Cuentos completos, de Jorge Luis Borges
Editorial Alfaguara. 474 páginas. 1ª ediciones entre 1935 y 1983; esta es
de 2026.
La primera vez que leí a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 –
Ginebra, 1986) fue en 1989, cuando tenía quince años. Un profesor de
matemáticas quiso ayudar a los alumnos a comprender el concepto de infinito y
para ello nos fotocopió tres cuentos de Borges: El libro de arena,
El jardín de los senderos que se bifurcan y El Aleph.
Me gustaron, pero como por aquel entonces yo era un lector de ciencia ficción y
terror no seguí con él hasta que, un poco antes de cumplir veinte años, conocí
a Charles Bukowski y mis intereses
literarios cambiaron. A los veinte años leí Artificios (1944),
aunque no sé si todos sus cuentos, en una de aquellas pequeñas ediciones de Alianza
100 de los años noventa. Y luego compré, en Alianza también, libros como Ficciones
(1944) y El Aleph (1949). El informe de Brodie
(1970) y El libro de arena (1975) los saqué de una biblioteca.
Más tarde compré el Volumen 1 de las Obras completas de Borges en Emecé,
y vendí de segunda mano las ediciones de Alianza porque no tenía mucho sitio en
casa (a veces me he arrepentido de hacerlo). En este volumen de Emecé estaban
también los primeros libros de poesía y ensayo de Borges y, más de una vez,
pensé seguir leyendo los siguientes volúmenes de Emecé que tiene mi mujer en
casa. Sin embargo, cuando vi que la editorial
Alfaguara publicaba las obras
completas de Borges, separando su producción por géneros –cuentos, poesía y
ensayo– me apeteció solicitarle estos libros para poder leerlos en este formato
y reseñarlos. He empezado por el libro Cuentos completos. La mayoría de
las páginas de este libro ha sido una relectura (algunos cuentos los volvía a
leer por segunda vez, y algunos otros por tercera o cuarta) y solo al último –La
memoria de Shakespeare (1983)– me he acercado por primera vez.
Empiezo con Historia universal de la infamia (1935), que
había leído en la edición de Emecé. Recordaba este libro como una obra menor
dentro de la gran producción de Borges. El propio Borges en el prólogo del
libro apunta que las influencias más claras de estos cuentos son sus relecturas
de Stevenson y Chesterton. En la primera página del primer
cuento, El atroz redentor Lazarus Morell, se encuentra una
enumeración: «A esta curiosa variación de un filántropo debemos infinitos
hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor
oriental don Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental don
Vicente Rossi (…)». En esta primera página está ya contenido el germen de uno
de los cuentos más famosos de Borges, El Aleph. De hecho, estas largas
enumeraciones, que funcionan como poemas en prosa, son uno de sus rasgos de
estilo más claros. Otro rasgo de estilo sería el humor, que he sentido en esta
lectura más presente que en las anteriores. Así en la segunda página del cuento
leemos: «Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían
la ingratitud de enfermarse y morir». También, ya en este primer cuento, nos
encontramos con una de las grandes obsesiones de Borges, la presencia de
fuerzas contradictorias en la misma persona; como en un juego de espejos, ya
tenemos aquí al traidor y al héroe, ya que el Lazarus Morell del título, en
apariencia libera esclavos, pero luego los vuelve a vender. En la página 25
leo: «Unos jarros de whisky de centeno (…) y se le derramaba el secreto». El
uso de los verbos en Borges es de un ingenio prodigioso; así como el de los
adjetivos, en la misma página leemos: «mulatos nebulosos». Acabo este primer
cuento y reflexiono: ¿por qué consideraba yo que Historia universal de la
infamia era un libro menor? ¿Menor comparado con qué? ¿Con otros
escritores, con la propia obra de Borges?
El impostor inverosímil
Tom Castro ahonda en esa idea tan borgiana de las paradojas y de que la mejor forma
de disimular algo es no tratar de disimularlo, que sería una variante del
cuento La carta robada de Edgar Allan Poe. «Sus
partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo
sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo» (pág. 32).
Quizás en esta frase ya se encuentre esa idea clásica de Borges donde afirma
que en el Corán no hay camellos, porque quien lo escribe y lo lee no necesita
que esa idea se remarque.
Como me suele ocurrir con Borges, los personajes de sus relatos no me
parecen entidades con una psicología real, sino arquetipos de una idea
narrativa, y en este sentido, conecto menos con alguno de los cuentos, como en
el caso de La viuda Ching, pirata y El incivil maestro de
ceremonias Kotsuké de Merv, los cuentos orientalistas del libro. Los
que más me gustan son los de delincuentes estadounidenses, El asesino
desinteresado Bill Harrigan y El proveedor de iniquidades Monk
Eastman. Aunque he de añadir que mi cuento favorito de este primer
libro es Hombre de la esquina rosada, donde ya aparece el gusto
de Borges por los cuchilleros y los malevos argentinos. En este cuento aparece,
por primera vez, Borges como personaje y receptor de la historia contada. Es un
cuento curioso porque lo normal en los cuentos de Borges es que el narrador sea
siempre el mismo, un narrador uniforme que sería el propio Borges (estén
escritos los cuentos en primera persona o en tercera, o incluso, aunque sea la
voz del Minotauro, este habla como el propio Borges). Según Ricardo Piglia, el hallazgo de esta voz narrativa es
la gran invención del autor. En Hombre de la esquina rosada, Borges, de
forma casi única, cede la voz a un personaje arrabalero, que habla con
coloquialismos sobre una pelea de «guapos» o cuchilleros de conventillo, tema
sobre el que se volverá más adelante, pero con la voz narrativa de Borges. En
el último cuento de este primer libro, titulado Etcétera, hay una
escena que es un claro antecedente de otra que aparece en El Aleph, uno
de los cuentos más famosos de Borges. A través de una invocación mágica con un
brasero, incienso y tinta, se creará un lugar desde el que es posible vislumbrar
una infinidad de realidades: «Ese hombre muerto que aborrezco, tuvo en su mano
cuanto los hombres muertos han visto y ven los que están vivos: las ciudades,
climas y reinos en que se divide la tierra, los tesoros ocultos en el centro,
las naves que atraviesan el mar, los instrumentos de la guerra, de la música y
de la cirugía, las graciosas mujeres, las estrellas fijas y los planetas (…)”
(pág. 74)
Cuando acabo Historia universal de la infamia tengo la sensación de
que el libro ha cambiado y crecido ante mis ojos desde la anterior vez que lo
leí.
En el prólogo de Ficciones (1944), Borges reniega de
los libros extensos. «Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen
y ofrecer un resumen, un comentario» (pág. 85). El libro empieza con el cuento Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius. En su primera página se muestran elementos
importantes en la obra de Borges: el narrador (el propio Borges) nos habla de
su amistad con el también escritor Adolfo
Bioy Casares, se muestra el conocimiento y la fascinación por lo libresco,
citando volúmenes de extrañas enciclopedias. Se habla, así mismo, de los
espejos. «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el
descubrimiento de Urbar», así empieza este significativo cuento, que es una
puerta a un misterio que parece a punto de ser revelado, pero que siempre queda
oculto tras un velo. En la página 89 aparece Adrogué, donde Borges veraneaba de
joven, y será allí donde un ingeniero inglés le mostrará un libro que le
ayudará a seguir con sus pesquisas. Este cuento contiene también la esencia de
muchas de las páginas de Roberto Bolaño,
gran admirador de Borges, la idea de contar una historia, cualquier historia,
como si se tratase de una historia de detectives. Quizás más que una historia
de detectives, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
sea una historia de terror, donde una entidad desconocida está tomando posesión
silenciosa del mundo. «Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el
mundo real»; al final del cuento, volverá la presencia de Borges como actor en
su propia historia. Quizás Tlön, Uqbar,
Orbis Tertius sea el cuento más complejo de Borges. Lo había leído ya, más
de una vez en el pasado, pero en esta ocasión lo leí dos veces seguidas y, aun
así, tras la segunda lectura tenía la sensación de que su significado completo
se me escapaba, que en menos de catorce páginas Borges había creado un texto
extraño y misterio, cuyos significados se van multiplicando como en una cadena
de espejos.
El siguiente cuento es Pierre Menard, autor del Quijote,
uno de los cuentos más célebres y más citados de Borges. En él, un escritor,
que leyó en su juventud el Quijote, quiere escribirlo, sin volver a
consultarlo, palabra por palabra, aunque para él el Quijote sea una «obra
innecesaria». «No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil»,
leemos en la página 108, un cuento que parece toda una humorada, porque para
Menard, francés del siglo XX, es más meritorio que para Cervantes escribir El quijote, puesto que para Cervantes
era de uno común el español del siglo XVII y para Menard no.
El comienzo de Las ruinas circulares me ha recordado al cuento El
eclipse de Augusto Monterroso,
que parece un seguidor de Borges. Este es un cuento sobre los sueños, sobre la
esencia de la realidad, ya que cada persona podría ser solo el sueño de otra.
La lotería de Babilonia es seguramente uno de
los textos más kafkianos de Borges. En él se habla de una «Compañía» que podría
representar a un poder religioso o institucional y que rige el azar o el
destino de las personas.
Examen de la obra de Herbert Quain supone el homenaje a un
escritor y a una obra inexistente. En la página 122 hay una teoría de la
novela, planteada como una historia de detectives, que me parece inspiradora de
La
pesquisa de Juan José Saer,
otro gran admirador de Borges. En el final de este cuento, Borges insinúa de un
modo ingenioso, que su cuento Las ruinas circulares está tomando
de la obra de Quain, escritor secreto.
La Biblioteca de Babel también parece un
cuento de inspiración kafkiana, con su biblioteca de hexágonos, donde no hay
dos libros idénticos, profundizando de nuevo en su poética idea del infinito.
Este cuento acabará conversando con El libro de arena, donde se habla de
paradojas similares y abrumadoras sobre el infinito.
El jardín de los senderos que se bifurcan nos muestra un
trasfondo más apegado a los acontecimientos reales, llevándonos a 1916 y a la
Primera Guerra Mundial. Aquí nos encontraremos con un laberinto infinito, que
nos vuelve a hacer pensar en La
Biblioteca de Babel, y aparecerá ya esa dicotomía tan borgiana entre el
posible héroe y el cobarde.
Desde luego, en los nueve años que transcurren entre la publicación en 1935
de Historia universal de la infamia
hasta la de Ficciones en 1944 se ha
producido un salto en la obra de Borges. Será en Ficciones donde llega a sus grandes temas, a sus grandes obsesiones
(los laberintos, los espejos, el infinito…). Ficciones es un libro inteligente y rompedor; en algunos momentos
incluso demasiado inteligente y rompedor. Admiro de nuevo la gran prosa de Borges,
y me recreo en su uso del verbo «fatigar», uno de sus favoritos. Y aunque es
cierto que aquí Borges ya se ha acabado de crear a sí mismo como personaje,
como peculiar narrador de sus cuentos, frente a los cuentos de Artificios (1944), tengo la sensación de
que a los de Ficciones –incluso con
su genialidad– les falta algo de humanidad, de enfrentarnos a personajes más
reales. Ficciones es un libro que
está casi más cerca de la filosofía que de la narrativa. Y esto hace que,
aunque posiblemente los cuentos de Ficciones
sean más geniales y rompedores que los de Artificios,
yo acabe prefiriendo los de Artificios,
que de hecho se abre con uno de mis cuentos favoritos de la literatura: Funes
el memorioso. En el prólogo del libro, Borges nos dirá que este cuento
trata sobre el insomnio (Funes tiene el poder, o la condena, de poder
recordarlo todo), aunque lógicamente es mucho más que eso, es un cuento sobre
el dolor de la excepcionalidad, sobre lo finito de la vida, y me parece que de
él se desprende más humanidad (más sufrimiento y dolor) que de los cuentos
anteriores de Ficciones, sin quitar
con esto mérito a esos cuentos, que ya he señalado como geniales. Funes el memorioso tiene la fuerza de
esos cuentos esenciales de los hermanos
Grimm o de Hans Christian Andersen.
De nuevo, el narrador aquí es Borges, que es un narrador autoconsciente del
hecho de narrar: «El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la
eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos
que me abrumaron esa noche», leemos en la página 152.
En La forma de la espada Borges sigue haciendo pruebas con uno de
sus grandes temas, el del traído y el héroe, encarnados en la misma persona; la
propia idea de la repetición y el arquetipo: «Lo que hace un hombre es como si
lo hicieran todos los hombres» (pág. 158), y también Borges recurre aquí a su
humor y a su ingenio: «acudí a la menos perspicaz de las pasiones: al
patriotismo». El final del cuento es muy ingenioso, con esa idea de que uno
también es el otro.
Definitivamente en Tema del traidor y del héroe estalla
el asunto del cuento anterior. El mismo Borges nos dice en las primeras líneas
que el cuento está escrito bajo el influjo de G. K. Chesterton, más concretamente del cuento El cartel de la espada rota,
que leí hace unos años. Este cuento habla del asesinato de un líder político en
un teatro, que acabará prefigurando el asesinato de Lincoln.
La muerte y la brújula me gustó mucho cuando
lo leí a los veinte años y me ha vuelto a gustar mucho. En este cuento, de
forma extraña, aparecen diálogos y se desarrolla como un policial inglés, como
una limpia partida de ajedrez. «Usted replicará que la realidad no tiene la
menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede
prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis», leemos en la página 166,
y en esas hipótesis inmiscuyéndose en la realidad recae la fuerza de este
relato, cerebral y poético.
El milagro secreto, sobre un escritor en
Praga que es condenado a muerte y no va a poder acabar una obra que tiene en
marcha, es un cuento bonito (aquí aparecen los nazis, una obsesión muy de la
época), pero de ejecución y efectos inferior a otros de este libro.
Tres versiones de Judas es, seguramente, uno de
los cuentos más conocidos de Borges, y en él se vuelve al tema de la paradoja
del traidor y del héroe, encarnado en este caso en la figura histórica de
Judas. «Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a
encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma» (pág. 182).
Me ha gustado volver a El fin, porque me acordaba
exactamente del momento en el que lo leí por primera vez: en un banco de la
estación de Embajadores, esperando el tren. En aquel momento, ya me fascinó su
composición y vocabulario (me encantó el término «pulpería», que recibía por
primera vez). En El fin, Borges
recrea el mito del Martín Fierro, figura clave de la literatura argentina. «La
llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño»,
leemos en la página 187, acercándonos a una de las grandes mitificaciones del
imaginario de Borges, el gaucho y la llanura.
La secta del Fénix parece un cuento
chistoso sobre el sexo que se practica, pero a la vez se oculta, generación
tras generación.
En el prólogo, Borges nos dice que considera que El sur es su mejor
cuento. Desde luego es un cuento perfecto, donde se mezclan dos lecturas: una
directa y otra soñada. En este cuento queda marcado el gusto de Borges por sus
contrarios: los hombres de acción, los cuchilleros, los malevos… Su lenguaje y
ejecución son impecables.
Llegamos ya a El Aleph (1949), que posiblemente sea el libro de cuentos más
famoso de Borges. En El inmortal volvemos al tema de los
manuscritos encontrados; en este caso en unos volúmenes de La Ilíada. En este cuento
he percibido una clara influencia de H.
P. Lovecraft. En la página 203, el narrador, que busca la Ciudad de los
Inmortales, acaba maniatado en una sepultura. Esta escena me ha recordado a la
ambientación y el desarrollo del cuento de Lovecraft Encerrado con los faraones,
y la descripción posterior de una ciudad fantástica con medidas
desproporcionadas, me recuerda a la novela de Lovecraft En las montañas de la locura.
Borges criticó el estilo de Lovecraft, pero también lo leyó con atención e
incluso le homenajeó directamente en el cuento There are more things. Es
un buen cuento, aunque quizás esté un poco forzado el efecto final de hacer
aparecer a un personaje histórico. «Ser inmortal es baladí; menos el hombre,
todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo
incomprensible, es saberse inmortal», leemos en la página 209.
En El muerto Borges vuelve a Hombre
de la esquina rosada y su obsesión por los malevos y los compadritos. Su
personaje será aquí «un hombre del suburbio de Buenos Aires, un triste
compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje». Este cuento apenas
sobrepasa las cuatro páginas y contiene el resumen de lo que podía haber sido
una novela, contada su argumento con total economía de medios. «Lo mismo que los
hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el
hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena
bajo los cascos» (pág. 215) .
Los teólogos es un cuento erudito y algo áspero de
leer; de nuevo nos acercamos a la paradoja de la percepción del traidor y del
héroe, en este caso en la figura del teórico religioso y el hereje.
En Historia del guerrero y la cautiva Borges nos hablará de su
abuela inglesa y se adentrará en el mito nacional de «la cautiva», que ya
inició Esteban Echevarría en su obra
La
cautiva.
Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874) nos regresa al mito de
Martín Fierro y a los ideales de los hombres de acción que acaban siendo otros.
«Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe
acatar el que lleva dentro» (pág. 232).
Emma Zunz nos habla de una venganza. Como en La muerte y la brújula, el relato
policial acaba siendo un relato matemático, una partida de ajedrez narrativa.
La casa de Asterión está narrada por un
minotauro que podría ser Borges. Un minotauro que vive en un laberinto que
podría ser del tamaño del mundo.
En La otra muerte Borges vuelve a las historias militares y a la
exaltación del pasado bélico de sus abuelos. Volvemos al tema del cobarde y el
héroe con una variante fantástica sobre la posibilidad de cambiar el pasado.
Deutsches Requiem es un cuento de
temática nazi, un cuento contado desde el punto de vista de un verdugo y su
justificación del mal. Es un cuento escalofriante, «Giraban sobre nosotros los
grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que
respirábamos un sentimiento parecido al amor» (pág. 251).
En La busca de Averroes se habla de los intentos de este personaje
histórico de traducir los textos de Aristóteles sin conocer la diferencia entre
«comedia» y «tragedia», un relato en el que Borges reflexiona sobre los límites
del conocimiento de la mente de otra persona.
El Zahir es un cuento fantástico en el que una
persona en Buenos Aires recibe una moneda de veinte centavos, que acaba siendo
un Zahir, un objeto mítico en el que no se puede dejar de pensar. Borges
interviene en la narración: «Hasta finales de junio me distrajo la tarea de
componer un relato fantástico» (pág. 264).
La escritura de Dios sobre una persona
encarcelada que busca una revelación divina que le explique la realidad me ha
recordado a Las ruinas circulares en
intencionalidad y símbolos.
Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto me ha parecido un
cuento enrevesado y que juega burlonamente con lo inverosímil, una nueva
reescritura de La carta robada de
Poe. Este cuento contiene una de las frases que más he citado de Borges: «La
solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de
lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución del juego de manos». (pág. 279)
Los dos reyes y los dos laberintos es un cuento muy corto
que vuelve a la idea del laberinto.
La espera es un cuento detectivesco sobre un tipo
que se esconde, pero que al final no podrá huir de su destino. Me llama la
atención, a veces, el cambio de estilo y ritmo de Borges, desde el cuento más
erudito hasta otros que, en apariencia, son de corte más popular.
En El hombre en el umbral vuelve a aparecer Bioy Casares como
personaje y parece un cuento de Kipling sobre los misterios de la India. La
resolución, hablando de civilizaciones desconocidas, me ha vuelto a traer a la
mente a Lovecraft.
Y para cerrar este libro llegamos a su cuento más emblemático, El
Aleph, que también es uno de sus cuentos más largo. En él, Borges
visita la casa donde murió su amada Beatriz Viterbo, para descubrir una
maravilla en el sótano: un punto que contiene todos los puntos del mundo. Su
famosa enumeración de las maravillas de la tierra es un bello poema que analizó
el escritor peruano Gustavo Faverón
en su ensayo El orden del Aleph. En este cuento se habla de amor, que es un
tema poco habitual en Borges.
Según escuché a Ricardo Piglia,
en sus magníficos programas de la televisión pública argentina, hablando de
Borges, El Aleph (1949) fue el último
libro que Borges pudo escribir por sí mismo, y a partir del siguiente –que
sería El informe de Brodie (1970)– ya
tuvo que dictar sus cuentos. Esto hizo, según Piglia, que el nivel lingüístico
de los nuevos cuentos bajara. Creo que Piglia tiene razón, pero esto no hace
que la etapa final de Borges como cuentista sea desdeñable. Lo que sí que llama
la atención de El informe de Brodie
es que, después de los cuentos librescos y eruditos anteriores, Borges desborda
aquí su gusto por los malevos y cuchilleros. Es como si según el propio Borges
va decayendo físicamente le vayan interesando cada vez más los hombres de
acción. Como en un juego de espejos, Borges empieza a sentir una fascinación
profunda por sus opuestos, algo contra lo que su amigo Bioy Casares trataría de
luchar. De este modo, el libro comienza con La intrusa, la historia
de dos hermanos enamorados de la misma mujer. El brutal desenlace del cuento le
fue dado a Borges por su madre.
El indigno es la historia de una fascinación,
primero, hacia un delincuente y después de una traición. El relato supondrá una
confesión de una acción que acabará atormentándole.
Historia de Rosendo Juárez es la historia de un
matón de comité político, desde que mata a un hombre y la policía le ofrece
unirse al partido y ser guardaespaldas, hasta que, al verse reflejado en el
espejo de otro cuchillero, se convertirá en otro hombre.
Me gustó recordar El encuentro, que leí por primera
vez hará ya más de veinte años. Es un cuento ligeramente fantástico, sobre dos
cuchillos que hacen que dos hombres se enfrenten, pero también es un cuento
sobre la nostalgia de la juventud: en la reunión de una finca en el campo nadie
ha cumplido aún los treinta años.
Juan Muraña repite el tema de la vida en los
cuchillos y la reputación barrial de hombre temido.
La señora mayor retoma el tema de los militares. Me
parece un cuento con menos fuerza que otros.
El duelo habla de la rivalidad de dos pintoras,
una rivalidad artística que acaba creando en ambas una personalidad, una razón
de ser. Desaparecida una, la vida de la otra dejará de tener sentido.
El otro duelo habla de la rivalidad entre dos hombres,
que han de combatir en una guerra en el mismo bando y, antes de poder
enfrentarse, son hechos prisioneros por el enemigo, que les acabará proponiendo
un duelo grotesco y sanguinario. El
indigno y este otro son seguramente los cuentos más salvajes de Borges.
En Guayaquil el narrador tendrá la oportunidad de consultar unos
documentos que pueden esclarecer qué se dijeron, en Guayaquil, los líderes de
la independencia de América, Bolívar y San Martín. Borges no acabará de
desvelar qué contienen esos documentos, sino que nos hablará de las relaciones
de poder.
El Evangelio según Marcos trata de un joven estudiante
de medicina que, debido a una inundación, se queda aislado en una casa de la
pampa. El desenlace de este cuento también será brutal.
El informe de Brodie habla de un misionero
del siglo XIX que entra en contacto con la tribu americana de los yahoos, y en
su informe describe su forma de vida, y las costumbres que le chocan, como el
canibalismo. Aquí se vuelve al tema del manuscrito encontrado; en este caso
entre las páginas de un libro de Las mil y una noches.
En El libro de arena, Borges (1975) deja el tema de los
militares y los cuchilleros de El informe
de Brodie y vuelve al infinito y los laberintos. El libro empieza con uno
de sus cuentos más recordados, El otro, donde un Borges mayor se
encuentra con un Borges joven en un banco de la calle, que puede estar en
Boston o en Ginebra. «No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que
son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y
cuentos de índole fantástica.» (pág. 375), le dirá el mayor al joven. Dos
personajes que no acaban de entenderse.
Ulrica es un relato de amor; algo extraño en
Borges, pero también es un relato en el que la ficción de las sagas nórdicas
irrumpe en la realidad para mostrar el amor como algo único y excepcional. El
protagonista, aunque se presenta como un profesor colombiano, también es una
persona mayor célibe, que parece un trasunto de Borges.
En El Congreso, Borges vuelve a su idea de la biblioteca infinita,
del estudio tan extenso sobre algo que acaba siendo todo lo contenido en el
mundo. «Descreo de los métodos del realismo, género artificial si lo hay;
prefiero revelar de una buena vez lo que comprendí gradualmente» (pág. 387)
There Are More Things me ha llamado la
atención porque es un homenaje directo a H. P. Lovecraft, con su casa de medidas
no humanas y su nuevo habitante.
La Secta de los Treinta trata de una secta que
considera que en las treinta monedas de Judas se encuentra el significado del
mundo. Un cuento sobre la búsqueda de la verdad, y el poder de lo extraño.
La noche de los dones me ha gustado bastante,
porque Borges tiene una buena sensibilidad, como ya demostró en El encuentro, para retratar el paso de
la infancia a la vida adulta. En este cuento el descubrimiento, el mismo día,
del sexo y la muerte marcarán al protagonista. «Los años pasan y son tantas
veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si solo
recuerdo las palabras con que la cuento» (pág. 412).
El espejo y la máscara nos regresa a los mitos
y la belleza de la concreción.
Undr también trata de la búsqueda de la poesía
y la excepcionalidad. A veces da la impresión de que Borges trabajaba sus
cuentos a pares, porque este se parece bastante al anterior.
En Utopía de un hombre que está cansado volvemos a la llanura,
pero llegamos a un futuro donde los hombres ya no buscan la inmortalidad.
El soborno trata de las convicciones sobre uno
mismo, y sobre cómo alguien puede manipular a otro analizando su fe en sí
mismo. Es un cuento curioso.
Avelino Redondo vuelve a ser un relato policial sobre un
tipo que prepara un magnicidio, y acaba hablando del destino personal.
Con El disco volvemos al tema de los mitos y los objetos mágicos y
sagrados.
El libro de arena, que es el último
cuento del libro, me parece el mejor. Volvemos aquí a temas que ya aparecieron
en La Biblioteca de Babel, sobre el
infinito, el destino y los libros monstruosos.
Todos los cuentos anteriores, como ya apunté, no era la primera vez que los
leía, aunque es cierto que bastantes los había olvidado. Me adentro ahora en la
única parte nueva del libro para mí, que sería el volumen La memoria de Shakespeare (1983). Agosto 25, 1983 trata de
nuevo del tema del doble. En esta ocasión, Borges llega a la habitación del
hotel de Adrogué donde veraneaba. Allí se encontrará con otro Borges. Hacia el
final del cuento acabará enumerando sus temas: «En las obras estaban los
laberintos, los cuchillos, el hombre que se cree una imagen, el reflejo que se
cree verdadero, el tigre de las noches, las batallas que vuelven en la sombra»
(pág. 451).
Tigres azules nos traslada al exotismo de la India, con
un profesor que acaba encontrando unas piedras azules, que pueden
multiplicarse. Es un cuento fantástico divertido, que me ha recordado a Philip K. Dick.
La rosa de Paracelso trata sobre el tema del
discípulo y sobre la fe, el conocimiento y el valor del misterio.
La memoria de Shakespeare es el último cuento de
la carrera de Borges y me ha parecido más que un digno cierre. En él, alguien
es poseedor en su mente de los recuerdos del escritor inglés. Estos recuerdos
le pueden ser transferidos al protagonista, especialista en Shakespeare. El
profesor lo aceptará para acabar comprendiendo que se trata de un regalo
envenenado.
He disfrutado mucho de este reencuentro con el maestro argentino. He disfrutado
releyendo los cuentos que recordaba, los que no recordaba y los que he leído
por primera vez. Como ya insinué al principio, he tenido la sensación de que
desde mi última lectura a esta, Borges había crecido como escritor y ahora me
parecía incluso mejor que antes. En algún momento, me pareció que sus temas y
obsesiones, la elegancia de sus tramas de ajedrez, evitaban la confrontación
con el mundo real y la crítica de este, pero cada vez más me parece que Borges
es un universo literario en sí mismo y que todos sus temas y obsesiones le
hacen diferente a los demás escritores. Por no hablar de la exquisitez de su
prosa, de su uso maravilloso de los adjetivos y los verbos, de la ironía y de
la inteligencia narrativa. Todo un placer este reencuentro con uno de mis
viejos amigos del siglo XX.

No hay comentarios:
Publicar un comentario