ya he adelantado, Relaciones misericordiosas me ha parecido un gran libro de relatos, con influencias de grandes autores como Kafka, Bernhard y Dostoievski, y con el estilo denso, poético y elaborado de las dos novelas de Krasznahorkai que conozco. Todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo, la inminencia de la destrucción social están ya en estos relatos. Quizás este libro de cuentos, Relaciones misericordiosas, sea una gran puerta de entrada al mundo literario de Krasznahorkai, antes de acercarse a sus novelas.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Guerra y guerra, por László Krasznahorkai


 Guerra y guerra, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 325 páginas. 1ª edición de 1999, esta es de 2009

Traducción de Adan Kovascsics

 

Ya conté, en la reseña de Tango satánico (1985), que la editorial Acantilado me había enviado este libro y El barón Wenckheim vuelve a casa (2016) László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954), un autor que llevaba unos años sonando bastante como posible ganador del Premio Nobel de Literatura y que, efectivamente, se ha convertido en el ganador este 2025. Tras la grata sensación que me dejó Tango satánico de encontrarme ante un grandísimo escritor centroeuropeo, me puse con Distritos de frontera (2017) de australiano Gerald Murnane, otro nombre que también sonaba para el Nobel. Después de este libro sopesé ponerme con El barón Wenckheim vuelve a casa, pero –con sus más de 500 páginas– pensé que no me iba a dar tiempo a tenerlo terminado para el 9 de octubre, día en el que se anunciaba el nombre del ganador del Nobel, y en esta fecha me había propuesto estar en disposición de empezar algún libro de ese nuevo nombre en el palmarés del Nobel. De este modo, como quería seguir con Krasznohorkai, saqué de la biblioteca Guerra y guerra (1999), que tiene 325 páginas y sí me iba a permitir alcanzar el 9 de octubre sin tener un libro a medias. Además, El barón Wenckheim vuelve a casa es la última obra del autor, y me parecía interesante poder llegar a ella conociendo mejor su obra anterior. Si bien, Tanto satánico era su primera novela, Guerra y guerra es la cuarta.

 

«Ya no me importa morir, dijo Korin, y tras un largo silencio, señalando un estanque cercano, preguntó: ¿Aquello son cisnes?» es la primera frase de la novela. Desde luego es una primera gran frase de novela. El lector sabrá –en el primer capítulo– que Korin tiene cuarenta y cuatro años. Ha tomado la decisión de «marcharse al centro del mundo, allí donde se toman las decisiones, donde ocurren y se disponen las cosas, como antaño en Roma, es decir, resolvió que haría las maletas y se marcharía a esa “Roma”, pues, se preguntó, ¿qué hacía él en aquel archivo a doscientos veinte kilómetros del sudeste de Budapest cuando podía estar en el centro del mundo, toda vez que estaba acabado.»
(pág. 29). La situación inicial de Korin es complicada: ha viajado a Budapest y se ha visto asaltado por un grupo de adolescentes, casi niños, de entre once y catorce años, con navajas que pretenden robarle el dinero. Le han arrinconado en un puente sobre las vías del tren y él –justo cuando empieza la novela– ha decidido contarles su historia. Los adolescentes han cogido ya fama en la zona como atracadores violentos, pero no saben cómo reaccionar ante aquel tipo que les parece un loco.

 

En estas primeras páginas me he vuelto a encontrar con un estilo denso y ampuloso como el de Tango satánico, con frases que se pueden alargar hasta más una página, con multitud de subordinadas. Esto obliga al lector a una lectura atenta y, en más de una ocasión, es posible que tenga que volver la vista atrás y comenzar de nuevo alguna frase de la que perdió el hilo. En ningún caso, como ya comenté al hablar de Tango satánico, es esta una característica de estilo que deba alarmar a ningún lector con un mínimo de experiencia. En realidad, cuando uno se sumerge con predisposición en la página la experiencia lectora acaba siendo muy gratificante, pues la prosa de Krasznohorkai es realmente rica e inteligente.

En estas primeras páginas me he encontrado con un interesante nuevo recurso: el narrador, además de mostrarnos la escena, nos informará sobre cómo los personajes se la relatarán en un futuro cercano (al día siguiente, normalmente) a terceros que no vivieron esa escena. Así nos hablará el narrador de la reacción de los siete chicos ante el monólogo de Korin: «ellos siete no estaban por la labor ni dispuestos a responder a nada, que no les interesaba el asunto, sobre todo a partir del momento en el que el “pavo ese empezó con aquello de perder la cabeza”, como contaron más tarde a unos amigos, porque a ellos les importaba “un pijo”, dijeron» (pág. 13). Este recurso, le da juego a Krasznahorkai de salirse, durante algunas líneas, de su estilo denso y ceder la voz narrativa a los personajes, mediante –como vemos– el uso del estilo indirecto libre.

Hacia la mitad de la novela, Krasznahorkai usa un poco menos este recurso, pero lo cierto es que esta presente durante todo Guerra y guerra.

 

Korin trabajaba en un archivo en una provincia húngara. Este escenario, del que no se habla mucho, en realidad, en la novela, acaba, sin embargo, creando sobre la misma un aire de irrealidad kafkiano. Korin ha descubierto en su archivo un documento que, en principio, no debería estar allí. Ha descubierto una novela sin firma y considera que hacer que ese texto, que encuentra sublime, sea conocido, se va a convertir en la misión de su vida, una vida que hasta entonces pensaba sin alicientes. Korin se divorcia de su mujer, vende su casa y sus bienes y con el dinero que ha obtenido va a viajar a Nueva York, esa «Roma», donde ocurre todo, como se anunciaba en la cita que he recogido en esta reseña. Una vez cumplida su misión (dar a conocer el manuscrito que acabará llamando Guerra y guerra) piensa que su vida dejará de tener sentido y sucumbirá (esos son sus planes) a sus tendencias suicidas.

 

Guerra y guerra se publicó en 1999, en un momento en el que el uso de internet comenzaba a popularizarse. La idea de Korin es crear una página web y dejar ahí el texto que ha encontrado para que pueda aspirar a la inmortalidad. Además, esto debe hacerlo desde Nueva York, el centro del mundo.

Según Korin empieza a teclear el texto, el lector lo irá conociendo. Korin ha quedado fascinado por la historia de cuatro hombres que, en cada capítulo de la obra, aparecen en algún contexto histórico (la antigua Grecia, la Alemania medieval, Venecia, etc.) en el que está a punto de comenzar una guerra. Korin también le irá relatando, lo que lee y pasa a ordenador, a una mujer portorriqueña en cuya casa empezará a vivir en Nueva York, junto a un húngaro.

Uno de los temas de la novela es el de la incomunicación, puesto que Korin casi no sabe nada del idioma inglés y le contará sus impresiones sobre la novela a la mujer en húngaro, idioma que esta desconoce. Además, el lector intuye que ese texto en húngaro que Korin vierte en la recién estrenada red lo más probable es que no llegue a nadie y que, por tanto, sus deseos de inmortalidad o trascendencia, a través de su perdurabilidad, acaben resultando vanos. De todos modos, cuando Korin consigue encontrar a interlocutores húngaros tampoco acaba teniendo mucho éxito, puesto que sus interlocutores le consideran un loco.

Como ya conté, en la primera escena, Korin sufre la violencia de un atraco y, en su primer día en Nueva York, según está saliendo del aeropuerto, alguien le agrede sin ningún motivo. La historia de la humanidad, parece decirnos este libro, es una historia de violencia, muerte y guerra.

 

Guerra y guerra es un libro, en principio, de lectura más sencilla que Tango satánico, puesto que en esta nueva novela el narrador sigue casi exclusivamente las andanzas de un único personaje –Korin– y en Tango satánico la novela era más coral. También, en la segunda parte de Tango satánico, había algún capítulo un tanto desconcertante, que parecía salirse de la lógica de la historia contada y que requería que el lector pusiera de su parte alguna hipótesis sobre lo que estaba ocurriendo. El lector de Guerra y guerra, una vez superado el tema de las frases larguísimas, como ya he comentado, va a adentrarse en un texto más lineal, aunque con varias analepsis, donde el narrador nos explicará el pasado de Korin, y la novela se irá haciendo algo más oscura en su segunda parte (como ocurría en Tango satánico) cuando nos acerquemos a las páginas del manuscrito que fascina a Korin aunque, como él mismo afirma, no acaba de entender todos sus significados, llegando a decir que se encuentra ante un manuscrito ilegible.

 

El lector acabará sintiendo simpatía hacia Korin y su deseo de ser inmortal a través de la obra de un artista desconocido. Korin es un ser absolutamente vulnerable en la ciudad de Nueva York, un ser existencialista que enfrentará al lector al misterio de la violencia y el sinsentido del mundo, con algunos ecos finales de novela de Thomas Bernhard.

Como ya me pareció Tango satánico, Guerra y guerra es, de nuevo, una grandísima novela.

 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Tango satánico, por László Krasznohorkai

 


Tango satánico, de László Krasznohorkai

Editorial Acantilado. 302 páginas. 1ª edición de 1985, esta es de 2025

Traducción de Adan Kovascsics

 

A principios del verano de 2025, me escribió un mail una representante de prensa de la editorial Acantilado para ofrecerme el envío de una novedad de la editorial, a petición del propio autor. Desde hace ya tiempo es frecuente que autores y editores me escriban para que lea sus libros y escriba reseñas sobre ellos o grabe vídeo reseñas. Es una tarea que me resulta inviable; yo tengo un trabajo que poco tiene que ver con el periodismo cultural y, en mi escaso tiempo libre, necesito elegir mis lecturas para poder disfrutar de mi afición. Así que rechace ese libro y le comenté a la encargada de prensa de Acantilado que, sin embargo, sí me gustaría solicitarle alguna novela de László Krasznohorkai (Gyula, Hungría, 1954), un autor del que había empezado a oír a hablar hacía unos años, vinculado al hecho de que había estado sonando su nombre en las quinielas de los Premios Nobel durante los últimos años y que, como ya sabemos, lo ha acabado ganador este octubre  de 2025. Al final quedamos en que me enviaban dos novelas: Tango satánico (1985) y El barón Wenckheim vuelve a casa (2016). 

 

Empecé por Tango satánico, que es su primera novela y me parecía la más indicada. La novela se compone de doce capítulos, divididos en dos partes. En la primera, la numeración de los capítulos avanza del uno al seis y en la segunda, al revés, desde el seis hasta el uno. De este modo, Krasznohorkai crea una estructura circular en su novela, que parece imitar, en cierto modo, los movimientos repetidos de un baile. Un baile que, de modo real, y no metafórico, se producirá en el último capítulo de la primera parte y que dará comienzo al primer capítulo de la segunda.

 

En el primer capítulo conoceremos a Futaki que se despierta en la noche al oír unas campanas. No existe cerca ningún campanario en uso que justifique el sonido de esas campanas. De este modo, el lector tendrá la sensación de que existe un trasfondo fantástico en Tango satánico. Llama la atención, según se empieza a leer el libro, la longitud de la primera frase, que se arrastra por el papel durante más de media página. Este va a ser un rasgo de estilo muy característico del autor: las frases muy largas, con muchas subordinadas que se enroscan sobre sí mismas, matizando la información. Esto conlleva que el lector deba prestar a lo leído más atención que a un libro escrito en un estilo más sencillo. Ningún esfuerzo, en cualquier caso, que tenga que asustar a ningún lector y que quedará recompensado por lo rico y vivo de la escritura.

 

Futaki, junto con el resto de personajes de la novela, vive en un lugar denominado «la explotación», un lugar semiabandonado que, en el pasado, se insinuaba que era el espacio de una fábrica o explotación minera o ganadera próspera, pero que, en los últimos tiempos, ha entrado en decadencia y de la que han huido la mayoría de sus antiguos habitantes. Sin embargo, algunos de sus antiguos trabajadores aún viven en esta «explotación», a la espera, quizás, de que vuelva a ella la prosperidad y el trabajo. De este modo, Futaki, un hombre mayor con una cojera, vive en un cuarto de máquinas oxidadas, y en este primer capítulo de la novela le conoceremos compartiendo cama con la señora Schmidt, mientras su marido se encuentra fuera de casa. Aunque la antigua producción de la «explotación» (nunca llegaremos a saber cuál fue) ha desaparecido, gracias a algunas actividades con el ganado, los habitantes de este lugar consiguen sacar algún dinero.

Desde el principio, el mal tiempo va a estar presente en la novela: frío, lluvias perennes, caminos embarrados… se imponen en la creación de escenas de la novela con fuerza. Tango satánico es más una novela de atmósfera que de trama. En cierto modo, los personajes derrotados y carcomidos por la molicie de Krasznohorkai me han recordado a los de Juan Carlos Onetti; incluso el espacio físico de «la explotación» me ha recordado al de El astillero.

También se hablará del castillo de los Weinckheim, como de un lugar abandonado, en los confines de la explotación. He sospechado que tal vez este castillo tiene algo que ver con el barón Wenckhiem de la novela El barón Wenckhiem vuelve a casa. Aunque existe una letra de diferencia, quizás Krasznahorkai une, de algún modo, sus dos obras.

 

Desde el primer capítulo, en el que se nos presenta a Futaki, se nos insinúa que algo está a punto de cambiar. Irimiás y Petrina, dos antiguos trabajadores de la explotación, han sido vistos cerca y parece que se están dirigiendo hacia allí. La peculiaridad de Irimiás y Petrina es que, según los habitantes que quedan en la explotación, están muertos. Creen que murieron en un accidente de coche. Por tanto, estos habitantes de la explotación vivirán convencidos de que se trata de una resurrección, lo que por un lado, les generará miedo, pero también esperanza. Ya que Irimiás era un antiguo líder, y su presencia de nuevo en la explotación podría significar que esta podría volver a funcionar como en los viejos tiempos.

Como ya se puede intuir, existe en Tango satánico un trasfondo religioso. Ya he dicho que Futaki se despierta en la noche oyendo unas campanas, y piensa en una cercana iglesia abandonada. Cree que el sonido no puede proceder de ahí, precisamente porque la iglesia ya no está en uso e intuye que sus campanas habrán desaparecido. Quizás estas campanas que vuelven a la vida desde el pasado, estén anunciando la vuelva a la vida de Irimiás y Petrina.

En este primer capítulo, Krasznahorkai nos irá dando más pistas sobre una posible interpretación religiosa de su libro: las campanas que han despertado a Futaki le harán pensar en presagios funestos de muerte. En la página 10 (segunda de la novela) leemos: «Se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd».

 

Al principio, pensaba que la novela iba a seguir los pasos de Futaki, al que consideraba (sin fundamento) que iba a ser el personaje principal, pero no ocurre así. Durante la primera parte, en cada uno de sus seis capítulos se nos van a ir presentando a personajes nuevos, que suelen interactuar con los anteriores, hasta que todos, o casi todos, acaban en la fonda de la antigua explotación borrachos, bailando el «tango satánico» que promete el título.

 

Me ha gustado especialmente el capítulo tres, donde se habla del doctor; un personaje que pasa en la explotación por culto, y que se dedica a emborracharse y leer libros, principalmente sobre la historia de Hungría (al final sabremos que, como ya sospechábamos, pero nadie nos había confirmado, la historia está ambientada en el país natal del autor), frente a una de las ventanas de la casa. En este lugar también escribirá un diario. El lector tendrá la sensación de que lo que el doctor escribe en el diario no es exactamente una constatación de lo que observa, desde la ventana, sobre sus vecinos, sino que él mismo crea los movimientos de estos otros personajes que no puede estar viendo. Es decir, la novela juega con la idea de que este personaje, que conocemos en el capítulo tres, es el creador de las acciones de los otros personajes, una idea que se acentuará al final del libro.

Tango satánico es una novela que funciona con varios niveles de significación; una significación, en cualquier caso, que debe ser interpretada por el lector y que juega premeditadamente a la ambigüedad. De este modo, el lector no llegará a estar seguro de si Irimiás y Petrina en realidad murieron en un accidente de coche o simplemente se fueron de la explotación, y la gente creyó que habían tenido un accidente de coche, y ahora regresan.

 

Ya he comentado que las campanas iniciales, que no parecen provenir de ningún sitio, y que no solo Futaki escucha, ya que lo harán también otros personajes, le hacen pensar al lector, que nos encontramos con una novela de tintes fantásticos; pero esto no acabará de terminar de quedar claro. Quizás son los personajes del libro, bajo cuya mirada fantástica nos encontramos, los que creen ver esta irrealidad en el mundo que los rodea y esta no exista. El fondista, por ejemplo, cree que en su fonda, cada vez que se da la vuelta aparecen telarañas, que por más que se esfuerza no puede acabar de eliminarlas y nunca puede ver a las arañas. Todos estos elementos, fantásticos o no, dan a la novela un aire onírico, de corte kafkiano. Franz Kafka es una de las grandes influencias de esta novela.

 

La señora Halics, otro de los personajes de la novela, que se acabará refugiando en la fonda, lee la Biblia, sobre todo las páginas del Apocalipsis, mientras todos esperan la llegada (o el Advenimiento) de Irimiás y Petrina, quizás resucitados de entre los muertos.

 

Me han resultado especialmente espeluznantes las páginas del capítulo cuatro, en las que conocemos a una niña, quizás con algún problema mental, que acaba pagando sus frustraciones vitales con un gato. La descripción de la violencia sobre el animal es terrible. 

 

En la segunda parte, quizás los personajes puedan redimirse de sus males y tener esperanzas cuando puedan realmente contactar con Irimiás.

 

Tango satánico, publicada en 1985, y por tanto en los estertores del comunismo, nos plantea una alegoría sobre la vida bajo el yugo de este tipo de regímenes. Una alegoría sobre la falta de esperanzas y la tristeza, en la que, quizás, la única esperanza para el individuo sea comulgar con el estado y convertirse en un confidente de sus conciudadanos.

Esta segunda parte contiene más de un capítulo desconcertante y que juega a romper con la lógica narrativa de la obra. Por ejemplo, nos encontraremos aquí con unos personajes, que aparecen por primera vez, que leen informes. ¿Están leyendo las páginas que ha escrito el doctor sobre los otros personajes y los están juzgando por ellas? No acaba de quedar claro. Como ya he apuntado, el nivel de ambigüedad sobre lo contado es fuerte.


Tango satánico es la primera novela de Lászlo Krasznahorkai. Se publicó el año en el que el autor cumplía treinta y un años, y es una obra muy lograda, una obra que, en ningún caso, parece la obra de un escritor primerizo. Tango satánico es una obra densa, tanto por su forma narrativa, escrita con frases muy extensas, con gran profusión de subordinadas y matizaciones de la frase principal, como en su flujo de ideas y de niveles narrativos de interpretación. Me ha parecido un gran libro Tango satánico. Según escribo estas palabras estoy leyendo Guerra y guerra (1999), la cuarta novela de Krasznahorkai, que saqué de una biblioteca pública. Ya hablaré de ella.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Tardes tontas con la chica que te gusta, por Alberto Olmos


 Tardes tontas con la chica que te gusta, de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 281 páginas. 1ª edición de 2025

 

Ya he comentado más de una vez que conozco a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que quedo en algunas ocasiones con él. Nos conocemos en persona desde la época de los blogs, y yo le había leído a finales del siglo XX, cuando quedó finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio en 1998. Desde entonces, he leído casi todos sus libros, aunque es cierto que aún tengo pendiente su anterior recopilación de artículos en la editorial Círculo de Tiza, Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad (2020), detalle que tiene que ver con mi desbarajuste de lecturas. Como este último libro lo compré, tiene menos prioridad en mi mente leerlo que los que solicito a las editoriales. En este caso, Tardes tontas con la chica que te gusta (2025) me lo regaló Olmos en mano y esto ha hecho que su lectura cobrara prioridad ante el otro.

 

Tardes tontas con la chica que te gusta es una recopilación de artículos aparecidos sobre todo en El Confidencial, The Objetive y Zenda, más alguno inédito. De hecho, recordaba más de un texto de haberlo leído en internet cuando apareció.

 

El libro está dividido en cuatro secciones: Los cuerpos, El amor, Los hijos y El divorcio. Olmos ha agrupado los artículos por temáticas y, como veremos, el conjunto resulta bastante coherente.

 

El libro empieza con un artículo titulado Cuando nos gustaban las chicas, que actúa como un prólogo al libro, ya que no está incluido en ninguna de las secciones que he nombrado antes. Olmos habla en él de los años noventa, cuando en las películas y en la conciencia colectiva se pensaba que los chicos tenían que ligar con las chicas siendo divertidos e ingeniosos al hablar con ellas. En este texto, ya podemos apreciar un recurso que Olmos usará en muchos otros: invertir el orden lógico de un razonamiento. Así escribe: «Hablar mucho para ligar podía significar lo contrario: que se ligaba para hablar mucho, por oírse la inteligencia y el humor, por hacer la conversación y no el amor». (pág. 18)

 

En el primer artículo de Los cuerpos revivimos los días de la pandemia, y Olmos reflexiona sobre la belleza y la fealdad de los rostros, y del deseo de ocultarlos tras las mascarillas. Todos los artículos de este libro –como en gran medida requiere el género– están muy apegados a realidades históricas muy concreta, pero también contienen reflexiones sobre la vida que consiguen ser universales.

A partir del quinto tatuaje, es grave es un texto que ya había leído y lo recordaba porque me resultó muy divertido. El humor y el derroche de ingenio van a ser otros de los rasgos característicos de estos artículos. Así leeremos: «Como Javier Marías no puede pronunciarse, lo haré yo: me molestan los tatuajes», evocando una época en la que Marías parecían pontificar de todo desde su sección del El País.

 

Usando ese recurso que comentaba antes de dar la vuelta a la lógica de dos premisas, en la página 30 leemos: «La erótica del poder ha cambiado, en el sentido de que antes era erótico cualquiera que tuviera poder, y ahora solo puede tener poder alguien que sea erótico». En este artículo, titulado La dictadura de los guapos, hace una reflexión sobre lo que le llama la atención el hecho de que cada vez los políticos son más guapos, y me ha parecido bastante agudo.

 

No sabía quién era la modelo Emily Ratajkowski hasta que no leí sobre ella en un artículo de Olmos titulado No hay nada tan agradable como que alguien te quiera follar, y en él, con gran derroche de ironía, nos va a comentar un libro que ha publicado esta autora y que se titula precisamente El cuerpo, como esta sección. En este libro Ratajkowski se queja de los problemas que conlleva ser guapa y deseada, pero Olmos reflexiona sobre la idea de que la modelo no consigue darse cuenta de qué ha hecho ella a otras mujeres: «La vida de Ratajkowski consiste en promover la devastadora idea de que no tiene sentido existir siendo mujer si no estás buena y eres millonaria». (pág. 34)

 

En El porno para mujeres era Pedro Sánchez, Olmos nos va a hablar de una cuenta de Twitter, dirigida por una mujer, que cobra por alabar la belleza del presidente, cuando, en otro artículo nos ha dicho, por ejemplo, que el piropo está más perseguido que el insulto, en el caso que este sea de hombre a mujer, aunque sí parece permitido de mujer a hombre. Debería decir desde ya que muchas de las reflexiones de Olmos van en la línea de criticar algunas políticas que tienen que ver con lo que él considera «excesos del feminismo actual», y esto puede resultar algo retrógrado para algunos lectores. En la página 112 Olmos escribe: «La ideología de su autora diría que es la mía: el sentido común». Sin embargo, es cierto que, desde la sutileza y sin ser simple o zafio en ningún momento, sus capones políticos siempre señalan en una misma dirección y se olvidan de la otra, que podría ser también criticable. Sus palabras, en cualquier caso, siempre son interesantes e invitan a la reflexión.

 

Algunas de las ideas que vierte Olmos en los artículos de El amor confluyen con las expresadas en su ensayo Tía buena, como cuando habla de las novias de los futbolistas, o sobre cómo funciona Instagram. Es divertido el artículo en el que critica el poliamor y se titula significativamente El poliamor está bien, pero es mejor el divorcio.

Algunos de los artículos de este libro, además de divertidos también consiguen ser tristes, como el titulado Solteronas, en el que Olmos reflexiona sobre la idea, con la que no está de acuerdo, de que el feminismo invite a las mujeres a vivir y envejecer solas. «Pienso que hay que ser bastante grosero para recomendarle a la gente la soledad». (pág. 133)

También Olmos, gran lector de mujeres, va a hacer comentarios como este: «La poesía española muestra desde hace unas décadas una relación preocupante con las mujeres. Se las publica mucho mientras son jóvenes y, cuando superan los 30 años, desaparecen». (pág. 134)

 

En las dos últimas secciones del libro, Olmos adquiere un tono más intimista. Así, en la tercera parte, titulada Los hijos, el primer artículo, Tener hijos es franquista, tiene este comienzo: «Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuesta dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial». (pág. 147).

El artículo titulado Elsa Pataky prefirió fregar los platos, en el que se habla de los supuestos renuncios de la actriz española a favor de su marido, es muy divertido. Sin embargo, en esta sección abundan más los detalles vitales costumbristas, como, por ejemplo, la forma en que los padres se van haciendo amigos de otros padres, según cambian las amistades de sus hijos. El artículo El peliculón que los padres se merecían empieza así: «No tener hijos es una ventaja para entregarse a preocupaciones sin importancia. Cada vez que alguien se muestra muy agitado en las redes, y le va la vida en una pequeña polémica cultural o política, deduzco instantáneamente que no tiene hijos pequeños». (pág. 173).

 

Aunque los artículos, como ya he apuntado, me parecen en general agudos e inteligentes, me ha parecido detectar una trampa en uno titulado Gestación subrogada, ¿dónde está el debate?, ya que aquí, mostrándose Olmos en contra de esta práctica, parece indicar que las personas que contratan a una mujer, para que pase su embarazo, al final del proceso le arrebatarán su hijo, cuando técnicamente los óvulos y el esperma pertenecen a la pareja original y el hijo, por tanto, no pertenece biológicamente a la persona embarazada. Más sutil me parece el artículo que habla de los transexuales.

 

Considero que la cuarta parte –El divorcio– es la más divertida, aunque en apariencia pueda parecer la más triste. Son muy divertidas las apreciaciones sobre las aplicaciones de ligue como Tinder, «la crueldad indolora de la tecnología» (pág. 230).

El artículo Cosas que los pobres deberían saber es verdaderamente talentoso. Es un artículo que ya había leído y con el que ganó el primer Premio David Gistau de Periodismo de Opinión.

También es muy divertido el artículo en el que habla de las crisis de masculinidad de los hombres de sesenta años. «Las mujeres no dan estos espectáculos grotescos, ni siquiera siendo diputadas». (pág. 272)

 

En una nota final, Olmos afirmará que este libro «no ha sido escrito sino por casualidad». Lo cierto es que, gracias a su ordenación temática, Tardes tontas con la chica que te gusta acaba siendo un libro bastante coherente. Es un libro, como ya he apuntado, melancólico, pero también agudo y divertido, un libro que interesará a todos aquellos lectores que quieran pasar un buen rato reflexionando sobre algunas de las contradicciones de la vida moderna.

 

domingo, 16 de noviembre de 2025

El ala derecha (Cegador III), por Mircea Cartarescu

 


El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2007; esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí un balance final de la obra.

 

La acción de El ala derecha comienza en 1989 (al que Cartarescu define como «el último año del hombre en la Tierra») y, como hilo argumental principal, nos va a hablar de la caída del régimen de Nicolae Ceaușescu y su mujer Elena. Después de una descripción general de la situación del país, en la página 16 llegamos a unas páginas realistas, en las que un Mircea adulto (si la novela es autobiográfica, en 1989, Cartarescu cumplió 33 años) visita a su madre, y esta se queja ante él del desabastecimiento de alimentos de los mercados, en los que pierde muchas horas haciendo colas. Cartarescu cede la voz narrativa al personaje de la madre, y esta, en un largo monólogo, pondrá al lector al corriente de cómo se ha deteriorado la situación social de Rumanía en ese año de 1989.

Cartarescu retomará aquí algún hilo narrativo de El cuerpo y nos contará que la securitate requisó su manuscrito (que debería ser el texto que el lector tiene entre manos, al que se sigue refiriendo como «libro ilegible») que le había dejado a su vecino y amigo Herman para que se lo comentase. La securitate no detendrá a Cartarescu por disidencia política, pero sí lo internará en un manicomio. Imagino que esto no ocurrió en la realidad, sino que es uno de esos momentos narrativos en los que Cartarescu hace ficción sobre la base de su propia vida. Esta situación dará pie a que la madre de Mircea pueda leer el manuscrito y que confronte con su hijo detalles del libro que este ha escrito, o sigue escribiendo, porque Cartarescu siempre habla de su libro como un libro sin fin, como que tiene una mancha en el muslo que parece una mariposa, y que el lector conoce por El ala izquierda. Esta idea de los personajes del libro comentando con el autor, que también es otro personaje del libro, lo que ha escrito sobre ellos, me ha parecido interesante. Me ha hecho pensar en Niebla de Miguel de Unamuno.

 

En la página 52, Cartarescu escribe «No» en nueve renglones, hecho que me ha recordado al «¡Socorro!» que, más tarde, en Solenoide se va a arrastrar, repitiéndolo, durante varias páginas.

 

A las páginas realistas en la que se habla de la situación de Rumanía en 1989, van a seguir varias descripciones de sueños que, como en los otros volúmenes de la trilogía, me han resultado excesivas y me han sacado un tanto de la novela. En estos sueños, Mircea va a poder volar, lo que refuerza la idea de identificarse con una mariposa en la narración. Sobre el significado simbólico de la idea de la mariposa, escribirá lo siguiente en la página 142: «Como si todos nosotros, los elegidos para juzgar un día a los ángeles, viviéramos aquí, en la tierra, una trágica metamorfosis inversa: de perezosos lepidópteros navegando por mares de iridio en el umbral de nuestra juventud, nos transformamos en orugas, en lombrices, en gusanos ciegos, en miriápodos y en escolopendras, supuramos babas impotentes a través de nuestra vieja piel, vencida, a través de las miles de heridas de nuestro desagradable cuerpo. Mariposas con ojos de niño en unas alas colosales, nos mezclamos volando con las nubes y con la Divinidad, hasta que de repente nuestras alas se incendian en el aire, se gangrenan por el roce de las cosas, y de todo ello queda tan solo el cuerpo que se arrastra por el suelo transportando con dificultad los cientos de segmentos llenos de huevos nacarados, los martirizantes corpúsculos del recuerdo.»

 

Los capítulos en los que se habla de 1989 y el fin de Ceaușescu se van intercalando con otros, en los que Cartarescu nos habla de su infancia más remota, de episodios anteriores a lo contado en El cuerpo, que se remontaba a los ocho años, más o menos. Ahora nos habla de los cuatro años, y vuelve a momentos con sus padres de los que ya nos ha hablado, pero ahora lo hará desde otra perspectiva y con nuevas capas. Ya he contado en la reseña anterior, la de El cuerpo, que la literatura de Cartarescu en estos libros es una literatura fractal, que, de forma insistente, vuelve sobre sí misma, avanzando en el tiempo y retrocediendo, para contar los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes. Hay aquí unas páginas bellas acerca de la mirada mágica del niño sobre el mundo que está vislumbrado por primera vez y que no acaba de comprender. Unas páginas que me han recordado a algunas de Llámalo sueño, del escritor judío estadounidense Henry Roth.

 

En la página 99 volvemos a 1989 y la narración se centra en los acontecimientos históricos; «¿Qué está pasando? ¿Qué demonios está pasando? ¿Cuarenta mil muertos en Timisoara? ¿Tanques? ¿Armas automáticas contra los manifestantes?» He buscado información en internet, y los muertos parece que fueron alrededor de cien y no cuarenta mil, pero imagino que esas cifras se pudieron oír en la calle en un momento de confusión y desinformación. Sobre el tema de las revueltas de diciembre de 1989, cuando Ceaușescu y su mujer Elena tuvieron que huir en helicóptero de la capital, me ha gustado el recurso (como ya se ha hecho en este libro con el discurso oral de la madre) de cederle la voz narrativa a algunos personajes. Así vuelve a aparecer Ionel, el securitate que ya apareció en El ala izquierda y tenía como misión vigilar los movimientos de los circos ambulantes, y que vuelve a aparecer en El cuerpo, y ayuda a la madre de Mircea cuando la securitate piensa que los bordados que hace en las alfombras con las que trabaja contienen mensajes subversivos. Ionel es un antiguo amigo de la familia. Me gusta una escena en la que Ionel está disfrazado, como securitate secreta, en la plaza de Timisoara, observando qué ocurre con los manifestantes, y reconoce a Mircea entre la multitud. El discurso de Ionel nos mostrará cómo ve él al hijo de la mujer que le gustó en el pasado, como a un tipo raro, un excéntrico. El mismo Mircea, que parece verse arrastrado por los acontecimientos históricos sin pretenderlo y sin mucho entusiasmo, acabará diciendo: «¿Qué es para mí Timisoara? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto? Nunca he entendido qué es ese garabato obsceno en una pared, llamado historia. Leyes, revoluciones, guerras, campañas. Pero una sola letra de mi manuscrito es más real que todo eso.» (pág. 100)

 

Mientras los acontecimientos históricos estallan en Bucarest, Mircea también va a visitar a su amigo Herman al hospital. Los médicos han detectados que un feto humano está creciendo dentro de su cerebro. Como ya sabemos, los temas orgánicos y las deformidades son muy importantes en el imaginario del autor. Solei, la extraña chica transparente, que Herman conoció y de cuya existencia supimos en El cuerpo, ha dejado embarazado a Herman.

 

Muchos de los acontecimientos principales que se narran en este libro ocurren en diciembre de 1989 y Cartarescu, más que en otros de sus libros, destaca en ese la importancia del clima, insistiendo en mostrarnos un Bucarest gélido y en el que parece no cesar de nevar.

 

En la página 167 ocurre algo curioso: el narrador reflexiona sobre la escritura de su propio manuscrito, algo que no ha sido infrecuente en esta trilogía, pero en este caso parece desdoblarse en dos: «Me detengo ante la gigantesca ventana en la que Tú has dibujado Bucarest con Tu propio dedo (pues estas líneas las escribes Tú, estas líneas en las que me obligas a detenerme ante el Bucarest nevado de la ventana y a ver el bloque que Tú colocas en el foco de mi mirada, y a llorar lágrimas que Tú haces rodar por mi rostro cuando escribes, en tu hipermundo, “él llora”.» En El ala derecha, Cartarescu volverá a incidir en esta idea del doble, porque volverá a comparecer aquí Víctor, su gemelo que fue robado de bebé y que tal vez –como supimos en El cuerpo– esté en Ámsterdam.

 

«Quiero seguir escribiendo sobre mis cavernas interiores, sobre mis alucinaciones más verdaderas que el mundo, sobre Desiderio Monsú, el pintor bicéfalo de las ruinas, sobre Cedric y sobre Maarten y sobre el noble polaco y sobre estatuas y sobre los Conocedores, pero la alucinación se ha desbordado estos días y ha llenado el mundo, cada vez me cuesta más saber en qué parte de cada página de mi manuscrito me encuentro, como si cada hoja fuera un espejo en cuya superficie se unen dos mundo con el mismo derecho a llamarse “reales”.», leemos en la página 174, donde Cartarescu hace un recopilatorio de personajes imaginados que ha creado en las otras partes de su obra. Aunque habría que añadir que estas historias, en gran medida, han quedado inconclusas y descolgadas del cuerpo principal de la historia.

 

Hacia el ecuador de El ala izquierda existe una narración de casi 50 páginas –desde la página 292 hasta la 340– que no tiene que ver con lo contado hasta ahora y que nos lleva hasta las orillas del lago Como. Aquí se nos presentará a Witold, un noble de Galitzia. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, a lo largo de esta trilogía, y he observado con atención para ver si ocurría aquí, Cartarescu nos presenta a un personaje, nos habla de él, y al final este personaje tendrá que atravesar un edificio, o cueva, de grandes dimensiones lovecraftianas, para enfrentarse a una recargada escena final de terror. Cartarescu describe las escenas con gran maestría, pero no hay en estas historias interacción ni evolución de los personajes, ni se presentan tramas que interesen al lector, ni lo contado guarda relación la historia principal, salvo de algún modo remoto o azaroso, como contar que Witold es un pariente lejano de Cartarescu, o que aparecen de refilón algunos personajes ya conocidos como Cedric o el Albino. Como ya me ha ocurrido otras veces, estas historias dentro de la novela me suponen un bache lector dentro de un conjunto de un alto nivel.

 

Después pasaremos a algunas páginas interesantes sobre la débil relación de Mircea con su padre o volveremos otra vez al tema del Médevil, que como ya conté era uno de los relatos de Nostalgia y que aparecía en El cuerpo. En este caso, el Mendevil será el protagonista de una historia casi de terror y abusos en la infancia. Sin embargo, Cartarescu decide intercalar la historia del Mendevil con historias bíblicas sobre Moisés, haciendo que la historia principal pierda fuerza y se disperse.

 

Descubro en el tramo final de la novela que un personaje que limpiaba las estatuas en Bucarest en El ala izquierda es en realidad el mismo Ionel de la Securitate. De nuevo volverá aquí la obsesión de Cartarescu por las estatuas.

Siguiendo con el tema de la caída de Ceaușescu se describirá el asalto de los ciudadanos a La Casa del Pueblo, en unas escenas que me han recordado a las descritas por Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.

 

En definitiva, como ya he apuntado en las otras reseñas de esta trilogía, me sigue pareciendo que Cartarescu crea en El ala derecha páginas de gran literatura, pero su ambición, a veces, le hace cometer algunos excesos que consiguen sacar al lector de la propuesta durante un número no desdeñable de páginas. Como me ha ocurrido anteriormente, las páginas más realistas, en las que describe el Bucarest de 1989 y la caída de Ceaușescu, junto con el nuevo recurso de ceder la voz narrativa a algunos personajes, me han resultado las mejores partes de la novela. Y, como en otras ocasiones, las desviaciones, los relatos que no acaban de conducir a ninguna parte, me han resultado excesivas.

 

Solenoide, la siguiente novela de Cartarescu, se publicó en 2015, ocho años después de El ala derecha, y teniendo una ambición pareja a Cegador creo que es una obra más conseguida. Quizás fue el editor de Cartarescu, la crítica, el público o él mismo quien se dio cuenta de por qué caminos debía transitar su literatura y por cuáles no y le hizo reflexionar. En Solenoide Cartarescu escribió una historia tan imaginativa como la de Cegador, usando como material de base su propia vida, pero se mantuvo más centrado en su propuesta y no se fue tanto por unas ramas narrativas que, en muchos casos, no acaban de conducir a ninguna parte. Algún crítico rumano llegó a decir que Cartarescu es un buen escritor, pero no un buen novelista. Es cierto que en una novela convencional las desviaciones del tema principal de Cegador no tendrían mucho sentido, y que Cartarescu da vueltas y vueltas a la descripción de las mismas escenas, pero también es cierto que Catarescu es un autor que está consiguiendo crear un mundo propio, con unas obsesiones perfectamente identificables. Obsesiones que parten de su admiración por algunos clásicos, como Kafka, Borges o Lovecraft, pero que consiguen tener su toque de transformación personal

Cegador es una gran novela, a la que le sobran páginas; una gran novela repleta de ambición, de aciertos y también de excesos.