domingo, 27 de julio de 2014

Villette, por Charlotte Brontë

Editorial Alba. 643 páginas. 1ª edición de 1853; ésta de 2014.
Traducción de Marta Salís.

Soy un gran admirador de las hermanas Brontë. Hace unos diez años leí, de forma bastante seguida, las novelas Cumbres borrascosas de Emily Brontë, Jane Eyre de Charlotte Brontë, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall de Anne Brontë. También leí más de un prólogo o página de internet donde se hablaba de sus vidas cortas y un tanto extremas en los páramos de Yorkshire. Es más, durante el verano que pasé en Londres en 2006 me apunté (y ninguno de mis amigos quiso venirse conmigo) a un viaje organizado de un fin de semana en el que se visitaba principalmente York, Bradford y Haworth. Haworth es el pueblo donde vivían las hermanas Brontë en Yorkshire. Allí se podía visitar su casa familiar. Paseé por esa casa, estuve a un metro del sofá en el que murió Emily y de la mesa en la que escribía. Miré a través de las ventanas hacia la iglesia en la que el padre de las Brontë trabajaba como párroco. En el espacio entre la casa y la iglesia se encontraba el cementerio del pueblo, que sería el primer jardín de las hermanas, el primer horizonte que veían al asonarse a las ventanas de sus cuartos. Observé las primeras ediciones de los libros que he comentado más arriba, expuestas en vitrinas. Me fotografié delante de la casa, fotografié la iglesia a través de una de sus ventanas; tengo otra foto delante de una tienda que en otro tiempo fue la oficina de correos donde las hermanas depositaban sus novelas para hacérselas llegar a los editores de la capital, fingiendo ser hombres. Otra delante del pub Black Bull, donde Branwell Brontë, el único hermano varón de la familia, el que según los códigos de la época era el que estaba destinado a ser el artista de la familia Brontë y sólo acabó siendo un alcohólico, dio sus primeros tragos. Es una pena que en 2006 yo aún tuviera una cámara de carrete y que no pueda subir aquí estas fotos.

Charlotte Brontë (1816-1855) fue la más longeva de de los seis hermanos del matrimonio Brontë, y eso que sólo vivió hasta los treinta y nueve años. Emily alcanzó los treinta y Anne veintinueve. El malogrado Branwell –que de niño escribía, como sus hermanas, y que quería ser pintor, pero que no fue dotado para la pintura con un talento equivalente al que tuvieron sus hermanas para la escritura- vivió treinta años, y las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, murieron con once y diez años de tuberculosis.

Anne sólo escribió las dos novelas que he citado al principio (además de algunos poemas, publicados en un libro junto a los de sus otras dos hermanas), Emily sólo (y ese “sólo” no deja de ser irónico al hablar de un libro tan grande) pudo crear Cumbres borrascosas, y a Charlotte le dio tiempo a escribir cuatro novelas, aunque fueron tres las que vio publicadas en vida.  

Villette, publicada en 1853 –dos años antes de su muerte- fue la última novela escrita por Charlotte Brontë. La compré en La Casa del Libro de Gran Vía, un día en la que se encontraba medio desierta porque casi todo Madrid se estaba preparando para ver la final de la Champions y yo había reservado (no sin cierta ironía) mesa en un restaurante sin televisor que siempre suele estar lleno y que ese día, por supuesto, estaba vacío. Era el día después de mi cumpleaños y Villette fue uno de los libros que compré gracias a la devolución de otro, que fue un regalo desafortunado.

Para escribir Villette, Charlotte usó las experiencias que vivió como estudiante en un internado de Bruselas. De hecho, la Villette del título, como se aclara en una nota de la edición de Alba (pág. 73), es el nombre que Charlotte dio a la ciudad de Bruselas, y el gran reino de Labassecour, donde se ubica Villette, no es otro que el reino de Bélgica. Quizás cambió los nombres por algunas opiniones controvertidas que da la protagonista de esta novela sobre el carácter de los labassecourinos o sobre su rey, que aparece en un capítulo.
La protagonista y narradora de Villette es Lucy Snowe; quien pronto se quedará huérfana y al no disponer de herencias ni de protectores tendrá que buscarse la vida. Toma una decisión arriesgada (“Era como si el destino quisiera empujarme a la acción”, pág. 52): va a abandonar Inglaterra, camino del continente, con la intención de trabajar como institutriz en un país que valore el que parece ser su único activo: saber hablar un inglés correcto.
Al llegar a Villette va a encontrar trabajo y alojamiento en el internado para señoritas de Madame Beck. La lucha de Lucy por encontrar su lugar en el mundo no parece acabarse aquí. Madame Beck la somete a una estrecha vigilancia; y las relaciones de amistad que establece con las personas que conoce en su nueva ciudad no consiguen satisfacerla. Su crisis existencial estallará un verano en el que las internas toman vacaciones y ella se queda más sola que nunca.
A sus veintitrés años, Lucy Snowe es una mujer no ya tan joven para la época, carente de atractivos físicos y de posición, y que tiene que trabajar para ganarse el sustento. Lucy Snowe es la heroína clásica de una novela de las hermanas Brontë (sobre todo de las de Anne y de las de Charlotte, porque las de Emily son más extremas), donde abundan las profesoras o institutrices; mujeres sensatas, recatadas, carentes de atractivos físicos, que van a denunciar la frivolidad y las injusticias que les tocarán vivir en las casas de los poderosos.
Lucy Snowe narra su historia desde un punto que parece bastante lejano en el tiempo a los hechos acontecidos; así que, si la novela se publicó en 1853, debe estar ambientada al menos unas décadas antes. De forma continua, la narración -como es propio del siglo XIX- interpela al lector con expresiones como éstas: “Los lectores pueden suponer”, “El lector se preguntará”.
Aunque las novelas de las Brontë se apartan del ideal de la heroína romántica del siglo XIX, al presentar a mujeres que buscan su independencia y que son, por tanto, protagonistas femeninas que se adelantaron a su época (mujeres fuertes que han de desenvolverse en un mundo de hombres), tampoco renuncian a la búsqueda del amor romántico.
Villette, dentro de su afán realista, presenta algunos rasgos propios de la novela gótica: muchas escenas amenazantes están unidas a elementos meteorológicos adversos, frío, lluvia, profunda oscuridad…; además del hecho de que el internado de Villette cuenta con la simpática leyenda de un fantasma en forma de monja, que se empeña en aparecerse ante Lucy.

Lo que menos me ha gustado de Villette ha sido algún truco narrativo que no dejaba de ser descortés con el lector: en Villette Lucy va a coincidir con una mujer y su hijo, con lo que se relacionó diez años antes, en los dos primeros capítulos de la novela. El lector sabe (por lógica constructiva) que esas personas de los dos primeros capítulos van a aparecer después en la trama de la novela, pero en realidad ya han aparecido mucho antes de que el lector sea informado. Lucy ha reconocido al apuesto joven que conoció en Inglaterra cuando ella tenía unos trece años y él dieciséis, y en cuya casa estuvo viviendo. Pero el joven no la ha reconocido a ella hasta muchas páginas después de que se haya producido el reencuentro. Me resultó poco creíble esta evolución de la trama que incide en unas casualidades poco verosímiles, propias de otro de los grandes del siglo XIX, Charles Dickens. Pero menos creíble es que ese chico de veintiséis años se relacione con alguien que vivió largas temporadas en su casa, diez años antes, y no sea capaz de reconocerla. Y otro truco narrativo es que Lucy sí que le haya reconocido pero mantenga el secreto ante el lector al menos cien páginas.

Salvado este pequeño problema, lo cierto es que la novela posee un notable ritmo narrativo, está muy bien escrita (aunque resultan un poco cansadas tantas citas de la Biblia, bien documentadas siempre por la traductora a pie de página); y presenta escenas muy bien dibujadas; y uno acaba cogiendo cariño a Lucy Snowe, esta heroína sensata, poco agraciada, y que, sin posición social, ha de buscarse la vida y encontrar la felicidad en un mundo profundamente machista.

Villette, por supuesto, merece la pena, como novela documental del siglo XIX, pero si alguien no conoce la obra de las hermanas Brontë le recomendaría empezar por Cumbres Borrascosas de Emily o Jane Eyre de Charlotte; ambas en la gran traducción de Carmen Martín Gaite. Después podría seguir con La inquilina de Wildfell Hall de Anne.
Y vuelvo a reiterar mi gran admiración por las hermanas Brontë; periféricas, trágicas y mujeres en un mundo de hombres, que se empeñaron en romper los moldes de la época teniendo todas las de perder; y ganaron.

Por cierto, la traducción y la edición de Marta Salís para Alba son impecables.


jueves, 24 de julio de 2014

Visita a la tumba de Jaime Gil de Biedma y unos poemas

Vino desde Gran Canarias de visita a Madrid mi amigo Samuel Rodríguez Navarro. Una de sus actividades principales en mi ciudad es visitar librerías. En esta ocasión le dije que le acompañaría, pero que yo había decidido mantenerme apartado de la compra de libros por unos meses, desde que hace unas semanas viví un epifánico momento carveriano y me di cuenta de que sufro alguna variante del síndrome de Diógenes: tengo 135 libros comprados pendientes de leer. Casi todos son de segunda mano, no me puedo resistir a los “chollos” que siempre encuentro en mis queridas librerías de segunda mano.
Este miércoles en una librería de Alfonso XIII casi, casi, sufro una recaída, después de tres semanas sin consumir. Aunque conseguí mantenerme firme, aún tengo tentaciones de volver a por esa primera edición de 1965 por 2,90 euros (no, no debo).

Samuel también consiguió convencerme (lo cierto es que lo tuvo fácil) para el pasado lunes ir a visitar el pueblo segoviano de La Nava de la Asunción, porque allí se encuentra la tumba de Jaime Gil de Biedma.
Tuvimos que tomar un autobús que nos llevó hasta Segovia capital, y ahí otro que nos acercó hasta La Nava de la Asunción. Llegamos al pueblo a las 13:10 pm y el único autobús de vuelta a Segovia ese día pasaba a las 15:40 pm. Así que teníamos dos horas y media para encontrar el cementerio y, dadas las horas, comer algo.

Nos quedamos con ganas de visitar la casa familiar de los Gil de Biedma. Había un cartel que indicaba la dirección, pero no nos dio tiempo.
Creo que Samuel y yo nos hemos ganado el derecho a que Raúl Cimas nos incluya en la segunda parte de su cómic Demasiada pasión por lo suyo.

Dejo aquí unas fotos de la visita y unos poemas de Jaime Gil de Biedma diferentes a los que ya colgué en otra ocasión:


Hubo suerte: la puerta estaba abierta.


Creíamos que iba a haber cola, pero no.


Un selfie de ultratumba.


Pero mejor un selfie de ultratumbra con tus amigos.


 
Tal vez no debería haberme sentado en la lápida.



Así mejor, más respetuoso.



Ancha (y calurosa) es Castilla



Elegía y recuerdo de la canción francesa
             C' est une chanson
             qui nous ressemble.
             Kosma y Prévert: Les feuilles mortes


Os acordáis: Europa estaba en ruinas.
Todo un mundo de imágenes me queda de aquel tiempo
descoloridas,  hiriéndome los ojos
con los escombros de los bombardeos.
En España la gente se apretaba en los cines
y no existía la calefacción.

Era la paz -después de tanta sangre--
que llegaba harapienta, como la conocimos
durante cinco años.
Y todo un continente empobrecido,
carcomido de historia y de mercado negro,
de repente nos fue más familiar.

¡Estampas de la Europa de post-guerra
que parecen mojadas en lluvia silenciosa,
ciudades grises adonde llega un tren
sucio de refugiados: cuántas cosas
de nuestra historia próxima trajisteis, despertando
la esperanza en España, y el temor!

Hasta el aire de entonces parecía
que estuviera suspenso, como si preguntara,
y en las viejas tabernas de barrio
los vencidos hablaban en voz baja...
Nosotros, los más jóvenes, como siempre esperábamos
algo definitivo y general.

Y fue en aquel momento, justamente
en aquellos momentos de miedo y esperanzas
-tan irreales, ay- que apareciste,
oh rosa de lo sórdido, manchada
creación de los hombres, arisca, vil y bella
canción francesa de mi juventud!

Eras lo no esperado que se impone
a la imaginación, porque es así la vida,
tú que cantabas la heroicidad canalla,
el estallido de las rebeldías
igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,
la intensidad que aflige al corazón.

Cuánto enseguida te quisimos todos!
En tu mundo de noches, con el chico y la chica
entrelazados, de pie en un quicio oscuro,
en la sordina de tus melodías,
un eco de nosotros resonaba exaltándonos
con la nostalgia de la rebelión.

Y todavía, en la alta noche, solo,
con el vaso en la mano, cuando pienso en mi vida,
otra vez más sans faire du bruit tus músicas
suenan en la memoria, como una despedida:
parece que fue ayer y algo ha cambiado.
Hoy no esperamos la revolución.

Desvencijada Europa de post-guerra
con la luna asomando tras las ventanas rotas,
Europa anterior al milagro alemán,
imagen de mi vida, melancólica!
Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,
aunque a veces nos guste una canción.



Himno a la juventud
 Heu! quantum per se candida forma valet!
     Propercio, II, 29, 30

¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,
donde posar la frente derramando lágrimas.

Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño
con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.

Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.

Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento
conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla
entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,
oh bella indiferente,
por la playa camines como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...


Idilio en el café

Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con nosotros vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
              y este beso igual que un largo túnel.


domingo, 20 de julio de 2014

La oscuridad, por Ignacio Ferrando

Editorial Menoscuarto. 307 páginas. 1ª edición de 2014.

El pasado 22 de mayo se presentó esta novela en la librería La Central de Callao. De Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) había hojeado alguna vez La piel de los extraños, también editado por Menoscuarto y que consiguió el Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en 2013; y había leído uno de sus cuentos en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual. El presentador de La oscuridad era el escritor Óscar Esquivias, al que conozco en persona, y me apeteció pasarme por La Central ese citado día 22.

La oscuridad está ambientada en Noruega, concretamente en la ciudad de StorbØrg, y los personajes principales son noruegos. En la presentación, Ferrando señaló que él había estado de vacaciones en ese país, pero en verano, y su novela está ambientada en invierno, cuando cae sobre el norte de Noruega la noche ártica. Al acercarme a las primeras páginas de esta novela de noruegos escrita por un español, no podía dejar de pensar exactamente eso: esta es una novela de noruegos escrita por un español. El narrador, Endre Solberg, nos informa del estado de la nieve, de la temperatura (-20 grados), de la noche ártica que se acerca, y yo me acordaba de aquella apreciación de Jorge Luis Borges sobre su lectura del Corán: en el Corán no hay camellos, porque los camellos se presuponen; y, en consecuencia, para un noruego que habla de Noruega no debería haber nieve que destacar, ni debería haber ninguna necesidad de hablarnos de una temperatura de -20 grados, porque esa nieve y esa temperatura simplemente están ahí. Aunque, quizás, estos datos que nos facilita el narrador sean pertinentes porque también se nos informa de que durante el invierno muchas personas abandonan StorbØrg, la ciudad más al norte de Noruega, para irse a Oslo.

La novela comienza con un velatorio y un entierro. Liv, la mujer de Endre Solberg, ha muerto bajo las ruedas de un camión. Es bastante posible que se trate de un suicidio. Endre es un director de cine experimental, cuyas películas tienen una escasa difusión. Liv era una bella actriz que, años antes, cuando era joven e ingenua, se casó con el prometedor director de cine. Las metáforas cinematográficas son importantes en esta novela: “Todo tiene ese aire recreativo, teatral, como si lo hubieran filmado a cámara lenta en un solo plano secuencia”: así se describe en la primera página del libro el velatorio de Liv. Los personajes del drama también son presentados bajo apreciaciones cinematográficas: “Al igual que el resto, interpreto mi personaje”, nos dije el narrador sobre sí mismo en la página 10. Así se habla de Kjell Gjertsen, el amante de Liv: “Esta tarde parece un personaje de Bergman, en blanco y negro” (pág. 11). Y así se describe a Liv, la mujer muerta: “El mohín en los labios que le da ese aspecto trágico, triste, de actriz de la nouvelle vague” (pág. 15).

El cuento que había leído de Ferrando en la antología comentada era fantástico, y sé, por reseñas leídas, que los cuentos de La piel de los extraños también son de corte fantástico. En La oscuridad el aparente realismo del relato se rompe al final del primer capítulo: en el velatorio de su mujer muerta (Liv), Endre Solberg la ve mirando, a través de una ventana, la habitación en la que se encuentran: “Ha sucedido un imprevisto. Algo…, no sé cómo definirlo. Detrás de él, en la ventana, apoyada en el quicio, está Liv. A priori no parece un espíritu ni una presencia, sino realmente ella. Desde el otro lado del cristal observa su propio velatorio. Lleva un abrigo de pelo de morsa, su gorro de piel, las orejeras que le regalé. Nos mira con curiosidad, como si contara los asistentes (o echara en falta a los ausentes), sonriendo con altanería, como si supiera que su funeral sucedería exactamente así, de este modo (¿acaso no todos los suicidas fantasean con asistir a su velatorio?). Por supuesto sé que es un fantasma, o una visión, o la simple necesidad que tengo de que siga viva, porque nadie, a excepción de mí, parece verla.” Destaco este párrafo de la página 17 porque me parece clave para entender el juego que propone esta novela: el narrador, en el velatorio de su mujer, ve a ésta en la ventana mirándose a sí misma y la escena es descrita dentro de unos parámetros puramente objetivos, racionales: se describe la ropa que lleva, se reflexiona con humor sobre cómo un muerto ve su propio funeral, y se elude por completo el énfasis. Es decir, el narrador no se paraliza, no se vuelve histérico, sino que entra con normalidad en el juego que la realidad le propone. La visión externa de la escena nos la da –unas cuantas líneas después– Kjell Gjertsen, el amante: “¿Qué? –pregunta–, ¿qué te pasa? Estás pálido”.

El fantasma de su esposa Liv; o la propia Liv, que ha fingido su muerte; o una mujer parecida a Liv, que desea paliar el dolor que Endre siente, empieza a visitar al narrador  con un horario estricto, y bajo la imposición de algunas reglas: este personaje, al que por simplificación en la trama se llamará Liv, no puede convivir con Endre y otras personas a la vez. Será visto solamente por Endre (aunque el lector debe estar atento, pues esta regla no se cumple en algún momento, y se ha de preguntar por la salud mental del narrador o por la verosimilitud de todo lo contado).

El lenguaje de la novela es contenido, cuidado (sobre todo en su adjetivación, que me parece destacable); como ya he dicho, Ferrando evita en todo momento cualquier énfasis en la voz narrativa de Endre, que asume la extrañeza de la realidad que se le acontece con una rara calma.
La oscuridad, en su intención, estaría emparentada con Otra vuelta de tuerca de Henry James y, siendo una novela en la que el cine es tan importante, posiblemente también con Vértigo, de Alfred Hitchcock.

El escenario de la novela, esa noche ártica y despoblada de StorbØrg –donde los tres cuartos de la población se han ido a Oslo– se adecúa bien a esta historia de sombras. Y el lector se adentra en sus páginas intentando descubrir el misterio del juego propuesto: ¿Está Endre loco? ¿Alguien (su mujer, otra mujer) le está engañado? Y si es así, ¿con qué propósito? Además, los planos propuestos se bifurcan al coincidir parte de lo narrado con un guión que Endre está escribiendo para una de sus películas. El tema de fondo de La oscuridad sería poner de relieve las zonas más oscuras de las relaciones de pareja, la imposibilidad de conocer o contentar al otro.

Son tantos los planos propuestos en esta novela, y la voz narrativa asume todo con tanta naturalidad, que en más de uno de sus capítulos he sentido que la trama era demasiado artificiosa y que todo transcurría en un escenario sugerente pero irreal (una Noruega de decorado descrita no por un noruego –como se supone que es Endre Solberg–, sino por un español, que percibe desde fuera las peculiaridades del país escandinavo y se las explica a un lector español: “En StorbØrg no hay burdeles, ni salas de masaje, ni locales de esos, solo alguna barra americana que frecuentan, durante la temporada, los turistas. Los noruegos prefieren la pornografía, más limpia, menos pringosa, más individual. Por eso en StorbØrg las prostitutas ejercen en sus casas, nunca en la calle o en hoteles” ¿Para quién está narrando Endre?).

A pesar de los puntos negativos comentados, la novela se lee bien –está escrita con ritmo– y es de agradecer la asunción de riesgos compositivos por parte de Ignacio Ferrando.

miércoles, 16 de julio de 2014

Lectura conjunta de El hombre ajeno

En el blog Libros que hay que leer, han tenido la amabilidad de organizar una lectura conjunta de mi novela El hombre ajeno, recientemente publicada por la editorial Baile del Sol.
Si alguien está interesado en participar en esta lectura conjunta, puede leer las bases en ESTE ENLACE.

También se sortearán diez ejemplares de la novela. En el enlace anterior también están explicadas las condiciones para apuntarse en el sorteo.





Muchas gracias por el interés.

domingo, 13 de julio de 2014

La boda, por Ángel María de Lera

Editorial Destino. 262 páginas. 1ª edición de 1959.
(Hice yo la foto de la portada original, porque no estaba en internet)

Justo hace una década, en 2004, me apeteció buscar libros españoles escritos y publicados en España durante el franquismo. Quería saber qué se podía escribir por entonces, hasta qué punto los escritores podían ser críticos con la realidad sin sufrir censura. Para decidir qué leer me guié, de entrada, por los libros de texto que encontré en el colegio donde trabajo (aquel fue mi primer curso), correspondientes a COU o, más modernamente, a segundo de bachillerato. Y empecé a comprar libros de bolsillo o de segunda mano. Leí seguidos libros como los siguientes:

-Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos;
-Entre visillos (1957) de Carmen Martín Gaite;
-Alfanhuí (1951) y El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio;
-El fulgor y la sangre (1954), Con el viento solano (1956), El corazón y otros frutos amargos (1959), de Ignacio Aldecoa;
-Los clarines del miedo (1958), de Ángel María de Lera;
-Las afueras (1958), de Luis Goytisolo;
-Los bravos (1954), de Jesús Fernández Santos.

Y aún tengo en casa, comprado durante esos meses, y sin leer: La noria (1951), de Luis Romero y Lola, espejo oscuro (1950), de Darío Fernández Flórez.
En años anteriores había leído, para ampliar la lista, libros como: La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951), de Camilo José Cela; Las ratas (1962), de Miguel Delibes; o Nada (1945), de Carmen Laforet.

En general esta es una literatura muy marcada por el realismo (con la excepción de Alfanhuí) de corte crítico y social. Es decir, el compromiso de estos escritores suele centrarse en mostrar la pobreza material y moral de una época, el atraso de las costumbres bárbaras, o el puro aburrimiento y la falta de expectativas: el franquismo está aquí, pero de modo latente, como un peso en la sombra.

De la lista de diez libros leídos uno detrás de otro, que dejaba arriba, quizás el que más me gustó fue Tiempo de silencio, porque en él denuncia y la calidad literaria conseguían un resultado superior al de la simple muestra de una realidad puramente costumbrista; pero, también, el resto de esos escritores me pareció que tenían cosas interesantes que contar (algún día volveré con Jesús Fernández Santos). Me sorprendió bastante Los clarines del miedo, una novela sobre dos toreros aficionados que van ofreciendo sus servicios por los miserables pueblos de España. Una historia brutal, con un gran sentido del ritmo. Y quizás me sorprendió este libro, porque hasta que no tomé aquellos manuales de literatura que consulté –a diferencia de los otros autores- el nombre de Ángel María de Lera (Baides, Guadalajara, 1912 – Madrid, 1984) no me sonaba de nada, y creo que la referencia a sus dos libros más famosos (Los clarines del miedo y La boda) sólo aparecía en uno o dos de los cuatro o cinco libros que consulté.

Hace unos meses, paseando por la cuesta de Moyano, durante un momento en el que tenía bastante bajo control mi adicción a adquirir libros, no puede resistirme a comprar por dos euros la primera edición de 1959 de La boda, un libro que (por derecho propio, lo apunto desde ya) aparece (o debería aparecer) en los manuales de la historia de la novela española del siglo XX, en el periodo de las novelas realistas escritas durante el franquismo.

Ángel María de Lera es un escritor prácticamente olvidado –aunque puede ser que a algún aficionado serio a la literatura le suena Los clarines del miedo, su obra más citada-, pero leídas ahora estas dos novelas, Los clarines del miedo y La boda, su lectura se sostiene perfectamente. De hecho, la vida de Lera es digna de ser recordada: durante la Guerra Civil llegó a ser comandante del ejército republicano. Estuvo preso en las cárceles franquistas desde 1939 hasta 1947. Al recobrar la libertad, pese a haber sido estudiante de un seminario (que abandonó por una crisis de fe) y haber estudiado cuatro años de Derecho, tuvo que trabajar como peón de albañil, barrendero, agente de seguros y contable de una empresa de licores. Empezó a colaborar con la prensa; llegó a publicar un libro de periodismo de investigación acerca de las condiciones de los emigrantes españoles en Alemania, titulado Con la maleta al hombro (1965). Es posible, que una lectura de este libro, desde la perspectiva de la nueva emigración actual, sea interesante. Además fue el primer escritor que publicó en España (viviendo en España) un libro sobre la Guerra Civil desde el punto de vista de los republicanos: Las últimas banderas, premio Planeta de 1967. Fue también uno de los fundadores de la Asociación Española de Escritores y Artistas.

Lera llegó a conocer en vida el éxito como autor. Leemos en la contraportada de La boda: “Del éxito extraordinario de Los clarines del miedo baste decir que, al año escaso de su publicación en España, son ocho ya los países en los que se está traduciendo para su inmediata entrega al público: Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia, Suecia, Holanda y Finlandia. La boda constituye un nuevo y brillante fruto de la potencia narrativa de este autor (…). El hecho de haber sido adquiridos por Estados Unidos los derechos de traducción de La boda, antes de su edición española, augura el éxito en el mundo de esta historia de amor inolvidable.”
Me hizo gracia leer esta contraportada de 1959: el éxito de La boda viene marcado porque ya se han vendido los derechos de traducción en Estados Unidos antes de que se publique el libro en España. Si recuerdan la entrada del blog sobre Intemperie de Jesús Carrasco, critiqué esto mismo: lo provinciano que me parecía elogiar una obra propia porque la validaban de antemano desde fuera de nuestro país. Esto no era nuevo, compruebo, y poco ha cambiado.

La boda sitúa su acción en un pueblo castellano; que no ha de ser demasiado pequeño ya que cuenta con un apeadero del tren.
Luciano ha dejado ya atrás su juventud y además es forastero. Se encuentra alojado en la casa de su hermano –el maestro del pueblo-. En la primera escena de la novela, Luciano le pide al señor Tomás la mano de su hija Iluminaria. Luciano (apodado el Negro), a pesar de sus orígenes humildes, ha hecho dinero en África; gracias a sus esfuerzos en un almacén que más tarde se convirtió en cantina. De vuelta a España, viudo por un episodio de sangre, quiere disfrutar del tiempo que le queda de vida tranquilamente. En el pueblo, donde visita a su hermano (al que él le pagó los estudios de maestro) se ha enamorado de Iluminaria. Lo que contraviene a las costumbres locales. En la página 59, José (el hermano) le explica a Luciano por qué se va a encontrar con el rechazo de los vecinos de la villa: los pinares del pueblo son una renta común para las mujeres locales, una especie de seguro en caso de viudez, y si estas mujeres se casan con forasteros, ese bien común podría ir mermando. “Este hecho ha dado nacimiento a una costumbre, y es la de que las hembras del pueblo sean únicamente para hombres del pueblo también. Algunas se quedan solteras por falta de hombres, ya ves tú. Pero es que, si no, hubiera llegado un momento en que más de la mitad, por lo menos, de esa riqueza habría ido a parar a otros pueblos. ¡Quién sabe! Contra esa peligro precisamente ha nacido la costumbre que has venido tú a saltarte a la torera.”
Además, Iluminaria fue novia del Isabelo, que pertenece a la familia apodada Pelocabra (“Los Pelocabra son muy sanguinos”, se dice en más de una de las página del libro). Fue Isabelo el que dejó a Iluminaria, y ahora vive en la gran ciudad. Pero será su hermano, Margarito, quien se encargue de recordar que Iluminaria ya fue tocada por un Pelocabra. Lo que, según la lógica del pueblo, hace que ella ya se haya convertido en una mujer repudiada.

Luciano es viudo, es forastero, tiene dinero, y llega al pueblo para quedarse. Pretende construir una casa (la que va a ser la mejor del pueblo) en la loma de una colina, de tal modo que va a parecer que domina al resto de las casas. Allí vivirá con una de las más bellas jóvenes del lugar (aunque ya no pueda ser cortejada por nadie).

La boda está narrada en tercera persona, y los personajes más que por sus pensamientos se definen por sus acciones. La narración es prolija en diálogos. Un costumbrismo naturalista, casi al estilo de Émile Zola (o, más cercano a nosotros, del Vicente Blasco Ibáñez de La barraca), domina las intenciones narrativas de Lera. La novela, aunque el protagonista principal sea Luciano, acaba siendo coral; puesto que el narrador nos quiere mostrar diversas escenas de la vida del pueblo.
El primer capítulo –en el que Luciano pide al señor Tomás la mano de su hija- se titula Preludio, y ocupa casi 50 páginas. El tiempo narrativo de las más de 200 páginas que nos quedan por leer se desarrolla en un solo día, el de la boda; y los capítulos se titulan La mañana, La tarde y La noche. Aunque aquí, también, Lera hace uso de la analepsia, y revivimos algunos de los episodios más importantes de la vida de Luciano (al irse de su pueblo a hacer la mili, la vida en Ángola…).

La tensión comenzará a creer durante el día de la boda, hasta niveles de western (en cierto modo, La boda me ha recordado a la película Perros de paja de Sam Peckinpah).
La crítica soterrada que hace Lera a la España de la época como país atrasado es manifiesta y brutal: Luciano es víctima del rechazo del pueblo –de los suyos en realidad, porque él también es de origen humilde-, pero Iluminaria es doblemente víctima de la violencia y el machismo en este drama rural (no quiero revelar más datos de la trama).

El lenguaje de Lera, siendo la frase de construcción sencilla, no carece de cierto lirismo. Algo me llamó la atención en los diálogos: no existen palabrotas en este texto. Pero si uno se fija con más atención se repiten dos expresiones: “ño” y “ordigas”, que deben corresponderse, por la cercanía sonora, con “coño” y “hostias”; términos, los suyos, que elige el autor, imagino, para poder pasar la censura de la época.

Si uno piensa fríamente que durante la década de 1950, al otro lado del Atlántico, autores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Jorge Luis Borges estaban escribiendo algunas de sus obras maestras -que van a ser también algunas de las obras maestras del siglo XX- los libros de los autores que cité en la primera lista de esta entrada pueden empezar a palidecer, y entre ellos el de Ángel María de Lera.
Pero realmente autores como Jesús Fernández Santos o Ángel María de Lera tienen mucho oficio como novelistas, y pese a carecer de innovaciones formales, su realismo crítico nos habla de nosotros mismos, del país que hemos sido y que preferimos olvidar. La suya es una literatura que tiene un gran valor testimonial; y novelas como Los bravos o Los clarines del miedo y La boda se pueden leer ahora y se puede disfrutar perfectamente de ellas, porque están escritas con un lenguaje sencillo pero cuidado, los personajes están bien construidos (pese a sus limitaciones naturalistas) y sus autores poseen  un gran sentido del ritmo y de la construcción narrativa.


Imagino que Los clarines del miedo y La boda se pueden encontrar en las páginas de iberlibro o en librerías de segunda mano. No estaría de más que alguna editorial moderna se pensase el rescate de un autor tan interesante como es Ángel María de Lera.

miércoles, 9 de julio de 2014

Rocío Silva-Satisteban, un poema

Hace unas semanas comenté aquí que Javier Gil había publicado uno de mis poemas en la revista Adiós. Junto con los ejemplares de la revista que envió a mi casa, venían en el mismo paquete unos libritos de poemas de la Fundación Inquietudes, 2009. Uno de ellos se titula Soda Cáustica, cinco poetas latinoamericanos. Edición coordinada por Enrique Falcón.

Hojeo esto librito y descubro con placer los versos de la poeta Rocío Silva-Satisteban (Lima, Perú, 1963). Dejo aquí el primer poema que aparece de ella en Soda Cáustica:




PIOJOS

Me saco los piojos a las dos de la mañana
mi bata blanca se mancha de estrellas negras

sobre la silla del comedor veo un mandil
recuerdo:
una niña llena de llagas, asmática, en la puerta del colegio
esperando para siempre a su papá

me dicen que ta ta ta tan: eres una mujer de éxito
—¿sí?, ¿de verdad?, no lo creo—
quiero que salgas en el who is who
vanidosa comento que quizás eleve mi autoestima

(es un chiste estúpido
por la noche tengo que bañarme
para dejar de llorar)

me equivoco
esos son los grandes pecados
una piojosa sale en The Perú Report
¡te envidio!— me dicen las chiquillas
las miro con compasión

hablo y engullo comida, los críticos literarios
escriben sobre la voz operística que lamenta su gordura
y no saben qué hay detrás de cada gramo de grasa

trabajo como todas, como todas me levanto
y lloro como todas alguna vez lo han hecho
como todas alguna vez lo dejaron de hacer

me saco los piojos
me rasco los sobacos
y me miro en el espejo con el vaho del baño
adherido como carca

—¡cochina!—
—deja de ser dramática—

los rituales repetidos, quizás otras
lloren por el hambre o por el cuerpo en descomposición
es absurda la frivolidad de este sufrimiento, lo sé,
estudio el sistema sexo-género
la ciudadanía y la individuación
pero más allá de mi razón
algo supura

es el moho, la carne podrida, corroída
está adentro
la cociné con paciencia
con cada error
(hay tantos nombres propios)
torpezas que escondo como los piojos
y por más que rastrillo mi cuerpo centímetro a centímetro
no encuentro aparentemente nada
nada de nada

pero están ahí, ahí están aunque no los vea
todos se esconden en esas zonas oscuras

me arden me pican me vuelven loca.


domingo, 6 de julio de 2014

Siameses, por Gonzalo Calcedo

Editorial Tropo. 167 páginas. 1ª edición de 1996 y 1997; esta de 2011.
Prólogos de Carlos Castán y de Juan Bonilla.

Ya he hablado en el blog de Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961); lo hice hace tres años, cuando leí su última colección de cuentos, titulada El prisionero de la avenida Lexington (2010). Y ya comenté entonces que me pareció una colección de relatos muy conseguida, y que Calcedo está considerado uno de los maestros del relato breve en España. En 2011 la editorial Tropo editó Siameses en una colección llamada 2º asalto: en ella publicaba (he consultado la página web de la editorial, y creo que desde 2011, imagino que por los imperativos de la supervivencia en tiempos convulsos, esta colección está parada) libros que ya habían sido publicados, pero que a juicio de los editores merecían una nueva oportunidad en el mercado editorial.
Siameses está formado por dos libros de relatos: Otras geografías (Premio NH, 1996) y Liturgia de los ahogados (Premio Alfonso Grosso, 1997). En el prólogo de este segundo libro, Juan Bonilla apunta: “A mediados de los 90 en España, publicar un primer libro de cuentos no era del todo complicado, con un poco de suerte, siempre que ese primer libro, convenientemente sancionado por unas cuantas reseñas encomiásticas, avisase la inminente aparición de una novela. Por eso, publicar un segundo libro de cuentos era casi imposible, si entre el primero y el segundo, no se había interpuesto una novela” (pág. 109). Y como Gonzalo Calcedo lo que quería era escribir cuentos, para seguir publicando (su primer libro de cuentos apareció en Tusquets) tuvo que presentarlos a concursos, que, a pesar de la satisfacción de ser reconocido por el jurado y el premio económico, posiblemente no llegaron a tantos lectores como podrían haberlo hecho.

Este libro de Siameses me lo regaló Alberto Olmos hace ya dos años, y desde entonces estaba pendiente en mi cada vez más inabarcable montaña de libros inleídos. Después de dos años de apuntarme con su presencia inquietante desde lo más alto de mis estanterías, he acabado su lectura en dos días. De hecho, me ha gustado bastante, y menos mal que me queda la explicación de Mario Levrero en La novela luminosa sobre todas esas cosas que nos van creando una angustia difusa y a las que podemos enfrentarnos sin mayor esfuerzo pero preferimos, precisamente, sucumbir a la angustia difusa.

Otras geografías está formado por once relatos. La mayoría de ellos (igual que en los de Liturgia de los ahogados) están ubicados en una ciudad imaginaria llamada Medana (aunque la wikipedia apunta que es un pueblo de Eslovenia, esto no parece más que una coincidencia), cercana a la región playera y turística de Las Pacíficas.
Los cuentos de El prisionero de la avenida Lexington estaban situados en Nueva York y sus alrededores; y esa ubicación (más imaginativa que real) era un homenaje a los maestros de Calcedo: “Hemingway, Cheever, Ford y Wolff, entre otros, se pasean indolentemente por sus páginas”, nos dice el autor en el prólogo que ha escrito para la edición de Siameses. El imaginario cuentístico de Calcedo es, por tanto, más norteamericano que español; y en estos primeros libros prefiere jugar a la desubicación geográfica antes que situar sus historias directamente en la Norteamérica que todos hemos conocido a través de los libros y el cine. Los nombres de los personajes ahondan en esta idea: los nombres y apellidos españoles se mezclan con otros puramente extranjeros: Julia, Lucas, Hazel, Luisa Larsen, Los Fígaro (estos dos últimos apellidos se repiten, a su vez, en más de un relato), Wanda, Los Korda, Basil, Los Olsen, Elke, Víctor Lepke, Kósiev, Ventura...

Las profesiones de los personajes de estos relatos suelen ser bastante anodinas: vendedor de productos de limpieza o abonos de puerta en puerta, contable en una fábrica de rodamientos, guía turístico, vendedor de coches usados, vendedor de puertas y ventanas de aluminio... y casi todos pertenecen a la clase media, o están pasando por algún apuro financiero. No encontrará el lector en estas páginas asesinos, soldados en guerra, o sucesos extraordinarios o muy emocionantes. La emoción va a asaltar al lector, pero de forma más sutil: lo extraordinario nos rodea, parece decirnos Calcedo; en cualquier vida hay momentos de cambio o de extrañeza y su mirada va a posarse sobre ellos para iluminar los momentos de transformación del ser humano.

En los cuentos de Otras geografías nos encontramos con muchas relaciones familiares: hijos que miran a sus padres y empiezan a comprender algo de ellos que antes desconocían, gracias a un hecho ocurrido en el tiempo del relato, y que va a cambiar el punto de vista de unos personajes sobre otros. Es decir, Calcedo construye sus relatos siguiendo el modelo epifánico de la narrativa breve norteamericana: gracias a algo que está ocurriendo en el primer plano del relato, un personaje descubre algo más profundo sobre otro o sobre sí mismo, y el escritor enfrenta al lector justo a ese momento de cambio que sufre el personaje. No son los grandes sucesos los que marcan la acción aquí, sino precisamente el valor simbólico de los pequeños, y gracias a este efecto consigue crear momentos de gran belleza.

Así, en Proyecto de amor, una hija va a conocer más a su madre, después de que entre las dos decidan alquilar uno de los cuartos de su casa. En Adiós otra vez, un hijo va a tener la oportunidad de reencontrarse con su padre después de diez años sin verse, y el reencuentro tendrá alguna sorpresa. En Por motivos sentimentales (uno de los mejores cuentos del primer libro) una mujer joven que hace de guía turística va a descubrir algo desasosegante de una de sus clientes, algo que puede que le dé alguna pista de lo que conlleva la soledad a la que parece sentirse abocada. En Caballos salvajes (un cuento que parece un claro homenaje al Raymond Carver de Caballos en la niebla) se consigue un momento de gran belleza; igual que en la siguiente composición, titulada Otras geografías, sobre una mujer que enloquece.

Si bien Otras geografías se lee con agrado, y contiene unos cuantos relatos notables, también podemos apuntar que en estas páginas se siente aún el titubeo del escritor que está buscando su voz mientras asimila la de sus maestros. Los ocho cuentos de Liturgia de los ahogados me han parecido más redondos; más cercanos a la madurez que Gonzalo Calcedo ha conseguido conquistar en un libro como El prisionero de la avenida Lexington. En Liturgia de los ahogados (como ocurre en el cuento que da título al libro y que es uno de los mejores de Siameses; o en otro titulado El rincón secreto) también nos encontramos con relaciones de padres e hijos, pero diría que son más frecuentes en los conflictos planteados las relaciones de pareja. Parejas que descubren alguna verdad incómoda sobre sí mismas (“Llevábamos diez años casados y algunos comportamientos provocaban un rencor recíproco al principio y luego, sin otra trascendencia, aburrimiento”, leemos en la página 135), sobre todo al entrar en contacto con algunos desconocidos que irrumpen en su casa; principalmente vendedores ambulantes, como ocurre en los cuentos Toda esa sangre, El hombre que hablaba a las plantas o en Parejas.


Ya dije hace tres años que El prisionero de la avenida Lexington es un gran libro de relatos; y me ha gustado reencontrarme de nuevo con Gonzalo Calcedo. Quizá no todos los cuentos de Siameses estén a la altura de los de El prisionero de la avenida Lexington, porque están escritos más de una década antes, cuando el autor aún buscaba su voz narrativa, pero desde luego hay ya cuentos aquí (Vado permanente, Caballos salvajes, Otras geografías, Liturgia de los ahogados, El hombre que hablaba a las plantas o Parejas) muy maduros y de gran belleza, que me confirman que Gonzalo Calcedo (dentro de lo que yo conozco) es uno de los maestros de la narrativa breve actual en España.

miércoles, 2 de julio de 2014

Alguien habló de mi novela El hombre ajeno

Voy a dejar aquí los enlaces a los comentarios que vayan apareciendo sobre mi novela El hombre ajeno (Baile del sol, 2014):



7) Blog Bitácora de Alena Collar

6) Web Anika entre libros
(Reseña escrita por Ysabel Meseguer Serrano)

5) Blog Mi estantería

4) Revista digital El coloquio de los perros
(reseña del escritor Pedro Pujante)

3) Blog Tu cita de los martes
(Blog del poeta Javier Cánaves)

2) Blog Clément Cadou
(Blog del poeta Pablo Miravet Bergón)

1) Blog Heroínas Díscolas
(Reseña escrita por Sonia Aguirre Duque)

Alguien habló sobre mi poemario El bar de Lee

En esta entrada voy a dejar los enlaces a los espacios en los que se habló de mi libro de poemas El bar de Lee (Baile del sol, 2013), formado por los libros de poemas Móstoles era una fiesta (escrito en 1998) y El calvo del Sonora (escrito en 2008):




3) Revista digital La república Cultural
(Reseña escrita por el poeta Alberto García-Teresa)

2) Blog Tu cita de los martes
(Comentario escrito por el poeta y narrador Javier Cánaves)

1) Revista digital Punto de libro
(Reseña a cargo del equipo de Punto de libro)